ALIEN COVENANT

ALIEN CO

Alien: Covenant

Director Ridley Scott

Guion John Logan, Dante Harper, según una historia de Jack Paglen, Michael Green

Música Jed Kurzel

Fotografía Dariusz Wolski

Reparto Michael Fassbender,  Katherine Waterston,  Billy Crudup,  Demián Bichir, Danny McBride,  Carmen Ejogo,  Jussie Smollett,  Amy Seimetz,  Callie Hernandez, Benjamin Rigby,  Alexander England,  Uli Latukefu,  Tess Haubrich,  Guy Pearce, Noomi Rapace,  James Franco

Productora Twentieth Century Fox Film Corporation / Scott Free Productions / Brandywine Productions

EEUU. 2017. 123 minutos

Dioses y monstruos

Más allá de lo cansino que resulta que, a estas alturas, cuando se estrena una película que pertenece a una saga clásica (en el sentido de muy popular y referencial como lo es la de Alien), el latiguillo habitual al respecto sea decir que “era mucho mejor la original”, es interesante que muchos hayan leído esta Alien Covenant como un reciclaje y puesta en imágenes (sintéticas) de diversos de los lugares comunes de los títulos precedentes de esa franquicia. No estaría en desacuerdo del todo, o puedo admitir que Ridley Scott, John Logan y el resto de responsables del título juegan, además con cierto placer, a explotar trazos reconocibles de esas películas pretéritas –empezando por la, hoy tan incontestable, Alien, el octavo pasajero (Scott, 1979), y siguiendo con Aliens, el regreso (James Cameron, 1986), aunque el aficionado a hallar parangones puede entretenerse a buscarlos también con los posteriores títulos de David Fincher (1993) y Jean-Pierre Jeunet (1997)–; sin embargo disiento frontalmente del sentido que esa interpretación superficial le confiere a la película, pues sugiere dejadez, falta de ideas e intereses meramente crematísticos, cuando el recurso a esos tópoi reconocibles de la saga Alien esconde en este caso una saludable ironía y una sugestiva reformulación, que no es lo mismo que vuelta de tuerca.

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Esa reformulación se lee en parámetros de contenidos, pero se filtra desde el punto de vista, y queda preclara en la última secuencia de la película (que por supuesto no explicaré), pero se percibe en imágenes de principio a fin: por mucho que sea el rostro de Katherine Waterston el que comparece en el cartel de la película y que los avatares de su personaje, Daniels, oficial de la nave Covenant, puedan equipararse en muchos términos con los de Ripley (Sigourney Weaver) en el título inicial, su protagonismo en la función es relativo, y no tanto por la coralidad de personajes que comparecen en la obra cuanto por el hecho de que no es ella quien capitaliza los temas que Alien Covenant explora, temas distintivos que, como sucedía con la también espléndida Prometheus (2012), la convierten, para aquel que sepa ver el bosque más allá de los árboles, en un título ávido por continuar explorando las posibilidades de las premisas de partida y no en una desganada operación de réplica de fórmulas exitosas, o aún más, en un título que se toma en serio (y no en broma) su capacidad para aportar motivos a los universos genéricos a los que pertenece, la ciencia ficción y el terror; motivos, también debemos añadirlo, que nos dicen cosas sobre el momento y sociedad en el/la que vivimos.

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Y quien capitaliza esos temas, principalmente, es el actor más cotizado del reparto, Michael Fassbender, quien asume en la función un doble papel de persona sintética, desarrollando el que ya encarnó en Prometheus, David, y añadiendo el de otro, Walter, el robot que asiste a la expedición de la Covenant. La secuencia prólogo, en ese sentido, es un buen anticipo de lo que narrará la película: David se halla frente a su hacedor, el magnate de la corporación Weyland Corp (un Guy Pearce bastante más joven que como le vemos en Prometheus), y, al actuar para él –interpretar una pieza al piano, servir el te— se otea el conflicto que, tantos años después, tras la expedición relatada en la anterior película (y la secuencia de choque que supuso el encuentro de Weyland y el propio David con un ingeniero), da lugar al apoderamiento del sintético y su, digámoslo así para no revelar en demasía cuestiones importantes del argumento, rebelión contra la jerarquía de lo humano. En el muy interesante estudio del personaje, Prometheus (que, no lo olvidemos, comenzaba con David en la soledad de la nave, ¿su nave?, viendo una y otra vez Lawrence de Arabia) y Alien Covenant constituyen un díptico, un desarrollo coherente, de ese comentario sobre la inteligencia artificial que sirve a los guionistas para llevar la saga a otro nivel. Si en Alien Ash (Ian Holm) se revelaba como un traidor a la tripulación pero por intereses estrictamente corporativos, y en la siguiente Aliens, el regreso Bishop (Lance Henriksen) invertía esa naturaleza implacable transformándola en empatía, en el David de Prometheus hay una tensión entre lo uno y lo otro, y su experiencia con los ingenieros (y la patética muerte de su hacedor en el encuentro con quien, creía él, iba a darle la vida eterna), lleva al personaje a ese alzamiento hacia quienes son creadores pero tan imperfectos, y eso es lo que se desarrolla en el filme que nos ocupa, trasladado en imágenes en un pasaje central hipnótico, donde se mixtura un festín de barroquismo aberrante a costa de la imaginería alienígena (el laboratorio de David, de remembranzas del Doctor Moreau wellsiano) con cierta poética de lo sombrío, de lo maldito, de lo inerte, en esa necrópolis que funciona como guarida del sintético, donde este particular Kurtz ha cambiado los guerrilleros-zombies de la película de Coppola por estatuas de piedra que son un colosal monumento a la sumisión del inferior. En todo ese impactante y brillante pasaje de la película se refleja el fondo filosófico francamente nihilista, de ciencia ficción distópica y terrorífica, en el que se parapeta la saga en este estadio de su desarrollo.

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Y todo ello, como antes se preludiaba, merced de una transfiguración del punto de vista que, con un poco de imaginación, nos hace ver en la figura de David un sosías o alter ego del director, Ridley Scott, implacable ilustrador a la manera de El consejero (2014), que nos sitúa, si nos atrevemos a la experiencia, más allá de cualquier anclaje o compromiso con el sino de los tripulantes vivos de la Covenant, y que narra con tanta pasión como carencia de escrúpulos la historia de David. Es en ese punto de vista por encima del prisma humano, en ese tono trabajado desde lo hermético y sibilino, que tiene lugar la cierta deconstrucción de los elementos configuradores de la saga, una reexploración de lugares comunes a otra luz, donde incluso llega a esporar la ironía más maliciosa en esa secuencia diríase que heredada del cine slasher en la que el alienígena ataca a dos tripulantes de la nave que se están dando el lote en la ducha. En ese fascinante juego de significados que, aplicados al argumento del filme, nos ofrece la palabra “covenant” –la llegada del alien, el acuerdo con el alien, la voluntad alienígena… todo ello teniendo en cuenta que “alien” no significa “extraterrestre”, sino que indica lo extraño, lo extranjero, lo otro—, el relevo en el punto de vista de la superviviente Ripley al sintético David podría servir para ilustrar la distancia entre el cineasta joven que, a finales de los setenta, trataba de abrirse camino en la industria dando el do de pecho con un filme-encargo y esa otra clase de exuberancia que Ridley Scott reclama hoy, ya más allá del bien y del mal en ese seno industrial hollywoodiense, jugando con las criaturas de una de sus más célebres cosmogonías como los Dioses mitológicos jugaban con la existencia y los ciclos del hombre. Entrando en el Valhalla sin miedo al complejo de superioridad.

