EL REGALO

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The Gift

Director: Joel Edgerton

Guión: Joel Edgerton

Intérpretes: Jason Bateman, Rebecca Hall, Joel Edgerton, Beau Knapp, Allison Tolman, David Denman, P.J. Byrne, Tim Griffin, Beth Crudele

Música: Danny Bensi, Saunder Jurriaans

Fotografía: Eduard Grau

EEUU. 2015. 105 minutos

 

De repente, lo extraño

Actor australiano que en los últimos años ha asumido papeles con peso específico, como el Brendan Conlon en la película Warrior (Gavin O’Connor, 2013), Tom Buchanan en El gran Gatsby (The Great Gastsby, Baz Luhrman, 2014) o Ramses II en Exodus (Exodus: Gods and Kings, Ridley Scott, 2014), Joel Edgerton escribe en solitario y debuta tras las cámaras en el largometraje con esta The Gift, thriller de rugosidades psicológicas que parece revisar, para estos tiempos, un determinado arquetipo que fue muy explorado en los años ochenta y noventa: el advenimiento de un extraño, con intenciones en deriva hostil, en la cotidianidad de un matrimonio, de un hogar. Hace un cuarto de siglo, obras como Atracción fatal (Fatal Attraction, Adrian Lyne, 1987), Sexo, mentiras y cintas de video (Sex, Lies & Videotapes, Steven Soderbergh, 1989), De repente, un extraño (Pacific Heights, John Schlesinger, 1990), Falsa seducción (Unlawful Entry, Jonathan Kaplan, 1992) o Dobles parejas (Consenting Adults, Matthew Chapman, 1992) plantearon, con los debidos matices, el escenario del acoso sufrido por matrimonios yuppies, con o sin hijos, por parte de personajes de perfil psicopático. Por aquel entonces, la cuestión crucial era la de la agresión a la intimidad, y por tanto el suspense se sustentaba en la sensación de peligro o fragilidad del legalmente (¿y ética?) inviolable concepto del hogar o del statu quo. Edgerton juega con semejantes premisas, lo que viene a sugerir que hay ciertas semejanzas en el esquema socio-cultural de aquellos años y del presente (las inquietudes resultan intercambiables). Pero, por otra parte, su muy precisa graduación del tono, su apuesta por la sutileza y el condensado cross over de definiciones psicológicas hace de este The Gift una elocuente muestra de cómo esas definiciones de hace tres décadas han ido mutando hasta su definición en nuestro presente.

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En The Gift, el extraño que se cuela subrepticiamente en la vida de la pareja protagonista, Gordo, viene encarnado por el propio cineasta, en lo que puede verse como una curiosa simbiosis de demiurgos, Edgerton gobernando el relato “desde dentro” o desde la manufactura visual, lo que incorpora al filme una interesante digresión sobre la función del director de “colarse” en la intimidad de los personajes de sus ficciones para manipular, en indeterminados sentidos, sus actos. Pero, centrados en lo narrativo, es interesante comprobar que Gordo es el personaje menos estudiado del triángulo. De hecho, la protagonista es Robyn (Rebecca Hall), y su incertidumbre (el punto de vista transmitido al espectador) no procede de la intromisión de Gordo en su vida y la de su marido, Simon (Jason Bateman), sino en la fragilidad emocional con la que sostiene su vida. El filme arranca con el traslado de esa pareja a un formidable piso en las colinas californianas; Gordo reconoce a Simon en una tienda de complementos de hogar, ambos estudiaron en el mismo instituto y se reencuentran tantísimos años después. La solicitud en el trato de Gordo contrasta con la condescendencia e incluso hastío que Simon le dispensa. Pero la relación entre la pareja y Gordo cataliza pero sólo canaliza hasta cierto punto los problemas emocionales de Robyn, una mujer con un pasado depresivo que no termina de encontrar su lugar en esa existencia sobre el papel tan plácida de esposa de un ejecutivo de éxito, que se siente sola y desdichada en esa casa que a menudo parece una jaula de cristal, y que, a la postre, empezará a descubrir que las motivaciones y razones del extraño (que no agresivo) comportamiento de Gordon obedecen a un trauma del pasado relacionado con su marido, quien (spoiler) le sometió a bullying en la escuela, arruinándole la adolescencia. Vemos, de tal modo, que Edgerton ya no refina la relación entre personajes según patrones maniqueos, y bien al contrario hace buenas las tesis psicológicas en las que nuestra sociedad se halla sumergida, efectuando un lento pero preciso retrato del arduo proceso de auto-conocimiento de su propia vida al que se ve sometida Robyn, al descubrir que si Gordo es un extraño de actitudes sospechosas, su marido es un déspota sin escrúpulos que tiraniza a aquellos que conviven con él, sea de modo directo o sutil. Por tanto, el extrañamiento, el miedo, la desconfianza, se cuelan en el seno de ese matrimonio no por los actos enajenados de Gordo cuanto por lo que esas extrañas actitudes terminan revelando de la relación entre el marido y la mujer.

