LA CUMBRE ESCARLATA

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Crimson Peak

Director: Guillermo Del Toro.

Guión: Guillermo Del Toro y Matthew Robbins

Intérpretes: Mia Wasikowska, Jessica Chastain, Tom Hiddleston, Charlie Hunnam, Doug Jones, Javier Botet, Jim Beaver, Burn Gorman, Leslie Hope, Kimberly-Sue Murray, Emily Coutts, Gillian Ferrier, Matia Jackett, Martin Julien

Música: Fernando Velázquez

Fotografía: Dan Laustsen

EEUU. 2015. 119 minutos

Gótica, Del Toro

Proyecto abrazado por Guillermo Del Toro desde hace casi una década –al parecer lo escribió, junto a Matthew Robbins, tras terminar El laberinto del fauno (2006)–, con La cumbre escarlata el cineasta se afianza en uno de los grandes temas que sintetizan sus obsesiones, el relato gótico de fantasmas, una historia canónica de mansiones encantadas en la tradición de títulos de Robert Wise o Jack Clayton que no es necesario citar (o de Stanley Kubrick, a quien se dedica un guiño en la pista sonora muy evidente para quienes hemos visto El resplandor (1981) muchas veces), y lo hace con una producción de lujo y actores de renombre (Mia Wasikowska, Tom Hiddleston y Jessica Chastain). Del Toro tiene declarado en entrevistas que su intención es la de competir, en el buen sentido, con esas grandes películas de la tradición ghost story más clásica, y contemplando la película se nota ese afán de entregar un título de referencia para el género.

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A pesar de mis simpatías por el cine de Del Toro –que en modo alguno se empañan tras ver Crimson Peak–, es evidente que no logra ese elevado objetivo. Mucho se ha comentado sobre la síntesis que el argumento del filme propone de diversos motivos de la literatura gótica (y romántica) británica del siglo XIX, y ciertamente, más allá de las citas más o menos textuales o referencias evidentes y superficiales, el relato, que se desarrolla a finales del siglo XIX, se ubica en ese particular universo asociado con la clásica definición de “lo gótico” y refiere una historia mórbida en la que comparecen temas como la pérdida de la inocencia o el derrumbe de la aristocracia filtrados por el relato de unas apariciones (“los fantasmas existen”, pronuncia la protagonista, Edith Cushing (Wasikowska), apenas empezar la película) que hacen explícito desde lo sobrenatural esos motivos dramáticos que se ponen en solfa.

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El problema de La cumbre escarlata es que ni esas citas ni su intachable envoltorio canalizan una historia de alto voltaje terrorífico, capaz de sugestionar o perturbar a las plateas, cuando esa parece su intención. Me vería incluso tentado a decir que Del Toro, a diferencia de Tim Burton en su maltratada Sombras tenebrosas (2012), no maneja el tono, la intención de su relato con solvencia (que, a diferencia de Burton en aquel título, no es irónica), cosa que sí logra con la construcción atmosférica más aparente, que, insisto, es espléndida. Nos hallamos, pues, ante una película muy estilizada, ciertamente vistosa, ágil en su presentación de la trama, bien intensificada a través de la interpretación de sus actores, brillante en el planteamiento y resolución de secuencias aisladas (o de imágenes en concreto, pues Del Toro saca lustre de su particular imaginería); pero, al mismo tiempo, se echa de menos una capacidad de penetración, un rigor expositivo de lo dramático a la altura de ese mimo escenográfico (el filme resulta previsible a menudo), una cualidad intuitiva que engarce los elementos del relato más allá de su engranaje externo y eleve sus significados.

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Bien apoyado en la labor fotográfica de Dan Laustsen, el seductor leit-motiv visual de la película es el contraste entre el color rojo de aquella tierra de la finca de Cumberland donde discurre buena parte del metraje y el blanco de la nieve que se cuela literalmente en el interior de esa mansión en estado de avanzada descomposición, contraste que funciona como obvia oposición entre los personajes enfrentados en el relato, la inocencia literalmente manchada de la joven Edith por los actos obsesivos, enfermizos y despiadados de quienes la acogen en su seno con malas intenciones. En uno de esos citados momentos de elegancia en la transcripción visual, vemos a Edith llevar en el dedo, durante el entierro de su padre (Jim Beaver), el anillo escarlata que poco antes Thomas Sharpe (Hiddleston) quería entregarle pero, por interposición del Sr. Cushing no había entregado. Del Toro juega bien con detalles como el ejemplificado para dotar de agilidad al relato, del mismo modo que despliega su reconocible imaginería en la construcción de las secuencias donde aparecen formas fantasmagóricas. Pero, conforme avanza el metraje, el espectador echa en falta los trazos de imaginación genuina, de sensación de libertad creativa, que hacían de, por ejemplo, Cronos (1993) una gran película. Aquí se da la paradoja (o no) de que esos elementos intuitivos terminan quedando soterrados bajo el formidable peso de lo vitriólico. Y esa es precisamente la distancia entre lo que La cumbre escarlata es y lo que, como decíamos al principio, pretende pero no logra ser. Se podrá decir al respecto que quizá ese sea el peaje que se paga por poder realizar esa película con un presupuesto de primera división de Hollywood, pero a mí no me da esa sensación. Más bien tiene que ver con qué determinados (y determinantes) aspectos prioriza aquí Del Toro para dejar su impronta como autor, por mucho que sea autor de la industria o en el contexto de Hollywood. Y son los de la fachada, sin duda bellísima, de esta historia a la que en cambio la falta decorar con más ingenio o excitación las materias interiores.