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Otro aspecto relacionado de forma sinuosa con el tema de la inteligencia artificial y el atentado desalmado contra la vida humana se escenifica en un elemento de guion que llama poderosamente la atención por lo mucho que el relato insiste en ello: SPOILERS hablo de presentar uniones sentimentales solo para regodearse mostrando la pérdida: Daniels ve morir a su marido Jacob (James Franco) apenas despertar del sueño criogénico en el arranque del filme; Christopher Oram (Billy Crudup), el primer oficial de la Covenant, verá morir en pavorosas circunstancias a Karine (Carmen Ejogo), su esposa y bióloga de la expedición; lo mismo le sucederá al piloto, Tennessee (Danny McBride) con Faris (Amy Seimetz), al Sargento Lope (Demián Bichir)con su compañero y homónimo en rango Hallet (Nathaniel Dean)… Incluso, cerca del cierre, tendremos ocasión de conocer otra pareja solo para ver como es asesinada por la criatura en el antecitado episodio de la ducha. No es, no puede ser casual, la presencia tan constante de esas parejas, y el modo tan implacable que tiene la película de mostrarnos su sufrimiento y pérdida, equiparado al horror de la violencia. Todo ello acaso sea fruto, o continuación, de lo apuntado en Prometheus del personaje encarnado por la allí co-protagonista Shaw (Naomi Rapace) y su pareja, cuya fatídica separación –causada por la alquimia de David— le daba enjundia a ese debate entre la fe en lo luminoso y la deriva lovecraftiana que definía la película. Ese debate, inconcluso allí (Shaw abandonaba la oscuridad y, en la nave de los ingenieros, trataba de seguir buscando la esperanza), aquí sufre el descalabro más funesto, precisamente porque los sentimientos y aspiraciones humanas son borradas del paisaje narrativo, oh negra ironía, en un relato que empieza en una nave que debe llevar la vida colonizadora al espacio y termina en el mismo sitio pero bien distintos propósitos. La crueldad sin límites que destila Alien Covenant precisa de la puntuación de esa reiterada muerte de los seres queridos, el desplome de la unión humana y la esperanza de un futuro, para zanjar sus tesis de forma concluyente. Y esa tesis se materializa en el contraste con otros emparejamientos. Uno, fruto de la alquimia de David, donde ese angustiante cordón umbilical que la bestia establece con el ser humano encuentra, tanto años después, un sentido. El otro, el emparejamiento o encuentro entre dos sintéticos, Walter y David, que es todo lo contrario de una unión sentimental: es una confrontación sostenida en la más depurada definición del doppelgänger, Walter (o sea, un sintético) encarnando el último resquicio de esperanza para los humanos…

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FIREFLY

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Firefly

Creador: Joss Whedon

Producción ejecutiva: Joss Whedon, Tim Minear y Ben Edlund

 Intérpretes:Nathan Fillion, Gina Torres, Alan Tudyk, Morena Baccarin, Adam Baldwin, Jewel Staite, Sean Maher, Summer Glau, Ron Glass

Temporadas         1 -Episodios         14

FOX. 2002-2003

La luciérnaga en la órbita del planeta Hawks

No he visto todas las series (sí las películas) de Joss Whedon, pero, conociendo las señas particulares de su universo, se me hace difícil pensar que su talento haya llegado a lucir con tanta atmósfera, exuberancia, frescura y profundidad en la exploración de personajes como en la serie Firefly, de una única temporada emitida –con problemas, pues se canceló antes del final– por la Fox en 2002, más su complemento, la película Serenity, respuesta al grado de culto que la serie había generado entre el público, realizada en 2005.

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L-R:Alan Tudyk, Nathan Fillion, and Gina Torres in the movie SERENITY. photo by Sidney Baldwin. Universal Studios

Esta especie de space western opera, como la han definido, resulta harto interesante para desentrañar esencias importantes de un discurso, el de Whedon, que reclama su peso específico en la narrativa audiovisual de lo que llevamos de siglo. Lo que llama la atención de entrada es el desacomplejado melting pot de elementos convocados para, al fin y a la postre, construir un relato de aventuras de los de toda la vida, donde se hace evidente que la prioridad narrativa no constituye tanto el lugar/escenario cuanto la exploración de los personajes. La gracia del caso es que Whedon (creador, co-escritor, showrunner de la serie y productor ejecutivo de la misma junto a Tim Minear, amén de director de los dos primeros y el último episodio, igual que firma el guión y dirección de Serenity) inventa un encourage novedoso (por mucho que sea fruto de la fusión desacomplejada, pero no por ello menos sabia, de elementos bien reconocibles) para reproducir en él un esquema realmente clásico en lo que concierne a esa exploración de personajes, utilizando esa tensión entre lo conocido y lo inédito para dar rienda suelta a su imaginación y a sus obsesiones como narrador, que, a pesar de quedar patentes de bien principio, nunca devienen redundantes, pues cada episodio de la serie exprime de forma excelente el molde narrativo tan bien fijado para profundizar en ese estudio de personajes.

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Debemos señalar que las herencias asumidas por Firefly se hallan menos en los lugares comunes pop del western o de la space opera que en los términos de influencia, perfectamente asimiladas y traspoladas a su tiempo, del imaginario más rutilante y efervescente del cine de Howard Hawks, que probablemente muchos seguidores de la serie –especialmente los más jóvenes– desconocen sin que ello signifique que su incidencia no sea mayúscula en las definiciones matrices que hacen funcionar el ingenio narrativo. Firefly, en ese sentido, es una celebración pura y muy autoconsciente de elementos cardinales del cine aventurero de Hawks, principalmente la capacidad de sugestionar al espectador a través de relatos corales de personajes de personalidades muy marcadas, personalidad a menudo confundida con la acción que desarrollan, de modo tal que hay un nexo umbilical dirigido al dinamismo del relato, a menudo su condición afable, incluso en algunos casos ingenua por lo primario de las definiciones, pero en un articulado endiabladamente hábil de relaciones complementarias que confieren lógica y apabullante personalidad al relato.

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Como en tantas obras del autor de Sólo los ángeles tienen alas (1939), en Firefly los personajes están profundamente definidos por lo que hacen, por su oficio, un oficio del que son tan devotos que se hace difícil imaginar que pudieran hacer otra cosa en la vida, y evidente que nada de lo que pudieran hacer lo harían mejor. Por eso hablar de Firefly, la historia de esta luciérnaga-nave espacial que surca los espacios exteriores de una galaxia centralizada por una especie de imperio galáctico tan nefasto como el perfilado en Star Wars, es hablar del carisma de sus personajes, cuyas definiciones tipológicas e interacciones encierran la miga de la historia. La luciérnaga tiene un nombre, Serenity, y su tripulación, nueve personas, es el motor que lo condensa todo, muy por encima de la gravedad y peligro de las sucesivas misiones en las que se comprometen o entrometen (depende del caso) como smugglers o contrabandistas de emociones a nuestro lado –pues de complicidad se trata– de la galaxia.

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Así, debemos empezar por hablar del capitán, Malcolm Reynolds (Nathan Fillon), quintaesencia del tipo comprometido con una causa, altruista por naturaleza, tan bondadoso como sarcástico (que no cínico) y tan firme en sus resoluciones como duro a la hora de apechugar con las más terribles contingencias. “Mal” para los amigos, viva expresión del coraje y referente indispensable para todos los miembros de la tripulación, es llevado al borde de la muerte en diversas ocasiones (teniendo que inyectarse a sí mismo un chute de adrenalina en el corazón para sobrevivir o soportando la más terrible de las torturas de un mafioso galáctico), estableciéndose así vasos comunicantes entre el heroísmo y el sacrificio altruista (algo así como si John Wayne tuviera que soportar el calvario que incumbe a Dean Martin en Rio Bravo (1959)), en una definición de resonancias castrenses (el cabecilla militar que predica con el ejemplo ante sus hombres) que proceden de los antecedentes del personaje, narrados en bruto en la secuencia prólogo del piloto y después referenciados de diversas maneras en el devenir de la serie, que nos hablan de Reynolds como un soldado de rango en el ejército de los “casacas marrones” (sic), que se rebeló ante la Alianza/Imperio, y que como perdedor debe pasar a ejercer su rebeldía como buenamente puede, capitaneando esta nave que se dedica al comercio en los confines exteriores, a menudo haciendo tratos con gentes de catadura bien dudosa (o moralidad cuestionable) pero que comparten con él su condición de parias cuando no proscritos, outlaws en esta frontera que, aunque sideral, algunas y evidentes concomitancias tiene establecidas con la del far-west.

