BLACK MASS

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Black Mass

Director: Scott Cooper.

Guión: Mark Mallouk y Jez Butterworth, según la crónica de Dick Lehr y Gerard O’Neill

Intérpretes: Johnny Depp, Joel Edgerton, Benedict Cumberbatch, Rory Cochrane, Jesse Plemons, Dakota Johnson, Kevin Bacon, Peter Sarsgaard, Corey Stoll, Juno Temple, Julianne Nicholson, Adam Scott, David Harbour, Jeremy Strong, W. Earl Brown, Brad Carter, Sienna Miller

Música: Tom Holkenborg

Fotografía: Masanobu Takayanagi

EEUU. 2015. 119 minutos

Boston, crónica negra

 Esos ojos azules vampíricos de Johnny Depp constituyen el signo más distintivo de la caracterización que luce en la película, mucho más en realidad que esas prominentes entradas que sorprenden al primer vistazo –y el primer vistazo es el poster de la película, o alguna de sus fotos–. Muchos críticos afirman que esta es la mejor interpretación del actor en años. Quizá debiera más bien precisarse que aquí Depp se enfrenta con un papel en el que no debe limitarse a interpretar su tipología habitual de personaje. Es cierto que le hemos visto encarnar a psicópatas y seres despreciables en, por ejemplo, la nómina de filmes de Tim Burton, pero aquí no existe la coartada de la distancia irónica: en Black Mass a Depp le corresponde interpretar un personaje monstruoso, un gángster despiadado que esconde su absoluto desprecio por el prójimo en la extravagancia de su vestir y en la circunspección –despótica, claro– de su actitud en el trato. Quizá lo mejor de Black Mass, una de las posibles películas más interesantes que habitan en la película, se contornee en los muchos planos en los que la cámara, a través del encuadre y la labor fotográfica, estudian al personaje, James “Whitey” Bulger, su figura, su mirada más bien de otro mundo, cuya lógica resulta depredadora en el absoluto engranaje de personajes que le circundan, sean sus secuaces, su respetable hermano Billy (Benedict Cumberbatch) o el agente del FBI trepa con el que colabora, John Connolly (Joel Edgerton).

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Con esta película, el realizador Scott Cooper vuelve a filmar, como en  Out of the Furnace, una fábula negra. Igual que en aquélla, el cineasta se beneficia de un trabajo sobrio con la cámara, un guión bien perfilado y un elenco interpretativo de nivel, reactivos que el cineasta maneja para dotar de una atmósfera, oclusiva y sombría, a este retrato criminal que, al igual que Out of the Furnace, habla de violencia y círculos viciosos. Sin embargo, en este caso, la personalidad del cineasta queda más en entredicho que en su anterior y citado título. En parte tiene que ver con esa caracterización de Depp, de bien diferente ralea a las maravillosas interpretaciones de Cassey Affleck, Christian Bale o Woody Harrelson en aquella película, pues algo tiene de “one man show”. Pero lo que resta personalidad a la película tiene más que ver con su filiación industrial en su definición pura (no consecuencial, que sería lo que atañería a Depp): basada en unos acontecimientos verídicos según la visión del best seller del New York Times “Black Mass: The True Story of an Unholy Alliance Between the FBI and the Irish Mob” de Dick Lehr y Gerard O’Neill, Black Mass es, por encima de otras cosas, una película en la tradición de cine criminal que la Warner Bros viene practicando desde siempre, y que en la última década acumula diversos títulos reseñables sobre los que predicamos una determinada personalidad. Y en este conglomerado de títulos de la Warner cabrían tanto las obras de cineastas como Clint Eastwood y Ben Affleck como thrillers de menor ambición y/o calidad como Gangster Squad: Brigada de élite (2013), e incluso se podrían añadir las alianzas con el relato policiaco de los Batman de Christopher Nolan. Al fin y al cabo, quizá la alargada sombra en esta película de títulos como Mystic River (2002), Infiltrados (2005) o The Town: ciudad de ladrones (2010) no tenga sólo que ver con elementos de la trama.

