IRRATIONAL MAN

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Irrational Man

Director: Woody Allen.

Guión: Woody Allen.

Intérpretes: Joaquin Phoenix, Emma Stone, Jamie Blackley, Parker Posey, Ethan Phillips, Julie Ann Dawson, Mark Burzenski, Gary Wilmes, Geoff Schuppert, David Pittu, Steven Howitt, Kaitlyn Bouchard, Ana Marie Proulx, Kate McGonigle, Tamara Hickey

Música: Ramsey Lewis

Fotografía: Darius Khondji

EEUU. 2015. 94 minutos

La banalidad de casi todo

 El crimen, y especialmente el asesinato, siempre han interesado a Woody Allen. Los tópicos del whodunit trasladados a su universo tipológico más reconocible nos ha dejado diversas comedias sobre detectives aficionados, algunas muy logradas, como Misterioso asesinato en Manhattan (1993), y otras más cuestionables, como Scoop (2006). Ya ubicados en la categoría de sus obras dramáticas, en Sombras y niebla (1991) el relato sobre un falso culpable proponía una interesante disección psico-social. Pero frente a estas obras hallamos aquéllas en las que el crimen es cometido por los propios protagonistas del relato. Fue el caso de Delitos y faltas (1989), para muchos una de las obras maestras indiscutibles de Allen, cuyo pesimista discurso se emparentaría años después con las conclusiones propuestas en Match Point (2005), y éstas a su vez con las de la menos recordada pero estimable El sueño de Casandra (2007). Aunque partiendo de premisas y tipologías de personajes distintas –su procedencia, la motivación de sus actos, su reacción a la autoría del crimen–, todas estas obras comparten un cierto afán naturalista en la radiografía de los motivos que derivan en la violencia, lo que revela el interés de Allen por incidir en las muchas manifestaciones de la debilidad humana así como en los conflictos de moralidad. Atiéndase, en todas estas obras, al hecho de que el cineasta prioriza siempre la exposición de motivos, para trasladas esos conflictos al espectador, y en cambio aborda la manifestación violenta, el crimen, con prudencia, distancia, ironía o un sentido del decoro (que en ocasiones, como en el filme que nos ocupa, alcanza directamente lo elidido), estrategia que no hace otra cosa que subrayar el juicio psicológico. Y en ese juicio, sobre esa debilidad, sobre la culpa, sobre el miedo y el sufrimiento, los argumentos de Allen trabajan también con el trasfondo del azar, otro subrayado que no hace otra cosa que revertir en el naturalismo de la exposición, diciéndonos que todo crimen es imperfecto por la misma razón que todo sentimiento, o sensación de equilibrio, es volátil.

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La exploración prosigue en Irrational Man, en la que de nuevo comparecen, como en Match Point, citas evidentes al universo dostoyevskiano, concretamente al Raskolnikov de Crimen y castigo. Sucede sin embargo que si en el filme que discurría en Londres el protagonista recurría al crimen por la necesidad de no ver desenmascaradas sus pretensiones arribistas, aquí Allen nos ubica en planteamientos o motivaciones bien distintas. El protagonista de la función, Abe Lucas (un Joaquín Phoenix excelente, como siempre), es un brillante profesor de filosofía cuya experiencia, sin embargo, le ha dejado sumido en una profunda crisis existencial. Y el filme relata cómo a través de la ideación y comisión de un crimen, Abe alcanza un renacido equilibrio o sentido a sus actos que le hace regresar a vivir en plenitud. Allen siempre ha sabido ser gráfico en el planteamiento de esos conflictos que soportan el peso de todo el relato, y en Irrational Man nos entrega una llamativa secuencia para enunciar ese filo del abismo de la historia que nos está contando: en esa secuencia, Abe y su amiga/alumna, Jill Polard (Emma Stone), mientras toman algo en una cafetería, escuchan accidentalmente una conversación en la que se revela la malignidad de una persona; Allen, ni corto ni perezoso, desplaza la cámara a esa mesa contigua de la cafetería, prestando atención a unos personajes que ni habían aparecido antes ni volverán a aparecer después, pero cuyas palabras han resultado cruciales para sembrar una idea fatídica en el protagonista de la historia, Abe. Allen subraya así de forma elocuente, precisa, el peso del azar en el acontecer de la existencia humana. Abe decide localizar y asesinar a ese hombre malvado del que ha oído hablar en esa conversación de la que no formaba parte, y así librar a su víctima de sus iniquidades. Planifica, pues, un crimen perfecto asemejado al cruzado que Bruno (Robert Walker) le proponía al desencajado Guy (Farley Granger) en Extraños en un tren (Alfred Hitchcock, 1951), en el que la carencia de un móvil o motivo criminis es la gran ventaja con la que juega el asesino, si bien aquí no hay una propuesta cruzada, sino puro altruismo: Abe tiene la convicción de que el mundo será un poco mejor sin aquel individuo, un juez injusto, en él.

