GOOD

 

 

Good

Director: Vicente Amorim.

Guión: John Wrathall, basado en la obra de C. P. Taylor.

Intérpretes: Viggo Mortensen, Jason Isaacs, Jodie Whittaker, Mark Strong, Gemma Jones, Anastasia Hille.

Música: Simon Lacey.

Fotografía: Andrew Dunn.

Montaje: John Wilson

Gb-Alemania. 2008. 97 minutos.

 

Después de Spielberg y Polanski

        El brasileño de origen austríaco Vicente Amorim dirige esta Good, producción para la BBC films, anglo-alemana, que podemos y debemos enmarcar entre las diversas obras que durante los últimos años, y con procedencia germana (extensible por la vía de coproducción a otras cinematografías), plantean desde el foro cinematográfico paráfrasis diversas sobre el nazismo y el holocausto, o, más allá, sobre circunstancias diversas del devenir histórico-político-social en Alemania durante la primera mitad del siglo XX. A vuela pluma se me ocurren un par de títulos canónicos, como son El hundimiento, de Olivier Hirshbiegel o El lector, de Stephen Daldry (y cabría añadir incluso un mainstream americano: Valkyrie, de Bryan Singer), pero hay muchos más. Son títulos que llegan tras muchos otros que radiografiaron el Holocausto con la mayor crudeza, con la loable pretensión de efectuar un ejercicio de memoria histórica, títulos encabezados por dos obras fundamentales, Schindler’s List de Steven Spielberg y The Pianist de Roman Polanski. En cierto modo da la impresión que, quizá tras el excepcional título de Polanski, de 2002, y que cabría calificar como la obra definitiva sobre el tema, llegó el momento en el que desde el foro cinematográfico los artistas empezaron a efectuar otro ejercicio igual de loable aunque mucho más complejo (que no doloroso), el de incidir en las razones por las que la política alemana siguió los derroteros que todos conocemos, o, dicho de otra forma, de reflexionar sobre los actos del pueblo alemán así considerado, en un intento catárquico que, teniendo en cuenta que ya hace tiempo que el extremismo empieza a cobrar nueva forma en diversos lugares de europa, no viene nada mal. En cualquier caso, centrándonos en esa evolución temática que detectamos en el cine, consignar que un papel relevante en ella la tiene la muy recomendable Amen., del director Constantin Costa-Gavras, filme-puente entre las dos tendencias abrazadas.

 

Integridades

        En esta particular aportación de Vicente Amorim y John Wrathall, director y guionista adaptan la obra teatral homónima escrita por Cecil Philip Taylor en 1981, obra referencial que ha vivido muchas y largas vidas en las tablas antes de ser adaptada al medio cinematográfico, y que cimenta en buena medida la buena reputación de que goza su autor. Pero, como hemos visto en el cine tantas veces y como también sucede aquí, partir de una obra de prestigio supone un riesgo, pues si por un lado las mejores obras siempre dan margen para el mayor jugo si existe talento y personalidad para extraérselo, por otro las expectativas serán altas a la hora de valorar el contraste. Viendo Good, la película, uno tiene esa sensación, más bien desagradable, de estar entendiendo lo que le quieren decir por mucho que, cinematográficamente, se lo estén escamoteando. Y entonces sucede que uno agradece el intento, pero nada más, porque el intento es fallido. En Good se nos narra el modo en el que un hombre culto, esforzado padre de familia, paciente hijo de una madre enferma, y fiel amigo de sus amigos, no llega a ver tambalear su identidad y sus valores hasta que ya es demasiado tarde, hasta que ha sido engullido totalmente por las consignas políticas y sociales del nazismo. El quid de la cuestión lo podemos encontrar en la primera secuencia de conflicto, aquélla en la que el profesor, mientras está impartiendo clase, ve cómo se organiza una quema de libros, y recibe una visita del decano invitándole a destruir buena parte de su colección literaria (reveladoramente, se cita a Proust entre los nombres condenados por el régimen nacionalsocialista). Y si digo que ahí hallamos el meollo de la cuestión es porque el filme nos habla de una inercia vital, diversos condicionantes en su vida personal, familiar y profesional que le convierten en miembro consultivo de la Gestapo, con rango de oficial en el partido nazi. Sin embargo, esa bondad del personaje que el filme no deja de enfatizar (y a la que Viggo Mortensen se entrega con el mayor denuedo, tras otros parangonables y también meritorios esfuerzos a la orden de David Cronenberg y Ed Harris) no puede desligarse de la sustancia fundamental de una personalidad que, según el propio perfil del filme (un hombre reflexivo, apocado, algo soñador, amante de las letras), debería destacar por su integridad tanto ideológica como moral. Esa integridad, claro está, se desmorona por fuera. Pero no vemos que se desmorone por dentro. De hecho, en la última secuencia, viendo una lágrima corriendo por su rostro horrorizado, entendemos que no se ha desmoronado. Pero entonces debemos aceptar una tesis, la de que el hombre no es nada más que el fruto de los vaivenes de su entorno, que es, por un lado, demasiado obvia, y, por otra, llena de espacios en blanco.

 

Apuntes

        Sin conocer a fondo la obra de Cecil Philip Taylor pero sí su prestigio, es legítimo pensar que el guionista del filme ha servido minuciosamente a la fachada argumental de la obra pero ha sido incapaz de trascender en la parte más dificultosa, la del retrato psicológico y el apólogo intelectual. Porque, de hecho, en el relato se apuntan multitud de ideas y temas, pero no se profundiza en ninguno. El fundamental –la indemnidad o no de los valores del protagonista- ya lo hemos mencionado, pero hay muchos otros: por ejemplo, detallar más a fondo la doctrina inserta en su novela que llama la atención de la cancillería nazi y a partir de la cual empieza a llevar al personaje hacia su influencia; relacionarlo con el drama de la enfermedad de su madre; parangonar u oponer –libremente, claro- el deterioro familiar con el de los valores del protagonista (como si de un desastimiento emocional que contaminara a las facetas intelectuales se tratara) o utilizar  la figura de la joven amante, Anne, un poco más allá del estereotipo, para establecer (esos mismos) correlatos entre su aparición y la aparición del nacionalsocialismo en la vida y actos del profesor; y aún cabe un último tema, compendio de todos, abstracción final, sobre la oposición entre la cultura –los libros, la música- y la barbarie –la hostilidad y después la violencia explícita contra los judíos-. Todo ello se apunta, a veces incluso con acierto o sugerencia, pero no se profundiza en ello, quedando como anotaciones dispersas aquí y allá en un corpus más bien desnortado a nivel de guión, y que, es fundamental, tampoco se enriquece en una puesta en escena bastante plana, ilustración convencional y nada ambiciosa, apoyada en un encourage correcto pero que tampoco va más allá de los lugares comunes, y que se limita a apuntalar algún aspecto dramático mediante la grandilocuencia de algún plano-secuencia o algún experimento con la profundidad o el fuera de campo, recursos esporádicos, que no llegan a cohesionar en lo que pueda definirse con una mínima voluntad de estilo, en definitiva que no narran con talento, ni por tanto logran convocar la emoción.

http://www.imdb.com/title/tt0436364/

 http://www.labutaca.net/films/66/good.php

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