LAS FLORES DE LA GUERRA

The Flowers of War

Director: Zhang Yimou

Guión: Heng Liu, según una novela de Geling Yan

Música: Qigang Chen

Fotografía: Xiaoding Zhao

Intérpretes:  Christian Bale, Ni Ni, Xinyi Zhang, Tianyuan Huang,

Xiting Han, Doudou Zhang

China-EEUU. 2010. 148 minutos

 

Colores del sacrificio

 Firmada en 2009, dos años antes que el filme que nos ocupa –que ha tardado otros dos a alcanzar las carteleras españolas-, con la formidable Ciudad de vida y muerte (City of Life & Death/Nanjing, Nanjing!), Lu Chuan logró postularse como uno de los grandes cineastas chinos de última hornada, para algunos incluso discutiendo el escalafón máximo de ese prestigio a Zhang Yimou. No deja de resultar llamativo que Yimou, no mucho después, y partiendo de una novela de Geling Yan convertida a libreto por Heng Liu, “escogiera” idéntica temática para rubricar la que es actualmente la película más cara de la historia de China, esta The Flowers of War. Dejo entre comillas ese “escogiera” porque se hace evidente que existen decisiones político-industriales implicadas en ello. Ambas películas extraen su relato de un sangrante episodio histórico, el denominado “La violación de Nanking”, en referencia a las atrocidades cometidas por el ejército japonés con la población civil china cuando, a finales de 1937, esas tropas niponas, tras ocupar Beijing y Shangai, invadieron la que había sido declarada capital provisional de la China ocupada, Nanking. Según datos extraídos de la Sentencia del Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente, se estima que se cometieron más de 200.000 asesinatos de soldados y civiles sólo durante las primeras seis semanas de la ocupación,  así como unas 20.000 violaciones en apenas el primer mes. Pero se trata de un asunto controvertido, pues en el país del sol naciente la visión de esos hechos es muy otra, y no son pocas las voces que denuncian una exageración (o hasta invención) de los hechos. Esta polémica tantos años después aún no resuelta puede explicar el interés por parte del gobierno chino de proponer estos dos enormes frescos históricos, sobre todo el que nos ocupa con una vocación de máxima difusión internacional (el mismísimo Batman de Nolan, Christian Bale, es el protagonista de la película, y más de la mitad de ella se habla en inglés), en los que no sólo se cierra filas en torno a la categórica visión oficial que procede de aquel país –el que sufrió en las carnes de su pueblo aquellos horrores– sino que se propone transformar los hechos en un espacio cinematográfico mitológico a través de los que glosar las grandes virtudes de la población china, opuesta por supuesto a la bajeza moral de los ocupadores.

 

Datos todos estos relevantes y que por tanto deben ocupar el análisis de la película. Pero una vez asentados, decir que, ya en lo estrictamente cinematográfico, Las flores de la guerra puede ser vista como un filme perfectamente complementario de Ciudad de vida y muerte, precisamente por su relación de opuestos. Del blanco y negro de la película de Lu Chuan a una utilización del color fundamental en la definición idiosincrásica del filme de Yimou. Del trasfondo naturalista, de rigurosa crónica histórica, de la primera a la concesión deliberada a la dramaturgia más convencional y sus reglas en la segunda. Dos maneras bien distintas de buscar la identificación del espectador, la primera más cruda y rigorista en lo expositivo, la segunda que pone en solfa todos los arquetipos imaginables, e incluso cae tranquilamente en lo previsible, a la hora de plantear los términos de emotividad. Ambas opciones, por supuesto, igual de legítimas. Pero si la película de Lu Chuan es portentosa, a juicio de quien esto escribe la de Yimou dista mucho de serlo, principalmente porque se le ven demasiado las costuras narrativas y porque en demasiadas ocasiones, a lo largo de un metraje muy extenso (140 minutos), se regodea en estereotipos y formulismos dramáticos cuyo encaje con la crónica histórica es ciertamente conflictivo, heredando sin pudor alguno los tics más superficiales del cine etiquetado épico hollywoodiense.