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Ese es el aguerrido dilema central que el filme plantea al espectador. ¿Es, como el título del filme dicta, Abe un “hombre irracional” por decidir nada menos que asesinar a otro hombre? ¿O tiene alguna relevancia la motivación altruista con la que cuenta? Lo mejor de la película es probablemente la habilidad de Allen (y de Phoenix) para construir un personaje con las aristas de Abe, cuya extravagancia no resulta menos cuestionable que la de los personajes femeninos que el relato instala en su universo: en el primer tercio del metraje, comprendemos la melancolía de Abe, las razones de su nihilismo; y por tanto no le vamos a juzgar de forma maniquea. Es una maniobra dramática cercana al que explica las complejidades de la relación del espectador con Martin Landau en Delitos y faltas, al fin y al cabo, y precisamente por ello posiblemente Irrational Man esté más cerca de esa obra que de cualesquiera otra de las enumeradas. Con suma astucia, Allen propone un doble narrador en over para ilustrar las imágenes y complementar, después oponer, los puntos de vista: uno es el del propio Abe, y el otro es el de la joven Jill, una niña bien que se enamora de su profesor pero que le dará la espalda horrorizada cuando descubra sus actos. Y digo que Allen es astuto porque juega con ese doble punto de vista para trasladar el dilema al público, pero también para plantear el relato como un enfrentamiento entre un hombre (Abe) y un determinado y aborrecible statu quo, pues en el fondo Allen comprende mucho mejor a Abe (¿su alter ego inconfeso?) que a la biemepensante Jill, con lo que amplifica los espacios radiográficos de su relato de modo tal que las tesis del filme pasan a resultar, a poco de pensarlo, devastadoras.

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El espectador atento se quedará con el dato, revelado en los primeros compases de la función, de que Abe lleva muchos años tratando de escribir un libro sobre Heidegger y el nazismo. Después, cuando Jill investiga entre los legajos que se hallan en el escritorio de su profesor, encontrará un ejemplar de Crimen y castigo con anotaciones sobre Hannah Arendt y la banalidad del mal. Allen sabe ser denso sin ser sofisticado, y estas citas son quizá cercanas a lo obvio, pero sirven bien a las abstracciones que maneja el relato. Recordemos que la teórica política alemana acuñó esa expresión, la de la «banalidad del mal», para expresar que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus condicionantes éticos. Quizá de este modo, Abe, el «hombre irracional» obsesionado con esas tesis sobre la complejidad de la condición humana, se revela contra los mismos moldes estructurales del funcionamiento social, infringiendo la ley –gravemente– para evitar una injusticia. Sus actos son monstruosos, sin duda, pero… ¿se revela asimismo contra una monstruosidad? Sin duda son estos mimbres los que suscitan o deberían suscitar la incomodidad del espectador. Allen parece decirnos que le gusta seguir abonado a darnos una de cal y otra de arena a través de su legado filmográfico. De la tragedia de otro personaje monstruoso al que debíamos comprender, Jasmine (Blue Jasmine, 2013), a la contienda romántica más afable y luminosa en Magia a la luz de la luna (2014), para saltar de nuevo a los espacios reflexivos claustrofóbicos e implacables en esta fábula negra.

