AGENTE 007 CONTRA EL DOCTOR NO

Dr No

Dirección: Terence Young

Guión: Richard Maibaum, Johanna Harwood y Berkely Mather, según la novela de Ian Fleming

Intérpretes: Sean Connery, Ursula Andress, Joseph Wiseman, Jack Lord, Bernard Lee      , Anthony Dawson, Lois Maxwell

Música: Monty Norman, John Barry

Fotografía: Ted Moore

Montaje: Peter R Hunt

EEUU/GB. 1962. 109 minutos.

 

Cincuenta años no es nada

 

En un curioso documento, una conversación que Ian Fleming mantenía en 1963 con Raymond Chandler para una emisora de radio británica, el padre de James Bond le negaba a éste la condición de héroe. “Es más bien un instrumento del sistema, de los servicios de inteligencia británicos”. Sin embargo, la dimensión ideológica ha terminado siendo menos importante que otros considerandos, que arraigaron rápidamente en el imaginario cultural popular y que hoy, en este 2012 en el que la versión cinematográfica del personaje cumple medio siglo de vida, con todos los reajustes que quieran, el agente con licencia para matar mantiene vigentes. Bond y no tanto todo lo que le rodea sino todo cuanto personifica: ese cóctel de inteligencia, frialdad y elegancia (en el cine menos british que en las novelas de Fleming), todo ello mezclado –no sé si agitado- con su suerte (no sólo providencial –véanle jugar a cartas en el casino-) y la atracción que irremisiblemente despierta en las mujeres hermosas, sin importar si están o no de su lado. Por supuesto que Bond es un héroe, aunque de una ralea bien peculiar, en cuyas señas se funde lo hedonista y el porte aristocrático, una naturaleza casi cabría definir que hija de algún pacto fáustico, y que, indudablemente, ha conectado y sigue conectando perfectamente con las apetencias del gran público. Y esta aseveración sobre la relevancia cultural de 007 sin duda que da para un estudio filosófico y sociológico de calado.

 

Pero aquí nos centramos en películas. Y para celebrar como se merece ese cincuenta aniversario, echamos un vistazo a Agente 007 contra el Dr No (1962), la primera película de la larguísima franquicia creada por Albert R. Broccoli y Harry Saltzman, para constatar que sigue en forma. Cuentan los anales que Broccoli –“Cubby” para los amigos-, por aquel entonces un productor con poca experiencia, siempre había ambicionado “hacer las novelas de Ian Fleming“. Fue por esta razón que contactó con Harry Saltzman, que era quien tenía los derechos del personaje. Uno y otro formaron EON Productions, pero carecían de dinero para levantar un proyecto de esta envergadura, así que pidieron (y obtuvieron) financiación de Arthur Krim, presidente de la United Artists. Así nació el proyecto, y así, también, por mucho que las peripecias acaecieran en Jamaica –lugar en el que de hecho había nacido el personaje, pues Ian Fleming escribía las novelas durante los veranos que pasaba retirado en su hoy famosa finca jamaicana, Goldeneye-, 007 empezaba a poner los pies en los EEUU.

 

Podríamos decir que la buena estrella de la franquicia queda certificada en los tres minutos de arranque de la función. Quizá incluso bastaría hablar de unos pocos segundos, los que corresponden a la celebérrima presentación del personaje: en imágenes, el personaje avanzando encuadrado en un pequeño círculo (que corresponde a la mirilla de una pistola), y que se gira hacia ella (y por tanto hacia el espectador), le dispara y el fondo negro se cubre de sangre (demostrando que, como en las convenciones del western, ha sido más rápido que quien le apuntaba); en sonido, la partitura de Monty Norman, que no es el autor de la banda sonora –firmada por John Barry- pero sí del afortunado tema jamesbondiano por excelencia –aunque, digámoslo todo, fue Barry quien lo orquestó para la ocasión-. Esos segundos ofrecen un signo identitario del que la serie nunca querrá librarse. Pero acto seguido, y merced del diseñador visual Maurice Binder, el filme también propone unos títulos de crédito bien peculiares, en los que se juega con transparencias de colores de siluetas humanas; algo que también se convertirá en una seña idiosincrásica de primer orden. Al fin y al cabo, a poco de pensarlo, estos títulos de crédito terminarán importando tanto como todo lo que se relata, porque de lo que se trata es de explorar y explotar patrones que despierten la simpatía y afición del espectador, intención bajo cuyo prisma se le debe reconocer a 007 contra el Dr No su absoluta astucia y solvencia. Que, centrándonos ya en sus responsables específicos, y amén de los señalados productores, recae en diversos profesionales, que no está de más enumerar.

