TAMBIÉN SOMOS SERES HUMANOS

Ernie Pyle’s Story of  G.I. Joe

Director: William A. Wellman

Guión: Leopold Atlas, Guy Endore y Philip Stevenson, según textos de Ernie Pyle

Música: Louis Applebaum y Ann Ronell

Fotografía:  Russell Metty

Intérpretes:  Burgess Meredith, Robert Mitchum, Freddie Steele,

Wally Cassell, Jimmy Lloyd, John R. Reilly, William Murphy

EEUU. 1945. 107 minutos

  

Hombres de infantería

Aunque en algunas antologías sobre cine bélico aún sobrevivan las referencias a esta También somos seres humanos (1945), no se trata de una de las películas más recordadas del maestro William A. Wellman (a su vez, cineasta mucho menos recordado de lo que se debiera, de quien se suele sacar a colación Beau Geste y algunos de sus excelentes westerns, pero cuyo largo corpus filmográfico aún tiene, al menos en nuestro país, pendiente –y parece mentira– el necesario levantamiento del velo que supondrá un exhaustivo estudio), y de un modo indudable es un filme poco o mal conocido por el público en general, un imaginario popular que en cambio ha retenido un bastante nutrido grupo de filmes dedicados a la Segunda Guerra Mundial, a pesar de tratarse éste que nos ocupa –y lo fue en el momento de su estreno, y lo sigue siendo ahora, desde la perspectiva historiográfica– de uno de los filmes probablemente más valiosos que existen sobre aquel conflicto, y que, a tono con lo anterior, y como comentaremos más adelante, ha sido un título muy influyente.

 

El filme se estrenó poco antes de la rendición alemana, por tanto se trataba de una película de actualidad, que, y ahí radica el quid de la cuestión, por su naturaleza radiográfica –desde el guión a la puesta en escena de Wellman- se desmarcaba un tanto (o un mucho) del carácter propagandístico del grueso de las obras coetáneas y se escoraba, de forma harto valiente, por el retrato de valor periodístico. Aquel mismo año Norman Mailer firmaba su primera novela, Los desnudos y los muertos, con la que esta The Story of G.I. Joe guarda indudables puntos de contacto. En ambas, el hilo conductor resulta ser la ebullición anímica de los personajes protagonistas, soldados, y no tanto la misión o misiones que deben llevar a cabo. Empero, en la novela de Mailer, cuya importancia sí se mide –entre otras cosas- en la profundida sociológica –y al mismo tiempo psicologista- en la exposición de la tipología de personajes que se dan cita en el campo de batalla, sí existía un marcado patrón argumental, el relato de una misión, algo más difuso en el filme que nos ocupa –que sí relata el avance de las tropas por territorio italiano, en dirección a Roma, pero de un modo inconcreto, pues no es el destino sino el itinere lo que interesa–; además, Mailer pretendía una radiografía más completa de las instancias militares y las jerarquías, y careaba el relato de soldados rasos con el de mandos intermedios e incluso un General. Por el contrario, y como el propio título original del filme clarifica (que podríamos traducir por algo así como “La historia del soldado de a pie”), The Story of G.I. Joe nos instala del primer al último minuto de metraje en el día a día de los soldados rasos de infantería, acompañados y observados por un periodista, Ernie Pyle (Burgess Meredith), personaje real que fue corresponsal de guerra –que murió fatídicamente poco antes del estreno de la película– y cuyas memorias en el frente bélico son las que componen el mosaico narrativo que Leopold Atlas y Guy Endore concretan en el libreto y Wellman pone en solfa cinematográfica.

 

De tal modo, También somos seres humanos se erige en un humilde cuaderno de memorias de una división cualquiera de la infantería del ejército de los EEUU. Cuaderno desgajado pero muy intencionado, sencillo en su postulación pero denso en su alcance psicológico, que avanza proverbialmente entre la glosa de la violencia en la refriega bélica y los momentos, que no deberíamos llamar de distensión, en los que las campañas bélicas avanzan o descansan antes y después de cada enfrentamiento con las armas. Cuaderno desbordante de humanismo, lo que explica su temperatura melancólica, a menudo febril, pues pocas realidades son más lúgubres para una colectividad que el servicio en una guerra, que es la convivencia constante con el miedo, la incertidumbre y la barbarie, concepto éste que es el que atraviesa el relato de forma meridiana, ello bosquejado a través de los crudos avatares de diversos personajes a quienes, como ancla narrativa, Ernie conoce y acompaña, y de quienes, como se plasma en una secuencia concreta del filme, cuando dispone de una ocasión escribe unas líneas.

 

No es esta una película espectacular, y ni siquiera se recrea en el relato visual de los enfrentamientos bélicos, desglosados más bien a través de las bombas que dejan los escenarios en descomposición y el sonido de esas deflagraciones –constante, muchas veces como contrapartida agria, recordatorio desde lo auditivo para el espectador, de las secuencias en las que se narra el asueto de los soldados–. Esta historia o más bien historias entrelazadas de diversos soldados anónimos se centra más bien, precisamente, en la vida, las penosas condiciones de vida, y en ello se incluyen las penurias físicas y logísticas y también, muy especialmente, las penurias del pensamiento y el espíritu, cuestiones como la ansiedad, la desorientación o la nostalgia por el hogar, que son las que dotan al filme de un hermoso ribeteado lírico que es el que termina de apropiarse del todo, ribeteado acogido en las propias situaciones planteadas –algunas trágicas, y otras desenfadadas, pero estas últimas siempre contrastadas por una ironía o un elemento amargo que las empaña– y en la forma directa y nada sofisticada que tiene Wellman de filmar a los personajes, individualmente o en sugestivas composiciones de lo coral, siempre bañadas por una labor fotográfica genial de Russell Metty, en cuyas texturas muy contrastadas, de una belleza plástica indudable, las proposiciones dramáticas encuentran un corolario tonal que tiende a lo abstracto, a las nociones realistas que abanderan las intenciones del todo.

