LOS HÉROES DEL TIEMPO

Time Bandits

Dirección: Terry Gilliam

Guión: Terry Gilliam y Michael Palin

Intérpretes: John Cleese, Sean Connery, Shelley Duvall, Katherine Helmond, Ian Holm, Michael Palin, Ralph Richardson, Peter Vaughan Música: Mike Moran

Fotografía: Peter Biziou

Montaje: Julian Doyle

GB. 1981. 111 minutos.

Gilliam y el “cine para toda la familia”

Película de recuerdo sin duda entrañable para la generación de espectadores que despertó en los años ochenta, hito innegable de la productora (de tan curiosa historia) que George Harrison capitaneó por aquellos años, Handmade Films, y primer filme que alcanzaría trascendencia de entre los realizados en solitario por “el miembro americano” de los Monty Phyton, Terry Gilliam (antes había codirigido con el otro Phyton director, Terry Jones, Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores (Monty Python and the Holy Grail, 1975), y en 1977 había sacado adelante el proyecto de La bestia del reino (Jabberwokly, 1977), otra sátira con elementos fantásticos, que de hecho tomaba como partida un poema de Lewis Carroll), Los héroes del tiempo -apenas bandidos en el título original de la película, Time Bandits– resulta un proyecto algo improvisado por parte de Gilliam, que por aquel entonces ya estaba preparando Brazil (1985), pero no encontró la financiación que precisaba para levantar el proyecto, razón por la que acudió a este otro de definiciones, al menos sobre el papel, más convencionales y afiliadas a ese cajón de sastre que a menudo encierra el enunciado de cine para toda la familia. En una entrevista que se efectuó a Gilliam y a su viejo colega y co-guionista de la película Michael Palin, este último lo explicaba de forma bastante precisa, diciendo algo así como que su intención como cineastas fue la de entregar una película (protagonizada por un niño y) para niños que se desmarcara un tanto de la tendencia que, especialmente en el cine norteamericano, se tiene (o al menos se tenía por aquella época; ahora, ciertamente menos) a edulcorar las fórmulas o barnizar con cierta pátina de sentimentalismo los derroteros narrativos (en este caso, del cine de aventuras fantásticas) en aras a la cristalización de alguna moralina.

Irreverencias

Esas cuestiones de ubicación de la producción y de oportunidad/necesidad barajadas por Gilliam ofrecen, sobre todo con la perspectiva del tiempo, la medida de la tremenda personalidad o inquietud creativa del cineasta a niveles tanto de concreción argumental cuanto en lo concerniente a la naturaleza de las imágenes: que Los héroes del tiempo sea una película pactante con la industria, que es lo que parece a priori, queda en entredicho ya en sus razones cardinales, pues mientras el tratamiento de situaciones y personajes desobedece lógica convencional alguna –antes bien juega a placer con los lugares comunes para sembrar comentarios irónicos, irreverentes o directamente cínicos–, la visión que destilan sus pautas de conducta se atrinchera en razones poderosamente contraculturales, principalmente por el modo en que alinea como conceptos paralelos y objeto de despiadada crítica el materialismo con la institución familiar. En ese sentido, también es cierto, resulta bastante fácil encontrar en la desopilante progresión argumental del filme muchas soluciones –vía planteamiento, vía gag, vía diálogo- de la marcadísima idiosincrasia de los Monty Phyton, que se incardinan fácilmente en la visión del mundo y en el concepto de lo hilarante que el genial grupo de humoristas británicos enarboló y sintetizó tanto en su show televisivo, Monty Python’s Flying Circus, cuanto en películas como la precitada Los caballeros de la mesa cuadrada… o La vida de Brian (Monty Python’s Life of Brian, 1979) y El sentido de la vida (Monty Python’s The Meaning of Life, 1983).

Lo increíble representativo

La secuencia que discurre al principio, en la que el niño protagonista, Kevin (Craig Warnock), acostado en su cama, incapaz de conciliar el sueño, atestigua algo tan increíble como que un caballero andante, con su montura, aparezcan del interior del armario y se cuelen en su habitación, fue la primera idea que imaginó Gilliam y a partir de la cual desarrolló todo el entramado argumental. No en vano se trata de una de las imágenes más poderosas de la película, que reúne todo el caudal tanto conceptual con la que trabajan Gilliam y Palin como la rotunda ilustración visual de esos conceptos. Es la quintaesencia fantástica irrumpiendo literalmente en una realidad por lo demás gris y cuartelaria, expresiones todas ellas hiperbólicas –hablo de la realidad, de la fantasía, de la imaginación del niño o de la carencia que demuestran sus padres idiotizados por la televisión y los electrodomésticos– y por tanto llamadas a colisionar frontalmente. Empero, no tanto para celebrar el poder de la imaginación de un niño (actor accidental o pasivo, y a menudo imagen de la sensatez entre la cohorte de enanos pícaros que tiene por acompañantes a través de los mundos a cuál más enajenado que visitará) cuanto para celebrar la desintegración de todos los sentidos de lo real. Esta máquina del tiempo –agujeros en el espacio-tiempo, más bien, a los que los viajeros recurren merced de un mapa– nos propone un viaje marcadamente kitsch por representaciones sarcásticas de la Historia (Napoleón, el Titanic) o por el mito disfrazado de Historia (el tronchante Robin Hood que interpreta John Cleese o el Agamenón que, encarnado por Sean Connery, se enfrenta al Minotauro), algo que desagua por lógica inercia en esa “era de las leyendas” poblada por ogros y gigantes, y que tiene como destino el enfrentamiento de unas grandes fuerzas creadoras –encarnadas, el Bien, por Ralph Richardson, y el Mal, por David Warner- que, faltaría más, culminan de la forma más excéntrica este universo subterráneo de lo sobrenatural que, bajo el paraguas hilarante y desenfadado, se celebra desde lo filosófico a lo escenográfico.

