EL APARTAMENTO

En busca de la felicidad

Al cierre de la celebérrima película que Luis Buñuel firmó un año después, Jorge, Viridiana y Ramona, la criada, juegan al tute. Aquí, C.C. Baxter (Jack Lemmon) y Fran Kubelik (Shirley McLaine) hacen lo propio: empiezan a jugar una partida de cartas, mientras toman una copa, y el filme termina. Wilder, como Buñuel, no era un cineasta inofensivo, y esta partida también está llena de connotaciones. Lo primero que uno atina a pensar, después del dolor acumulado (El apartamento es una película muy, muy triste), es que, al menos, tras tantos accidentes, finalmente la pareja ha encontrado su lugar, un lugar juntos: se culmina el esquema de todo happy end que se precie en una comedia romántica. Pero es un final feliz en cuarentena: es indudable que Baxter está perdidamente enamorado de Fran, pero su amor no es correspondido, y ella más bien le pide, al menos en ese instante final, que él haga lo que ya hizo antes: le lama las heridas. Por eso, la ecuación El apartamento = comedia romántica es problemático: el cierre es redondo, pues resuelve el conflicto, pero el conflicto no es tanto el amor como el que se traduce en dos soledades distintas, que se cruzan y al final se alinean. Porque El apartamento no habla de amor, sino de otras cosas, principalmente de lo alienante de una tipología de vida, actividad profesional y cultura de funcionamiento social aplicada (para hombres y mujeres) a ella. A la postre, y en un contexto socio-económico distinto, este cierre es asimilable a uno de los más célebres de la Historia del Cine, aquel en el que Charlot le pide a Paulette Godard que sonría y sigan juntos el camino, algún camino, en Tiempos modernos (1936).

Y es que de eso se trata: de lectura sobre un contexto socio-económico. Como Buñuel, como la mayoría de genios, Wilder no tenía nada de inofensivo, y más que a otros, al cineasta de origen austríaco le interesó mucho radiografiar su sociedad de adopción, que satirizó de muchas y brillantes maneras, a menudo (aunque no siempre) utilizando la partitura de la guerra de sexos para imprimir sus tesis. Aquí, entre las luces (herméticas, excesivas, agobiantes, falsas) de las oficinas y las penumbras (humildes, resistentes) del apartamento del protagonista que Joseph LaShelle convoca con su portentosa labor fotográfica en B/N, Wilder cuestiona de forma drástica el american way of life de las grandes urbes, y lo hace con la misma contundencia que Douglas Sirk lo propuso de las provincias, o que, en general, el movimiento literario beatnik lo dispuso a las puertas de esa década, los sixties, que iban a traer tantas turbulencias. Los dos protagonistas, currantes en una oficina, intentan medrar a costa de sueños equivocados. Él, aunque esforzado trabajador en su cubículo, busca su ascenso (de despacho, de planta, de espacio: las jerarquías hiperbolizadas en la geometría sin alma de un gran edificio corporativo) cediendo su apartamento de soltero a sus superiores para que, de tanto en tanto, mantengan relaciones extraconyugales. Ella, con su tormentosa relación con Jeff Sheldrake, uno de los ejecutivos de la empresa (un Fred MacMurray también excepcional, como la pareja protagonista), vela su mirada y se presta al juego: en el fondo sabe que el hombre al que ama nunca abandonará a su esposa, pero, mientras se pasa el día marcando botones del ascensor, sigue intentando creer en que ese ejecutivo elegante y despótico es su ángel de amor. Sueños, decía, equivocados. Conseguir levantar ese velo y abandonar a Sheldrake es, para Fran, una batalla vital ganada del mismo modo que lo es para C.C. Baxter dejar de ceder su apartamento aunque ello le suponga el descalabro profesional. El final feliz de El apartamento, es obvio, se refiere a la capacidad de esos dos seres humanos de desengancharse de la rueda de funcionamiento social en la que, como un infausto laberinto, estaban metidos. No tener ninguna expectativa (ninguna otra, de entrada, que disfrutar serenamente de una partida de cartas) es mucho mejor que todas las expectativas en las que, constante el metraje, habían depositado sus sentidos y sentimientos. La de El apartamento es la historia de una catarsis que deja a las claras su crítica. Las abstracciones y las fábulas, incluso las fugas surrealistas, ya vendrán, tres años después, en la no menos memorable Irma la dulce, pero aquí no hay amor de color verde ni un París de estampeta, sino una ciudad que aniquila, que es de verdad, y que todos reconocemos.

