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Låt den rätte komma in

Director: Tomas Alfredson.

Guión: John Ajvide Lindqvist, basado en su propia novela.

Intérpretes: Kåre Hedebrant, Lina Leandersson, Per Ragnar, Henrik Dahl, Karin Bergquist, Peter Carlberg, Ika Nord.

Música: Johann Soderqvist

Fotografía: Hoyte Van Hoytema

Montaje: Dino Jonsater y Tomas Alfredson.

Suecia. 2008. 111 minutos.

 

Obra referencial

 

        Son muchos los foros que están alabando los méritos de esta Låt den rätte komma in, producción sueca que rápidamente ha reclamado su prestigio como obra referencial del cine europeo de los últimos años. La verdad es que no puedo por menos que sumarme a todas esas alabanzas, pues el filme del realizador sueco Tomas Alfredson posee muchas cualidades capaces de fascinar al espectador. La historia, basada en una novela homónima del también sueco John Ajvide Lindqvist –que el mismo escritor ha convertido en libreto-, narra en esencia la sugerente historia de un encuentro entre Oskar (Kåre Hedebrant), un adolescente introvertido y estigmatizado por sus compañeros de escuela, y Eli (Lina Leandersson), que parece una adolescente de la misma edad que Oskar pero en realidad es… un vampiro (al respecto, parece ser que en la novela se juega con el elemento de la sexualidad de Eli, originariamente un chico, y que fue castrado; esa explicación es omitida en el filme, si bien hay un par de diálogos, más un plano fugaz al pubis de Eli, que dejan el dato en el aire). Es una historia contextualizada en un lugar y momento muy determinados, los suburbios de Estocolmo a principios de los años ochenta, dato relevante (aunque, ni mucho menos el único) en la brillante reinvención que el filme efectúa de los cánones y convenciones del cine sobre vampiros.

 

 

Hipnótica, sublime

 

        La verdad es que en estos tiempos en los que el efectismo espídico y el subterfugio visual deslavazado marcan los cánones visuales en el cine de género comercial (e incluso amenazan con apropiarse del concepto tan traído y llevado de lo que es “posmoderno”), recibo como agua de mayo una película como ésta, que rompe radicalmente con esa forma tan en boga de ejecutar el lenguaje cinematográfico, y que se erige a base de encuadres y secuencias narrativas no agresivas, que son fruto de la reflexión creativa y a la reflexión receptiva nos dirigen; una película cuya atmósfera se construye desde la austeridad y la fuerza lírica de las elecciones de puesta en escena; una película cuyo relato abraza la complejidad  entendida como riqueza y capacidad para la sugestión narrativas, dentro de un (difícil, inexplicable) orden armónico. Pero no digo todo esto porque sea un nostálgico del clasicismo (que en parte lo soy, pero Låt den rätte komma in está bien lejos de esas latitudes), sino porque debo reivindicar que esa forma de concebir el cine (que, me atrevería a decir –estableciendo un parangón en consideración a su afiliación al fantástico-, que lleva un paso más allá las propuestas estilísticas más radicales, mejores, de M. Night Shyamalan) puede dar lugar a resultados magistrales, hipnóticos, hasta sublimes, si, como les sucede al director y al guionista del filme, se posee el suficiente talento y la imaginación.

 

 

Poética alucinada

 

