DEL REVÉS (INSIDE OUT)

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Inside Out

Director: Pete Docter, Ronaldo Del Carmen

Productora: Pixar Animation Studios/Walt Disney Pictures

John Lasseter, Mark Nielsen, Jonas Rivera

Guión: Meg LeFauve, Josh Cooley y Pete Docter.

Musica: Michael Giacchino

Montaje: Kevin Nolting

EEUU. 2015. 94 minutos

El arco iris de las emociones, el poder de la imaginación

Alegría, Miedo, Rabia, Asco y Tristeza (o Joy, Fear, Anger, Disgust y Sadness, para los que prefieran la precisión de matices de la VO). Cinco engranajes de las emociones cobijadas en la psique de una niña, Riley. Rigen su comportamiento, sus reacciones inmediatas, al tiempo que son los guardianes de los tesoros de su memoria (por mucho que algunas cosas –los recuerdos “esenciales”– se hallen más allá de sus prerrogativas). Desde su cápsula, especie de buque de control que la cámara localiza en alguna ocasión en el interior de la frente de los personajes, acceden a contemplar el mundo exterior desde una gran pantalla que son los ojos de la niña, pero en el extremo opuesto de su cápsula hay otro gran mirador, uno al interior, que muestra estructuras de comportamiento consolidadas –la familia, la amistad, la sinceridad, la hilaridad y las aficiones, en este caso el Hockey–, y en la lejanía, separados por un espacio que recorre el autorrailado tren de los pensamientos, los depósitos de la memoria, el lugar de la imaginación o el estudio cinematográfico en el que se manufacturan los sueños (sic). La mera premisa de Inside Out es despampanante: convertir en algo tangible y un mundo narrativo la vida interior de una persona no deja de ser un hallazgo de pura genialidad, un arrebato de audacia que viene a materializar la infinidad de metáforas que el cine, o las artes en general, han utilizado para aproximarse a lo psicológico y emotivo.

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No es de extrañar que el máximo responsable del filme sea Pete Docter, uno de los más brillantes profesionales de la factoría de John Lasseter que, tras participar como guionista o colaborador creativo en diversos ya clásicos de la Pixar diera el do de pecho con la sensacional Monstruos SA (Monsters Inc., 2001), responsabilizándose también, aparte de su secuela, del guión (co-escritor) de WALL-E (Andrew Stanton, 2008) y de la realización de Up (2010). Inside Out –que cuenta con un segundo director, Ronnie Del Carmen, con menor bagaje en la compañía y forjado en los story departmentsculmina una trayectoria que acentúa la carga abstracta y la modernidad (revolucionaria, diría) de planteamientos de la factoría, sin duda dos de los más destacados pilares, de entre los referidos a la elucubración de relatos, que han hecho de la Pixar lo que es, probablemente la productora que atesora más genialidad en el cine de las últimas décadas (no, no me he olvidado de escribir “de animación” después de “cine”). Pero esa carga abstracta y esa modernidad de planteamientos para nada están reñidos con la emotividad, otro de los pilares fundamentales de los relatos de la Pixar, y eso se lleva al paroxismo en Inside Out, una película que de hecho podríamos calificar de epítome del completo bagaje de la productora de Lasseter, porque si siempre se ha dicho que la Pixar prima la originalidad de los relatos y la riqueza dramática que dirimen sus personajes, aquí nos hallamos con una sencilla premisa –el proceso de angustia que sufre una niña de once años, Riley, cuando, por razón del traslado de su padre, se ve obligada a dejar atrás la vida que llevaba y empezar de nuevo en otro lugar, muy lejos del que siempre fue su hogar– que es exprimida hasta extremos impensables, convirtiendo la definición dramática de ese personaje, el desglose de esas emociones y angustias, en motor literal y finalidad del relato.

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Si antes decíamos que la mera premisa de Inside Out resultaba despampanante, no es menos cierto que en el mismo arranque de la función (ese proverbial encaje de bolillos para presentar sus relatos que es marca de fábrica en Pixar) uno comprende que la profunda carga abstracta del relato y la capacidad analítica inagotable que ofrece su prisma original posibilitaban, a priori, infinidad de opciones narrativas de desarrollo. Quizá en ese despliegue de piezas inicial, Inside Out se postulaba para convertirse en una comedia brillante y sofisticada. Pero Docter, Del Carmen y los guionistas eluden esa senda, dejando la sensación de que es un abandono de una vía fácil (¡como si articular comedia lo fuera!), para en su lugar adentrarse en territorios mucho más ambiciosos, mucho más arriesgados, sin duda mucho más frágiles en lo que concierne a la relación con el público. Docter y el equipo de guionistas deciden traducir la crisis de Riley en una odisea lewiscarrolliana que hermana a Alegría y Tristeza en un tránsito por los rincones más recónditos de esa vida interior que de forma tan exuberante se describe, con parada en lugares tan llamativos como el subconsciente, el pensamiento abstracto (sic) o … el olvido. Tan aguerrida como moderna apuesta narrativa precisa de una alquimia o coordenadas narrativa inéditas para encauzar lo dramático. Pero el resultado es pariente próximo de Monstruos SA: como en aquélla, Docter y el formidable equipo creativo de la Pixar logran un equilibrio entre las convenciones en las que el espectador (y no debo añadir el grosero epíteto “familiar”) se siente cómodo y su tan constante, tan potente ruptura en el desafiante tablero narrativo. En Up, si lo pensamos bien, también tenía lugar esa tensión en el engranaje narrativo –al fin y al cabo aquel viaje literal de una casa guiada por globos era el enfrentamiento de un anciano con sus frustraciones vitales, un intento urgente y catárquico de zanjar la herida de lo que no había sido su vida–, pero la resolución, a pesar de su brillantez, dejaba algunos puntos suspensivos en lugar de la resolución cartesiana del filme protagonizado por Mike Wazowski y Sulley. Inside Out obra de nuevo el milagro de cerrar el círculo perfecto en una historia tan fértil y saturada de ingredientes abstractos que pronosticaba la imposibilidad de lo cartesiano y la inacabable discusión aferrada en lo meramente intelectual. La emotividad, ya lo decíamos, filtra lo intelectual, eso dota de personalidad a la obra y también identifica su maestría, su capacidad para convertirse en un referente dentro de una factoría donde la excelencia es la norma, pero que no contaba con un título tan redondo desde Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010).

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La receta para alcanzar ese grado de depuración, ese poderío narrativo, radica en la sabia conjunción entre virtudes de escritura y de puesta en escena, todas ellas proverbiales de la Pixar, cada una de ellas siempre distintas en su materialización por bandera autoimpuesta en la productora en lo que a abordaje de temas se refiere (algo que se aprecia igual en las películas convertidas en sagas: junto a las citadas Monstruos SA y Toy Story, Cars, 2006 y 2011). En lo que concierne a la escritura, en Inside Out vuelve a ejemplificarse la diferencia de nivel aún existente entre las –a menudo notables– películas de animación actuales y las películas Pixar: aquí nunca una anécdota, un gag, o la posibilidad de arrancar una risotada al espectador, sacrificarán el sentido determinado, elocuente, y engrasado en la totalidad, de una escena: en Inside Out las anécdotas son incesantes, las situaciones que invitan a la complicidad y la sonrisa también, pero suelen ser fruto directo y armónico del dispositivo narrativo o, en algunos casos, apuntalan desde lo hilarante una idea, y por tanto se subordinan a aquélla. Las anécdotas puras quedan relegadas a los créditos finales, e incluso allí, después de tan copioso caudal de ideas acumuladas, el gag por el gag guarda bajo su chistera una ironía genial que encaja a la perfección en el seno relatado. Pienso por ejemplo en ese payaso que acude a una fiesta infantil y se lamenta de su mal fario profesional, el mismo que, en la terrorífica secuencia del subconsciente, habíamos visto como una de las visiones de lo monstruoso que más perturbaron a Riley en su primera infancia. Es un ejemplo de muchos; de hecho, podríamos hablar de auténtico atracón. Y yendo de lo particular de los ejemplos a lo general de los resultados, permítanme argumentar que aunque Inside Out es sin duda una coming-of-age story, un relato sobre el dolor asociado al hacerse mayor, quedarse con eso sería poco más que quedarse con la mera anécdota argumental en una película que desde el frente narrativo, metanarrativo y lírico trabaja mayúsculas reflexiones sobre los nutrientes de un relato y los mecanismos que se disputan a través de la identificación con un personaje.