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Entre los miembros masculinos de la nave hallamos a Derrial Book (Ron Glass), un predicador que, como suele decirse, guarda un secreto sobre su pasado; a Hoban “Wash” (Alan Tudyk), el entregado y eficiente conductor de la nave; a Simon (Sean Maher), un médico de buena familia convertido en proscrito por necesidad (la de salvar a su hermana de las garras de la Alianza) y que se convierte en el imprescindible sanitario de la nave (que episodio tras episodio debe salvar la vida o integridad física de unos u otros miembros de la tripulación); y a Jayne (Adam Baldwin), el brazo ejecutor de Malcolm, un tipo tan fuertote como más bien carente de luces, y personaje que nos sirve para ejemplificar con qué aparente sencillez los guionistas manejan los mimbres del relato como una ecuación diáfana, cuyo placer para el espectador reside precisamente en resolverla una y otra vez: Jayne es un mercenario y la pieza desaparejada en el mosaico de relaciones en la nave (como después analizaremos), y su cuestionable compromiso y sentido de la ética se pone en jaque en diversas ocasiones, reciclando con astucia nociones sobre su posición de amenaza para el grupo, de lo que resulta un personaje que, a pesar de su aparente simpleza y de la función algo bufa que cumple en el entramado de personajes, puede desconcertar para alimentar algunos de los tantos twist que la serie gusta de ir manejando para retroalimentar sus señas.

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Si he dividido los miembros de la tripulación por sexos es porque, indudablemente, uno de los puntos fuertes de Firefly se hallan en el interés y la frescura que Whedon (recordemos, el creador de Buffy y Angel) y los guionistas de la serie demuestran a la hora de perfilar personajes femeninos. Quizá de entre ellos el más apasionante sea el de Inara (Morena Baccarin), la réplica exquisita del protagonista del serial, cuya profesión, la de “acompañante”, refina las connotaciones asociadas a la prostitución; la bella y siempre elegante Inara, en secreto enamorada de “Mal” (al igual que él lo está de ella, aunque eso no está tan claro en el juguetón intercambio situacional-dialogado entre los dos personajes), es una mujer de estudios, formada como una geisha moderna y una cortesana, y ese matiz (que es consecuente con las reglas del universo firefly) sirve para plantear un paradigma de personaje femenino muy alejado de los cánones, y en que de hecho –extensible a buena parte del universo whedoniano– merecería un atento estudio en clave cultural. Y ese darle la espalda deliberado, bien trabajado, a los tópicos de la función que una mujer debe ocupar en un universo a priori tan masculino como el de las cuitas aventureras de un carguero espacial, viene reforzado por los otros tres personajes femeninos que pueblan la función: la íntegra Zoë Alleyne Washburne (Gina Torres), escudera de Malcolm en la guerra y aún su mano derecha; la bondadosa Kaylee Frye (Jewel Staite), personaje chocante por cuanto su apariencia angelical contrasta con ese rol, tan masculino, de ejercer de mecánico de la nave; y por último, River Tan (Summer Glau), la hermana de Simon, una joven perturbada por culpa de unos sombríos experimentos de la Alianza en los que le tocó ser conejillo de indias, y de los que ha heredado una intuición a menudo visionaria, de manera tal que el personaje ofrece al relato unas a menudo apetitosas fugas enigmáticas. Del director de Bola de fuego (1941)  y La novia era él (1949) queda esa tipología asociada a las mujeres de carácter, pero los significantes quedan sin duda lejos de lo hawksiano, y enlazan con la lectura contemporánea que la serie sin duda reclama a gritos.

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Como el director de  La comedia de la vida (1934), Whedon extrae mucho partido a las situaciones de guerra de sexos y al flirting a menudo asimétrico entre los miembros de la tripulación. También, como muestra del rigor y el control de las piezas de ese mosaico vivo, el relato progresa a menudo aparejando personajes en conflictos de largo alcance: tenemos por supuesto la historia de amor consumada entre Zoe y Wash, o las dos pendientes entre Keileen y Simon o entre el propio Mal e Inara; pero también tenemos la relación entre los dos hermanos prófugos, o los interesantes apuntes filosóficos/teológicos que depara el careo entre River y el predicador Brook. Firefly nunca sacrifica la posibilidad de seguir sacándole punta a ese estudio y careo de personajes y grupos: las ocurrencias argumentales resultan briosas, divertidas y en ocasiones angustiosas o hasta sombrías, pero se saben subordinadas a ese retrato, sencillamente brillante, de personajes. No es de extrañar que en la culminación de un episodio como “Ciudad de Ariel”, en el que tienen lugar graves acontecimientos (como siempre resueltos felizmente los últimos cinco minutos), cuando Kaylee es preguntada por lo sucedido explique todos esos entresijos de la trama (dos que se hicieron pasar por muertos, otros que planearon un robo en un hospital en el corazón de la Alianza, una expedición que se torció y terminó con apuros, atropellos y violencia) quitándole hierro; Kaylee viene a decirnos: “da igual lo que suceda, todo acabará bien”; lo que no significa que lo que suceda no sea importante, simplemente nos asevera dónde radica el meollo de la cuestión.

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Esos axiomas, en cualquier caso, funcionan como sugestivo combustible de otros: lo que Firefly termina proponiendo es un retrato de vena romántica y que nos habla de los significados de la amistad, el compañerismo, la lealtad y el compromiso con unos determinados valores ya perdidos en un mundo (perdón, galaxia) donde la oligarquía de poder retroalimenta su carroña ideológica y excluye a la mayoría en nombre de la ley y el progreso. Conjugando con suma eficacia escenográfica el minimalismo de los interiores de la nave y unos efectos digitales tan sencillos como resultones para ilustrarnos sobre el progreso y las fachadas de este extraño futuro intergaláctico, la serie propone, sin abandonar nunca la clave pop, un paseo por elementos categóricos de la ciencia ficción: atiéndase al retrato social distópico o a los experimentos en el personaje de River, que sostienen parte importante de la inercia de esa constante sensación de fuga que caracteriza a estos outlaws de las páginas del futuro que, da igual si lo son por vocación o necesidad, defienden con uñas y dientes el pabellón de la rebeldía, porque saben que es el sinónimo de la libertad.

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El aludido contraste escenográfico, que también es extensible a los exteriores donde discurren los sucesivos periplos, entre el high-tech o la frialdad metálica de los espacios opulentos y la rudeza de tabernas o prostíbulos, por no hablar de la desnudez de espacios desérticos o nevados, nos habla también de la apuesta de Firefly por la dialéctica entre  lo viejo y lo nuevo, las reglas de un clasicismo que se hace evidente que no se agota y los esfuerzos por incorporar nuevos tropos, nuevas retóricas, algunos de reciclaje pero otros fruto del ingenio y la capacidad innovadora de Whedon y el resto del equipo creativo. Firefly es una excelente serie en el balance de todos esos elementos en solfa y armonía, que en realidad poco tiene de posmoderna pues detesta la mera cita, el guiño o la sutura, y ambiciona en cambio una mirada moderna, desacomplejada, extravagante si es preciso, pero sin que el canje sea nunca el rigor expositivo y el equilibrio en el relato de personajes. Firefly es, añadirían algunos, entertainment de quintales; pero yo no lo añadiré, porque eso que damos en llamar “entretenimiento” siempre me ha parecido una definición difusa que a menudo pervierte/subvierte/ningunea, al ser esgrimida, los fértiles significados en los que reposa el interés de una obra de ficción. Y eso es injusto. Por no decir miope. O incluso cínico. Y el cinismo daña las cosas bellas, como la nave Serenity, como el capitán Reynolds y su tripulación, o como la imaginación de Joss Whedon.