PACIFIC RIM

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Pacific Rim

Director: Guillermo Del Toro

Guión: Guillermo Del Toro y Travis Beacham

Música: Ramin Djawadi

Fotografía: Guillermo Navarro

Intérpretes:  Idris Elba, Charlie Hunnam,  Diego Klattenhoff, Rinko Kikuchi, Charlie Day, Burn Gorman

 EEUU. 2013. 130 minutos

 

“There are things you can’t fight – acts of God.

You see a hurricane coming, you get out of the way.

 But when you’re in a Jaeger, you can finally fight the hurricane.

You can win.”

—Raleigh Becket[1]

 

Kaijus y Jaegers en el fin del mundo

 La película arranca con un rótulo que contiene dos definiciones, con las que identificaremos los dos entes que van a antagonizar durante todo el metraje, y de donde de hecho Travis Beacham y Guillermo Del Toro le extraen el jugo a este aparatoso y divertido juguete cinematográfico del género espectáculo. Uno, Kaiju, japonés, que designa a bestias extrañas,  generalmente traducido como “monstruo”, y que de hecho da lugar a un determinado género en el cine de aquellas latitudes, el tokusatsu (algo así como “cine espectacular”), que llega a concretarse, cuando comparecen criaturas mitológicas de esta ralea como kaiju eiga. El otro, Jaeger, derivación del vocablo alemán “jäger”, que cabría traducirse por cazador. Dos términos de procedencias culturales distantes, que pueden funcionar como símbolo de dos tradiciones aquí invitadas a colisionar, aunque aglutinen los conceptos con mucho más desparpajo. Los monstruos inspirados en aquellos cuasimitológicos nipones contra los robots con apariencia de transformers que incorporan ultimísima ingeniería armamentística, y que, como réplica a los primeros –los kaigu están diseñados, clonados, son una especie de perros de presa alienígenas–, están igualmente diseñados, pero por los hombres. No necesariamente, digo, un enfrentamiento cultural tanto como un acopio transcultural, pues desde el país del Sol Naciente también se exportaron al mundo robots todopoderosos que defendían al mundo –lo dice alguien que creció viendo Mazinger Z por la tele-, mientras que la Patrulla X incorpora entre sus personajes un Jaeger, que nada tiene de robótico. Se trata, ya digo, de barajar conceptos para alumbrar un combate primordialmente lúdico, un macroespectáculo simpático, por mucho que el guión juegue con la pomposa premisa de un apocalipsis probable causado por causas semejantes a las que nos habló H.G. Wells en su celebérrima “La Guerra de los Mundos”, invasión ésta que, a diferencia de la de Wells, no llega del espacio, sino de una brecha interdimensional abierta en el fondo del Océano Pacífico.

 

Mucho se hablará sin duda de la paternidad o huella de personalidad marcada de Guillermo Del Toro en esta Pacific Rim, título que supone su regreso a la dirección cinco años después de Hellboy II (Hellboy II: The Golden Army, 2008), años en los que el cineasta ha ejercido asiduamente de productor –en estos lares a menudo, en el cine de género o no, y también en el patrocinio de películas de animación estadounidenses para el gran público– y participó en la gestación de El Hobbit, por mucho que finalmente fuera Peter Jackson quien asumiera la realización de la película-trilogía (2012-2014). Con esta película carísima, y más arriesgada de lo que su condición de blockbuster aparenta, Del Toro sin duda que se la está jugando en el feudo cinematográfico o establishment norteamericano, algo que, de entrada, nos invita a ver con buenos ojos la película. Pero no porque en ella se produzca una apropiación autoral que nos recuerde las maneras de, por ejemplo, Cronos (1993). El realizador, también productor y coguionista, ha trabajado a partir de una historia de Travis Beacham, joven guionista en cuyo currículo apenas hallamos algo más que la mediocre Furia de Titanes (Clash of the Titans, Louis Letterrier, 2010) y quien a priori tuvo la idea de mestizar todos esos referentes en un enfrentamiento titánico de tan otras latitudes mitológicas. Del Toro lo ha llevado a su terreno, sí, y eso es lo que hace de Pacific Rim una obra, amén de vistosa, entretenida, también. Pero habría que aclarar cuál es ese terreno específico.