Estos héroes anónimos de Ernie Pyle y William Wellman son indudablemente de la misma ralea que aquéllos de quienes Samuel Fuller nos habló en su ambiciosa y también excelente Uno Rojo: División de Choque (1980), en la que Fuller quiso impresionar sus recuerdos en los campos de batalla alcanzando una tesis que es la misma que contiene este filme de 1945, tesis que nos habla, sin cacareos pero tampoco evasivas, de  la supervivencia como única coda de la guerra para sus sacrificados participantes. Sin embargo, en otras latitudes de la sintaxis cinematográfica, más cercana a los gustos del gran público, También somos seres humanos también reclama una cabal influencia: pienso en Hermanos de sangre (2001) y quizá especialmente The Pacific (2010), las dos magistrales miniseries que Steven Spielberg y Tom Hanks produjeron para la HBO, herederas directas y naturales de Salvar al Soldado Ryan (1998) que, acercándose a las latitudes del filme de Wellman, abandonaban progresivamente las aspiraciones de centrar el relato en hechos concretos para sondear, de forma intensa –en este caso, según una fórmula espectacular pero no por ello menos cruda–, en los entresijos vitales, emotivos, espirituales de los protagonistas del enfrentamiento en los campos de batalla. Y es que la sombra de Wellman es, como comentaba al principio de la reseña, mucho más larga de lo que por lo general se admite o siquiera se imagina.

http://www.imdb.com/title/tt0038120/

CARAVANA DE MUJERES

 

Westward the Women

Director: William A. Wellman

Guión: Charles Schnee, según una historia de Frank Capra

Música: Jeff Alexander

Fotografía: Wiliam C Mellor

Intérpretes:  Robert Taylor, Denise Darcel, Hope Emerson, John McIntire,

Julie Bishop,  Lenore Lonergan

EEUU. 1951. 108 minutos

 

Las mujeres, también

 Uno de los más recordados westerns de un cineasta cuya grandeza aún está pendiente de ser justipreciada del todo, Westward the Women se erige principalmente en una crónica épica y vibrante del recorrido físico y espiritual de los pioneros, los colonizadores del salvaje Oeste. En el filme, un guía de caravanas (Robert Taylor) recibe el encargo de conducir a un grupo de mujeres desde Chicago hasta California, con objeto de alcanzar un valle habitado por un grupo de solteros solitarios que buscan esposa. Semejante planteamiento, que lejos de ser pueril o facilón sirve de reflejo serio, en realidad denso, de prácticas sociales que proliferaron en la mocedad de los Estados Unidos, da lugar a un relato sobre una formidable odisea, un viaje de cinco mil kilómetros a través de las montañas de Utah y el desierto californiano, lleno de penalidades, y del que nadie saldrá indemne.

 

La verdad es que Caravana de mujeres suele recordarse más como una curiosidad dentro del género –por la naturaleza de su relato- que como un título referencial del mismo. En ello pueden tener que ver diversos factores. Uno de ellos, su cierta extemporaneidad: Wellman filma a la manera de los años cuarenta cuando ya nos hemos adentrado en los cincuenta y el género está empezando a revelar señas de identidad cambiantes –el revisionismo, el western psicológico, etc-, maneras de las que el autor de Cielo amarillo se sustrae en la apariencia formal, por mucho que tanto el tema como algunas estrategias narrativa, que comentaremos en el siguiente párrafo quizá desmientan ese aferramiento al clasicismo que, por otro lado, nada tenía de negativo. El otro tiene que ver con la tipología de personajes y situaciones, en muchas ocasiones tachadas de demasiado convencionales y hasta previsibles: disiento al respecto, por entender que, por mucho que acaso el protagonista del filme carezca del carisma de otros iconos del género, son las propias señas distintivas del filme las que sacrifican la introspección psicológica en aras a otros intereses narrativos: estoy hablando de la crónica épica y el trasfondo sociológico.

 

No afirmaría lo anterior si el filme no contara con el precioso activo de la maestría escenográfica de Wellman, un cineasta que llevaba en la sangre la realización cinematográfica y que aquí, como casi siempre, da muestras de tanta economía de medios como inspiración para extraer altas cotas de intensidad al relato de los sucesivos periplos que jalonan el accidentado viaje de las colonas. A mi modo de ver y entender, las ciertas limitaciones de los diálogos se ven más que paliadas por un trabajado casting y, más importante, por una esmerada caracterización de los personajes –incluyendo en ello lo físico y también el vestuario-, en perfecta sintonía con la majestuosidad que el cineasta revela en la descripción visual del lento avance de los carromatos por territorios agrestes o desérticos. De hecho, lo que más me llama la atención de este para mí muy sólido western es el hecho de que, a lo largo de todo el periplo de las caravanas, Wellman renuncie a acompañamiento musical alguno: hay que tener mucha convicción en las propias posibilidades escenográficas y de montaje para despreciar ese acompañamiento de una partitura; al hacerlo, Wellman instala en el relato una atmósfera y una cadencia cada vez más asfixiante, que es la que impone las reglas de la clase de épica que la película pretende, y logra, poner en solfa. Caravana de mujeres se erige, de tal modo, en un auténtico documento sociológico que sólo en lo necesario esconde esa baza bajo los arquetipos reconocibles del género, en un equilibrio mesurado e indudablemente fructífero.

http://www.imdb.com/title/tt0044205/