 

Sería fácil decir que Yimou se muestra desganado, que se le nota el escaso interés en el proyecto. O, para ser más crueles, que en cinco minutos de, por poner, ¡Vivir! (1993), hay más quintales de autenticidad en la crónica histórica y en la conquista de la emotividad que en todo el metraje de esta Las flores de la guerra. Sin embargo, sea cual fuera la motivación (o su carencia) de Yimou en la realización de la película, lo que sus imágenes desprenden es que el –para mí genial– realizador chino ha optado por esgrimir unas determinadas, refulgentes y manieristas, maneras visuales a la película que le extraen toda la pompa, quizá dejando aún más en evidencia la pobreza del guión, pero con resultados visuales que, incluso faltos de cohesión, resultan indudablemente satisfactorios en muchos aspectos, aspectos que hacen del visionado de la película, si no apasionante, más atractivo de lo que hasta ahora de esta reseña se parecía deducir. Aspectos escenográficos, es cierto, en los que no cabe hablar de un paso adelante respecto de lo propuesto en las imágenes magníficamente ataviadas que hallábamos en Hero (2002), La casa de las dagas voladoras (2004) y La maldición de la flor dorada (2006), pero que resultan más que válidas para desglosar desde ciertos términos de ejercicio de estilo la propuesta cinematográfica que nos ocupa, prisma desde el cual, liberados de perjuicios, los resultados de la película son mucho más dignos, incluso estimables.

 

De hecho, en esas fabulosas panorámicas aéreas y planos cenitales que van puntuando la descripción visual de la iglesia en la que discurre el grueso del relato, Yimou da claras señas de que su mirada vitriólica se desmarca un tanto de la gráfica condensación dramática. El filme, en imágenes netas, funciona más bien como un ejercicio de género, casi cabría equipararlo a un western en el que un cowboy aturdido –la imagen de Christian Bale durmiendo junto a su botella vacía en el suelo– saca fuerzas de flaqueza (y, por supuesto, descubre-los-grandes-valores) para defender a inocentes de las maldades de unos pistoleros que en este caso vienen ataviados con los ropajes de la milicia nipona, y que imponen su ley despiadada extramuros de este lugar tan enfáticamente sacralizado. John, el cowboy, aquí sacerdote improvisado, tiene un joven pero fiel escudero que le ayudará a recorrer el trayecto de redención. Y no falta siquiera la prostituta de buen corazón, que en este caso, además, son muchas, y a las que la película ofrece su homenaje en el propio título. El mencionado vitriolo se asocia a la arquitectura lumínica, obra de Xiaoding Zhao, que a veces propone atmósferas luminosas que, otra vez, nos distancian de la impresión de realismo; y se concreta en, por poner ejemplos brillantes, la utilización de los reflejos multicolores que emergen de ese formidable rosetón agujereado por las balas o, una imagen ciertamente llamativa, las motas de diversos colores que se expanden con la deflagración de un edificio en el que se hallaba un heroico francotirador chino. El juego simbolista no es nuevo en Yimou, y aquí en muchas ocasiones cae en lo obvio –la presentación del personaje, bañado literalmente en harina; las estanterías cargadas de libros que impiden la entrada de los soldados japoneses, y cómo éstos van desmoronándose–, pero incluso en lo obvio resulta atractivo al espectador, y cuando trasciende lo obvio –las cuerdas ensangrentadas de esa especie de laúd– alcanza los únicos momentos de genuina, y yimouiana, poesía visual de los que puede presumir la película. A ello, y en el haber de esta irregular película, se le suma la resolución brillante de algunas set-piéces, quizá no anecdóticamente las que exploran con más atrevimiento los conceptos más brutales del relato, caso del episodio del intento –finalmente frustrado- de violación de las niñas por parte de los soldados nipones en el interior de la iglesia o la violación y asesinato, ésta sí consumada, de una de las dos prostitutas que (de forma harto incongruente en lo argumental) abandonaron su guarida para ir a buscar las cuerdas del antes citado instrumento musical (y… ¡unos pendientes!), huida a ninguna parte que Yimou subraya con las imágenes reiterativas de las mujeres corriendo por entre los escombros, prefigurando una fuga in extremis que al final no tendrá lugar. Que precisamente este concreto episodio argumental, tan aislado de como incongruente con respecto de la trama, sea el que Yimou termina recreando con mayor potencia expresiva no deja de ser una evidencia de lo que en realidad resulta obvio: la gran película que Las flores de la guerra podría haber sido de haber contado con un guión mejor urdido y cuyas pretensiones hubieran trocado el sentimentalismo obvio por considerandos de mayor calado dramático o radiográfico.