 

No es, o no es tanto, juegos con una determinada iconografía o el recurso a unos determinados actores –al habitual Ron Perlman podemos añadir aquí un pequeño papel de Santiago Segura– que nos dejan el claro aroma de lo deltoroniano: aquí todo ello se concentra en unos determinados y breves pasajes que discurren en un escenario llamativo pero secundario, cabría decir que incluso desaprovechado. Claro que hay rastros iconográficos en muchos otros elementos de construcción visual, pero igual que remiten al autor de Mimic o Hellboy lo hacen a otros universos narrativo-visuales del cine fantástico más o menos reciente, sea mainstream –el Michael Bay de Armageddon, por ejemplo– o no tanto –el Paul Verhoeven de Robocop o de Starship Troopers–. Lo que sin duda fascina a Del Toro es la posibilidad de urdir una multimillonaria película de serie B que aporte al cine de gran presupuesto un argumento sencillo pero servido con suma frescura y, por encima de todo, bajo aquel cobijo narrativo, explorar y explotar las posibilidades de sense of wonder que ofrece esa imaginería doble y cruzada –entre los monstruos de apariencia entre prehistórica y fantástica y los mega-robots articulados por el hombre a la manera urdida por Richard Matheson en el guión de un episodio de Twilight Zone  titulado Steel (1962) y que el espectador recordará por una reciente revisión para todos los públicos de aquel relato, Acero puro (Real Steel, Shawn Levy, 2011)– a través de los aspectos creativos y técnicos que siempre han interesado al cineasta, en un nutrido y virtuoso balance entre el imaginativo diseño (y no hablo sólo de criaturas, sino de utilería militar, por ejemplo) y la implementación de las últimas técnicas de CGI.

 

Y lo que fascina a los espectadores puede ser ese esmerado acabado visual, los vistosos diseños de los alienígenas monstruosos –que conforme avanza el metraje revelan cada vez más sofisticaciones en su manufactura visual–, la cinética por lo general bastante efectiva en el diseño de movimientos y coreografía de los salvajes enfrentamientos (que, inevitablemente, llevan de suyo la destrucción de mobiliario urbano a grandes dosis), o la gestión del montado rítmico de acción y suspense en diversas y rutilantes set-piéces, algunas muy largas, que sostienen el metraje (largo, demasiado, cierto, pero sin que ello empañe en ningún momento el asegurado entretenimiento). Pero las historias siempre mandan sobre los aderezos de las mismas, y todo lo anterior fascinaría menos si Del Toro no hubiera edificado la trama con suficiente astucia –virtud demostrada en proyectos personales como el citado Cronos o la hermosa El laberinto del fauno (2006), pero también en ajenos, como Blade II (2002)-, gestionando un tono que compagina lo grave con el aderezo de dosis humorísticas, y poniendo en danza los conflictos dramáticos desde anécdotas y clichés que, empero, sabe disfrazar convenientemente para que resulten efectivas/os. Espectáculo palomitero genuino, intenso, en algunos momentos brillante –ese prólogo largo que pone al espectador en situación a través de un breve montaje donde mezcla un estilo periodístico con las primeras y dosificadas imágenes de los monstruos y robots–, Pacific Rim tiene todos los ingredientes de un buen blockbuster veraniego, una de cuyas virtudes –y no la menor– es indudablemente la deportividad con la que ofrece el espectáculo, la conciencia de estar creando un abigarrado pero sencillo divertimento, la carencia de mayores ínfulas. A este último respecto, supongo que habrá quien anote que ciertos detalles de guión nos hablan de un futuro distópico que incorpora una crítica nada velada a los excesos de nuestro funcionamiento socio-económico; sin duda que es así, pero no debería buscarse en ello una construcción de un discurso en sí mismo, sino una plataforma, perfectamente válida pero en este caso poco más que anecdótica, para llevar a ebullición el macroespectáculo que el filme promete regalar y, a diferencia de otros, en efecto termina regalando a las plateas.

http://www.imdb.com/title/tt1663662/?ref_=fn_al_tt_1

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