Como pocos, Wilder manejó con impresionante facilidad la simbología asociada a meros objetos. El apartamento se podría resumir en unos cuantos planos, o apenas imágenes, asociadas a objetos: un sombrero, que identifica a un caballero importante en el negocio (Baxter lo deposita en la cabeza de un subalterno, al abandonar la empresa); un cartel de “ascensor no operativo” (Baxter lo cuelga en el ascensor para invitar a Fran a acompañarle a la fiesta navideña improvisada en la oficina: resulta un primer y tímido acto de rebeldía, por inconsciente que sea); un pañuelo que cae al suelo cuando Baxter espera, ya sin esperanzas, que Fran acuda a la cita con él (el resfriado que lo había atenazado durante el día ya no importa; otras cosas más importantes se derrumban); las llaves, por supuesto, que cambian de manos (y el jugo que el meticuloso guion le extrae a los equívocos entre la llave del apartamento y la del lavabo de directivos); una corona de año nuevo en el pelo de Fran (cuando Sheldrake regresa su mirada a ella, solo queda la silla vacía y, sobre ella, la corona: la princesa no acepta su condición, porque aprende que la vida no es un cuento de princesas); y, por supuesto, ese espejo que Fran guarda en el bolso, y que es responsable de que Baxter descubra que es amante de Sheldrake (el espejo como objeto para la anagnórisis, pero, igual de importante, un espejo roto en el que contemplarse)…

AGUAS OSCURAS

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Por un lado, está el thriller procedural, en este caso una investigación que lleva a cabo un abogado; en solitario, como corresponde a este relato de David contra Goliat. Emparentado en el tema con A Civil Action (Steven Zaillian, 1998), y con las maneras descriptivas, incluso tonales, de un John Sayles (Silver City) o de un Thomas McCarthy (Spotlight), Todd Haynes, neófito en estas lides, logra unos resultados superiores a las citadas obras merced de una laboriosa depuración narrativa y una sobriedad, incluso elegancia, en la exposición que recuerda a otra extraordinaria pieza sobre investigación (da igual si periodística, policial o judicial) como es Zodiac . Haynes, como Fincher, son realizadores de mirada propia, y es eso -y no  tema, o la denuncia- lo que edifica el discurso.

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Pero lo anterior, ojo, no desmerece el contenido de denuncia, y la mirada netamente lefty, que enarbola el director de Lejos del cielo. Lo interesante es apreciar cómo un estupendo cineasta se mueve en un territorio distinto a aquel en el que es tan reconocible y comprobar cómo mantiene, sin forzar nada, sus señas de identidad. En esos términos, Aguas oscuras no se aproxima nunca a una mirada melo, pero sí lo sumerge todo en un tono lánguido, melancólico, donde planea en todo momento una sentida elegía por las víctimas de la contaminación de las aguas por parte de la empresa farmacéutica.

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Sí, Aguas oscuras, a pesar de la crónica de ese enfrentamiento pírrico entre un individuo y un sistema, va sobre todo de víctimas. La iluminación apagada, dominada por tonos azules, y granulada, inunda el relato de tristeza. Las muchas secuencias, aparentemente transicionales, que discurren en el pueblo afectado, sugieren la enfermedad, la indefensión, el desaliento. El punto de vista a ese paisanaje por parte del protagonista va levantando el velo de ese sentimiento de injusticia, y su primer cliente, el granjero afectado que destapa el asunto, funciona como un personaje totémico que acumula en su enfermedad, y en la locura y muerte de su ganado, la mirada al abismo que embargará al abogado -quien, en la matizada composición de Mark Ruffalo, con esa circunspección, y esos temblores crecientes, terminará personificando, cual contenedor, ese dolor colectivo.