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En lo que concierne a la puesta en escena, probablemente la razón por la que, al final, Inside Out se elevará a la categoría de clásico es por su clarividencia, imaginación y capacidad sugestiva a la hora de elucubrar en imágenes las abstracciones que maneja. Podríamos decir que esta es una película sobre lo invisible hecho visible, pero es más adecuado hablar de lo invisible dirimido en una paleta cromática: Inside Out celebra la potencia de su propia premisa mediante una apuesta por la exuberancia y la nitidez en los colores. Los cinco personajes citados al principio de esta reseña se traducen en colores de suma viveza, elementos primarios prestos a una combinación que va desglosando y al mismo tiempo enriqueciendo –el poderío formal de la película es tan intachable como siempre– el paisaje, lo geográfico (ese mundo mágico) por lo anímico en una vorágine de explosiones cromáticas que, en última instancia, vendrían a suponer una especie de línea clara trasladada a la imagen en movimiento, que incluso se sofistican en descomposiciones geométricas y guiños cubistas en uno (no el único) de los pasajes alucinados del formidable viaje. La mirada del espectador queda fascinada de principio a fin por esa celebración de lo cromático que se da la mano con la anarquía de conceptos visuales (esas ferias flotantes que corresponden a las estructuras de pensamiento, imaginolandia, el subconsciente…), y no existe mejor énfasis en ello que la oposición entre las imágenes que discurren en ese mundo interior y un naturalismo descriptivo, el que corresponde con la realidad exterior o la vida en presente de Riley, un mundo real que, en comparación, resulta totalmente desvaído.

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Cuando, desde esta última (hasta ahora) y rutilante parada cinematográfica, miramos hacia atrás y contemplamos el inmenso paisaje de imágenes concebidas por la Pixar, podríamos asimilar la anterior oposición a las razones que explican su capacidad para fascinar e inspirar al espectador: en las películas de la factoría de Lasseter, la imaginación en su definición más pura cobra forma y color, y contempla la aburrida realidad con tanto desprecio… que da vértigo. O se puede plantear de otra forma: el hecho de que Riley sea un personaje tan crucial no por lo que se visualiza de ella (en esas imágenes desvaídas) cuanto por lo que tienen otros personajes (quienes habitan en su fuero interno) que decirnos sobre ella desde la universalidad revela de la forma más preclara el legado de la Pixar: Riley podría ser cada uno de nosotros, lo que vivimos o hemos vivido, o lo que viven o han vivido nuestros hijos; y no es que la Pixar cuente nuestra historia, sino que la engalana, desde la atalaya mágica de la luz oscura de un cine, con el fruto precioso de la imaginación. La imaginación, nos dicen películas como ésta, es el carburante convertido en una estela de arco iris que alimenta los juegos que jugamos en el pasado y que seguiremos necesitando para acceder al futuro. La imagen, ésta por ejemplo, es de un portento lírico indiscutible. Pero algunos aún lo llaman “entretenimiento”…

VIAJE A SILS MARIA

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Sils Maria

Dirección: Olivier Assayas

Guión: Olivier Assayas

Intérpretes: Juliette Binoche, Kristen Stewart, Chloë Grace Moretz, Johnny Flynn, Lars Eidinger, Hanns Zischler, Claire Tran, Angela Winkler, Frank M. Ahearn, Alister Mazzotti, Steffen Mennekes

Fotografía: Yorick Le Saux

Francia-Suiza. 2013 . 110 minutos.

  

Lo que cambia, lo que no

Olivier Assayas, director y guionista de Clouds of Sils Maria, vuelve a demostrar su inmensa capacidad para la captura espontánea, aparentemente sencilla, de algo tan complejo como los sentimientos humanos. En este quizá su guion más alambicado, introduce referencias culteranas y un juego intertextual que relaciona diversas manifestaciones artísticas –el cine, el teatro, la literatura–, pero lo hace con la convicción de aquél que sabe exactamente qué quiere narrar, que tiene perfectamente interiorizadas sus intenciones –que de lo descriptivo van a lo introspectivo y reflexivo, como suele corresponder a sus intereses– y que es capaz de moldearlas en equilibrio en imágenes. Se dice deprisa.

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Este viaje de lo geográfico a lo anímico protagonizado por dos mujeres funciona perfectamente en un doble tapete expositivo: por un lado, se relatan las relaciones –fuertemente impregnadas por una intimidad que en el fondo se halla en desequilibrio, en relación asimétrica de dependencia– entre una actriz veterana, Maria Enders (Juliette Binoche), y su joven asistenta personal, Valentine (Kristen Stewart); por el otro, un reto profesional que hace encara a María el abismo del paso del tiempo: regresar a la interpretación de una obra teatral protagonizado por dos mujeres, una en la edad madura (Helena) y la otra joven (Sigrid), pero asumiendo ahora el papel de Helena en lugar del de Sigrid, por la que en su día logró significarse como actriz. A través de esta doble matriz dramática, y de un denso volcado de comentarios textuales o metanarrativos que progresan a partir de esas matrices, Sils Maria nos habla de muchas cosas, y además con la solvencia necesaria para que encajen en un todo armónico: las máculas del paso del tiempo y el cambio de punto de vista asociado a ese devenir en la existencia; la exploración en los propios sentimientos a los que arroja un ejercicio honesto de la interpretación dramática; las distancias quizá insalvables entre generaciones a la hora de comprender el arte; y, en relación con lo anterior, y ya en sede metanarrativa, la inevitabilidad de la evolución de los signos culturales y la postura del artista (Assayas, director; Binoche, actriz) ante esos cambios.

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Uno de los elementos que hace fascinante el guion de Assayas reside en la paradoja de utilizar el acto de interpretar -por definición, encarnar la vida de otro- para precisamente desenmascarar los sentimientos de las dos actrices (la profesional y la amateur que le da la réplica) que llevan a cabo esa interpretación. De eso, que es mucho más que el simple establecimiento de vasos comunicantes entre realidad y ficción, resulta un poderoso drama, que la cámara expresa a través del continuo juego de puntos de vista opuestos, sea en distancias cortas o revelando la imposibilidad de cubrir distancias (en el encuadre a menudo aparece una contemplada por otra, a diversas distancias, a veces pudiendo escuchar lo que esa otra dice, otras no) como coda de la relación, necesidad mutua pero en proceso de corrupción, que se dispensan Maria y Val. Ese proceso de corrupción de la necesidad mutua -de la amistad, de la sinceridad, ¿del aleteo de una pasión amorosa?- viene marcado por un distanciamiento en sus planteamientos sobre la vida y su relación con el arte, cosmos en el que Assayas instala el relato de principio a fin.