http://www.imdb.com/title/tt1410063/?ref_=sr_1

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20120118/REVIEWS/120119985

http://www.azcentral.com/thingstodo/movies/articles/2012/03/28/20120328flowers-war-movie-review-goodykoontz.html?nclick_check=1

http://www.bonjourtristesse.net/2012/01/flowers-of-war-2011.html

http://www.cineparaleer.com/critica/item/1277-las-flores-de-la-guerra

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¡VIVIR!

Huozhe

Director: Zhang Yimou

Guión: Yu Hua y Wei Lu,

según una obra del primero.

Intérpretes: Ge You, Gong Li, Niu Ben, Xiao Cong, Deng Fei, Tao Guo, Zongluo Huang, Wu Jiang, Tianchi Li, Zhang Lu

Música: Zhao Jiping

Fotografía: Yü Lue   

  Montaje: Yuan Du

China. 1994. 125 minutos

 

Entre dos Yimous

Si el paso del tiempo sirve para despejar algo tan esencial como es la perspectiva en el análisis de (por ejemplo) la obra de un cineasta, el visionado, hoy, de esta ¡Vivir! quizá sirviera para matizar un tanto la  aseveración sobre el presuntamente radical cambio de tornas cinematográficas de Zhang Yimou, el cineasta que se abrió camino con títulos como Sorgo Rojo (1987),  Ju Dou: semilla de crisantemo (1990) o La linterna roja (91) y que en los últimos años nos ha entregado esas tres coloristas fantasías que son Hero (2002), La casa de las dagas voladoras  (2004) y La Maldición de la Flor Dorada (2006), amén de responsabilizarse de la dirección de la ceremonia de inauguración de las Olimpiadas de Pekín. Según muchas voces, Yimou ha pasado de la sencillez y hasta minimalismo de planteamientos a la eclosión de los efectos especiales y el sense of wonder. Del prestigio festivalero al tributo al mainstream. Y es que esa dicotomía a la que la obra de Yimou se presta en apariencia tan claramente es muy del gusto de los amantes de la controversia, y probablemente arrecia más con las nuevas corrientes críticas. En mi caso, comulgo más bien poco con esos enfrentamientos, tomando en consideración las razones biográficas pero también, sobretodo, mi sensación de que Sorgo Rojo y La casa de las dagas voladoras, por equiparar dos de esas obras enfrentadas, tienen diversos puntos en común, puntos esenciales que van más allá de las temáticas y argumentos de las películas, y que se condensan en la construcción visual y hechura formal de las mismas. En cualquier caso, y a eso venía esta introducción, creo que esta Huozhe, que se sirve de un relato de corte íntimo para describir un estado de las cosas político y cultural de largo alcance de tiempo (las tres décadas centrales del siglo XX), puede servir a modo de conciliación entre las obras de la primera etapa del realizador y sus últimas realizaciones, o incluso como prueba demostrativa de que no existe una ruptura radical de intenciones (ni incluso servidumbres al régimen político, según mi punto de vista) sino una evolución natural –y en algunos sentidos incluso predecible– en el seno de una filmografía que, en sus razones de lenguaje cinematográfico resulta a la postre, y a la contra de esas muchas extendidas opiniones,  bastante armónica.