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Haynes, con su afinado sentido de la lírica, extrae ideas de aspectos que en las convenciones se suele pasar por alto. Otro apunte interesante, en ese sentido, tiene que ver con el manejo de la estructura para trabajar sobre la idea del paso del tiempo: ese segundo término narrativo, sobre la vida familiar del abogado, con esos hijos que van apareciendo y haciéndose mayores; los usos tecnológicos -de las cintas vhs del granjero a los móviles de última generación, pasando por los sistemas operativos informaticos y los buscadores de internet- para ir desvelando cómo los acontecimientos del pasado irán acercándonos… al presente; el sutil envejecimiento de personajes secundarios en sus caracterizaciones; o el mero recurso a ir rotulando el paso de los años, a veces (hacia el final del metraje) para apenas ilustrar una o dos secuencias de poca relevancia narrativa, subrayando de ese modo, precisamente, el peso del tiempo que va pasando, las enfermedades que irán sucediéndose mientras las burocracias empantanan el asunto… Haynes amplifica, con todas esas inquietudes expresivas, las expectativas que el espectador le asume al género en el que se mueve, y lo hace sin sacrificar nada, para ataviar un relato desde la complejidad y la trascendencia ética que exige el realismo. Una muy buena película.

EL OFICIAL Y EL ESPÍA

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Una forma de explicar El oficial y el espía es decir que en ella conviven dos relatos. Uno de ellos, de desarrollo más convencional, es el que tiene que ver con el relato histórico, esto es lo que la película tiene de crónica del recordado caso Dreyfus, y todas sus connotaciones políticas, sociales y de ubicación ideológica. El otro es un procedural con ribetes de relato de espionaje, y es el que se centra exclusivamente en el proceso por el que el oficial Georges Picquart (Jean Dujardin) va levantando el velo, descubriendo que el judío Alfred Dreyfus fue víctima de una acusación y condena injusta.

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De los dos relatos que conviven en el filme sólo uno, el segundo, es puramente polanskiano. La gracia del asunto -o la evidencia del genio de Polanski- es percibir cómo ese segundo relato, que nos habla de corrupción ambiental y claustrofobia, y que se desarrolla en la primera mitad de metraje tiene tanta fuerza que contamina al otro relato, de pretensión más radiográfica. Es una cuestión de mirada y de disposición de piezas narrativas: la tenue luz y el silencio, la fealdad hiperbólica de los perfiles y rostros humanos, la extrañeza de los gestos, la descripción del estamento militar desde un estatismo que sugiere lo grotesco, lo obsesivo de los objetos y los planos de detalle que los analizan… El demiurgo, el ojo que contempla, Polanski, se detiene en lo esquinado para pormenorizar lo que sucede “adentro” (la investigación), de modo que, cuando las piezas se trasladan al tablero de lo que está “afuera” (los sucesivos juicios, la luz pública, la reacción popular, el “J’accuse” de Zola…), las imágenes ya no pueden dejar de estar impregnadas por la sustancia pútrida que sostiene la tramoya.

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Antes hablaba de corrupción y claustrofobia, la que debería atenazar a Picquart al darse cuenta de que está luchando contra una maquinaria militar corrupta hasta los tuétanos y que desplegará toda su fuerza para perpetuar su inquina y sus mentiras. Lo interesante es que este personaje escapa del sufrimiento, alejándose así de lo que podríamos llamar el “tipo subjetivo” de la tipología de personaje polanskiano, cuya integridad se ve socavada y termina siendo víctima del dolor, el miedo y la locura. Picquart, en cambio, no se amedrenta al enfrentarse a esa todopoderosa maquinaria que está desafiando, y se enfrenta a la misma con sus armas cual David contra Goliat. Polanski perfila, pues, sin aderezos ni sentimentalismos (inimaginables en el autor) a un héroe en su definición más unívoca. La relación fría que mantiene con Dreyfus, que se puede compendiar en tres miradas -una a mitad de metraje, via flashback, y las otras dos en los extremos: prólogo y epílogo- es la forma carismática del cineasta de cerrar filas en torno a su definición. En las miradas que se cruzan al cierre, se sobreimpresiona un llamativo rótulo: “no volvieron a verse jamás”, subrayado que, como pasa con cualquier detalle en el cine de Polanski, sea un plano estático, un movimiento de cámara o un fuera de campo, está ahí por algún motivo.