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Sin embargo, lo que antes hemos señalado sobre los puntos de vista opuestos delimita la distancia entre esta obra y Delitos y faltas, Match Point o El sueño de Cassandra. La ubicación del relato en el entorno universitario, o el retrato de las cuitas sentimentales de Jill o de la profesora Rita Richards (Parker Posey), que también pretende al taciturno profesor de filosofía, mediatizan el tono del relato, que parece avanzar sin gravedad incluso cuando encara el abismo de la comisión del asesinato, o que tiñe de ironía ese clímax que enfrenta a los dos amantes devenidos en enemigos. Así, Irrational Man arroja al espectador que conoce las enseñas de Allen a un espacio de ambigüedad: ¿esa liviandad es fruto de un cierto desinterés del cineasta por trabajar más a fondo los enunciados? ¿O es un grado superior de cinismo incorporado al discurso, un astuto disfraz, que aún puede hacer más implacables sus tesis? Probablemente lo segundo, algo que afirmo no para defender a Allen de forma gratuita sino tomando en consideración que las piezas de las que se conforma su relato, incluyendo ese tono irónico, casan a la perfección en el cierre, en el todo narrado. Y puedo ofrecer ejemplos: SPOILERS la secuencia-epílogo, con Jill sentada en la playa, cerca del mar, lugar-simbolo antes asociado a los quebraderos de pensamiento de Abe; la solución de guion referida a la profesora Richards, que al perder a Abe pierde también la posibilidad de una vida mejor, anotación sobre cómo los actos de unos afectan a los de otros que no resulta baladí en el discurso; o, por supuesto, la secuencia en la feria, en la que Allen escoge filmar el primer beso que se dispensan el profesor y la alumna desde el punto de vista del reflejo de un espejo deformante: cuando termine la función cobrará un nuevo sentido esa elección de planificación y encuadre: lo pasajero, artificial, y a la vez grotesco, de ese encuentro amoroso; quizá lo pasajero, artificial y grotesco del propio concepto del amor que es dable esperar del statu quo. Como he dicho, Allen comprende a ese hombre irracional. Y por ello su película es desoladora.

MAGIA A LA LUZ DE LA LUNA

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Magic in the Moonlight

Director: Woody Allen.

Guión: Woody Allen

Intérpretes: Emma Stone, Colin Firth, Marcia Gay Harden, Jacki Weaver, Eileen Atkins, Simon McBurney, Hamish Linklater, Erica Leerhsen, Jeremy Shamos, Antonia Clarke, Natasha Andrews, Valérie Beaulieu, Peter Wollasch, Jürgen Zwingel, Wolfgang Pissors, Sébastien Siroux, Catherine McCormack,

Montaje: Alisa Lepselter

Fotografía: Darius Khondji

EEUU-GB. 2014. 98 minutos

 

Hechizo inevitable

 Stanley (Colin Firth), el protagonista de Magia a la luz de la luna, es un reputado mago que guarda bajo su autosuficiencia, pose condescendendiente y maneras ariscas, la misma necesidad que la de cualquier ser humano, la de amar y ser amado. De algo tan sencillo nos habla la película que nos ocupa, tesis liviana que quizá Woody Allen necesitara tras el doliente drama Blue Jasmine (2013), a juzgar por la meticulosidad, clarividencia y vivacidad con las que el cineasta pone en solfa el relato. Como cínico irredento que es (o como alter ego en la sociedad pudiente de la Europa de entreguerras del mismo urbanita neoyorquino creativo, inquieto y neurótico al que el propio Allen ha dado vida en tantas ocasiones), Stanley no llega a canalizar los sentimientos que bullen en su interior, y mucho menos sabe expresarlos, pero sí lo hace su confidente, alguien que le conoce muy bien, su tía Vanessa (Eileen Atkins), una anciana con quien Stanley, que siempre pretende trufar con malévola picardía cualquier conversación, mantiene conversaciones en las que varía la asimetría: ella parece decir lo que él quiere escuchar, pero termina arrancándole confesiones verdaderas. Sólo por la habilidad de Allen por expresar, con una economía de medios alucinante, conceptos psicológicos de esta enjundia (de hecho, una sola secuencia describe todo lo apuntado a la perfección) ya merece la pena visionar sus películas. No descubriremos ahora que Allen es uno de los grandes radiógrafos contemporáneos de las pulsiones sentimentales y anímicas del ser humano, pero no está de más apuntar, a la contra de ciertos comentarios, que en sus últimas obras el cineasta no ha perdido fuelle ni ganas, y que, a pesar de sus astutos disfraces –en Magic in the Moonlight le sienta fantásticamente bien el disfraz de lo entrañable– sigue vigente y contundente esa avidez psicologista que es la que en último término nos hace reconocer lo alleniano en esa tan larga y excelsa lista de películas que se caracterizan –especialmente las comedias– por desdoblar argumentos e intenciones, por enrocarse en semejantes conceptos a través de variaciones, principalmente de tono entre lo optimista o lo pesimista, entre lo lúdico, lo dicharachero, lo melancólico o lo sombrío.