TOMORROWLAND: EL MUNDO DEL MAÑANA

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Tomorrowland

Director: Brad Bird.

Guión: Brad Bird, Damon Lindelof y Jeff Jensen

Intérpretes: Britt Robertson, George Clooney, Hugh Laurie, Raffey Cassidy, Judy Greer, Kathryn Hahn, Lochlyn Munro, Chris Bauer, Tim McGraw, Paul McGillion, Raiden Integra

Música: Michae Giaccino

Fotografía: Claudio Miranda

EEUU. 2015. 129 minutos

 

Con un poco de imaginación

La Walt Disney Pictures acumula, en los últimos años, un corpus interesante de propuestas no animadas ni dependientes de sus multimillonarias franquicias. Interesante por ese propio desmarque, en el mosaico de la política creativa de la productora, que revela un cierto riesgo (los números en el box office cantan) a la hora de asumir proyectos: parece que a los ejecutivos de la compañía, quizá conscientes de que hoy la taquilla no es ya el barómetro útil para medir la rentabilidad de un producto, no les tiembla la mano en apostar mucho dinero en mecenazgos creativos y en propuestas que pueden fracasar pero, si tienen éxito, asegurarán réditos a largo plazo mediante secuelas y derivaciones en todos los ámbitos del mercado que el conglomerado maneja. Podría ser ése el caso de John Carter (Andrew Stanton, 2012) o de El llanero solitario (Gore Verbinski, 2013).

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Como en la fábula marciana basada en Edgar Rice Burroughs, se ha encomendado la realización de esta Tomorrowland a un director forjado en la Pixar, Brad Bird, y a un guionista de éxito y personalidad, Damon Lindelof, la participación en la confección del guión (que el propio Bird cofirma). Lindelof no deja de ser una conexión Abrams, el cineasta encargado de la remodelación tan esperada de la franquicia Star Wars. Y quien esto firma, pensando en la baraja de todos estos nombres, los Abrams y Lindelof, los cineastas de la Pixar, el Whedon de las películas sobre Los Vengadores, medita sobre el hecho de que, si bien es imposible equiparar épocas en la industria, los enumerados podrían ser vistos como los equivalentes de los Spielberg, Lucas o Coppola en los años del New Hollywood. Por supuesto habrá quien se eche las manos a la cabeza ante semejante argumento (¿sacrilegio?), pero vengo a referirme a personalidades creativas. El maltrecho Hollywood de principios de los años setenta nada tiene que ver con el paisaje tan transmutado de la industria hoy, pero esa industria necesita siempre creadores que ofrezcan una determinada mirada, que pulsen teclas por inquietudes, que subrayen unos temas o puntos de vista y dejen otros de lado. Y en ese sentido, gusten más o menos los resultados, y dejando la nostalgia aparte, esta batería de nombres capitalizan una parte importante de la creatividad en el seno de la industria del cine de hoy, y es dato relevante su asociación con la Disney. Desde el ejemplo más paradigmático de todos, John Lasseter, no se trata de nombres forjados en el seno de la WD Pictures, sino talentos cazados por la productora. La pregunta del millón es hasta qué punto tiene lugar el pacto entre los motivos artísticos y los, digamos, crematísticos.

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Y es una pregunta que una película como Tomorrowland hace difícil de contestar. Porque, a pesar de nacer como un proyecto que tenía que dar réplica cinematográfica a unas atracciones de los parques temáticos Disney, los resultados cinematográficos resultan desconcertantes, y probablemente más para lo bueno que para lo malo. En Tomorrowland se dan la mano dos creadores, Bird y Lindelof, que aúnan la solvencia artesana en sentido amplio (la capacidad para confeccionar ficciones del gusto del gran público) con una sofisticación en las maneras narrativas que procede del gran aparato artístico de la animación y de las series televisivas, las dos fuentes de mayor talento e innovación del audiovisual estadounidense de hoy. Aunque he leído alguna crónica despistada que nos dice –supongo que por aquello de que aparecen unos niños– que Tomorrowland pretende recuperar el aspecto luminoso, sencillo y buenrollista de la ci-fi de los años ochenta, poco termina habiendo de eso en la película. No hay sencillez, sino un argumento sofisticado plagado de reflexiones metanarrativas, la luminosidad es cuestionada como coda  argumental (conviven dos miradas enfrentadas en su visión del progreso, y ése es al fin y al cabo el tema de la película) y el buenrollismo está decididamente en fuera de juego, y me refiero al hecho de que, si algo se le puede achacar al filme, es que no es una obra entretenida, y que su estructura, de compleja, es a veces problemática, todo ello a tono con esa densidad aludida.

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En la miga narrativo-discursiva de la película, más allá de la puerilidad (también sofisticada, en esta ocasión) que es dable esperar de las películas de la productora (ese enfrentamiento entre los dos lobos, el de la luz y el de la oscuridad, que todos llevamos dentro, y que vence el que mejor se alimenta), hallamos algunas semejanzas con la muy cercana e interesante Big Hero 6 (n Hall, Chris Williams, 2014), película disfrazada de aventura animada con ingredientes superheroicos pero que también estampaba en su tablero argumentos cienciaficcionescos para proponer reflexiones interesantes sobre la era en la que estamos viviendo, en la colisión entre los agigantados progresos tecnológicos y el cuestionamiento ético asociado a esos progresos. Tomorrowland se toma bastante tiempo, medio metraje, para plantear el relato en sus términos. Es un peaje que Lindelof y Bird juzgan necesario: arriesgan a desentrañar el relato con calma, a partir de la presentación sucesiva de los dos personajes principales, y juegan la baza del sense of wonder en las secuencias más aparatosas de esa primera mitad del metraje, logrando secuencias tan memorables como la del hallazgo del pin que teletransporta (en una solución visual muy efectiva) a Casey Newton (Britt Robertson) al Mundo del Mañana. En la segunda mitad, la imaginería asociada al progreso se compagina con una sucesión de secuencias de acción e impacto (desde el episodio en la tienda vintage de artículos de coleccionista relacionados con el cine “del espacio” –por supuesto atestada de objetos/guiño para el espectador, desde las innumerables referencias a Star Wars al autohomenaje en la figurilla de un Increíble–, al enfrentamiento climático con el prócer de Tomorrowland, Nix (Hugh Laurie), pasando por la fuga de la morada de Frank Walker (George Clooney) cuando ésta es asediada por enemigos), pero también hay espacio para el sense of wonder puro (la conversión literal de la Torre Eiffel en una lanzadera, fruto de una idea de guión genuinamente steampunk y en una veta à la Alan Moore de La Liga de los Hombres Extraordinarios) y una sutura de situaciones y diálogos en los que se van condensando los elementos filosóficos sobre los que progresa la trama, y que de ningún modo pueden reducirse, a pesar de los inevitables efectismos, a lo esquemático y maniqueo.

