AGUAS OSCURAS

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Por un lado, está el thriller procedural, en este caso una investigación que lleva a cabo un abogado; en solitario, como corresponde a este relato de David contra Goliat. Emparentado en el tema con A Civil Action (Steven Zaillian, 1998), y con las maneras descriptivas, incluso tonales, de un John Sayles (Silver City) o de un Thomas McCarthy (Spotlight), Todd Haynes, neófito en estas lides, logra unos resultados superiores a las citadas obras merced de una laboriosa depuración narrativa y una sobriedad, incluso elegancia, en la exposición que recuerda a otra extraordinaria pieza sobre investigación (da igual si periodística, policial o judicial) como es Zodiac . Haynes, como Fincher, son realizadores de mirada propia, y es eso -y no  tema, o la denuncia- lo que edifica el discurso.

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Pero lo anterior, ojo, no desmerece el contenido de denuncia, y la mirada netamente lefty, que enarbola el director de Lejos del cielo. Lo interesante es apreciar cómo un estupendo cineasta se mueve en un territorio distinto a aquel en el que es tan reconocible y comprobar cómo mantiene, sin forzar nada, sus señas de identidad. En esos términos, Aguas oscuras no se aproxima nunca a una mirada melo, pero sí lo sumerge todo en un tono lánguido, melancólico, donde planea en todo momento una sentida elegía por las víctimas de la contaminación de las aguas por parte de la empresa farmacéutica.

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Sí, Aguas oscuras, a pesar de la crónica de ese enfrentamiento pírrico entre un individuo y un sistema, va sobre todo de víctimas. La iluminación apagada, dominada por tonos azules, y granulada, inunda el relato de tristeza. Las muchas secuencias, aparentemente transicionales, que discurren en el pueblo afectado, sugieren la enfermedad, la indefensión, el desaliento. El punto de vista a ese paisanaje por parte del protagonista va levantando el velo de ese sentimiento de injusticia, y su primer cliente, el granjero afectado que destapa el asunto, funciona como un personaje totémico que acumula en su enfermedad, y en la locura y muerte de su ganado, la mirada al abismo que embargará al abogado -quien, en la matizada composición de Mark Ruffalo, con esa circunspección, y esos temblores crecientes, terminará personificando, cual contenedor, ese dolor colectivo.

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Haynes, con su afinado sentido de la lírica, extrae ideas de aspectos que en las convenciones se suele pasar por alto. Otro apunte interesante, en ese sentido, tiene que ver con el manejo de la estructura para trabajar sobre la idea del paso del tiempo: ese segundo término narrativo, sobre la vida familiar del abogado, con esos hijos que van apareciendo y haciéndose mayores; los usos tecnológicos -de las cintas vhs del granjero a los móviles de última generación, pasando por los sistemas operativos informaticos y los buscadores de internet- para ir desvelando cómo los acontecimientos del pasado irán acercándonos… al presente; el sutil envejecimiento de personajes secundarios en sus caracterizaciones; o el mero recurso a ir rotulando el paso de los años, a veces (hacia el final del metraje) para apenas ilustrar una o dos secuencias de poca relevancia narrativa, subrayando de ese modo, precisamente, el peso del tiempo que va pasando, las enfermedades que irán sucediéndose mientras las burocracias empantanan el asunto… Haynes amplifica, con todas esas inquietudes expresivas, las expectativas que el espectador le asume al género en el que se mueve, y lo hace sin sacrificar nada, para ataviar un relato desde la complejidad y la trascendencia ética que exige el realismo. Una muy buena película.

EL OFICIAL Y EL ESPÍA

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Una forma de explicar El oficial y el espía es decir que en ella conviven dos relatos. Uno de ellos, de desarrollo más convencional, es el que tiene que ver con el relato histórico, esto es lo que la película tiene de crónica del recordado caso Dreyfus, y todas sus connotaciones políticas, sociales y de ubicación ideológica. El otro es un procedural con ribetes de relato de espionaje, y es el que se centra exclusivamente en el proceso por el que el oficial Georges Picquart (Jean Dujardin) va levantando el velo, descubriendo que el judío Alfred Dreyfus fue víctima de una acusación y condena injusta.

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De los dos relatos que conviven en el filme sólo uno, el segundo, es puramente polanskiano. La gracia del asunto -o la evidencia del genio de Polanski- es percibir cómo ese segundo relato, que nos habla de corrupción ambiental y claustrofobia, y que se desarrolla en la primera mitad de metraje tiene tanta fuerza que contamina al otro relato, de pretensión más radiográfica. Es una cuestión de mirada y de disposición de piezas narrativas: la tenue luz y el silencio, la fealdad hiperbólica de los perfiles y rostros humanos, la extrañeza de los gestos, la descripción del estamento militar desde un estatismo que sugiere lo grotesco, lo obsesivo de los objetos y los planos de detalle que los analizan… El demiurgo, el ojo que contempla, Polanski, se detiene en lo esquinado para pormenorizar lo que sucede “adentro” (la investigación), de modo que, cuando las piezas se trasladan al tablero de lo que está “afuera” (los sucesivos juicios, la luz pública, la reacción popular, el “J’accuse” de Zola…), las imágenes ya no pueden dejar de estar impregnadas por la sustancia pútrida que sostiene la tramoya.

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Antes hablaba de corrupción y claustrofobia, la que debería atenazar a Picquart al darse cuenta de que está luchando contra una maquinaria militar corrupta hasta los tuétanos y que desplegará toda su fuerza para perpetuar su inquina y sus mentiras. Lo interesante es que este personaje escapa del sufrimiento, alejándose así de lo que podríamos llamar el “tipo subjetivo” de la tipología de personaje polanskiano, cuya integridad se ve socavada y termina siendo víctima del dolor, el miedo y la locura. Picquart, en cambio, no se amedrenta al enfrentarse a esa todopoderosa maquinaria que está desafiando, y se enfrenta a la misma con sus armas cual David contra Goliat. Polanski perfila, pues, sin aderezos ni sentimentalismos (inimaginables en el autor) a un héroe en su definición más unívoca. La relación fría que mantiene con Dreyfus, que se puede compendiar en tres miradas -una a mitad de metraje, via flashback, y las otras dos en los extremos: prólogo y epílogo- es la forma carismática del cineasta de cerrar filas en torno a su definición. En las miradas que se cruzan al cierre, se sobreimpresiona un llamativo rótulo: “no volvieron a verse jamás”, subrayado que, como pasa con cualquier detalle en el cine de Polanski, sea un plano estático, un movimiento de cámara o un fuera de campo, está ahí por algún motivo.