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Para barajar esos mimbres más sutiles de lo inquietante, Edgerton propone una puesta en escena sólida, basado en lo minimalista y las definiciones cromáticas frías y contemplativas, marcando de hecho una distancia prudencial respecto del drama representado, lo que dota de mayor potencia el discurso. En la edificación de la trama, si bien maneja con solvencia las pequeñas dosis de crescendo inquietante, Edgerton ni siquiera apuesta a fondo la baza recurrente en este tipo de filmes basada en súbitos y constantes replanteamientos de las piezas de esa trama; sólo hay un giro final, cierto, pero no tiene nada de efectista: siendo coherente con lo relatado, es una solución pletórica de sentido en su análisis sociológico y cultural: la constancia de los frutos putrefactos de una existencia basada en la falsedad. Esa es la demoledora metáfora de cierre de esta interesante película, una metáfora que, por otro lado, termina emparentando la obra con postulados no muy alejados a los de, por ejemplo, el Michael Haneke de Caché (2005).

BLACK MASS

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Black Mass

Director: Scott Cooper.

Guión: Mark Mallouk y Jez Butterworth, según la crónica de Dick Lehr y Gerard O’Neill

Intérpretes: Johnny Depp, Joel Edgerton, Benedict Cumberbatch, Rory Cochrane, Jesse Plemons, Dakota Johnson, Kevin Bacon, Peter Sarsgaard, Corey Stoll, Juno Temple, Julianne Nicholson, Adam Scott, David Harbour, Jeremy Strong, W. Earl Brown, Brad Carter, Sienna Miller

Música: Tom Holkenborg

Fotografía: Masanobu Takayanagi

EEUU. 2015. 119 minutos

Boston, crónica negra

 Esos ojos azules vampíricos de Johnny Depp constituyen el signo más distintivo de la caracterización que luce en la película, mucho más en realidad que esas prominentes entradas que sorprenden al primer vistazo –y el primer vistazo es el poster de la película, o alguna de sus fotos–. Muchos críticos afirman que esta es la mejor interpretación del actor en años. Quizá debiera más bien precisarse que aquí Depp se enfrenta con un papel en el que no debe limitarse a interpretar su tipología habitual de personaje. Es cierto que le hemos visto encarnar a psicópatas y seres despreciables en, por ejemplo, la nómina de filmes de Tim Burton, pero aquí no existe la coartada de la distancia irónica: en Black Mass a Depp le corresponde interpretar un personaje monstruoso, un gángster despiadado que esconde su absoluto desprecio por el prójimo en la extravagancia de su vestir y en la circunspección –despótica, claro– de su actitud en el trato. Quizá lo mejor de Black Mass, una de las posibles películas más interesantes que habitan en la película, se contornee en los muchos planos en los que la cámara, a través del encuadre y la labor fotográfica, estudian al personaje, James “Whitey” Bulger, su figura, su mirada más bien de otro mundo, cuya lógica resulta depredadora en el absoluto engranaje de personajes que le circundan, sean sus secuaces, su respetable hermano Billy (Benedict Cumberbatch) o el agente del FBI trepa con el que colabora, John Connolly (Joel Edgerton).