 

Por ser la personificación de Bond y por tanto erigirse en un icono podríamos empezar por Sean Connery. Aunque para hablar de Connery también debe hablarse del guionista Richard Maibaum. Sobre el actor, no considero necesario entrar a discutir aquí si fue o no el mejor intérprete del personaje, sí en cambio apreciar que, merced de precisas puntualizaciones del citado guionista sobre la naturaleza del espía, Connery supo hacer visibles unas claves de personalidad que, al gusto de quien esto escribe (que reconoce haber leído sólo dos de las doce novelas de Ian Fleming), hicieron del Bond cinematográfico un tipo más atractivo para el espectador de lo que resultaba para el lector el novelesco. De hecho, la ulterior apropiación de Roger Moore tensaría la cuerda precisamente por el mismo lugar, pero Connery no la tensó tanto, y si Moore llegó a desnaturalizar un poco al personaje, Connery en cambio alumbró claramente al hijo de Fleming, dándole cierta y saludable ambigüedad a sus impulsos, cierta ambivalencia en la traducción de la frialdad que es connatural al personaje. Con el paso del tiempo, cierto es, la perspectiva nos puede hacer confundir al personaje con la globalidad del producto; en ese sentido, Connery es, por lo general, recordado como mejor Bond que Moore por la sencilla razón que las películas que protagonizó –aunque unas mejores que otras, indudablemente- son cualitativamente más interesantes que, otra vez partiendo de un juicio global, aquéllas en las que fue Moore quien encarnó al agente secreto. Pero lo anterior tampoco es del todo indisociable con la aportación intrínseca del actor, que, partiendo de su rotunda planta y maneras de desenvolverse desde la fisicidad, y terminando en la clase de ironía que su rostro destila, supo conjugar los términos de atracción del personaje más convencionales (su causa, sus proezas) con los más instintivos y, por definición, cuestionables (su misoginia, todo lo que tiene que ver con la representación de la violencia). En las pieles de Connery, para muchos espectadores, Bond es un tipo al que uno no quiere parecerse mucho y, al mismo tiempo, paradójicamente, despierta tantas simpatías como envidias. Vuelvo a desaguar, soy consciente, en esos significantes culturales del espía británico, y me limito a afirmar que Connery aún se le considera el genuíno Bond ello tiene que ver con muchas más y complejas razones que por, meramente, haber sido el primero.

 

 Hablar de Connery ha obligado a sacar a colación a Richard Maibaum, guionista de cabecera de la franquicia durante mucho tiempo, y que, como se ha dicho, encontró una fórmula distinta (no más comercial, Fleming ya tuvo un éxito tremendo) para concretar en lo cinematográfico el sustrato de partida. Pero su alianza en esta Dr No con el realizador, Terence Young, es sin duda sinergética. Y los felices términos de complicidad se extienden a otros nombres importantes, quizá el más destacado el escenógrafo Ken Adams, pero sin dejar de lado al montador Peter Hunt (que terminaría dirigiendo el primer Bond sin Connery, 007 al servicio secreto de su majestad (1969)) y al responsable de la fotografía, Ted Moore. Cada uno desde su parcela, desde el refulgente y exótico envoltorio a la concreción de la trama y concatenación de los episodios de que se compone (reducción-sistematización siempre fácil de efectuar en las obras que, como la mayoría de las de Bond, no esconden su dependencia del concepto del serial de aventuras de toda la vida), pasando por la arquitectura rítmica, el manejo de la inercia del relato (de lo que no se suele hablar mucho pero es sin duda una de las principales razones del éxito de ésta y un buen puñado –que no todas- de entretenidísimas películas de 007), coadyuvan poderosamente en hacer de la película un placer para los sentidos, a veces casi culpable; un destilado de la prosopopeya sofisticada de los relatos de espías hijos de la Guerra Fría que muy intencionadamente vira hacia lo lúdico; un aparatoso, en fin, juego de niños para adultos, lleno de piezas tan disfrutables como el biquini de Ursula Andress (antológica primera chica Bond), las manos de metal del villano que encarna Joseph Wiseman, la tarántula que insidiosamente se pasea por las carnes del agente secreto, las cartas de la suerte en la mesa de juego, las armas letales que usan tres tipos disfrazados de entrañables ciegos o, por supuesto, los pasadizos secretos en la entraña de la fortaleza enemiga y los mil artilugios que, pensados para causar el mal más mayúsculo, serán saboteados con la misma agudeza que precisa un niño para hacer jirones de papel. Piezas de lujo, la mayoría de ellas, y cuya atracción llega a ser magnética. Aunque por supuesto sean de usar y tirar, como en realidad son el grueso de fantasías a las que, por habernos tocado vivir en la aborrecible realidad, tratamos de aferrarnos para huir de ella.

http://www.imdb.com/title/tt0055928/

http://en.wikipedia.org/wiki/Dr._No_(film)

http://www.james-bond.org/movie-reviews/dr-no.html

http://www.thrillmesoftly.com/2004/11/dr-no-the-beginning-of-an-era/

http://www.rottentomatoes.com/m/dr_no/

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