 

Tiempos que cambian, personas que pasan

Basada en una novela de Yu Hua, y ganadora del Gran Premio del Jurado del festival de Cannes 1994, la película presta atención a los convulsos cambios en la sociedad china durante los años cuarenta, cincuenta y principios de los sesenta del siglo pasado, incluyendo la guerra civil entre los nacionalistas al servicio de Chiang Kai Chek y los comunistas liderados por Mao Tse Tung, y la posterior revolución cultural auspiciada por el líder comunista. Sin embargo, no nos hallamos ante un fresco histórico convencional, ya que todos esos acontecimientos están tamizados por una mirada a lo particular, a los periplos vitales de la familia formada por Fu Gui (Ge You) y su esposa Jiazhen (Gong Li, por entonces actriz-fetiche del cineasta), así como sus dos hijos Chunsheng y Youqing, una familia que reside en una zona rural, y azotada por la miseria desde el inicio de la función, antes del advenimiento de todos esos cambios políticos y sociales que lo modificarán todo de forma radical. El secuenciado relato condensa en su seno un bastante equilibrado vaivén entre los motivos dramáticos (y hasta melodramáticos) y un afán de descripción de corte costumbrista donde a menudo espora lo hilarante, a veces incluso con fuerte carga irónica. Sin duda que en esa mixtura de tonos la película revela una clara evocación al cine de Akira Kurosawa, del mismo modo que en ciertas definiciones argumentales (sobretodo hacia el desenlace) se deja sentir la influencia la Trilogía de Apu de Satyajit Ray. Aún más allá, y precisamente por la vocación decididamente universal que Yimou le concede al tratamiento de los personajes, la película me recordó tanto al John Ford de ¡Qué verde era mi valle! (1941) cuanto al dibujo del protagonista encarnado por Charlie Chaplin en dos obras del cineasta tan significadas como son Tiempos Modernos (1936) y El Gran Dictador (1940). De la obra de Ford basada en la novela de Richard Llewellyn llegan ecos referidos al mimo y hasta efusividad con la que se describe lo localista, ello desplegado en lugares, costumbres y personajes secundarios:  de los títulos de Chaplin, la clarividencia con la que se desliga a los personajes de los trascendentes, y a menudo terribles, acontecimientos históricos que los enmarcan, acontecimientos que pillan siempre desprevenidos a la pareja protagonista de la película, cuyos intereses y necesidades, por ser más elementales, exigen todo su esfuerzo, sin dejar margen al cuestionamiento pero tampoco a la más mínima convicción. De uno y otro elementos, cabales en la definición tanto dramática como tonal de la función, emerge esa mirada externa que sí deja espacio para la crítica o reflexión sin por ello desalojar un ingrediente nostálgico, que emerge de la querencia por los personajes y deriva en un sentimiento comunitario, de admiración y respeto por las gentes que día a día se enfrentan a los azares del destino y la Historia y comparten la comida tanto como las alegrías y tristezas.

 