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¿Y qué graduación ofrece Allen en 2014? Para reflexionar sobre ello regresamos a la anciana tía Vanessa, quien en un momento de la película le dice a su sobrino una frase que viene a resumir el meollo temático que el cineasta desarrolla en la película: “No sé si el universo tiene o no algún propósito, pero sí que el mundo no está del todo exento de magia”. Pero la magia de la que habla Vanessa no son las proezas de gran mago que Stanley entrega a su público, ni tampoco esas cualidades que aparenta tener Sophie para adivinar los pensamientos ajenos y contactar con el Más Allá. Vanessa, y de hecho el propio título de la película, se refieren al apoderamiento de la vis intuitiva e impulsiva del ser humano, a lo que no puede dejarse regir por la razón, la cultura o el intelecto, y que termina dilucidando la aspiración a la felicidad: la capacidad de abrirse, comunicarse con otro y, en su nota mayor, encontrar el amor. La magia, sus componentes mesmerizantes, vitriólicos o incluso exóticos, son recurrentes en la filmografía del cineasta, funcionando a menudo para tensar planteamientos dramáticos o para sublimarlos por la vía de la ensoñación. Aquí nos sirven para descifrar un agudo campo de batalla entre la mente y el corazón: como mago que es –alguien que hace creer al público que es posible lo imposible mediante trucos que escapan a la percepción del público, como la aparatosa desaparición de un elefante que atestiguamos en el arranque de la película–, Stanley está convencido de que la ciencia y la lógica pueden explicarlo todo y lleva una existencia calculada y pluscuamperfecta; pero ese cálculo y esas convicciones se irán al garete cuando acuda a la mansión de los Catledge y conozca a la joven Sophie (Emma Stone), cuyos trampantojos en los mundos metafísicos precisamente pretendía desenmascarar, para en cambio sucumbir a sus aparentes visiones, pero aún más a sus encantos. Ese itinere del cazador que pasa a ser cazador cazado está sostenido con suma soltura, gracia e intención en las situaciones y diálogos del dispositivo narrativo de la película, pero sobre esa anécdota argumental bulle siempre la noción que Allen explora con sutileza y astucia y que define los términos auténticos del relato, partiendo del parentesco de esos dos protagonistas supuestamente antagonistas (lo que ambos saben y les diferencia del resto, pues ambos son embaucadores profesionales), y llegando a esa conclusión en la que fructifera el hechizo inevitable entre ambos.