Gilliam rising

La manufactura artesanal de los efectos técnicos y especiales (sobre los que decir que han envejecido mal sería una frivolidad, habida cuenta que su extravagancia es marca idiosincrásica) sirve principalmente para impulsar, engrasar desde la vis cómica las situaciones que ilustra o a las que sirve de trabazón desde lo argumental. En Los héroes del tiempo importa mucho más el valor del gag y del chiste que busca su continuidad a través de tan caprichoso itinerario representativo, del mismo modo que lo más llamativo de sus imágenes, y su sentido expresivo último, anida en el gusto que Gilliam encuentra por la construcción acumulativa y barroquista del encuadre (principalmente en las secuencias que discurren en el castillo de Napoleón, en el interior del barco de los ogros o en la fortaleza del villano de la función). Película entretenida, de mordacidad plausible en algunos planteamientos y situaciones, de pasajes francamente inspirados o incluso inspiradores, y otros más anecdóticos y menos memorables, Los héroes del tiempo queda hoy como una pequeña reliquia de su lugar de procedencia industrial y una gran referencia para la peculiar condensación estilística que Terry Gilliam llevaba en las venas y explotó en absolutamente todas las películas que conforman su filmografía y aquellas otras que se perdieron por el camino.

http://www.imdb.com/title/tt0081633/fullcredits#cast

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/19810101/REVIEWS/101010374/1023

http://criterioncollection.blogspot.com.es/2005/08/37-time-bandits.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

Anuncios

DOCE MONOS

 

12 monkeys

Director: Terry Gilliam.

Guión: David y Linda Peoples.

Intérpretes: Bruce Willis, Madeleine Stowe, Brad Pitt, Joseph Melito, Jon Seda, Vernon Campbell.

Música: Paul Buckmaster.

Fotografía: Roger Pratt

EEUU. 1995. 129 minutos.

 

       Gilliam y la CI-FI

 

       Se trata de la obra de Terry Gilliam más taquillera –junto a The Fisher King-, lo cual puede deberse a la presencia de tres actores (por aquel entonces, sobretodo Willis) de solvencia comercial incontestable. No se debe sin duda a las concesiones a la industria (o a la convencionalidad) que Gilliam efectúa, toda vez que nos hallamos ante una obra que resume ciencia-ficción con acción pero no al estilo del mainstream (p.ej. desde el punto de vista narrativo: tardamos tres cuartos de hora en empezar a entender qué está sucediendo en pantalla), y sí bajo la servidumbre absoluta al imaginario visual gilliamiano y a la divulgación fantástica inteligente.

 

 

       El viajero del tiempo

 

       La impronta visual de la que hago mención, y ahí reside el mayor mérito del realizador, se entreteje a la perfección en la estimulante historia que David y Linda Peoples, los guionistas, nos proponen: una aventura preapocalíptica narrada desde el punto de vista de un viajero en el tiempo, un superviviente a aquel apocalipsis que vuelve no para advertirnos sino, simplemente, para tomar medidas en su presente. La relación del mismo con una psiquiatra –incorporada por Stowe- ocasionará un progresivo giro en la historia, que dará de resultas un desenlace trágico con ínfulas hitchcockianas –declaradas: hay en 12 monkeys un bellísimo homenaje a Vértigo-. Semejante premisa argumental, es cierto, podía dar mucho juego a un realizador del talante de Gilliam, quien aprovechó a fondo las posibilidades temáticas y presupuestarias del proyecto, y nos sirvió un estimulante ejercicio de estilo, cargado de ritmo y acción adrenalítica, con una matizada actuación de Willis, y un inteligente ejercicio metanarrativo planeando sobre unas maneras formales que hubiera firmado el mejor DePalma.

 

http://www.imdb.com/title/tt0114746/

http://www.geocities.com/hollywood/boulevard/8928/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.