EL COLECCIONISTA

The Collector

Director: William Wyler.

Guión: Stanley Mann y John Kohn,

según  una novela de John Fowles

Intérpretes: Terence Stamp, Samantha Eggar.

Música: Maurice Jarre

Fotografía: Robert Krasker y Robert Surtees

Montaje: David Hawkins y Robert Swink

EEUU-GB. 1965. 109 minutos.

 

El psicópata de Fowles

Realizada por William Wyler en 1965, ya en las postrimerías de su carrera, The Collector adapta la primera novela de John Fowles – un celebrado autor de best-sellers responsable también de títulos como The Magus y The French Lieutenant’s Woman-. En la novela adaptada, Fowles proponía un estudio sobre la obsesión, al parecer inspirada en la relación entre Caliban y Miranda, personajes de La Tempestad de Shakespeare (de hecho, el personaje femenino conservó el nombre). En el momento de su realización se estableció rápidamente el parangón con Psycho, sobretodo en lo referido al perfil de psicopatología del personaje encarnado por Terence Stamp, opuesto al Norman Bates que en el filme de Hitchcock encarnó Anthony Perkins. Parangón hasta cierto punto lógico en su día, y que en cambio resulta hoy en día del todo desfasado, ya que el cine, no sólo americano, se ha prodigado en la deconstrucción de la figura del psicópata (y en el que títulos como Tie Me Up! Tie Me Down! (1990), ¡Atame! (1990) o Boxing Helena (1993) ha ido mucho más lejos en la exploración de la premisa concreta del filme).

 

Ese joven objeto del deseo

Permítanme la broma: si Antonioni no hubiera filmado Blow up un año después, casi podríamos decir que Freddie, el personaje encarnado por Terence Stamp, recoge el testigo del protagonista de aquella obra en el primer plano del magistral inicio de la película. Un joven perdido tranquilamente en la campiña, persigue una mariposa hasta que logra apresarla. Sigue su paseo y halla una hermosa mansión que se halla en venta, pulula por la finca y se cuela en sus sótanos. Entonces se rompe el silencio para escuchar el primero de los comentarios en off que trufan el relato. Y se nos anticipan los términos de esa obsesión. Freddie, que, según después sabremos, es multimillonario porque le tocó la lotería, adquiere esa finca con el ferviente deseo de llevar a cabo el plan que poco después ejecuta. Sólo que cree que no tendrá agallas. Pero se equivoca. Freddie era un auténtico don nadie en sus años de anodino empleado de banca, y ahora, tras amasar esa fortuna, no ha cambiado su carácter reprimido, enconado contra una sociedad con la que no ha sabido relacionarse, y escoge el recogimiento en esa mansión en la campiña, donde puede dar rienda suelta a su introversión consagrándose a su afición de coleccionista de lepidópteros… Pero hay algo más, algo de esa sociedad hostil que Freddie no repudia, todo lo contrario, desea del modo más ferviente. Es una joven estudiante de Bellas Artes, Miranda (Samantha Eggar), cuyas idas y venidas espía constantemente, alimentando ese deseo y las ansias por llevarlo a cabo de la única forma que se le ocurre materializarlo: raptándola y alojándola en los sótanos de la mansión, para allí tratarla a cuerpo de rey hasta que ella logre enamorarse de él.

 

El psicópata de Wyler

Toda esta premisa, que, bien mirado, podría dar para una película entera, ocupa en realidad una ágil y elegante presentación, y los trazos de personalidad de Freddie se irán desgranando conforme ese plan se lleve a cabo, esto es a través del relato que edifica el meollo del relato: la relación que aquel, captor, establece con ella, su presa. Si en el guión la personalidad obsesiva del personaje se perfila en el entramado argumental y en diálogos como aquél que mantiene con Miranda sobre Picasso y The Catcher in the Rye, en las imágenes interesa más el partido que se le puede sacar a la afectada interpretación de Stamp, no sólo por las (muchas) prestaciones expresivas del actor, sino también por el modo en que la cámara captura sus siempre solemnes movimientos (ese andar pausado, el quedarse esperando en el escalón de la entrada de la estancia de Miranda, la lentitud en que se acerca y aleja de ella… sorprende sobremanera el modo calmoso, casi esmerado, que tiene de disuadir, al final por la fuerza, a su prisionera en las ocasiones en que ésta intenta escapar). Wyler lee a la perfección las posibilidades de introspección psicológica sórdida que habitan en el libreto, y, rodando en estudio y tan reducidas dimensiones, las maneras clásicas de puesta en escena del director de Ben-Hur se amoldan, en los estudiados encuadres que relacionan a los personajes con el escenario, a las posibilidades de lo pavoroso que habitan en el relato, en un punto de vista que puede llegar a sentir conmiseración por Freddie (la secuencia en la que recibe la visita de un vecino y Miranda, atada en el baño, trata de inundar la estancia para alertar al visitante) pero que nunca le comprende, del mismo modo que siente conmiseración por la víctima (el plano en el que se ve reflejada en el cristal de un estuche en el que se guardan mariposas disecadas) pero tampoco decanta la sustancia dramática hacia su padecimiento (pues en caso de haberlo hecho así, la película sería muy diferente, y habría cruzado definitivamente la línea que separa el suspense del horror en estado puro). 

 

         Soledades compartidas

No, Wyler se sitúa por encima de los personajes, y los presenta al espectador al contraste. De las formas refinadas e irreprochables que informan la mente enferma a las procelosas reacciones del personaje cabal–pues Miranda únicamente lucha por escaparse o ser rescatada, y nunca despierta en ella eso que damos en llamar la síndrome de Estocolmo-. Ni siquiera toma partido subjetivo cuando la cámara adopta el punto de vista subjetivo (las magníficamente rodadas secuencias tomadas desde la furgoneta en la que Freddie viaja). Se conforma, por si eso fuera poco, en construir una atmósfera asfixiante, en mostrar las soledades y padecimientos de los personajes que conviven de un modo indeseado (él, pues su amor no es correspondido, y ella, lógicamente, porque ha sido raptada), contaminando cada vez más el ambiente con palabras, silencios, desconfianzas y, en los puntos culminantes, el contacto físico hostil. Viniendo una película de trasfondo (amén de solución argumental) tan malsano(/a) como The Collector firmada por un cineasta casi pionero como era William Wyler –que, sin llegar a ser ubicable dentro de la terna de los grandes maestros, atesora un legado filmográfico de inmenso valor-, uno no puede por menos que pensar en lo matizables que resultan muchos argumentos que defienden a ultranza la ruptura supuestamente encarnada por lo moderno o hasta lo posmoderno.

http://www.imdb.com/title/tt0059043/

http://elblocdejosep.blogspot.com/2007/11/el-talento-de-un-pionero.html

http://wherethelongtailends.com/archives/the-collector

http://www.dvdverdict.com/reviews/thecollector.php

http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article3983.html

http://elcritiquitas.blogspot.com/2009/03/cio-el-coleccionista-w-wyler-1965.html

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