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Semejante baraja de elementos da lugar inevitablemente a un metraje irregular, y muy mal estructurado si acudimos al manual que nos habla de la compensación entre presentación, nudo y desenlace. Y de ello se sigue que Tomorrowland fracase estrepitosamente como filme de neto entertainment. Ese roller-coaster de situaciones, tonos, cinéticas y efectos especiales sin duda resulta agotador, pero no porque aburra, sino porque a menudo sobrepasa. ¿Hubiera sido una película más redonda si la exploración hubiera sido más precisa en algunos elementos a costa de dejar de sugerir otros, o es precisamente más fascinante por la fecundidad de temas barajados, a pesar de que unos se apuntalen y otros queden en el aire? Es una respuesta imposible, que depende de las preferencias intelectuales-emotivas de uno, o de la clase de predisposición con la que se enfrenta al visionado de la película. A mí me seduce por la fuerza imaginativa de muchas soluciones visuales y el partido narrativo que se le extrae a la imaginería propia que propone, lo que revierte en términos de coherencia y de riesgo, esto es su capacidad por llevar a la hipérbole la entelequia del progreso mientras por otra parte cuestiona sus bondades, algo que puede resumirse en las constantes dicotomías que plantea la película (los niños y los adultos, el éxito y el fracaso, lo mesmerizante y lo ruinoso, el destino inevitable y el libre albedrío, las luces y las sombras del talento científico elevado a la máxima expresión…), y que si los responsables de la película resuelven de forma luminosa en ese cierre-epílogo en el que nos hablan de la Esperanza (así, en mayúsculas), antes han alcanzado la misma tesis a través de lo dramático: la solución del personaje del robot Athena (Raffey Cassidy), que se sirve de las premisas clásicas de los relatos sobre inteligencia artificial para plantar las tesis de la película de una forma poética, hermosa, conmovedora.

INTERSTELLAR

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Interstellar

Director: Christopher Nolan.

Guión: Christopher y Jonathan Nolan, según una historia de Kip Thorne.

Intérpretes: Matthew McConaughey, Anne Hathaway, Jessica Chastain, Bill Irwin, John Lithgow, Casey Affleck, David Gyasi, Michael Caine, Matt Damon, Wes Bentley, Mackenzie Foy, Timothée Chalamet, Topher Grace, David Oyelowo, Ellen Burstyn

Música: Hans Zimmer

Fotografía: Hoyte Van Hoytema

EEUU. 2014. 169 minutos

La luz al final de los laberintos de Nolan

 Cada película de Christopher Nolan supone un auténtico acontecimiento, cita de gregarios partidarios o detractores que desde cualquier foro, con mayor o menor conocimiento de causa/imaginación/razonamiento/inteligencia tratan de desentrañar la miga de la película para recomendarla al prójimo o alertarle contra ella. En esta era de apoderamiento de la comunicación vía redes sociales esta fenomenología en realidad trasciende de los parámetros de discusión sobre las virtudes/defectos de un cineasta e invita a sacar otro tipo de conclusiones referidas al comportamiento socio-cultural. Pero eso, por supuesto, queda fuera del objeto del análisis que aquí interesa, aunque sí queda constancia de que el peligro de contaminación es grande. Por ello digo de entrada que trataré de no buscarle hermanos mayores a Interstellar. No pretendo hablar aquí de 2001: una odisea del espacio (2001: A Space Odissey, Stanley Kubrick, 1968) para establecer parangones, como tampoco los buscaré con Elegidos para la gloria (The Right Stuff, Phillip Kaufman, 1983), con Contact (Id, Robert Zemeckis, 1999) o con  otras obras con las que de un modo u otro se emparenta Interstellar, de hecho las dos citadas mucho más que con el título de Kubrick. Pretendo hablar en cambio de Memento (Id, 2000), de El truco final (El Prestigio) (The Prestige, 2006) o de Origen (Inception, 2010). Pretendo hablar de Nolan. Intentaré no caer en la trampa, auto-asumida por tantos comentaristas del cine del autor de El Caballero Oscuro (The Dark Knight, 2008), de comparar la pieza con otras icónicas de antaño únicamente para tratar de revelar sus flaquezas, argumento dudoso en el planteamiento y falaz a más no poder en sus conclusiones concretas. No hay que caer en la trampa de dar por sentado que Nolan es el director mejor considerado del cine norteamericano y enrabietarnos contra esa (¿asumida?) máxima para negarla. No hay que condenar a Nolan por tener éxito, otro ejercicio de incoherencia supina que se estila mucho (aunque de hecho se ha estilado siempre: pienso en Spielberg, y antes en Hitchcock, por ejemplo). Mejor, o más pertinente, considero hablar de algunos aspectos definitorios de Interstellar que, para quien esto rubrica, hacen de la película un eslabón coherente en el desarrollo filmográfico de Nolan, un desarrollo filmográfico en el que la ecuación industrial juega un peso importante, pero que resulta apasionante más allá de ese considerando. Por lo que cuenta, por cómo lo cuenta.

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En realidad el trayecto de Nolan en el cine mainstream se caracteriza por una traslación a los parámetros o convenciones de Hollywood de unas determinadas, diría que más bien indomeñables, incluso obstinadas pulsiones creativas, de balance psicologista, y que han inquietado al cineasta desde su primer largometraje, Following (1998). Nos adentramos en cuestiones de dramaturgia y atendemos a una galería de personajes siempre torturados, a menudo trágicos, captivos de sus obsesiones, de sus miedos. Ni el propio Batman se libraría de esos epítetos en la determinada y exitosa lectura que del personaje creado por Bob Kane y Bill Finger efectuó el cineasta, cuyo antes citado título central, además de adentrarnos en la materia espinosa de la imposibilidad de la Justicia, proponía una apasionante digresión sobre la inevitable complementariedad de la dicotomía del Bien y el Mal. En Memento y en Insomnio (Insomnia, 2002) se trazaba la peripecia desquiciante de sendos personajes –más cercanos al estoicismo que a la auténtica heroicidad– que trataban de resolver un crimen, en una búsqueda de la verdad obstinada precisamente por la desventaja con la que debían encarar esa búsqueda. La relación asimétrica que se establecía entre dos personajes careados por un caprichoso azar edificaba la trama de Following, anticipando la relevancia, casi perenne en su filmografía, del doppelgänger, llevada a su máxima expresión en la abrasiva historia de la pugna entre dos magos en El truco final. La violencia como herencia, los traumas y sus purgatorios, las irresolubles aristas de los instintos y ambiciones humanas son conceptos marcados a fuego en las historias de Nolan. Pero no recordamos esas historias meramente por sus enunciados argumentales, sino más bien por las siempres arriesgadas, difícilmente parangonables, proposiciones cartesianas de la arquitectura narrativa puesta en solfa por el realizador, una labor de muy esmerada escritura de guiones que de hecho exige unas cualidades de puesta en escena muy específicas en las que Nolan se ha doctorado: hablamos de esculpir repeticiones/variaciones a través de la escenografía y el montaje, de utilizar la luz y los movimientos de cámara como manifestaciones de un determinado angst de los personajes, la música como su apéndice atmosférico, todo ello estructurado de manera que la progresión de las tramas funcione asimismo como un progresivo encaje de piezas, un llevar al paroxismo escenográfico el clásico proceso de descubrimiento de los personajes que va parejo a ese descubrimiento por parte del espectador, paroxismo que de suyo lleva a constataciones deprimentes sobre la naturaleza humana, sus ambiciones y flaquezas, sus obcecaciones y errores inevitables en el tablero despiadado de la existencia.