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Para desarrollar estas nociones, Allen nos propone viajar a latitudes que merecerían compararse con las que nos proponía Shakespeare en sus comedias, y al mismo tiempo que recibe gustoso la influencia de las mecánicas de edificación de la sophisticated comedy del Hollywood clásico: nos plantea una fábula que se desarrolla en un espacio apartado (la Costa Azul francesa, a menudo enfatizada mediante planos panorámicos en la fotografía de Darius Khondji), y un entorno opulento (la alta sociedad europea en los alegres años veinte), clasificaciones ideales que no hacen otra cosa que dar la espalda a cualquier atisbo de contexto real entendiendo que, precisamente, ésa es la fórmula más válida para que el público pueda asir la universalidad de los planteamientos y tesis. Ése es uno de los dos elementos responsables de que, a diferencia de otras muchas comedias allenianas, la que nos ocupa funcione como un mecanismo de relojería de principio a fin; el otro elemento es la depuración del conflicto, en realidad sólo uno, desgranado a partir de la danza –a la postre romántica– entre dos únicos personajes, Stanley y la joven Sophie, que encarnan, simbolizan y escenifican en buena medida ese conflicto que parece intelectual y material pero termina escorándose hacia lo sensual y sentimental del que nos habla la película. Más que (casi) nunca, Allen deja aquí solos a esos dos personajes, y la nómina de personajes secundarios, perfilados con la sagacidad y esencia cáustica que del cineasta es dable esperar, no están llamados a convocar otros conflictos o siquiera alentar breves subtramas, sino a servir de nada más que pertinentes comparsas de esa danza dramática. Y esa opción, también debe anotarse, no siempre le ha sentado bien a Allen: la hallamos en algunos de los títulos más endebles de su carrera, como Granujas de medio pelo (Small Time Crooks, 2000), Un final made in Hollywood (Hollywood Ending, 2002) o incluso La maldición del escorpión de Jade (The Curse of the Jade Scorpion, 2003), pero a diferencia de lo que sucedía en aquéllos, aquí el espectador se libra de la engorrosa sensación de que el cineasta está exprimiendo una premisa argumental que no da para tanto, y ello es debido a la calculadísima edificación narrativa, a la destreza para establecer un tono y un ritmo más allá de la ocurrencia de algunos gags (como en esos títulos menos apreciables de su carrera), que revierte en una armonía expositiva, que convoca la riqueza de matices por mucho que se sostengan en aparentemente poco. Como es bien sabido, ni los temas ni las premisas son tan importantes en el relato cinematográfico como la forma en la que se desarrollan. En ese sentido, si ciertos seguidores del cine de Allen podrán acusar la película con razón de no condensar muchos motivos dramáticos y psicológicos, no deberían en cambio oponer que no maneje con habilidad, sentido y sensibilidad la brevedad de esos motivos, llevándolos a lo fértil, a veces pletórico.

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En esta era en la que nos hallamos instalados en la que, no importa al paraguas de qué género, las películas parecen buscar buena parte de su eficacia en la sofisticación de planteamientos, Allen explota a lo largo de buena parte del metraje un sencillo y efectivo ardid (spoiler: el que hace que Stanley realmente se crea que Sophie tiene dotes adivinatorias) que cumple la función de ir engrasando el conflicto, muy otro, que le interesa a Allen. En términos de esas variaciones y graduaciones tonales antes aludidas que articulan el imaginario de las comedias allenianas, Magic in the Moonlight se desmarca de toda gravedad para dar un baño de humildad a los accesos de trascendencia en las irresolubles ecuaciones de las relaciones humanas. Magic in the Moonlight no nos habla de la condena de saber y asumir, sino de la recompensa de liberarse de ese equipaje que relaciona la sabiduría con el individualismo. Y eso no es un cambio de tornas en su discurso, sino uno de los elementos fluctuantes a lo largo de su completa filmografía. En la cercanía, hallábamos semejantes paráfrasis en Si la cosa funciona (Whatever Works, 2010), pero no está de más recordar que esa película partía de un guión que Allen escribió mucho antes, en los años ochenta, y que tuvo guardado en un cajón mucho tiempo. Y es que de hecho esa “magia de la que el mundo no está del todo exento” es la misma sobre la que se edificaba la metáfora sobre los huevos que narraba en over Alby Singer (Allen) como improbable (pero cierta) tesis final de la magistral Annie Hall (1976). Sí, el cineasta subraya en Magic in the Moonlight esas posibilidades de redención sentimental por la vía de lo entrañable que ya luchaban por emerger, agazapadas bajo pulsos neuróticos, en sus primeras grandes películas. Y para confirmarlo queda esa secuencia en la que Stanley y Sophie, sorprendidos por la lluvia, buscan y encuentran un resguardo en un observatorio de las estrellas: cualquier aficionado al cine de Allen reconocerá en esa secuencia una cita bastante textual a uno de los momentos más memorables de Manhattan (1978), en el que Allen y Diane Keaton, también sorprendidos por la lluvia en medio de Central Park, se refugiaban en el Museo de Historia Natural y se declaraban su amor en el planetarium. La secuencia del filme que nos ocupa no es tan bella como aquélla, pero la luna y las estrellas que contemplan sí son de verdad. Quizá ahí radica la diferencia entre la mirada de un joven cineasta ávido de ideas y la perspectiva que prefiere contemplar en el último acto de su existencia. Quizá por eso Allen sacó de esa secuencia el título de la película. Quién sabe.