MUJERCITAS (2019)

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Estreno en 2019. Ciento cincuenta años han pasado desde la publicación de la novela de Louisa May Alcott. Y muchas adaptaciones a la pantalla. Pero los clásicos  son eso: material de primera para cualquier ocasión. Y la gracia reside en analizar cómo la lectura se matiza, según la personalidad de quienes realizan cada adaptación y/o en consideración a la lectura de su tiempo. En la versión escrita por Greta Gerwig y Sarah Polley -dos nombres en la órbita del cine con vocación independiente usamericano-, dos elementos llaman poderosamente la atención. El primero, la estructura, basada en una narración en paralelo que va trabazonando los primeros años referidos en el relato de las hermanas March con los avatares de esas protagonistas años después. Gerwig y Polley se atreven a algo más que yuxtaponer ese desarrollo en dos tiempos, y la primera, directora de la película, le confiere al cross-cutting un dinamismo expositivo que, más allá de la solvencia rítmica, se dirige a la esencia misma del material adaptado: sin dejar de ser una coming of age story, esa lectura en constante flashback/forward acaba escorando el relato hacia latitudes más románticas, nostálgicas, que no desalojan lo folletinesco (lo que supondría desnaturalizar la adaptación) pero lo suavizan.
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Hábil en su planteamiento discursivo, pero menos novedoso e interesante es el segundo aspecto reseñable de esta versión 2019: el ancla metanarrativa que se sostiene en las cuitas de Jo (Saoirse Ronan, tan espléndida como acostumbra) con el editor, y especialmente el hecho de que, al final, Jo le ofrezca su novela autobiográfica, y modifique su desenlace (encuentra el amor, como suele decirse, y se promete en matrimonio) solo para complacerlo (a él y a los gustos del público decimonónico). La(s) autora(s) pretenden inserir un comentario de texto en clave reivindicativa/feminista, y por eso edifica(n) un clímax que se mofa de la obviedad de los estereotipos que maneja -es decir, los de la novela-, lo que supone una solución posmoderna que, por curiosa que sea o por mucho que se vaya a celebrar en ciertos foros, hace tambalear un poco el tono que venía presidiendo el relato, y que puede disgustar a los amantes del clasicismo (ya no digamos a los puristas).

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Y si digo que puede disgustar a los amantes del clasicismo y al tono tambaleante es porque, por lo demás, esta Mujercitas no tendría mucho que ver con, por poner, la Maria Antonieta de Sofia Coppola. Al contrario, Gerwig se mueve con tanta  soltura como capacidad para transcribir lo introspectivo, la emotividad y clase de ternura que hizo de la obra de Alcott un clásico. Los diálogos estan bien escritos, la edificación escenográfica es algo bulliciosa por momentos pero precisa en la mayoría, y el ritmo está construido con un magnífico sentido de los registros cambiantes, entre lo recogido del puro drama y los apuntes extremos (de comedia y melo) que lo ribetean. Además, está la partitura de Alexandre Desplat que funciona como atento metrónomo de ese diorama de sensaciones en liza. Así que, en definitiva, esta Mujercitas puede sugestionar por los juegos o matices que plantea al material de partida, pero si cautiva es sobre todo por su devoción a los elementos esenciales del mismo. En la balanza entre el respeto a lo clásico y su réplica, Gerwig, a pesar de todo, termina decantándose por lo primero. Y demuestra talento para sacarle jugo

HISTORIA DE UN MATRIMONIO

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En la superficie, Historia de un matrimonio narra el proceso de divorcio de un matrimonio con hijo. Sin embargo, esa es una temática-marco. Conviene atender a las concreciones, a la sustancia, e incluso al subtexto. Elementos que, por supuesto, siempre interesan a lo analítico, aquí añadiendo un elemento que va de lo industrial a lo cultural, el hecho de que se trata de una propuesta mainstream en la definición específica de la actual plataforma televisiva Netflix: firma autoral y cierta pretensión de prestigio.  En estas líneas intentaré atinar un poco entre esas concreciones y sustancias, partiendo de una determinada personalidad creativa y finalizando en cuestiones generacionales. Intentaré aproximar, en fin, de qué habla este filme cuando habla de un divorcio.