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Pero, es cierto, el cine de gran formato de Hollywood tiene sus exigencias, y Nolan fue moldeando la forma de plasmar esas sus inquietudes para satisfacer las expectativas de ese gran público sin traicionarse a sí mismo. Se trataba de utilizar semejantes moldes pero liberar a esos personajes de la negrura en la que se hallaban sumidos, recompensarles tras el espinoso trayecto. Al hombre murciélago, a quien en Batman Begins (Id, 2005) habíamos conocido luchando y venciendo algo tan pavoroso como la sustancia pura del miedo, íbamos a verlo, en el título final, El caballero oscuro: la leyenda renace (The Dark Knight Returns, 2012), resurgir de sus propias cenizas para abanderar una batalla definitiva que ya no era suya, sino de su ciudad. Y en la celebrada Origen, la deconstrucción del relato (y el cuestionamiento del espacio y el tiempo) al servicio de un itinere alucinado por las marismas de lo onírico invitaban al espectador a tomarse el artefacto narrativo como un juego (o más bien circo de tres pistas), lo que por otra parte, en la espesura de esas capas de lectura con las que Nolan trufa sus ficciones, no desmerecía la naturaleza aturdida, doliente, estigmatizada de los actos que se veía obligado a asumir el protagonista de la función, a quien tan bien encarnaba Leonardo DiCaprio. En Interstellar hay otro juego de estímulos intelectuales al espectador, y aunque dé la impresión de que es en la tensión entre las servidumbres cientificistas y las licencias en ese mismo campo donde se fraguan esos estímulos al espectador, en realidad o más bien están sobreimpresionadas por un relato bien sencillo sobre dos personajes, un padre y una hija, que se debaten entre las razones de su distancia y las quimeras de su reencuentro de principio a fin del metraje: es esta edificación de conflicto dramático la que tamiza las piezas esenciales de este, otra vez como en Origen, itinere por lugares hostiles y alejados de la seguridad del hogar, capaces de transgredir la apariencia invulnerable del espacio y del tiempo, y que generan una profunda incertidumbre con la que los personajes se ven obligados a lidiar de principio a fin. A fin de cuentas, y desde la perspectiva de cómo nos narra Nolan sus relatos, ¿seguro que es tan trascendente la diferencia entre los periplos de los personajes que acaecen en las profundidades de un sueño o aquéllas que tienen lugar en la inmensidad del espacio?

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Tanto el personaje de Di Caprio en Inception como el que con tanta convicción asume Matthew McConaughey en Interstellar sí son indudablemente héroes, nómina a la que por supuesto debe añadirse el Christian Bale de la trilogía sobre el Caballero Oscuro. Y aquí hallamos una noción importante que sostiene ese moldear los relatos por parte de Nolan para atender las exigencias del mainstream. Pues la gracia del asunto es que, a poco de pensarlo, muchas de las premisas y conflictos por los que dichos personajes transitan son intercambiables. Y, desde el punto de vista analítico, centrado en la personalidad del cineasta –poco discutible: quienes denostan el cine de Nolan afirman que esa personalidad sostiene lo vacuo, pero no la niegan–, ese dato me parece harto relevante. Nolan es de esos cineastas a quienes resulta muy adecuado adjudicar aquella máxima que dice que los directores filman una y otra vez la misma película. Para él, la intriga se supedita a la construcción y no a la inversa. Las cartesianas y complejas estructuras argumentales, a juego con una sintaxis cinematográfica determinada, siempre sirven a idénticas intenciones últimas: las motivaciones de los personajes siempre van parejas –incluso existe una llamativa repetición de tipologías asumidas por actores de perfil parangonable (Bale, Di Caprio, McConaughey) o directamente por los mismos actores–; la labor escenográfica y de montaje tiende a encapsularles en escenarios recurrentes que simbolizan necesidades, urgencias febriles que dirimen los conflictos dramáticos; el cierto hieratismo expositivo, las propiedades compositivas de los encuadres y de los movimientos de cámara –el cine de Nolan es espectacular, pero participa bien poco del gusto por el movimiento espídico de la cámara que es moneda de cambio en el cine de acción en sentido amplio del cine actual– funciona como constante énfasis de esas necesidades perentorias, casi siempre angustiosas, que crucifican a los personajes en la marea de hostilidades de trasfondo psicológico (a veces filosófico). En ese sentido, ad exemplum, serviría igualmente para Origen la cita de Dylan Thomas que se convierte en coda en Interstellar, ese adentrarse con rabia en territorio oscuro (“Do not go gentle into that good night”), cita significativa para el argumento del filme que nos ocupa pero aún más para enmarcar todas estas disquisiciones sobre las ficciones de Nolan en el cine mainstream, la tensión inevitable entre las inercias oscuras y laberínticas de sus historias y la necesidad de que sus protagonistas –aquí ya sí, héroes- lidien en busca de la luz, de una salida del laberinto.

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Esas señas idiosincrásicas irrenunciables, y principalmente propias del thriller psicologista o existencialista, se moldean convenientemente a los parámetros de los géneros/temáticas de los proyectos que Nolan asume, siempre –dada su posición de poder en el establishment, que le permite escoger los proyectos que le interesan– proponiendo una alineación de forma y fondo que lleva a su territorio esas fórmulas genéricas/temáticas predeterminadas, una suerte de apropiación personal, muy enfática, con la que Nolan reclama sus credenciales. El caso más evidente es la que para muchos fue reinvención operada con la mitología batmaniana (en realidad fruto de la lectura hacia intencionados sentidos de antecedentes diversos –y muy nobles- de los cómics sobre el superhéroe de Gotham), pero el predicado sirve para cualquier otra de sus obras en Hollywood. Y en Interstellar habilita una lectura del cine sobre expediciones espaciales que exprime algunas de sus convenciones mientras renueva o diluye otras, estableciendo todos esos reflejos especulares, tributos, relecturas, homenajes u oposiciones a la surtida nómina de filmes que en Hollywood –y fuera de él– se han ocupado de los viajes en el espacio. De lo que más se habla cuando se habla de Interestellar ahora, tras el impacto del estreno, es de su bagaje cientificista, de su aparato racional, del escudo de credenciales intelectuales que supone contar una historia urdida por un físico teórico, Kip Thorne, que también participa en la escritura del guión como asesor técnico. Y no se trata de una mera sofisticación, pues las ambiciones narrativas en ese aspecto son ciertamente muchas, y los dos hermanos Nolan –autores del guión– se adentran en complejos conceptos relacionados con la astrofísica para dirimir la progresión de la trama. Pero saber si se empantanan en esos conceptos, si, utilizando la expresión castiza, nos dan gato por liebre es un debate absurdo. Me parece a mí que todos esos conceptos se raílan modélicamente para urdir una ficción especulativa cuyo alcance filosófico no resulta tan importante, cinematográficamente hablando, como su hechura en términos estrictos de lenguaje narrativo y visual.

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Así, para mí, lo que hace de Interstellar una película fascinante es la movilización de todas las piezas nolanianas en ese nuevo tapete, que se revela tan arriesgado como fértil. Arriesgado porque la propia articulación del relato, las complejidades técnicas que baraja, su aproximación a la vez minimalista y espectacular a los viajes dimensionales dotan al relato de un ritmo a veces contemplativo, donde el engarce entre esas premisas de las exploraciones espaciales y el núcleo duro dramático (las relaciones entre el padre y la hija que protagonizan el relato) resulta a veces problemático, como sucede por ejemplo en determinados pasajes que se narran, pasada la mitad del metraje, utilizando un montaje en paralelo entre lo que acaece en la Tierra y lo que tiene lugar en los confines de otra galaxia, cross-cutting algo forzado en sus definiciones concretas por mucho que se pueda argüir que, a nivel macroconceptual, escenifique bien esa lucha contra el tiempo por salvar a la humanidad tras el fin del mundo. Pero esas soluciones cuestionables conviven, la mayoría de las veces, con una exposición dramática modélica desde su propio planteamiento (Hollywood en los últimos tiempos nos ha hablado mucho del apocalipsis, y en Interstellar la percepción de ese desastre final se articula de forma bien distinta a esas convenciones al uso, a través de una magníficamente sostenida coda de detalles descriptivos en un determinado y aislante escenario distópico: la casa de campo de la familia de granjeros, los estragos de la arena…) y que, con la complicidad de unos actores en estado de gracia, progresa rápidamente hacia cotas de intensidad innegables que son las que, al fin y al cabo, sostienen la sustancia caliente, épica, del relato, para alcanzar una solución vía clímax alucinado en la que el repliegue de piezas, tantas veces anunciado, tantas veces diferido, encaja de esa forma cartesiana que tanto interesa a Nolan pero, más que nunca en su cine, en un sostén de liberada emotividad.