El oficio de titiritero

Todo lo apuntado tiene mucho que ver con el contenido argumental y la estructura narrativa, pero más aún con la convicción con la que Yimou maneja esos temas en imágenes. Yimou convierte la tensión que el relato contiene entre la retórica de la Historia con mayúsculas y su significado en las vidas particulares desde otro tipo de tensión, referida a la disposición de los elementos cinematográficos, la dialéctica que se establece entre, por un lado, los planos generales, fastuosas panorámicas y trabajadas secuencias de lo multitudinario, que contienen la Historia, y la aproximación minimalista, los planos cortos a los personajes, los detalles de objetos y los planteamientos escénicos reducidos (interiores, el patio de entrada a una casa, esos estrechos callejones), que refieren esas historias particulares, el devenir vital de la familia de  Fu Gui. De ese modo acaba sucediendo que lo uno y lo otro raramente conviven, y si lo hacen es de un modo forzado, tal y como ejemplifican a la perfección secuencias como la de la boda de la hija de Fu Gui y Jiazhen, llena de referencias al rojo maoísta, o sobretodo el pasaje central de la guerra, cuya trascendencia y horror se magnifica en los formidables planos de los campos de batalla nevados y plagados de cadáveres, un paisaje desolado en el que Fu Gui y su compañero tratan torpemente de sobrevivir al tiempo que son perseguidos por un ejército entero, sus dos figuras patéticas corriendo hasta ser superadas por la estruendosa y descomunal milicia. Como contrapunto de esa Historia ejecutada desde la violencia, ajena a los pulsos de los personajes, se alza maravillosamente el dibujo de la otra parcela de la Historia (claramente vencida por la anterior), la Cultura, simbolizada en aquellos títeres que Fu Gui gusta de interpretar en el espectáculo de sombras chinas. Hablo, claro, de su vocación y oficio de titiritero, que en un primer segmento le ofrece una penitencia y al mismo tiempo una receta contra los propios errores de su pasado jugador y que, más adelante, cuando se consolida la revolución, Fu Gui deberá dejar atrás para sintonizar con las consignas del régimen. Pero si ese oficio de titiritero raíla de forma inteligente lo simbólico en lo argumental, aún más valioso me resulta el modo en que Yimou resuelve ese símbolo en imágenes, en una recolección de poderosos planos que, para mí gusto, contienen lo más sobresaliente a nivel visual de la película: la tela del escenario siendo rasgada por una bayoneta cuando adviene el conflicto bélico; el títere que se halla entre los restos del combate, en el suelo nevado; los títeres que arden en el suelo, sin que Fu Gui siquiera se revele, cuando el jefe comunitario le ordena que se deshazca de ellos; o el baúl en el que alguna vez estuvieron, ya sin ellos, que en la última secuencia de la película reaparece a forma de anagnórisis, recapitulación y representación del valor de la vida y la cultura como dos caras de una misma y reivindicada supervivencia.

http://www.imdb.com/title/tt0110081/

http://www.imdb.com/title/tt0110081/usercomments

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/19941223/REVIEWS/412230303/1023

http://www.reelviews.net/movies/t/to_live.html

http://homepages.sover.net/~ozus/tolive.htm

http://www.miradas.net/0204/estudios/2004/10_zyimou/vivir.html

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HERO

Ying Xiong.

Director: Zhang Yimou.

Guión: Li Feng, Wang Bin, Zhang Yimou.

Intérpretes: Jet Li, Zhang Ziyi, Tony Leung, Maggie Cheung, Daoming Chen, Donnie Yen.

Música: Tan Dun.

Fotografía: Christopher Doyle

China-Hong Kong. 2002. 116 minutos.

 

Lírica y espectáculo

De entrada debo decir que soy desconocedor del grueso de la laureada filmografía precedente de Zhang Yimou, lo que sin duda impide un análisis del filme tamizado por el currículo cinematográfico del realizador de La linterna roja. En cuanto al marchamo de mainstream que se le puede colgar a la película, me remito a lo escrito a propósito de La Maldición de la Flor Dorada.     Una vez efectuadas las pertinentes aclaraciones, déjenme decir que Hero me pareció una película convincente, bien capaz de articular su discurso desde los estrechos códigos del espectáculo visual más atronador y a la vez bordear la senda del intimismo, de la lírica (mixtura que tiene resultados dispares en según qué momentos de la película, pero que en ocasiones, como el ataque al taller de escribanos, abraza la perfección formal con la inmensa capacidad para la sugerencia).