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Con esta película, el realizador Scott Cooper vuelve a filmar, como en  Out of the Furnace, una fábula negra. Igual que en aquélla, el cineasta se beneficia de un trabajo sobrio con la cámara, un guión bien perfilado y un elenco interpretativo de nivel, reactivos que el cineasta maneja para dotar de una atmósfera, oclusiva y sombría, a este retrato criminal que, al igual que Out of the Furnace, habla de violencia y círculos viciosos. Sin embargo, en este caso, la personalidad del cineasta queda más en entredicho que en su anterior y citado título. En parte tiene que ver con esa caracterización de Depp, de bien diferente ralea a las maravillosas interpretaciones de Cassey Affleck, Christian Bale o Woody Harrelson en aquella película, pues algo tiene de “one man show”. Pero lo que resta personalidad a la película tiene más que ver con su filiación industrial en su definición pura (no consecuencial, que sería lo que atañería a Depp): basada en unos acontecimientos verídicos según la visión del best seller del New York Times “Black Mass: The True Story of an Unholy Alliance Between the FBI and the Irish Mob” de Dick Lehr y Gerard O’Neill, Black Mass es, por encima de otras cosas, una película en la tradición de cine criminal que la Warner Bros viene practicando desde siempre, y que en la última década acumula diversos títulos reseñables sobre los que predicamos una determinada personalidad. Y en este conglomerado de títulos de la Warner cabrían tanto las obras de cineastas como Clint Eastwood y Ben Affleck como thrillers de menor ambición y/o calidad como Gangster Squad: Brigada de élite (2013), e incluso se podrían añadir las alianzas con el relato policiaco de los Batman de Christopher Nolan. Al fin y al cabo, quizá la alargada sombra en esta película de títulos como Mystic River (2002), Infiltrados (2005) o The Town: ciudad de ladrones (2010) no tenga sólo que ver con elementos de la trama.

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De esos tres títulos el que más aparece en las comparaciones es sin duda el oscarizado filme de Martin Scorsese, por la ubicación del relato en Boston y por su construcción narrativa basada en el cross-cutting entre las actividades de la mafia y las del FBI, con esos personajes que, de un modo u otro, se hallan a los dos lados de la ley. Pero el nervio y la exuberancia de Scorsese poco tienen que ver con la estilización sobria de Cooper, que sí en cambio se acerca más a las maneras del Ben Affleck cineasta, o incluso a Eastwood en su sana búsqueda de la sobriedad en la concisión. Mystic River en ese sentido sigue deduciéndose como un clásico ultrareferencial, pero no es menos cierto que, escarbando, la película que nos ocupa podría tener más ingredientes –incluyendo la languidez de su progresión– de la menospreciada J. Edgar (2012), retrato de otro personaje monstruoso, nada menos que el famoso capitoste del FBI, cuya estructura de biopic guarda relación con el rise and fall que se relata aquí. Intensa y rítmica aunque no percutante, con destellos de brillantez aunque no con momentos particularmente memorables, lo peor que se puede decir de Black Mass es que, indudablemente, es una obra derivativa. Incluso si, regresando a las apreciaciones del inicio de esta reseña, focalizáramos las comparativas en la primera persona del protagonista, hallaríamos el lejano recuerdo de aquella película de Mike Newell, Donnie Brasco (1997), que también se aderezaba con la estética retro seventies para narrarnos la infiltración de un agente del FBI, Depp, en el mundo del hampa. Demasiados ecos, al fin y a la postre, para concederle a Scott Cooper la personalidad y capacidad analítica que atesoraba Out of the Furnace, una obra sin duda más irregular, menos rutilante pero probablemente más interesante.