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El distanciamiento se enfatiza a través de referencias a lo artístico que en el caso de Maria abren compuertas al pasado y en el de Val apuntan hacia una ruptura con aquéllas mirando al futuro. Assayas juega astutamente con estas nociones a través de las actrices que interpretan los papeles: Binoche,  musa del cine europeo (y refinado) de las décadas pasadas (se me hace innecesario ilustrar esa aseveración con ejemplos: hay muchos) versus Kristen Stewart, musa del mainstream americano más rabiosamente actual (protagonista de la saga Crepúsculo). La primera se aferra más al pasado por su relación con el escritor de la obra de teatro –fallecido al inicio del relato: la película explota la presencia de la muerte, y concretamente del suicidio, como una amenaza a lo anímico, y, otra vez, tanto en la realidad como en la ficción–, su relación con la esposa de éste, su contemplación de las imágenes de una película muda (Das Wolkenphänomen von Maloja, Arnold Fanck, 1924) con imágenes documentales de los paisajes del título de la película, la fuente de inspiración del artista primigenio. Maria, en cambio, no conecta con el mundo de hoy, algo bien ejemplificado con esas imágenes en las que la vemos acceder a informaciones recurriendo a la página de imágenes de Google. Por su parte, Val domina esas herramientas de comunicación del mundo intercomunicado, está conectada con el presente, tanto en lo que concierne a su trabajo como en sus preferencias cinematográficas, que colisionan con las de Maria, ello ilustrado a través de la actriz joven (alter ego de Stewart, podríamos convenir, encarnada por Chlöe Grace Moretz) que asumirá el papel de Sigrid en el remontaje de la obra, actriz de Hollywood y habitual del gossip que allí tanto se estila; una de cuyas películas, una ficción espacial en 3D (sic), Maria y Val visionan en un cine, para después debatir sobre ella y disentir frontalmente sobre el interés de la propuesta o la capacidad para transmitir sentimientos de esa actriz protagonista.

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(SPOILER)Podríamos decir que en este retrato de asimetrías generacionales y del arte que se propone en Sils Maria el clímax es imposible, o más bien es contemplado por Assayas como un anticlímax: en él se enfrentan dos fuerzas motrices: una inmutable, cual es la belleza de la naturaleza (esas nubes o neblinas que serpentean en un paraje idílico de los Alpes, formando la sensación visual de una serpiente blanca que emerge y progresa por encima de las aguas de un río); la otra mutable, los sentimientos humanos, el equilibrio imposible entre Maria y Val. Assayas captura esas imágenes del paisaje además dejando que el Canon de Pachelbel enfatice el elemento idílico; pero el paisaje, que en la metáfora del relato debía suponer el punto de encuentro de las dos mujeres, se queda solo, porque Val abandona a Maria, desciende el valle en solitario, sin despedirse, y Maria, que la necesita, no permanece contemplando ese prodigio de la naturaleza, sino que corre tras ella, además inútilmente. Porque no se encontrarán. Si Assayas gestiona muy bien a lo largo del relato los fundidos en negro para sugerir que los asuntos privados entre las dos mujeres van quedando irresolutos, aquí se produce la culminación, el cisma definitivo, la distancia insalvable entre la Belleza inmutable y la capacidad humana –generacional- para comprenderla y compartirla.

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Pero tras ese clímax queda el epílogo de la función, en el que Val ya no existe, y la obra está a punto de ser estrenada en Londres. En ese epílogo Assayas cierra filas narrativas en torno a la figura de Maria, que deviene protagonista en solitario, principal objeto de las reflexiones que la película propone. Queda un poco forzado en ese cierre la aparición de un joven director que ofrece a Maria la posibilidad de participar en una película digamos “en equilibrio” entre sus gustos refinados y lo que las convenciones asocian con el gran público (otra ficción espacial, en la que Maria encarnará un ser de vida artificial: Assayas perfila al joven director como alguien entusiasta, que da la espalda a los gustos mainstream, y que mantiene una personalidad, algo que facilita que Maria sintonice con él y acuerden colaborar). Pero en cambio es pletórica de expresividad, magnífica, la solución visual final de la obra, en la que vemos a Maria instalarse en el paisaje del escenario donde dará inicio la representación teatral, y la vemos sonreir mientras se escucha de nuevo el Canon de Pachelbel: imagen de equilibrio, de pacto con lo que uno es y puede ofrecer, de orgullo salvado, de paz interior. Imagen y evocación optimista y abierta a las interpretaciones más luminosas, menos combativas, en la culminación de este viaje tan lleno de contradicciones y aparentes enfrentamientos irresolubles.

THE LAST PICTURE SHOW

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The Last Picture Show

Director: Peter Bogdanovich.

Guión: Peter Bogdanovich y Larry McMurtry, según la novela del segundo.

Intérpretes: Jeff Bridges, Ben Johnson, Cloris Leachman, Timothy Bottoms, Cybill Shepherd, Ellen Burstyn, Randy Quaid, Sharon Taggart, John Hillerman

Musica: Phil Harris, Johnny Standley, Hank Thompson

Fotografía: Robert Surtees

EEUU. 1971. 129 minutos.

 

Nostalgia, al fin y al cabo

 Escrita en 1955 por Larry McMurtry, y probablemente –por el tono y la naturalidad descriptiva es difícil imaginar que no sea así– incorporando muchos elementos autobiográficos, The Last Picture Show es una novela brillante, harto sugestiva, de una potencia impar en la radiografía psicológica que se conjuga con una partitura lírica que emerge de la sencillez y la más aparente minucia narrativa. En ella se relata un curso –de invierno a invierno- en una pequeña localidad texana dejada de la mano de Dios, Thalia, relato en realidad cosmogónico sobre el funcionamiento social y cultural (ambas cosas enquistadas en los vicios fruto del fatídico cóctel entre la rigurosidad del acato a las tradiciones/dogmas religiosos y la ignorancia) focalizado a partir del seguimiento de la vida de principalmente tres jóvenes del lugar, Sonny, su íntimo amigo Duane y la niña bien de la que los dos están enamorados, Jacy. De desarrollo episódico en el que se balancean magníficamente los periplos sentimentales y vitales de todos los personajes –a los tres citados debe sumársele, por su peso narrativo, el de un hombre, Sam el León, regente de diversos locales de recreo en la zona, y tres mujeres, Genevieve, que sirve de camarera de noche en uno de esos locales; Lois, la madre de Jacy; y Ruth, mujer del entrenador del equipo del instituto con quien Sonny mantiene un idilio–, The Last Picture Show es una novela honesta, muy sincera, absorbente que penetra con absoluta lucidez en el sino de unos personajes todos ellos perdidos y que, a través principalmente del relato de sus avatares sentimentales y sexuales, perfila una mirada más universal, de temperatura sociológica, que arroja un balance francamente desolador, desolación que punza aún más al lector pues es fruto de constataciones muy francas y realistas.

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Peter Bogdanovich logró, en 1971, salir de la cantera de Roger Corman –para quien, amén de colaboraciones en diversos aspectos técnicos, había firmado un par de películas, el hoy título de culto Targets (1968) y Voyage to the Planet of Prehistoric Women (1968)— merced de la realización de este primer proyecto realmente personal de su carrera, al que, está bien anotarlo, accedió merced de un consejo de quien entonces era su esposa y mano derecha, Polly Platt, quien, según muchas fuentes, también participó en la elaboración del guión y, oh ironía de las ironías, fue abandonada por Bogdanovich cuando, en el curso del rodaje del filme se enamoró perdidamente de Cybill Shepherd, la actriz que en la película encarna a la neurótica joven rubita que no sabe qué hacer con su vida y para paliarlo se dedica a enamorar a todo el que se le pone a tiro.