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De esos tres títulos el que más aparece en las comparaciones es sin duda el oscarizado filme de Martin Scorsese, por la ubicación del relato en Boston y por su construcción narrativa basada en el cross-cutting entre las actividades de la mafia y las del FBI, con esos personajes que, de un modo u otro, se hallan a los dos lados de la ley. Pero el nervio y la exuberancia de Scorsese poco tienen que ver con la estilización sobria de Cooper, que sí en cambio se acerca más a las maneras del Ben Affleck cineasta, o incluso a Eastwood en su sana búsqueda de la sobriedad en la concisión. Mystic River en ese sentido sigue deduciéndose como un clásico ultrareferencial, pero no es menos cierto que, escarbando, la película que nos ocupa podría tener más ingredientes –incluyendo la languidez de su progresión– de la menospreciada J. Edgar (2012), retrato de otro personaje monstruoso, nada menos que el famoso capitoste del FBI, cuya estructura de biopic guarda relación con el rise and fall que se relata aquí. Intensa y rítmica aunque no percutante, con destellos de brillantez aunque no con momentos particularmente memorables, lo peor que se puede decir de Black Mass es que, indudablemente, es una obra derivativa. Incluso si, regresando a las apreciaciones del inicio de esta reseña, focalizáramos las comparativas en la primera persona del protagonista, hallaríamos el lejano recuerdo de aquella película de Mike Newell, Donnie Brasco (1997), que también se aderezaba con la estética retro seventies para narrarnos la infiltración de un agente del FBI, Depp, en el mundo del hampa. Demasiados ecos, al fin y a la postre, para concederle a Scott Cooper la personalidad y capacidad analítica que atesoraba Out of the Furnace, una obra sin duda más irregular, menos rutilante pero probablemente más interesante.

SOMBRAS TENEBROSAS (DARK SHADOWS)

Dark Shadows

Director: Tim Burton

Guión: Seth Grahame-Smith y John August, según la serie de Dan Curtis

Música: Danny Elfman

Fotografía: Bruno Delbonnel

Intérpretes:  Johnnie Depp, Michelle Pfeiffer, Helena Bonham Carter,

Eva Green, Jackie Earle Haley, Jonny Lee Miller, Bella Heathcote

EEUU. 2012. 107 minutos

Del revival al universo Burton

 Acogida por lo general de forma tibia por la crítica, una de las peores consideraciones que se han hecho, y a menudo, de esta Dark Shadows tiene que ver con su filiación industrial y vocación de espectáculo gótico-hilarante prefabricado para todos los públicos o gustos, aseveración que viene a cuestionar, a estas alturas de la carrera del cineasta, su tan peculiar idiosincrasia creativa. A juicio de quien esto suscribe, semejante argumento, que también saltó a la palestra en los análisis de la fláccida versión del clásico de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas (2011) que el cineasta filmó poco antes, sí valía para aquella película, muy por debajo de las expectativas que cabía esperar, pero no en cambio para esta adaptación tardía del clásico televisivo de Dan Curtis que Burton firma apoyado en un relato y guión de Seth Grahame-Smith –a quien el cineasta produjo, de forma más o menos coetánea, Abraham Lincoln: cazador de vampiros (Abraham Lincoln: Vampire Hunter, 2012, Timur Bekmambetov), que me parece, y estoy invirtiendo completamente el argumento de entrada, una apropiación en toda regla de ese popular material catódico de partida.

Tim Burton ha venido trabajando a menudo, a lo largo de su trayectoria, con material preexistente, que ha modelado a su gusto, más o menos según la ocasión, y con resultados ciertamente dispares. No deja de ser una cierta paradoja que a uno de los cineastas del fantastique más venerados de su tiempo y de quien se suele destacar su habilidad para construir un universo propio y retroalimentado tenga diseminados a lo largo de su filmografía tantos y tantos títulos que se refieren a personajes e historias que antes otros imaginaron y convirtieron en célebres. Podemos hablar del mismísimo Batman, por supuesto, pero también de los habitantes del planeta de los simios, de los cuentos de la vieja Nueva York, como el Sleepy Hollow de Washington Irving, o de los clásicos de la literatura infantil, como Roald Dahl, del barbero loco de Demon Street, de la citada Alicia de Carroll… Conforme se consolidaba su prestigio, esas adaptaciones/revisiones de material de cierto o indudable prestigio encontraban precisamente el acicate de la personalidad de Burton, a la expectativa de qué podía reinventar el cineasta con esos relatos/personajes-patrones. Probablemente de entre todos ellos, la familia protagonista de Dark Shadows resulta –quizá junto a Batman, en todo caso icono pop más incuestionable- la que soporta menos marchamo de calidad en términos absolutos, pero precisamente ello ha supuesto para el cineasta la oportunidad de liberarse de corsés creativos (como los que afectaron a las citadas Sleepy Hollow y Alicia…) y llevar el argumento y especialmente la puesta en imágenes cinematográfica a latitudes incuestionablemente burtonianas.