 

Colores

Esquivaré la comparación de esta obra con su precedente Crouching tigre, hidden dragon, porque las texturas de ambas obras nos confirman que Lee y Yimou son cineastas muy dispares: Hero mantiene una (entiendo que) honesta equidistancia con aquel taquillero título, toda vez que las soluciones formales en las secuencias de combates pueden asimilarse, pero los motivos y la senda de una y otra películas distan mucho. Se aprecia de esta espectacular superproducción un refinado gusto por la utilización simbólica del color (el crítico Quim Casas le otorgó una correspondencia sentimental a cada gama cromática, correspondencia que a mi, sinceramente, se me escapó en lo que iba más allá del contraste entre la pausa y el remanso de los tonos fríos y los apasionados cálidos), que se traduce en imágenes en auténticos y diferenciados segmentos monocromáticos. El preciosismo de las imágenes de la película encuentra su contrapunto en ciertas redundancias argumentales que revelan al guión como punto débil de esta estimable película.

http://www.imdb.com/title/tt0299977/

http://www.pasadizo.com/peliculas2.jhtml?cod=538&sec=4

http://www.miradas.net/0204/estudios/2004/10_zyimou/hero.html

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LA MALDICION DE LA FLOR DORADA

Man cheng jin dai huang jin jia

Director: Zhang Yimou.

Guión: Zhang Yimou y Cao Yu.

Intérpretes: Chow Yun Fat, Gong Li, Chou Jay, Liu Ye, Ni Dahong, Qin Junjie, Li Man, Cheng Jin.

Música: Shigeru Umebayashi.

Fotografía: Zhao Xiaoding.

China. 2007. 107 minutos.

 

Épica y Romanticismo

 

Zhang Yimou parece cada vez más a gusto manufacturando delirios estéticos con caparazón de películas de fantasía medieval. Y aunque parece que a la crítica (la misma que le alzó a los altares de la cinefilia en los viejos tiempos de La linterna roja y Ju Dou: semilla de crisantemo) no le hace demasiada gracia que el realizador capitanee la producción mainstream de la República Popular China, el autor de Hero y La casa de las dagas voladoras no da síntomas de hastiarse de esta nueva formulación visual, genérica y comercial. No al menos a juzgar por los excesos deliberados de esta “tercera entrega” (por llamarlo así). Man cheng jin dai huang jin jia  está ambientada en el siglo X chino, durante la dinastía Tang, y nos propone una historia que pone en solfa argumental diversas intrigas de poder –en este caso, palaciegas- y que lleva al extremo su formulación épica y su vocación romántica bigger than life (con ecos temáticos cada vez más cercanos al gusto shakespeariano… o hasta a la reformulación que del literato efectuara el maestro Kurosawa).

 

Opera visual

 

Lo primero que nos llama la atención de la película es el ya consabido interés de su realizador por el juego con lo cromático, en este caso engarzado en un aparatoso derroche de fastuosidad (sí, soy consciente de que con tanto epíteto corro el peligro de exagerar la definición: precisamente eso es lo que propone Yimou).  Pronto nos daremos cuenta de que tanto relumbrón y tantos oropeles ofrecen algo más interés que el mero (y tan constante) alarde, pues dan con el tono teatral, operístico, pretendido por su realizador; asimismo, muchas son las secuencias en las que el color, la forma o el peso del encuadre solemne sirven para articular pensamientos, sentimientos o conceptos épicos (rescato no sólo la maravillosa celebración del exceso en la secuencia del ataque a la Ciudad Prohibida, sino secuencias tan intensas como la que nos muestra el flamante cuadro familiar en descomposición en los instantes climáticos de la película, o ese hierático epílogo). El mayor problema con el que nos enfrentamos los espectadores de esta Man cheng jin dai huang jin jia se sitúa a nivel de guión, pues la narración a menudo cae en la sofisticación para dar empaque a una esencia dramática demasiado manida y a la que a menudo se le ven las costuras. Otro punto flaco lo hallamos en la pobreza interpretativa del actor que encarna al príncipe heredero, que da al traste con la intensidad de un par de secuencias claves del filme, que de lo dramático terminan por caer en lo patético; en cambio, y por suerte, Chow Yun Fat y Gong Li sí ofrecen dos composiciones de todo punto maravillosas.