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Detalles rosas aparte, Bogdanovich, que por entonces contaba con 31 años, logró una de sus mejores –sino su mejor- película con esta The Last Picture Show, efectuando un ejemplar trabajo de preparación y planificación del relato, ello concretado en una serie de decisiones que después se tradujeron en imágenes poderosas y de indudable capacidad para la evocación lírica, algo que logra de otra manera (esto es cine) pero no muy alejada del modo en que lo hace la novela. Si McMurtry en aquella novela había sabido pulir a la perfección el relato para narrar con el preciso detalle los acontecimientos que, a menudo bajo apariencia banal, resultaban claves para la introspección psicológica, otro tanto puede predicarse del guión de la película, que –no es de extrañar- escrito por el propio McMurtry junto a Bogdanovich, efectúa un trabajo de pulido sobre pulido, limando los elementos que resultaban accesorios a las intenciones atmosféricas del cineasta –ello consistente básicamente en eliminar los viajes y salidas del pueblo de los protagonistas, en ocasiones con inspiradas elipsis, como aquélla que nos muestra la salida nocturna de Thalia de Sonny (Timothy Bottoms) y Duane (Jeff Bridges) para, tras un corte, mostrarles de regreso a la luz de la primera mañana, con el rostro descompuesto por el cansancio y un gorro mejicano sobre la cabeza de Duane, detalle que basta para confirmar que nos hallamos en un regreso–; esa decisión no hace otra cosa que enfatizar, agravar en cierto sentido, la sensación alienante que planea sobre los personajes de hallarse encerrados en una existencia en un pueblo que es una suerte de bucle existencial; en la secuencia de la ida-regreso de México que acabamos de mencionar, atiéndase al detalle de cómo esa elipsis sirve para enfatizar la desaparición del personaje de Sam (extraordinario Ben Johnson): un primer plano del rostro del personaje había marcado la salida del pueblo de los chicos, y cuando al regresar conocemos la noticia de su fallecimiento aquel plano reciente cobra un sentido solemne y trágico. Ello es un ejemplo de la clarividencia en la sincreción del guión, y al mismo tiempo de su instrumentalización visual –el sentido de aquel plano–, la sapiencia narrativa indudable de Bogdanovich.

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En esa labor de guión Mc Murtry y Bogdanovich rebajan un poco, sin en absoluto desnaturalizarlos, los aspectos más relacionados con la sexualidad –en los que la novela se recrea más, ya se ha dicho, para a través de ellos alcanzar constataciones del desnorte emocional y vital de los personajes–, de manera que el relato termina funcionando más bien como una coming-of-age movie barnizada, merced del trabajo escenográfico y la coda lánguida de esas proposiciones visuales (el magníficamente esculpido blanco y negro que rubrica Robert Surtees; el recurso a grandes planos horizontales a compaginar con la sobria, a veces elegante, edificación de las secuencias de careo entre personajes; la renuncia a la música extradiegética y, en cambio, constante utilización de piezas musicales de country añejo que los espectadores escuchan a la par de los personajes, sonando en una radio en el coche o en el bar) por una mirada que algo tiene de elegíaco, de sentido de pérdida, no nostálgico en el sentido de la añoranza por un tiempo y lugares perdidos sino por el hecho, más denso, de que el tiempo lo devora todo sin que los personajes, peones de una absurda existencia, puedan hacer nada para remediar la repetición de los mismos errores que sus mayores. Citando una vieja canción de Joaquín Sabina, “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. McMurtry lo escribió, Bogdanovich lo filmó. Ambos de forma excepcional.

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Selma

Director: Ava DuVernay.

Guión: Ava DuVernay y Paul Webb.

 Intérpretes: David Oyelowo, Tom Wilkinson, Tim Roth, Giovanni Ribisi, Cuba Gooding Jr., Common, Carmen Ejogo, Lorraine Toussaint, André Holland, Alessandro Nivola, Oprah Winfrey, Dylan Baker, Tessa Thompson

Música: Jason Moran, Morgan Rhodes

Fotografía: Bradford Young

EEUU. 2014. 116 minutos

El Lincoln del siglo XX

 

 “The end we seek is a society at peace with itself,

a society that can live with its conscience.”

Martin Luther King jr, 25/03/1965

Aunque la de Martin Luther King jr es sin duda una presencia icónica en el imaginario cultural americano, quizá esa iconografía se halla por debajo de la relevancia político-social que la Historia reclama del personaje, a diferencia de lo que sucede con otros, como John F. Kennedy o, por poner otro ejemplo, el Che Guevara. Quizá ello tenga que ver con una determinada reverencialidad al personaje, pero en todo caso es una discusión ajena a estas líneas, donde de lo que sí se puede dejar constancia es que a pesar de su nutrida presencia en el cine (y la televisión) contemporáneo(s) –se puede consultar el largo listado accediendo al personaje en la base de datos imdb-, ésta suele tener lugar en roles muy secundarios o episódicos, a menudo para dejar en relatos ajenos la impronta de la determinada coyuntura socio-cultural que King encarna mejor que nadie (hablo por supuesto de la lucha por los Derechos Civiles), o ser utilizado como presencia totémica. Así podemos rastrear su presencia en filmes como Locos en Alabama (Antonio Banderas, 1999), Ali (Michael Mann, 2001) o la reciente El mayordomo (Lee Daniels’ The Butler, 2013), pero no existe curiosamente un biopic del personaje asimilable al que por ejemplo Spike Lee dirigió sobre Malcolm X (Malcolm X, 1993), debiendo buscar ese parangón en el medio catódico, con la lejana serie King (en España titulada Martin Luther King, 1978), una de las primeras de las muchas obras televisivas que se acercaron al personaje. Es por ello que, a pesar de la sensación de persistencia en este nuestro imaginario, puede decirse que resulta de recibo e interés la realización en 2014 de esta obra que, sin necesidad de codificarse a la manera de una biographic picture, sí nos acerca debidamente a la figura de King a través del relato de uno de los episodios más decisivos de su trayectoria como activista, las marchas de Selma a Montgomery de 1965.

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Esta aproximación que propone el filme de Ava DuVernay (coautora del guión junto a Paul Webb) es por otra parte una ficción política que encaja sobradamente con la clase de focalización con la que el cine norteamericano transita dicho género en la actualidad, especialmente merced de la clase de rigor y sofisticación que en este actual paisaje audiovisual han dejado diversas ficciones políticas televisivas con pedigree (la cita sería larga: desde las series-testimonio de David Simon a The West Wing de Aaron Sorkin, y un largo etcétera). De este modo, el antecedente fílmico directísimo de Selma es sin lugar a dudas otra película sobre un personaje presto a la idealización que también participaba de esas nobles herencias temático-argumentales, el Lincoln de Steven Spielberg (2013). Como en Lincoln, y aunque ciertamente por debajo de su potencia escenográfica, se efectúa una concentración del relato en un episodio muy concreto y determinante de la trayectoria del personaje biografiado, en ambos casos estrategia idónea para proponer una introspección sobre el mismo que ofrezca información historiográfica más densa y relevante que la que se escora en la superficialidad de los datos que suelen jalonar el biopic. Como en el filme de Spielberg, existe un afán importante de contextualizar la labor del activista (allí presidente) en el mosaico político y en representantes de cotas diversas de poder fáctico que de un modo u otro inciden en esta lección de Historia. Y también como allí, la película pierde fuelle e interés cuando, no sé si para dar comba a ese cliché referido a la “humanización” del personaje, se distrae del relato sobre los acontecimientos de la vida pública para adentrarse en el inside out familiar del personaje.