        Una de las claves de la realización de Alfredson es la esmerada dirección de los dos jóvenes actores protagonistas, que coadyuva con mucho a los que de geniales tienen las interpretaciones tanto de Kåre Hedebrant como de Lina Leandersson. Y eso es fundamental porque encauza la propia naturaleza del relato: la historia de Oskar y Eli es tan eminentemente íntima que convierte todos los personajes secundarios en meros satélites, sin definición más allá de lo que nos explican de la pareja protagonista: atiéndase al hecho de que apenas llegue a articularse una subtrama (la de la mujer mordida por Eli; por lo demás resuelta en cuatro cortas secuencias); atiéndase a la llamativa plasmación en imágenes de la relación entre Oskar y sus padres divorciados (uno de los puntos fuertes del filme en su fértil apartado de sugerencias); atiéndase al recurso utilizado para la presentación del personaje de Oskar, a menudo dejando fuera de campo a su interlocutor (sean los chicos que le insultan en el instituto, o sea un árbol con el que el chico canaliza por la vía de la figuración sus quimeras de venganza); atiéndase a la indefinición del del personaje custodio/proveedor de Eli; … Al articular el relato, Alfredson consigue, por decirlo de algún modo, aislar a Oskar y Eli del tono entre lánguido y lúgubre que envuelve el relato (y la existencia por separada de los dos protagonistas): así sucede en las secuencias en las que toman el primer contacto (la importancia simbólica de ese parque de juegos nocturno y solitario, y del cubo de Rubik, o el recurso a esa forma de comunicación especial, mediante morse); en la sencilla, sutil, hermosa plasmación del afecto que va germinando entre ellos (y que culmina en la estremecedora secuencia en la que Eli empieza a sangrar porque Oskar omitió invitarla a entrar); en los inquietantes pasajes en los que, primero, Oskar salva a Eli cuando está a punto de ser acuchillada por el marido de la mujer a la que atacó, y, después, ya hacia el final, ella le salva la vida a él en la piscina de la escuela (el ajusticiamiento resuelto de forma  brillante, fuera de campo, la cámara inmóvil en el interior de la piscina)… La formidable carga de ternura que reviste la relación entre Oskar y Eli, de hecho, canaliza por la vía del romanticismo los resortes del relato, de forma tal que cuesta encorsetar el filme en los parámetros del cine de terror convencional, pues en Låt den rätte komma in lo espeluznante convive de principio a fin con la poética alucinada que preside el relato de amor y que lo contagia todo. Ello  explica también que, con secuencias de suspense u horror resueltas de forma convencional –como el citado intento de asesinato de Eli o los dos ataques del vampiro en la nocturnidad de las calles- existan otras en las que ese trasfondo dramático del relato desnaturaliza esa concepción del horror –los dos pasajes en los que el hombre que convive con Eli intenta, patosamente, proveerla de sangre: el tratamiento de ese personaje recuerda poderosamente al patetismo del protagonista de Cronos, de Guillermo del Toro (otra brillante reinvención del cine vampírico)-, e incluso otras en las que Alfredson efectúa elecciones escénicas chocantes –el instante en el que Oskar agrede con un palo al chico que siempre le amenaza, rodado con un plano fijo distante-.

 

 

 

Estocolmo, 1983, Invierno

 

        Como ya he enunciado, en la particularísima (re)visión que Låt den rätte komma in efectúa de los tópoi de la mitología vampírica, tiene importancia destacada el entorno en el que se mueven los personajes, la descripción de la tipología social de aquel arrabal de Estocolmo, y el marco histórico (principios de los años ochenta), entorno trazado con una ansia pesimista, confusa, que algo hereda del cine negro (los interiores a menudo desvencijados, aquel bar en el que se reúnen personajes grotescos de existencia grotesca, las solitarias calles, lo grisáceo de las edificaciones…) Todo ello se conjuga con otro elemento de importancia cabal, las condiciones meteorológicas de aquel invierno saliente en la ciudad sueca. No son pocos los planos que Alfredson dedica a mostrarnos la pírrica lucha del agua de un arroyo, las ramas de los árboles congeladas y tintineantes, el rotundo paisaje blanco… La belleza plástica innegable de muchos de esos planos informa también la sustancia dramática del relato, enfatiza la soledad (ese plano en el que vemos a Oskar volver a casa con los pantalones cortos de deporte), influye fuertemente en el comportamiento de los personajes (en la percepción por parte del espectador de los mismos), y, sobretodo, nos recuerda la importancia localista de la entraña del relato urdido por John Ajvide Lindqvist, la vía por la que reclama a gritos su genuidad.

http://www.imdb.com/title/tt1139797/

http://european-films.net/content/view/969/131/

http://www.rottentomatoes.com/m/lat_den_ratte_komma_in/

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