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Conocí a Noah Baumbach con la ya lejana Una historia de Brooklyn, que narraba el divorcio de un matrimonio neoyorquino a través de los ojos de un hijo. Aquí, aunque la concomitancia es evidente (y dejo lo de “los elementos autobiográficos” para otros a quienes eso les interese), no se trata tanto de narrar un proceso de divorcio como otras cosas. No hay una explicación de motivos o cronología del descalabro sentimental que pase de lo difuso; no hay, tampoco, un énfasis especial en relatar cómo sobrelleva el hijo menor esa ruptura. Sí, en cambio, la constatación de la decisión de divorcio como partida y, a partir de ahí, el foco en dos aspectos que se entrecruzan. El principal, el proceso de degradación moral al que ese hombre y esa mujer se ven sometidos cuando, por razones malentendidas de defensa de sus intereses, dejan en manos de abogados la disolución matrimonial. A Baumbach le interesa claramente dirigirse ahí, y ni siquiera se toma demasiadas molestias en   preparar el terreno: a pesar de tener la sensación inicial de que la pareja resolverá amistosamente su controversia, el cineasta utiliza una breve secuencia de transición (y un personaje satélite que no volverá a aparecer) para poner a Nicole (Scarlett Johansson) en manos de una abogada pija agresiva de Los Angeles, que será quien inicie lo que se acabará convirtiéndose en una (carísima) guerra sucia entre ella y su marido, Charlie (Adam Driver). Tanto esa abogada encarnada por Laura Dern como los dos que asistirán a Charlie, encarnados por Ray Liotta y Alan Alda, sirven para ofrecer una imagen bastante temible de cómo la maquinaria judicial y psico-social maltrata con su burocracia inflexible y despiadada el proceso, ya per se, doloroso de una ruptura matrimonial. No es baladí que el filme se abra y se cierre con sendas descripciones amables de cada cónyuge ofrecidos por la voz en off del otro,  constancia de una empatía que confiere algo así como una estructura circular al relato, siendo lo que sucede entre esas dos orillas el relato de un accidente y un desasimiento, bien ataviado por unos planteamientos argumentales que se centran en lo interior, en la sutil exposición de sentimientos al límite, elemento central en la narrativa de su cineasta.

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El otro elemento importante del relato radica en el enfrentamiento por la residencia del menor (que no exactamente -es llamativo-, por la custodia), de la que subyace una pugna entre dos ambientes muy distintos, los que corresponden a las ciudades de Nueva York y de Los Angeles. A la primera pertenece él, director del off-Broadway; al segundo, ella, actriz, quien huye de NY y de su trabajo como intérprete teatral para reverdecer sus laureles como actriz famosa en LA protagonizando un episodio piloto de una serie de televisión. Baumbach opone intencionadamente ese mundo del teatro, que asocia a la inteligencia y el talento que Charlie personifica, con el círculo relacional asociado a la ciudad de la televisión y el cine, en el que Nicole defiende su personalidad y deseo de realización personal más allá de la sombra de su (ex-)marido dramaturgo. La perspectiva del cineasta toma claramente partido por Charlie, el personaje mejor trabajado en el guion y cuyos avatares se enmarcan en un exilio vital y profesional del que no puede escapar -la escalofriante secuencia del enfrentamiento entre los dos en el apartamento vacío de él, la torpeza y patetismo de la visita de la asistenta social, y, por todo, su fuga/catarsis al interpretar, entre amigos en un ambiente bohemio, una pieza musical a capella.

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El filme, de ritmo bien sostenido a través del montaje (Baumbach no es un gran metteur en scéne, pero sí un buen articulador de ritmo), halla su punto fuerte en las interpretaciones de la pareja protagonista: Scarlett Johansson tiene oportunidad de lucirse mucho más allá de lo habitual, si bien es Adam Driver quien arrebata con una composición francamente extraordinaria. Mención aparte merece la partitura de Randy Newman, que ofrece pequeñas pero precisas (y muy bellas) notas de emotividad al relato.