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Por mucho que exista un afán reseñable de credibilidad científica en los  enunciados teóricos relacionados con el espacio, es una evidencia incuestionable que el parapeto último de esa credibilidad, el límite con lo fantástico, es libre y abiertamente atravesado por el cineasta para ofrecernos una refulgente vis exterior a su relato. Ciertamente, la película cuenta con un presupuesto que permite alcanzar proezas, pero no siempre esos holgados presupuestos redundan en una labor visual tan extraordinaria. Esa partitura espectacular de imágenes se define por sus constantes retos técnicos, de efectos visuales, para la visualización (el interior de agujeros de gusano, la apariencia de los agujeros negros) o exploración de las entrañas del viaje (la apariencia y cinética de las naves espaciales o sus dependencias, la ingravidez, los espacios inhóspitos de diversos planetas de bien distintas orografías,…), imágenes de impacto que Nolan orquesta con magnífico sentido expositivo, dramático, auxiliado por sus credenciales de montaje (esas credenciales que a veces, de forma incomprensible, se utilizan como arma arrojadiza contra el estilo del realizador), que son indisociables de esos barridos atmosféricos constantes de la partitura de Hans Zimmer y de la labor extraordinaria del operador lumínico, aquí Hoyte Van Hoytema en lugar del habitual Wally Pfister. Interstellar exprime con toda la exuberancia que era dable esperar el desafío del macroespectáculo y añade una gran película al haber filmográfico de su cineasta y a la tradición más luminosa (no confundir con acomodaticia) del cine de ciencia-ficción.

ELYSIUM

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Elysium

Director: Neill Blomkamp

Guión: Neill Blomkamp

Música: Ryan Amon

Fotografía:  Trent Opaloch

Intérpretes:  Matt Damon, Jodie Foster, Sharlto Copley, Alice Braga,

Diego Luna,  Wagner Moura, William Fichtner

 EEUU. 2013. 109 minutos

  

Sanidad y pirotecnia para todos

 En 2009, y bajo el auspicio de Peter Jackson, Neill Blomkamp pudo debutar en la dirección de largometrajes y distribuir en primera línea comercial una película tan interesante como lo fue District 9, que a su vez desarrollaba las premisas de un cortometraje escrito y dirigido por el propio Blomkamp en 2005, Alive in Joburg, donde ya se elucubraba la misma trama de District 9, una parábola política pertrechada tras el relato sobre una nave alienígena que por causa de una avería queda suspendida sobre el cielo de la capital de la República Sudafricana y cuyos tripulantes, obligados a descender a tierra, son confinados a una reserva (eufemismo de gueto), generando la ebullición mediática y la (subsiguiente) alarma social  de la población. No deja de ser curioso que su siguiente obra -que ha tardado cuatro años en poder realizar, y que, merced de contar con el respaldo de una major y el protagonismo de una estrella (Matt Damon), vuelve a estrenarse en primera línea comercial, de nuevo disfrazado de blockbuster veraniego- guarde tantas y tan severas concomitancias de fondo con su opera prima.

 

Careando motivos temáticos y argumentales, nos ubicamos en un futuro distópico que en realidad podría llegar a ser el mismo de District 9 cambiando una ciudad por otra (aquí es Los Angeles), una sociedad donde la tecnología está al servicio de una burocracia despiadada (en los primeros compases del filme hay algunos ejemplos jocosos, como el robot-agente de la condicional que sanciona a Max (Damon) sin dejarle hablar, y luego le ofrece una píldora tranquilizante al percibir por sus pulsaciones que su interlocutor se está poniendo nervioso…), y que si es despiadada es porque está deshumanizada; si en su película precedente nos encontrábamos ante una monster movie con sintagmas cambiados en la que los alienígenas eran precisamente los parias, aquí hallamos una división entre ricos y pobres que tan escandalosa que se deslinda con el cielo de por medio: la gran mayoría pobre sobrevive en el torturado y decrépito planeta, mientras los ricos viven literalmente sobre ellos, en el planeta artificial que da título al filme, en un estado de pornográfica opulencia, más exclusividad de bienes y derechos (especial énfasis en la sanidad: como en Prometheus (Ridley Scott, 2012), aquí hay una cápsula capaz de curarlo todo, de una cara desfigurada a una leucemia), que se escatiman a esa plebe mayoritaria y miserable que sólo sirve de mano de obra más que barata al servicio de esa dictadura en la que, como en District 9, el poder está en manos de corporaciones.

 

Pero en este relato sobre la lucha por la supervivencia de un hombre que sirve a su vez de crónica de una rebelión, Blomkamp (guionista en solitario, amén de director) efectúa especial énfasis en un comentario universal, el que tiene que ver con la estratificación social fruto de una inmigración mal gestionada por los poderes públicos –atiéndase que en Los Angeles conviven el inglés y el español, a diferencia de en Elysium, donde sólo hallamos el primer idioma; sumémosle el hecho de que los revolucionarios sean todos de raigambre chicana o hispana….-, y en otro contemporáneo, recurrente aunque a menudo poco aprovechado en el cine de ciencia-ficción de nuestros días, cual es nuestra dependencia absoluta de las máquinas y, más específicamente, el dominio de lo virtual. Y para perfilar esas premisas recoge diversos motivos argumentales, temáticos y visuales que ya existían en District 9, al punto de poder considerar esta obra en muchos sentidos como una suerte de variación de aquélla, incluso aderezada con alguna broma privada, como el hecho de que el actor que encarnaba al sufrido protagonista de aquélla, Sharlto Copley, sea aquí la némesis de un protagonista, Max, cuyo terrible periplo –físico y mental- comparte no pocos signos distintivos con el Wikus Van De Merwe de District 9: ambos luchan contra el tiempo que se les acaba, y, aunque en principio eran supervivientes que trataban de lidiar armoniosamente con el implacable sistema, su necesidad perentoria les convierte en rebeldes impenitentes. Y en relación con lo anterior, como si se tratara de un émulo poco sutil de las tesis de la nueva carne de Cronenberg, Blomkamp le da mucha importancia a la fusión entre lo orgánico y lo sintético, o a la desintegración progresiva de lo primero. Para el cineasta, emulando también al ya de por sí poco sutil Paul Verhoeven de Robocop (1987), el sufrimiento y la sangre son un apropiado condimento narrativo para un relato de tales latitudes distópicas. En términos de estructura también es plausible lo mucho que el narrador se mira en su propio espejo para desarrollar su relato, que en su primera mitad obedece a parámetros más descriptivos y en su segunda se enrosca en una coda adrenalítica de acción salvaje.