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De hecho, existe un hilo más allá de lo fílmico que engarza ambas obras, y está a la vista de cualquiera. En Lincoln se relataba la pugna política del presidente para sacar adelante la Enmienda referida a la prohibición de la esclavitud en el contexto de la Guerra de Secesión en curso. En Selma se refiere un episodio de la continuación de la misma pugna en pro de los derechos ciudadanos de la gente de raza negra, concretamente las marchas de Selma a Montgomery cuyo objetivo, dentro de los parámetros de la lucha no-violenta que propugnó King, era el de reclamar a los poderes fácticos que velaran porque los derechos contra la segregación racial -entre otros del derecho a inscribirse en el censo y ejercer el voto- del Civil Rights Act of 1964 aprobado por Lindon B. Johnson fueran efectivos, toda vez que esa efectividad jurídica era ninguneada en su aplicación administrativa. Ese ninguneo se describe en una secuencia de los primeros minutos del filme, en el que Annie Lee Cooper (Oprah Winfrey) intenta inscribirse en el censo por enésima vez y el funcionario deniega tal opción por considerar que no está capacitada para ello, basándose en que no le puede recitar los sesenta y siete condados que conforman el estado de Alabama (sic). Es una secuencia que edifica su denuncia de forma obvia, y en el filme hay muchas de ellas, que buscan su correspondencia histórica con la completa secuenciación de las marchas de Selma a Montgomery, desde sus antecedentes (el clima de violencia racial que se relata con una secuencia de fuerte impacto, aquélla en la que la imagen de unos niños que descienden tranquilamente por unas escaleras se ve truncada por la explosión de una bomba; el asesinato de Jimmie Lee Jackson, un joven activista, a manos de la policía) hasta su consumación, con detalle específico del llamado “Bloody Sunday” (la primera marcha, que finalizó con una violenta carga policial contra los marchantes, imágenes de la cual fueron grabadas y obtuvieron un decisivo eco en los medios que fortaleció las alianzas en la sociedad civil del movimiento), de la interrupción por parte de King de la segunda marcha como maniobra de frágil equilibrio entre las demandas inmediatas de la convocatoria y el cumplimiento de la legalidad, pues esperaba la legitimación por parte de un tribunal (el “Turnaround Tuesday”) y, claro, el clímax en la tercera y definitiva marcha. Esas secuencias suponen, en la cartografía del relato, la culminación de las maniobras de debate político, secuencias diversas donde aparecen el presidente de los EEUU y sus asesores, J. Edgar Hoover, el gobernador de Alabama, los asesores de King, el propio Malcolm X, etc, en un mosaico de encuentros y desencuentros que enriquecen el calado descriptivo del filme (por mucho que existan inevitablemente controversias sobre su correspondencia literal o no con la realidad, debate éste que sorprendentemente aún interesa al público, como si una película tuviera que ser fuente de verdad incuestionable). Y todo ello, inevitable y oportunamente, se corola con algunas secuencias que nos muestran alocuciones públicas del reverendo, expresión sintetizada y vehemente del discurso que lo sostiene todo.

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Así planteado, cierto es, Selma no deberá ser recordada como una obra de riesgo, y sus pespuntes narrativos cercanos a lo hagiográfico probablemente reviertan en su categorización de título convencional (y hasta telefílmico en sentido despectivo). Sin embargo, debe decirse que nos hallamos ante una película estimable. Estimable incluso en su modesta labor de puesta en escena, en la que más que la curiosa utilización de versiones de piezas musical de la época, probablemente lo más interesante sea la labor fotográfica de Bradford Young, edificada en tonos claros y con una emulsión luminosa, que contrasta de forma interesante con la labor del mismo DP en A Most Violent Year (J.C. Chandor), coetánea en el tiempo. Estimable porque, como se comentaba al inicio, a ese icono que es Martin Luther King jr el cine americano “le debía” (y sigue debiendo) obras como ésta, que incidan en la glosa de sus gestas políticas, en la trascendencia de su aportación a la sociedad estadounidense. Y porque, bajo esa reverencia y esa convencionalidad (y ese corte clásico narrativo, que no es un defecto), no debe negársele al filme una edificación de tono que lo dota de personalidad, al alejarse de sus enunciados (que merecerían una escenografía crispada) para abrazar latitudes cercanas a la subjetividad que corresponde al peso del biografiado: Selma es una película de desarrollo sereno, implosivo, consensuado en pos de una puerilidad sana, del que emergen imágenes que poco tienen de exuberante pero sí en ocasiones de sugestivo. En el bienentendido que ciertas lecciones de Historia siempre son valiosas. Como la que Spielberg y Tony Kushner nos propusieron hace poco en torno a la toma de decisiones políticas en tiempos (y obra) de Abraham Lincoln. O como la de este otro paladín de la Justicia y la Libertad que lidió igualmente con el enfrentamiento de ideologías enfrentadas en el seno de los EEUU (se pone en boca de Johnson (Tom Wilkinson) una alusión a la posibilidad de una guerra civil que no es ociosa en ese sentido) y que por ello merece, por supuesto, un homenaje.

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No es ocioso, al hilo de estas intenciones/motivos comentados, que en la citada culminación de la película, la marcha definitiva de Selma a Montgomery, se combinen las imágenes del relato de ficción con otras de archivo sobre idéntico acontecimiento, recurso para nada novedoso pero no por ello inoportuno, pues debe verse como una culminación de la ficción en la no-ficción, de igual modo que durante esa traslación y alternancia de imágenes se empieza a escuchar el speech textual de King que coroló aquella marcha, voz en off que el espectador confunde con la grabación de la voz real del personaje hasta que esas imágenes terminan el over y nos muestran a David Oyelowo pronunciándolo, esto es un último regreso a la ficción y, por tanto, demostración de los vasos comunicantes entre lo que fue y lo que se representa. O más bien evoca.

TOMORROWLAND: EL MUNDO DEL MAÑANA

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Tomorrowland

Director: Brad Bird.

Guión: Brad Bird, Damon Lindelof y Jeff Jensen

Intérpretes: Britt Robertson, George Clooney, Hugh Laurie, Raffey Cassidy, Judy Greer, Kathryn Hahn, Lochlyn Munro, Chris Bauer, Tim McGraw, Paul McGillion, Raiden Integra

Música: Michae Giaccino

Fotografía: Claudio Miranda

EEUU. 2015. 129 minutos

 

Con un poco de imaginación

La Walt Disney Pictures acumula, en los últimos años, un corpus interesante de propuestas no animadas ni dependientes de sus multimillonarias franquicias. Interesante por ese propio desmarque, en el mosaico de la política creativa de la productora, que revela un cierto riesgo (los números en el box office cantan) a la hora de asumir proyectos: parece que a los ejecutivos de la compañía, quizá conscientes de que hoy la taquilla no es ya el barómetro útil para medir la rentabilidad de un producto, no les tiembla la mano en apostar mucho dinero en mecenazgos creativos y en propuestas que pueden fracasar pero, si tienen éxito, asegurarán réditos a largo plazo mediante secuelas y derivaciones en todos los ámbitos del mercado que el conglomerado maneja. Podría ser ése el caso de John Carter (Andrew Stanton, 2012) o de El llanero solitario (Gore Verbinski, 2013).