EL IRLANDÉS

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“I remember
That night in May
The stars were
bright above…”
In the Still of the Night
En Malas calles hallamos la simiente, sin duda. Aunque allí Scorsese estaba forjando su camino, quizá perfeccionando su primer estilo, aún imprimiendo a las claras intenciones autobiográficas en el trazo naturalista con el que se acercaba al retrato de los bajos fondos de su ciudad natal. Pero en esa obra sí resulta fácil rastrear diversos elementos que iban a resultar característicos de su cine en general y de la trilogía que esta The Irishman completa.  Trilogía, sí, indudablemente, sobre biografías de personajes asociados a la Mafia, y que se inició con Uno de los nuestros y continuó con Casino. Frank Sheeran, el protagonista del filme que nos ocupa, comparte condición con Henry Hill y Sam Rothstein . Los tres son peones en esferas diversas del hampa, y sus historias sirven para hilvanar, desde el drama, crónicas históricas sobre la mafia en los EEUU. Pero, más relevante, son obras claramente renovadoras del cine de gángsters, y su huella estética en el imaginario del cine (no solo americano) es profunda. No es tan exagerado decir que en 1991 Uno de los nuestros inauguraba un subgénero, aunque, hablando con propiedad, más bien alardeó de unas reglas formales, visuales, que iban a calar en las miradas de muchos otros cineastas en la órbita de lo posmoderno, de Quentin Tarantino a Paul Thomas Anderson.
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 Pero las dos primeras obras de la trilogía quedan lejos: The Irishman llega un cuarto de siglo después. Sucede aquí, en cierto modo, algo parecido a lo que pasaba en El Padrino, Parte III (1991) respecto sus dos predecesoras (1972 y 1974) en la celebérrima trilogía mafiosa de Francis Coppola. Y más allá de razones creativas (“The Irishman” es una apuesta personal de Scorsese que ha tardado años en poder concretar, y el tercer “Padrino” un filme al fin y al cabo alimenticio), el estado de las cosas en el cine en la distancia que va de 1972 a 1991 supuso muchos cambios, pero muchos menos que los que han tenido lugar entre 1991 y 2019. La edad del creador, Scorsese, 77 años al estrenar esta The Irishman, la clase de prestigio que atesora y su lugar actual en una industria cambiante también tienen cosas que ver con los resultados artísticos.
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Casino proponía más contenido introspectivo que Uno de los nuestros, un mayor anclaje narrativo en el dramatis personae, en algunos aspectos herencia de Toro salvaje. En ese sentido, la historia de Frank Sheeran queda más cerca de la de Sam Rothstein, y la introspección es aún mayor, en deriva hacia el intimismo. Lo interesante es que, de forma aún más acusada que allí y que en Good Fellas, el filme se centra en un personaje que es el fiel escudero de aquellos que manejan los hilos, y en ese retrato del personaje que vive a la sombra y en el silencio, al final arrojado por ello al conflicto, es donde el filme encuentra su insobornable motor dramático. The Irishman plantea, con voz queda donde en Casino había bullicio, severas reflexiones sobre la relación entre el poder/el dinero y la servidumbre humana, y si bien esos temas se planteaban en aquellos dos titulos anteriores, aquí hay menos rock’n’roll y mucha más filosofía. 

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 Eso supone una diferencia importante que despeja la ecuación de esa distancia entre 1991 y 2019. Aquí, el cineasta recurre a una reseñable economía expresiva y una aún mayor astucia expositiva, en un admirable equilibrio entre sus tan reconocibles señas idiosincrásicas (el recurso a los planos-secuencia y el aprovechamiento del fuera de campo, el uso del slow-motion, etc, y principalmente la cirugía brillante en la mesa de montaje) y una vis mucho más sobria en aspectos concretos como el uso de la música, los dispositivos de la dirección artistica y el aprovechamiento de los escenarios o la plasmación de la violencia, entre otras cosas. Del hiperrealismo expresionista de su cine pasado, hemos avanzado hacia una definición canónica de naturalismo. No es que se depure el estilo (Uno de los nuestros era redonda en sus propios términos), sino que cambian las intenciones, el angst que siempre bulle en Scorsese, y eso queda reflejado en la forma y en el tono. De la electricidad, la urgencia y la percusión, hemos pasado a la solemnidad de unas teclas de órgano entonando una elegía.
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La sintonía entre el guion de Steven Zaillian y este Scorsese-2019 es igualmente modélica. Zaillian, sin perder pie en los claroscuros dramáticos, efectúa un vaciado intenso del libro biográfico I Heard You Paint Houses de Charles Brandt. Por eso luce, superlativa, la labor de los intérpretes en esas tantas secuencias de diálogos y silencios que caracterizan el relato. Entre los segundos, significativamente, los que traducen la relación entre Frank y su hija, encarnada por Ana Paquin: de los conflictos de pareja de los dos anteriores títulos de la trilogía, pasamos al conflicto paterno-filial, factor decisivo en la edificación de ese cuento moral que Scorsese -diría que como casi siempre- nos plantea, las miradas y gestos y silencios de la chica como evidente sanción de un desasimiento de connotaciones éticas y cada vez más irreparables. La traslación de esos enunciados, entre muchos otros, en la puesta en imágenes nos ofrece lo más llamativo de The Irishman: la serenidad con la que se maneja ese material denso y que podía traducirse en términos mucho más efectistas. El cineasta los controla, y es una proeza especialmente reseñable atendiendo a la capacidad rítmica que atraviesa ese metraje de 210 minutos, el más largo de su trayectoria.