 

Así, lo extraño del caso es, para quien esto escribe, que alguien que se declare admirador del cine del autor de Eduardo Manostijeras no le encuentre la gracia a esta Dark Shadows, y, víctima de los elementos más superficiales, le niegue aquí a Burton lo que es de Burton. De hecho, la personalidad del cineasta funciona en la película casi a modo de acumulación, de códex burtoniano. Al cineasta le divierte mucho, y se nota, desplegar un tapete dramático (o más bien cómico) compuesto por personajes freaks y, para colmo, supeditados a un protagonista, Barnabás Collins (el actor-fetiche de Burton, Johnny Depp, ¿quién sino?), que vive en un universo paralelo y anacrónico, llamado a chocar frontal y continuamente con la realidad, manteniendo un pulso con ella, para vencerla finalmente. En ese sentido, la mejor argucia del libreto de Grahame-Smith reside en la asociación entre el desfase existente entre dos épocas distintas (los dos siglos transcurridos desde que Barnabás fue sepultado hasta su liberación) y aquél otro que tiene que ver con la realidad respecto de la fantasía. Lo primero, la realidad, está siempre acordonada en el dibujo retro que proponen las imágenes de los años setenta y en la inclusión de algunas referencias a la música y el cine de aquellos años, y cumple la función de facilitar la concatenación de chistes basados precisamente en ese citado elemento anacrónico; lo segundo, que comparece en forma de vampiros, brujas y hechicerías varias, espíritus y fantasmas justicieros, una teenage werewolf y niños con poderes parapsicológicos, es lo que porfía por imponer los términos del relato desde el principio, apoderamiento plausible ya desde los primeros compases pero que se va afianzando cada vez más hasta alcanzar ese espléndido clímax que discurre en el interior de la mansión de los Collins, en el que cada personaje asume su propio rol fantástico para fraguar un enfrentamiento hoy asumible a las películas de superhéroes, una vez desalojados del relato, de un modo u otro, aquellos personajes que, por así decirlo, carecían de una vena fantastique.

No se trata de negar que, junto con los interesantes apuntes que trasladan al territorio de lo kitsch las convenciones del cine de terror gótico de toda la vida, el filme se alimenta en demasía de situaciones y anécdotas que basan lo risible en lo burdo o hasta lo pedestre. Pero quizá no debamos olvidar que eso ya y también sucedía, y me remonto a 1987, en Bitelchús, por poner un ejemplo. Si hablamos de códex burtoniano ello tiene precisamente que ver con esas cuestiones de tono, esa liviandad expositiva que guarda agazapada una visión romántica, que se fragua en la edificación de los personajes –afianzando su rareza, su a veces chaplinesca incapacidad de formar parte de los pensamientos, actos y costumbres que rigen en la sociedad en la que aparecen- y reverbera a través de las estrategias visuales. Creo que, precisamente, todas las películas de Burton protagonizadas por Johnny Depp orbitaban, de un modo u otro, en torno a esta noción; en algunos casos, como el de Sleepy Hollow o el de Charlie y la fábrica de chocolate, esa lectura resultaba un tanto forzada, y ello perjudicaba la ecuación narrativa, o la adaptación resultante; en otros, los mejores, de Ed Wood a Sweeney Todd, pasando por supuesto por Eduardo Manostijeras, esa ecuación daba unos resultados fértiles, muy sugestivos, del mismo modo que sucedía con Batman vuelve, la personalísima tesis sobre la monstruosidad en la que Burton convirtió la secuela de su Batman, o en Big Fish, esa hermosa parábola sobre el poder curador de los cuentos. En Dark Shadows, y a través de esas constantes interferencias entre la lectura socio-cultural –la familia venida a menos, la inadaptación social, los traumas psicológicos de los niños– y la lectura en clave fantástica, Burton halla, por enésima vez, la fórmula con la que se siente cómodo para explorar esa línea de confusión entre el bagaje cultural que procede de la realidad y aquél otro que procede de los mitos, lo que le sirve para proponer cuestiones todas ellas más densas que lo que la frescura y falta de complejos dramáticos del relato y el barroquismo de postín que sirve de hábitat para el mismo hacía prever.

http://www.imdb.com/title/tt1077368/?ref_=sr_1

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