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Como en la fábula marciana basada en Edgar Rice Burroughs, se ha encomendado la realización de esta Tomorrowland a un director forjado en la Pixar, Brad Bird, y a un guionista de éxito y personalidad, Damon Lindelof, la participación en la confección del guión (que el propio Bird cofirma). Lindelof no deja de ser una conexión Abrams, el cineasta encargado de la remodelación tan esperada de la franquicia Star Wars. Y quien esto firma, pensando en la baraja de todos estos nombres, los Abrams y Lindelof, los cineastas de la Pixar, el Whedon de las películas sobre Los Vengadores, medita sobre el hecho de que, si bien es imposible equiparar épocas en la industria, los enumerados podrían ser vistos como los equivalentes de los Spielberg, Lucas o Coppola en los años del New Hollywood. Por supuesto habrá quien se eche las manos a la cabeza ante semejante argumento (¿sacrilegio?), pero vengo a referirme a personalidades creativas. El maltrecho Hollywood de principios de los años setenta nada tiene que ver con el paisaje tan transmutado de la industria hoy, pero esa industria necesita siempre creadores que ofrezcan una determinada mirada, que pulsen teclas por inquietudes, que subrayen unos temas o puntos de vista y dejen otros de lado. Y en ese sentido, gusten más o menos los resultados, y dejando la nostalgia aparte, esta batería de nombres capitalizan una parte importante de la creatividad en el seno de la industria del cine de hoy, y es dato relevante su asociación con la Disney. Desde el ejemplo más paradigmático de todos, John Lasseter, no se trata de nombres forjados en el seno de la WD Pictures, sino talentos cazados por la productora. La pregunta del millón es hasta qué punto tiene lugar el pacto entre los motivos artísticos y los, digamos, crematísticos.

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Y es una pregunta que una película como Tomorrowland hace difícil de contestar. Porque, a pesar de nacer como un proyecto que tenía que dar réplica cinematográfica a unas atracciones de los parques temáticos Disney, los resultados cinematográficos resultan desconcertantes, y probablemente más para lo bueno que para lo malo. En Tomorrowland se dan la mano dos creadores, Bird y Lindelof, que aúnan la solvencia artesana en sentido amplio (la capacidad para confeccionar ficciones del gusto del gran público) con una sofisticación en las maneras narrativas que procede del gran aparato artístico de la animación y de las series televisivas, las dos fuentes de mayor talento e innovación del audiovisual estadounidense de hoy. Aunque he leído alguna crónica despistada que nos dice –supongo que por aquello de que aparecen unos niños– que Tomorrowland pretende recuperar el aspecto luminoso, sencillo y buenrollista de la ci-fi de los años ochenta, poco termina habiendo de eso en la película. No hay sencillez, sino un argumento sofisticado plagado de reflexiones metanarrativas, la luminosidad es cuestionada como coda  argumental (conviven dos miradas enfrentadas en su visión del progreso, y ése es al fin y al cabo el tema de la película) y el buenrollismo está decididamente en fuera de juego, y me refiero al hecho de que, si algo se le puede achacar al filme, es que no es una obra entretenida, y que su estructura, de compleja, es a veces problemática, todo ello a tono con esa densidad aludida.

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En la miga narrativo-discursiva de la película, más allá de la puerilidad (también sofisticada, en esta ocasión) que es dable esperar de las películas de la productora (ese enfrentamiento entre los dos lobos, el de la luz y el de la oscuridad, que todos llevamos dentro, y que vence el que mejor se alimenta), hallamos algunas semejanzas con la muy cercana e interesante Big Hero 6 (n Hall, Chris Williams, 2014), película disfrazada de aventura animada con ingredientes superheroicos pero que también estampaba en su tablero argumentos cienciaficcionescos para proponer reflexiones interesantes sobre la era en la que estamos viviendo, en la colisión entre los agigantados progresos tecnológicos y el cuestionamiento ético asociado a esos progresos. Tomorrowland se toma bastante tiempo, medio metraje, para plantear el relato en sus términos. Es un peaje que Lindelof y Bird juzgan necesario: arriesgan a desentrañar el relato con calma, a partir de la presentación sucesiva de los dos personajes principales, y juegan la baza del sense of wonder en las secuencias más aparatosas de esa primera mitad del metraje, logrando secuencias tan memorables como la del hallazgo del pin que teletransporta (en una solución visual muy efectiva) a Casey Newton (Britt Robertson) al Mundo del Mañana. En la segunda mitad, la imaginería asociada al progreso se compagina con una sucesión de secuencias de acción e impacto (desde el episodio en la tienda vintage de artículos de coleccionista relacionados con el cine “del espacio” –por supuesto atestada de objetos/guiño para el espectador, desde las innumerables referencias a Star Wars al autohomenaje en la figurilla de un Increíble–, al enfrentamiento climático con el prócer de Tomorrowland, Nix (Hugh Laurie), pasando por la fuga de la morada de Frank Walker (George Clooney) cuando ésta es asediada por enemigos), pero también hay espacio para el sense of wonder puro (la conversión literal de la Torre Eiffel en una lanzadera, fruto de una idea de guión genuinamente steampunk y en una veta à la Alan Moore de La Liga de los Hombres Extraordinarios) y una sutura de situaciones y diálogos en los que se van condensando los elementos filosóficos sobre los que progresa la trama, y que de ningún modo pueden reducirse, a pesar de los inevitables efectismos, a lo esquemático y maniqueo.

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Semejante baraja de elementos da lugar inevitablemente a un metraje irregular, y muy mal estructurado si acudimos al manual que nos habla de la compensación entre presentación, nudo y desenlace. Y de ello se sigue que Tomorrowland fracase estrepitosamente como filme de neto entertainment. Ese roller-coaster de situaciones, tonos, cinéticas y efectos especiales sin duda resulta agotador, pero no porque aburra, sino porque a menudo sobrepasa. ¿Hubiera sido una película más redonda si la exploración hubiera sido más precisa en algunos elementos a costa de dejar de sugerir otros, o es precisamente más fascinante por la fecundidad de temas barajados, a pesar de que unos se apuntalen y otros queden en el aire? Es una respuesta imposible, que depende de las preferencias intelectuales-emotivas de uno, o de la clase de predisposición con la que se enfrenta al visionado de la película. A mí me seduce por la fuerza imaginativa de muchas soluciones visuales y el partido narrativo que se le extrae a la imaginería propia que propone, lo que revierte en términos de coherencia y de riesgo, esto es su capacidad por llevar a la hipérbole la entelequia del progreso mientras por otra parte cuestiona sus bondades, algo que puede resumirse en las constantes dicotomías que plantea la película (los niños y los adultos, el éxito y el fracaso, lo mesmerizante y lo ruinoso, el destino inevitable y el libre albedrío, las luces y las sombras del talento científico elevado a la máxima expresión…), y que si los responsables de la película resuelven de forma luminosa en ese cierre-epílogo en el que nos hablan de la Esperanza (así, en mayúsculas), antes han alcanzado la misma tesis a través de lo dramático: la solución del personaje del robot Athena (Raffey Cassidy), que se sirve de las premisas clásicas de los relatos sobre inteligencia artificial para plantar las tesis de la película de una forma poética, hermosa, conmovedora.

