BEAUTIFUL GIRLS

 

Beautiful Girls.

Director: Ted Demme.

Guión: Scott Rosenberg

Intérpretes: Timothy Bottoms, Natalie Portman, Matt Dillon, Uma Thurman, Michael Rappaport, Noah Emmerich, Lauren Holly.

Música: David A. Stewart.

Fotografía: Adam Kimmel

EEUU. 1996. 112 minutos.

 

Nostalgia

 

En un escueto diálogo de la parte final de Beautiful Girls se cita casi al mismo tiempo, jugando a la comparación de fisonomías, a Ally Sheedy y a Kathy Bates. Aunque pareciera un comentario intrascendente, a uno le da que pensar: Ally Sheedy fue una de las estrellas teenagers emergentes en los años ochenta (El club de los cinco, St. Elmo’s fire) de la que con el tiempo nunca más se supo, y la carrera cinematográfica de Kathy Bates recorrió una senda que podríamos calificar como inversa, pues alcanzó la celebridad (y el Oscar) a una edad ya más avanzada, y con una película estrenada a las puertas de los noventa: Misery. Teniendo en cuenta que los ochenta son el continente perdido de la Atlántida en el que se hallan los corazones de los protagonistas de esta película, quizá no sea casual, o baladí, esa cita a la Sheedy y la Bates. Porque unos buenos diálogos, desafiando las apariencias, nunca se dejan al azar, y eso parece ser lo que sucede con los escritos por Scott Rosenberg para el libreto de esta Beautiful Girls. Diálogos que construyen sin aspavientos, pero con la mayor efectividad, el terreno nostálgico que el filme abona, diálogos que paracen extraídos de un trabajo de campo, diálogos a los que el completo elenco de actores –mención especial a Natalie Portman y Matt Dillon- se consagra con talento.

 

Crónica del desencanto

 

Por el mismo precio diré que si Beautiful Girls es una buena película pero no una gran película es porque la clarividencia dialogada no encuentra su parangón en el desarrollo argumental, capítulo en el que Rosenberg –y Ted Demme en la realización- flaquean por culpa de la indefinición, quizá del miedo al riesgo: alcanzan a intuir pero no a rubricar  esa crónica del desencanto en el que la película pretende erigirse: con las hábiles descripciones de los personajes-tipo y de algunas constantes sentimentales de la treintena, conviven situaciones que acaban desmoronándose en la flagrante convencionalidad (la historia de amor a dos bandas del personaje encarnado por Dillon) u otras que se desarrollan poco o de un modo decepcionante (v.gr. la incomunicación del protagonista con su padre y hermano heredado del fallecimiento de su madre); asimismo se desaprovechan el grueso de posibilidades del análisis sociológico del condicionante geográfico – ese pueblo en ningún lugar llamado Knight’s Ridge, la América rural, los lugares “en los que nunca pasa nada”, donde se puede ser carnicero o quitanieves, o huir de allí-. Esa cierta indecisión en el desarrollo argumental acaba desaliñando las posibilidades expresivas y radiográficas de esta crónica generacional que asume con pericia el relevo de filmes como Reencuentro o Peter’s friends y alcanza altura, pero pierde la oportunidad de presentar una tesis al respecto –como por ejemplo sucedía en Diner, de Barry Levinson, o incluso en American Graffiti, de George Lucas-.

 

Sweet Caroline, beautiful girl

 

Con sus más y sus menos, el visionado de esta película del malogrado Ted Demme resulta atrayente por la gracia con la que se nos sirve el relato coral y por el magnífico ritmo que el realizador extrae de estrategias narrativas poco sutiles pero de todo punto efectivas, sea concentrando la atención en los diversos clímax dialogados que van concatenándose (que Demme identifica a la perfección y, por tanto, logra extraerles la mayor fuerza –fijarse por ejemplo en la conversación sobre Christopher Robin y Winnie Pool que mantienen Timothy Bottoms y Natalie Portman-), o mediante la utilización de piezas musicales que se sirven a título  identitario y que enfatizan tonos o ideas. Es a este respecto que podemos afirmar la condición de auténtico leit-motiv de la pieza de Neil Diamond Sweet Caroline, interpretada al piano por Bottoms y tarareada por toda la cuadrilla de amigos en la que probablemente sea la secuencia más célebre del filme, pieza musical que en la esencia narrativa puede compararse con las imágenes de las modelos –las beautiful girls– colgadas en las paredes de la habitación de Michael Rappaport y sobre las que éste tan jocosamente teoriza: canciones o mujeres de papel couché son la parca herencia de la adolescencia, de todos aquellos valores que la ingenuidad pintó de gloria y el mero paso del tiempo se ha dedicado a ensuciar, a la par que condenando a perder a todo aquél que siga aferrado al pasado.

http://www.imdb.com/title/tt0115639/

http://www.geocities.com/Hollywood/Hills/1869/beautiful.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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