 

Yimou y el mainstream

 

Puede decirse que esta La maldición… (al igual que Hero y que La casa de las dagas voladora) es un ejemplo de refinamiento de unos postulados eminentemente comerciales. Lo que es lo mismo que decir que Yimou establece puentes entre las (tan personales) fórmulas estéticas que en su día le granjearon tantos elogios y la vertiente comercial del cine como industria. Supongo que ése es el motivo por el que el grueso de la crítica desconfía de estas últimas obras de Yimou, quizá tratando de descifrar si se trata de una renuncia o de un experimento, de un camino de ida o de vuelta. A mí me da por pensar que ese puente existe y, si Yimou se halla en su tránsito, sólo puede ser de/en doble sentido. A pesar de ser consciente de las citadas inconsistencias argumentales del filme (y de sus precedentes, especialmente La casa…), no puedo por menos que rendirme ante la belleza formal que atesoran determinados (no pocos) pasajes de la película, festín visual resultante de una mezcla tan improbable como la que se produce entre la minuciosidad del encourage suntuoso y la más campante celebración de los efectos digitales de última generación (slow-motion, hiperbólicos planos de detalle y ninjas saltarines incluidos).

http://www.imdb.com/title/tt0473444/

http://www.sonyclassics.com/curseofthegoldenflower/

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HERO

 

 

Ying Xiong

Director: Zhang Yimou.

Guión: Feng Li, Bin Wang y Zhang Yimou

Intérpretes: Jet Li, Zhang Ziyi, Tony Leung Chiu Wai, Maggie Cheung, Donnie Yen.

Música: Tan Dum.

Fotografía: Christopher Doyle

China. 2002. 107 minutos.

 

       Heroic-fantasy I

 

       Han pasado varios años desde el estreno de Hero, Yimou ha estrenado otras dos películas del mismo corte, y hasta participó (con resultados soberbios) en la preparación y realización de la ceremonia inaugural de las Olimpiadas celebradas en Pekín en 2008. Motivos suficientes para que los amantes de la laureada filmografía precedente de Zhang Yimou hayan decidido arrojar su currículo cinematográfico al garete. No es mi caso, déjenme decir que Hero me pareció una película convincente, bien capaz de articular su discurso desde los estrechos códigos del espectáculo visual más atronador y a la vez bordear la senda del intimismo, de la lírica (mixtura que tiene resultados dispares en según qué momentos de la película, pero que en ocasiones, como el ataque al taller de escribanos, abraza la perfección estética).

 

      

       Espectáculo a colores   

 

       Esquivaré la comparación de esta obra con su precedente Crouching tigre, hidden dragon, porque en efecto Lee y Yimou son cineastas muy dispares, y Hero mantiene una honesta equidistancia con aquel taquillero título, toda vez que las soluciones formales en las secuencias de combates pueden asimilarse, pero los motivos y la senda narrativa escogidas por una y otra películas distan mucho. Se aprecia de esta espectacular superproducción un refinado gusto por la utilización simbólica del color (el crítico Quim Casas le otorgó, en una reseña publicada en la revista Dirigido por, una correspondencia sentimental a cada gama cromática, correspondencia que a mi, sinceramente, se me escapó en lo que iba más allá del contraste entre la pausa y el remanso de los tonos fríos y los apasionados cálidos), que se traduce en imágenes en auténticos y diferenciados segmentos monocromáticos. El preciosismo de las imágenes, no obstante, encuentra su contrapunto en ciertas redundancias argumentales que relevan el guión al punto menos trabajado de esta estimable película.

http://www.imdb.com/title/tt0299977/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.