THE HOMESMAN

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The Homesman

Director: Tommy Lee Jones.

Guión: Kieran Fitzgerald y Wesley Oliver, según la novela de Glendon Swarthout

Intérpretes: Tommy Lee Jones, Hilary Swank, Grace Gummer, Miranda Otto, Sonja Richter, David Dencik, John Lithgow, Tim Blake Nelson, James Spader, William Fichtner, Jesse Plemon, Evan Jones, Hailee Steinfeld, Meryl Streep

Música: Marco Beltrami

Fotografía: Rodrigo Prieto

EEUU. 2014. 121 minutos

Caravana de mujeres

Al no tener en España noticias del filme que Tommy Lee Jones dirigió en 2011 según una obra de Cormac McCarthy, The Sunset Limited, recibimos esta su tercera película, The Homesman, pensando en el parentesco con su opera prima estrenada hace ya casi una década, Los tres entierros de Melquiades Estrada (The Three Burials of Melquiades Estrada, 2005), ambos westerns, sí, aunque el filme escrito por Guillermo Arriaga era más bien un neo-western en el contexto actual de la inmigración ilegal en la frontera de Texas, y aquí en cambio nos encontramos con una película que nos ubica a finales del siglo XIX y nos propone un relato de claros visos revisionistas. De hecho, The Homesman toma como punto de partida una de las últimas novelas publicadas por Glendon Swarthout (que, con título homónimo, vio la luz en 1988), escritor que se dedicó no sólo al western pero que dejó diversas novelas de ese género que fueron llevadas al cine, adaptaciones como 7th Cavalry (Joseph H. Lewis, 1956), según el relato “A Horse for Mrs. Custer”; They Came to Cordura (Robert Rossen, 1959); Bless the Beasts and Children (Stanley Kramer, 1971); y El último pistolero (The Shootist, Don Siegel, 1976), ésta última recordada por suponer la última aparición ante las cámaras del mismísimo John Wayne.

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Lo llamativo del caso es que, sea como fuere, Los tres entierros… y The Homesman terminan compartiendo elementos argumentales e incluso estructurales ello y a pesar de las anotadas diferencias de partida. Principalmente el hecho de que el relato narra un viaje en condiciones muy adversas por la geografía salvaje norte(centro)americana, viaje que funciona asimismo como reunión improvisada (o casi) entre dos personajes de bien distinta catadura, aquí concretamente el anciano pistolero sin oficio ni beneficio Briggs (el propio Lee Jones) y la mujer Mary Bee Cuddy (Hillary Swank), reunión tan extravagante como lo que resulta objeto de su movilización y viaje: si en Los tres entierros…  se trataba del cadáver de un mejicano abatido accidentalmente por el ranger que encarnaba Barry Pepper, en The Homesman se trata de tres mujeres de un pueblo de la región de Nebraska que han perdido la cordura y que son enviadas a una misión metodista en Iowa para ser debidamente atendidas.

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Semejantes paralelismos invitan a especular sobre las intenciones que llevan a Tommy Lee Jones, reputado y veterano actor, a ponerse tras las cámaras. Y si en su primera película, como se ha dicho, los términos de denuncia de una injusticia coyuntural sobrevolaban claramente sobre las maneras algo peckinpahianas en las que se relataba la acción, aquí la huella del autor de Duelo en alta sierra (Ride the High Country, 1962) puede esgrimirse pero es mucho menos plausible en este tono contemplativo, a ratos fantasmagórico que Lee Jones tiene de railar en imágenes su relato, maneras que tienden hacia cierta abstracción y que recuerdan en determinados aspectos las ficciones western contemporáneas (algunos dirán posmodernas) que nos han dejado John Hillcoat o Andrew Dominik, influencia en última instancia menor que la de la versión de los hermanos Coen de Valor de ley (True Grit, 2012), básicamente por las concomitancias entre las respectivas y asimétricas parejas protagonistas de los dos relatos.

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Lo cierto es que en The Homesman se hace patente el análisis revisionista focalizado en las crudas condiciones de vida de las mujeres en los territorios inhóspitos de los pioneros, esposas de granjeros que perdieron la salud por mor de las a menudo fatídicas condiciones de vida a las que les tocó enfrentarse. Y en esta suerte de reverso oscuro (negrísimo, más bien) de la idealista Caravana de mujeres (Westward the Women, William A. Wellman, 1951) la película, de estructura algo deslavazada, nos ofrece mediante imágenes de impacto el retrato doliente, de pretensión impresionista, de la enajenación de tres de esas mujeres (las encarnadas por Grace Gummer, Miranda Otto y Sonja Richter, tan bien en sus papeles como los dos actores protagonistas), invitando al espectador a registrar en ese mito de la frontera incidiendo en cuestiones que poco –el propio Wellman se había referido a ellas en algunas de sus tantas películas poco conocidas en España, como por ejemplo The Purchase Price (1931)– han sido analizadas por el cine.

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Ahora bien, no sé si la labor de la adaptación que firman Kieran Fitzgerald y Wesley Oliver es algo fláccida o la novela de Glendon Swarthout ya tenía carencias, pero el caso es que en The Homesman se echa de menos una inercia y fortaleza dramática a tono con la introspección que desde el primer al último minuto –con excepción en la secuencia aislada del asalto de Briggs a un hotel– de la función se promueve. Al cineasta se le dio francamente mejor extraer cotas de intensidad en su primera película, y aquí en cambio, como si tratara de ampliar registros, parece más interesado en vestir un encourage visual poderoso y efervescente, apartado en el que, partiendo de un rodaje en exteriores en Lumpkin (Georgia), Nuevo Méjico y Durango (Méjico) y de una laboriosa puesta en escena y trabajo lumínico (Rodrigo Prieto es el DP), Tommy Lee Jones sí se muestra convincente. Al punto de que, al cierre del filme, los apuntes sociológicos del argumento quedan poco menos que devorados por ese estudio de lo paisajístico que empapa el encuadre durante la mayor parte del metraje y funciona como reflejo de una mirada crepuscular que, como la del William Munny de la (mucho más soberbia, huelga decirlo) Sin perdón (Unfogiven, Clint Eastwood, 1994), es capitalizada por el personaje que asume el propio director de la película.

IT FOLLOWS

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It Follows

Dirección: David Robert Mitchell

Guión: David Robert Mitchell

Intérpretes: Maika Monroe, Keir Gilchrist, Daniel Zovatto, Jake Weary, Olivia Luccardi, Lili Sepe, Linda Boston, Caitlin Burt, Heather Fairbanks, Aldante Foster, Ruby Harris, Christopher Hohman, Bailey Spry, Rich Vreeland