 

Hasta aquí las concomitancias de fondo. ¿Pero qué hay de las cuestiones de forma y de concreción cinematográfica? Eso nos lleva a un terreno más resbaladizo, y distancia la película de la calidad de su precedente, por razones de puesta escena, por deficiencias de guión, concretamente de desarrollo de los personajes, o por razones simplemente industriales. Pero empezamos por lo visual. Del acicate narrativo basado en una estética documentalista de su opera prima, aquí pasamos a una narración más convencional, en el que empero pervive la patente fisicidad y las texturas realistas –fotografiadas en tonos cálidos, graníticos, asfixiantes– para mostrar el día a día en el guetto (La Tierra lo es) y para mostrar el contraste con la impoluta belleza del paisaje ondulante de Elysium. Sin embargo, esa estrategia visual, sin desmerecer la espectacularidad de algunos planos que muestran las distancias entre La Tierra y Elysium a través del espacio, resulta en realidad más anodina que la esgrimida por Blomkamp en su obra precedente. Y en el segundo segmento del relato, la pursuit story, Blomkamp, copia y amplia sus propios estándares de espectacularidad (los treinta millones que costó su primera película se cuadriplican en el presupuesto de ésta), motivos del cine más adrenalítico, de la publicidad, del cómic o incluso del videojuego para dar rienda suelta a la aparatosa carga de aventuras bélicas del nudo y clímax del relato. Empero, el potencial argumental que maneja aquí, a diferencia de lo que sucedía en District 9, se le termina escapando de las manos en la pirotecnia de su resolución visual; la audacia, sentido del riesgo, urgencia, magnetismo, indómita fuerza que caracterizaban a aquélla se resiente de una cierta afectación en el tratamiento tanto argumental como visual de los temas, una combinación entre exceso de abigarramiento visual y de puerilidad que da de resultas una película demasiado enfática y pagada de su mismo discurso, a la que le falta naturalidad, y por tanto intensidad. Como se ha apuntado, ello tiene en parte que ver con el perfil demasiado gráfico de las motivaciones y reacciones de los personajes, incluyendo alguna subtrama, como la que tiene que ver con el personaje encarnado por Alicia Braga, que no hace otra cosa que restarle intensidad al ritmo al coste de una emotividad de baja estofa. En última instancia, y recapitulando un poco las ideas que se han ido apuntando, Elysium chirría al intentar algo complicado: barajar las propias normas con las imposiciones narrativas del cine de acción mainstream, intento que se fragua sin éxito en el balance de esta vistosa, por momentos intensa e imaginativa, pero otros fláccida, de premisas dramáticas toscas y a la postre descompensada película. Y con ello no quiero decir que Blomkamp sea un cineasta de vocación autoral independiente o que el cine mainstream sea per se nocivo y haya limitado su potencial. Simplemente que el director no termina de conjugar armónicamente los elementos a todos los niveles que maneja.

http://www.imdb.com/title/tt1535108/?ref_=rvi_tt

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

OBLIVION

Oblivion

Director: Joseph Kosinski

Guión: Joseph Kosinski, Karl Gajdusek, William Monahan y Michael Arndt, según la novela gráfica del primero

Música: M83 y Anthony González

Fotografía:  Claudio Miranda

Intérpretes:  Tom Cruise, Morgan Freeman, Olga Kurylenko, Andrea Riseborough, Nikolaj Coster-Waldau, Melissa Leo, Zoe Bell

EEUU. 2013. 124 minutos

 

Odiseas en el espacio y en la Tierra

 Como sucede con cualquier película, existen múltiples maneras de enfocar el análisis cinematográfico. Propongo de esta Oblivion, y muy brevemente, dos de ellas. Una primera, ceñida estrictamente a sus razones argumentales y al trabajo escenográfico, empieza por decir que Oblivion es una película de ciencia-ficción (algo, si se piensa, meritorio en el paisaje del mainstream actual, tan saturado de productos ubicados en un futuro pero que de ciencia-ficción, estrictamente, tienen más bien poco, lo que a veces lleva a los críticos a añadir aquello de ciencia-ficción “adulta”) que propone una fábula de limitado atractivo, no porque carezca de buenas ideas, sino por el hecho, indudable, de que el grueso de ellas se extraen de referentes –por lo general considerados nobles– del género, acaso el principal de los cuales la literatura de Philip K. Dick, aunque el lector avezado en la materia quizá encuentre más de alguna conexión con elementos que cabe hallar en relatos de escritores como Robert A. Heinlein, Isaac Asimov o hasta el Stanislav Lem de Solaris, así como William Gibson, Bruce Sterling y otros autores de la rama cyberpunk. La gracia del asunto puede residir más bien en el modo en que todas esas ideas –sobre lo distópico, sobre la identidad y los döppleganger, sobre nuestra relación con lo trascendente– son puestas en el túrmix narrativo buscando una cierta –y bastante lograda, debe decirse- cohesión narrativa que busca y logra el equilibrio entre la cierta densidad y los lugares comunes de los relatos cinematográficos pensados para el gran público.

 

Operación, pues, más artesanal que otra cosa de la que cabe responsabilizar al propio director del filme, Joseph Kosinski, cuya novela gráfica homónima es el sustrato del libreto, por mucho que el guión venga co-firmado por Karl Gajdusek y los hoy muy cotizados William Monahan y Michael Arndt, lo que acaso ayude a explicar ese trabajo de equilibrio narrativo. Y esa artesanía comparece de igual modo en el balance visual de la película, donde no se puede negar que el firmante de Tron: Legacy es muy capaz de urdir poderosas imágenes (post-)apocalípticas, efectuando un trabajo de síntesis entre la CGI y portentosos escenarios naturales que da mucho de sí, y no sólo en términos de espectacularidad, también de eficacia narrativa y de elaboración atmosférica. Esas buenas maneras, conjugadas con no menos evidentes referencias a títulos punteros del género de los últimos tiempos –de Steven Spielberg a Paul Verhoeven, de ¡cómo no! Stanley Kubrick al Wall-E de la factoría Pixar, entre muchos otros–, terminan por cristalizar en un relato sin duda entretenido, aunque quizá demasiado extenso, que encuentra su intensidad en la meritoria labor creativa despachada en escenarios tan llamativos como esa vivienda aérea en la que residen los protagonistas de la cinta o en secuencias de acción marcadas por su fisicidad, como ese subyugante momento en el que el personaje encarnado por Tom Cruise queda colgado en el lúgubre interior de las ruinas de la Biblioteca Pública de Nueva York –el mismo lugar en el que, detalle ocioso o no, discurría buena parte de la apocalíptica El día de mañana, de Roland Emmerich (2004)-, y es asediado por los haces de luz que emiten unas repulsivas máscaras que presuntamente corresponden a los rostros de los seres hostiles que amenazan su vida y su trabajo en La Tierra.

 

Otra forma de encarar el análisis de la película pasaría por un prisma más centrado en lo que de acontecimiento cultural pretende ser la película, pues se trata de una de las apuestas más fuertes de la Universal para este ejercicio de 2013, en la que se ha efectuado una formidable inversión de medios y se ha utilizado las tecnologías más punteras en materia de desarrollo y efectos visuales, entre ellas la recientemente desarrollada cámara de alta definición (4K) de la Sony, la llamada CineAlta F65. Podemos regresar a los datos antes referidos sobre este túrmix de temas y motivos visuales y decir que los responsables y patrocinadores de la película pretenden aprovechar esa relectura sampleada de motivos clásicos buscando nuevas audiencias que acaso puedan convertir la película, y sus medidos alardes de trascendencia, en un fenómeno cultural al estilo Matrix (hermanos Wachowsky, 1999) o incluso Origen (Christopher Nolan, 2010). Lo llamativo del caso es la confianza depositada en el relativamente poco avezado Kocinsky para la elaboración visual de la película, así como que se utilice como patrón narrativo material extraído de un cómic, lo que revela no tanto que en Hollywood la novela gráfica se consolide en su consideración como Noveno Arte cuanto el hecho de que la industria, en parte merced de los formidables réditos del cine superheroico, apuesta claramente por las sinergias que esos dos lenguajes, el del cómic y el cinematográfico, pueden alumbrar para hallar la sintonía con el público. Todos estos argumentos pueden ser motivo de escarnio o de alabanza, dependiendo de la visión del funcionamiento de la cultura que tenga cada uno; lo que es evidente es que, por su ralea de filiación industrial, sin duda Oblivion no es una apuesta por una personalidad narrativo-visual muy marcada, sino por una fórmula sintética, sin duda inspirada, sin duda limitada, cuyo beneficiario es en este caso Kocinsky, que, como otros cineastas de su generación, se revela como un solvente hacedor de imágenes y texturas y un diestro constructor de relatos que eluden hábilmente los riesgos. A partir de ahora, veremos como gestiona el cineasta esa posición labrada en el seno del establishment.

http://www.imdb.com/title/tt1483013/?ref_=sr_1

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