Música: Disasterpeace

Fotografía: Michael Gioulakis

EEUU. 2014. 101 minutos

El fatídico descubrimiento

 El caso de It Follows es un buen ejemplo sobre las vías expresivas abiertas hoy, y abiertas siempre, al cine de género. Hoy, en relación a los resortes formales que sostienen el relato, que definen la estética (y por supuesto la ética) de la obra. Siempre, por la universalidad de temas que maneja. David Robert Mitchell, su firmante –director y guionista– venía de firmar un único largometraje previo, The Myth of the American Sleepover (2010), un retrato de cariz naturalista de las pulsiones adolescentes, que progresaba con sutil y diestra capacidad analítica. En esta obra siguiente –que, al parecer, se ha interpuesto a otra que empezó a preparar y por el momento aún no ha concretado–, Robert Mitchell efectúa un aparente cambio muy radical de términos, al proponer un relato de puro horror, si bien la adscripción genérica no deja de resultar aquí una vía expresiva complementaria a la anterior, ya que en It Follows se reproducen indudablemente muchos elementos cardinales ya interesados en The Myth of the American Sleepover: la fijación absoluta, principalmente, por el mundo de la adolescencia; y no ya porque de un modo u otro sea fácil buscar alegorías en este relato sobre el angst asociado con ese periodo de crecimiento físico y emocional, sino por razones más evidentes: en ambas películas, las figuras adultas carecen llamativamente de presencia (o, si aparecen, que lo hacen aquí, es como manifestaciones corporales de ese “ello”, esa cosa que persigue a Jay (Maika Monroe) y a otros personajes durante el metraje), en ambas el relato se concentra en el quehacer de un grupo de adolescentes (de hecho, se podrá oponer que los acompañantes de Jay tienen poca entidad como personajes, pero precisamente su función es estar ahí, acompañar literalmente a la protagonista en su periplo, rehuyendo de este modo un relato furioso en lo subjetivo y vía abierta para una exploración de terror psicológico al estilo de Repulsión (Roman Polanski, 1965), algunos de cuyos ingredientes la película asume, pero no de forma prioritaria) y en ambas se produce una abstracción de lugar y tiempo, siendo estos dos datos en realidad irrelevantes en lo más mínimo en la edificación de sentidos del relato, lo que enfatiza la vis recogida, y también el aliento poético, que lo sostiene todo.

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En lo que a las vías expresivas “hoy” del cine de terror se refiere, It Follows toma por supuesto prestadas muchas referencias, o más bien maneras negociadas en su entraña narrativa, que regurgita hacia otros e inéditos sentidos. Se ha dicho quizá demasiado alegremente que la película toma elementos propios del “slasher”, y es que, más allá del esquema de su trama –esa reunión de adolescentes que deben conjurarse para luchar contra una fuerza maligna–, aquí se produce un enfrentamiento con fuerzas sobrenaturales, elemento que no define en puridad ese subgénero. Dos referentes del “slasher” son convocados aquí, pero Robert Mitchell precisamente toma prestado de ambos elementos que los diferenciaban de la definición tipológica o convencional: uno de ellos es La noche de Halloween (Halloween, John Carpenter, 1978), y por extensión las primeras obras del autor de La cosa (The Thing, 1982): el cineasta busca a Carpenter mediante sus intentos (a menudo muy solventes) de depurar el relato a través de lo formal, de estrategias de puesta en escena (esas panorámicas wide-angle y el leit-motiv de los travellings frontales, la cámara que avanza en el paisaje a velocidad monocorde, obvia expresión visual del verbo que comparece en el título de la película), de montaje (las elipsis, los abruptos fundidos) o de sonido (la evidente herencia carpenteriana en la partitura de sintetizador) que dotan de una intensidad hipnótica, de un crescendo claustrofóbico a los enunciados dramáticos. El otro referente posible podría ser Pesadilla en Elm Street (Nightmare on Elm Street, Wes Craven, 1984), por la cualidad pesadillesca y sobrenatural del elemento hostil en el relato, términos de enfrentamiento que añaden equívocos y desconcierto entre los jóvenes que tratan de detenerlo, y en consecuencia por razones sustanciosas, pues, como en el título fundacional de las correrías de Freddie Krueger, ese elemento sobrenatural (la capacidad de colarse en un sueño/la capacidad de seguir a alguien sin ser visto por nadie más que la víctima) fertiliza el relato de razones alegóricas, sobre las que nos detendremos después. No obstante, muchos otros referentes podrían buscarse y encontrarse en las imágenes de la película. Sin ir más lejos, George A. Romero en esa mirada absolutamente “desglamourizada” del lugar donde sucede la acción, esos barrios y casas destartaladas suburbiales que Robert Mitchell filmó en Detroit.

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Pero, al parecer de quien esto escribe, a todos esos referentes modernos se le debe añadir (¿oponer?) otro mucho más lejano, que es el que nos sirve para hablar de It Follows como aportación al género desde sus mimbres más universales. Me refiero al cine de terror urdido por Val Lewton/Jacques Tourneur en tres películas para la RKO que es ocioso citar aquí pues cualquier lector identifica rápidamente, y a la que quizá podamos añadir La  noche del demonio (Night of the Demon, Tourneur, 1957). De esas obras la película recoge la manera sui generis de plantear el horror, que a su vez funciona como caja de resonancia y elemento crucial para el condensado de motivos alegóricos fruto de una definición cierta y carismática del horror (contrapuesto al terror), de modo que puede decirse que la secuencia en la que el filme más se aleja de ese patrón de narración sutil en su descripción de lo maligno/oculto (el clímax en la piscina) es la que resulta menos efectiva al menos en términos de coherencia interna del relato.

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Porque sin duda lo más interesante de It Follows (aunque por supuesto ese interés sólo pueda emerger de la concreta disposición de las piezas narrativo-visuales) se halla en el campo de las ideas. Tiene que ver con la identidad indescifrable de esas visiones sobrenaturales y en todo lo que proyectan. Tiene que ver con todo ese aparato de abstracciones formales que revierten en nociones sobre temas diría que existenciales relacionados, como en su anterior película, con los padecimientos emocionales asociados a la adolescencia, o –ahí cada uno con sus interpretaciones, y éste no es un relato discursivo, sino que siembra sus metáforas de forma ambigua y abierta– sobre muchas otras cosas, con último límite posible en el comentario sobre el miedo a la muerte (las dos citas llamativas a textos literarios, de T.S. Elliott o de Feodor Dostoyevski, que comparecen en el relato). Algunos exégetas han visto en ese contagio mediante el sexo un comentario sobre el miedo asociado a las enfermedades de transmisión sexual. Cada cual con sus teorías y apreciaciones, por supuesto, pero quien esto rubrica considera que semejante argumento sería demasiado obvio y demasiado concreto, y los juegos simbólicos que Robert Mitchell sembra con tanta intención a lo largo del metraje más bien refieren motivos más universales y a la vez inconcretos o densos. El modo en que filma el cuerpo semidesnudo de su protagonista en diversos pasajes del metraje, desprovista de una vis sensual, nos empieza a indicar de qué está hablando la película. La presencia tan importante del agua en el relato lo concreta y confirma, en su asociación metafórica con la inocencia y su pérdida. Es defendible que el agua cumpla la función de líquido amniótico durante todo el metraje, en el que sería el opuesto neto a esa amenaza de la muerte. Es el espacio en el que Jay se siente tranquila, una suerte de líquido amniótico, a su vez última frontera de su indemnidad: esa piscina desmontable al lado de su casa. Es el testigo de atrocidades: esa playa a la que inconscientemente los jóvenes acuden en busca de refugio (igual que Jay en un determinado momento se refugia en un parque infantil) como si el agua fuera un posible cobijo, pero insuficiente, pues no alcanza la arena. Y es el argumento que esgrimen en el clímax para luchar contra el maligno, una materialización física del espacio asociado a la inocencia perdida, pues al fin y al cabo los horrores descritos y la amenaza latente (siempre latente, como demuestra el sugestivo plano de cierre de la película) tienen que ver con el advenimiento de la adolescencia como portadora de heridas, los de la vida adulta, que ya no van a sanar… Probablemente no sea It Follows una película completamente redonda, pero sí es una película de horror muy rotunda y que principalmente se caracteriza por su aliento poético. Y eso resulta noticia, hoy y siempre.