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Esa serenidad es la del sabio. Lo que en El lobo de Wall Street era caótico y sarcástico, porque así lo exigía aquel relato, aquí se vuelve recogido, pausado y clarividente. En The Irishman se nos hace más evidente que nunca ese estadio creativo del cineasta que ya solo rinde cuentas consigo mismo y ya se siente viejo para dejarse sobornar por la exuberancia. Y ello nos lleva a reflexionar conforme avanza ese visionado en el que sufrimos constantes cortocircuitos entre dos miradas (1991/1995 vs 2019) de un mismo cineasta: Scorsese está hablando de una forma de hacer cine de la que él fue referente moderno, pero ahora se sumerge todo en una pátina crepuscular que nos embarga. Ese arranque del filme desde el final del camino del protagonista es un aviso para navegantes, y también exige una lectura metanarrativa. The Irishman es, por supuesto, una recapitulación. Pero también contiene, en su misma entraña, una doliente reflexión, la de Scorsese, sobre una forma de hacer cine que considera en vías de extinción. Las declaraciones del cineasta sobre las películas de Marvel, sobre el statu quo del cineasta en la industria, reclaman su lectura aquí. SPOILER. Al igual que Frank Sheeran, al final del camino, acude en soledad a adquirir su propio ataúd, Scorsese propone algo así como una liturgia funeraria para su película “de cine” a aquellos que acudan a una sala a verla, en estos días de pases limitados de la obra antes de nacer donde, merced de quien financia, debe nacer: en la pantalla televisiva. Que Netflix sea la empresa que ha puesto los fondos para que el filme pueda ver la luz nos arroja a una apasionante paradoja y a una contradicción, otra más de estos tiempos en que vivimos. Y, si algo está claro, es que en esa paradoja y en esa contradicción, The Irishman es una auténtica reliquia.

ESPLENDOR EN LA HIERBA

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Inocencia y juventud

La primera secuencia de la película ya anticipa la coda de todo el metraje: sentimientos encontrados, instintos desaforados, conflictos irresolubles, dudas y dolor subyacentes. Sobre todo, dolor. Deanie (Natalie Wood) y Bud (Warren Beatty) están besándose apasionadamente en el coche, pero cuando él se deja llevar por un impulso libidinoso, ella lo frena. Es el mero arranque del filme, pero ya prefigura a la perfección la clase de desencuentro que será escenificada, en toda su contundente crudeza, a lo largo del filme. Lo que no anticipa, pero conforme avance el metraje iremos comprendiéndolo, es que lo que sustancia toda la tragedia es el amor. Splendor in the Grass, de hecho, no dista mucho de la segunda parte, la trágica, de Romeo y Julieta: como allí, pero de otra manera, los condicionantes socio-culturales alejan irremisiblemente a los dos amantes. Pero en la triste historia de Capuletos y Montescos los amantes al menos sabían lo que querían, y eran las circunstancias las que daban por devorarlos. Aquí, la sensación de devastación es mayor precisamente porque ese contexto se cuela en el ánimo y pensamiento de los personajes, erizando la tragedia, por cuanto cada uno se siente responsable del dolor que le causa al y la otra.

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Escrito por William Inge –que poco antes había colaborado con Elia Kazan en un montaje teatral en la escena neoyorquina–, el guion nos aproxima a un territorio cercano al de los dramaturgos norteamericanos de mediados del siglo pasado. Y también, por supuesto, a latitudes expresivas en las que Kazan reveló su maestría. Inge propone un relato en el que cada secuencia, cada nueva descripción de la vida en los hogares de la familia de los dos jóvenes, o en el instituto –lugares donde mayoritariamente discurre la acción–, va edificando lento pero seguro, siempre inequívoco, esa tragedia en ciernes. Nos ubicamos en la Kansas previa al crack del ’29, y ese contexto es importante, pero en los términos planteados no decisivos: el retrato de una época no es nunca lo primordial, sencillamente es el reflejo de lo particular, del drama. Kazan sirve a esas proposiciones argumentales con su incontestable capacidad para extraer intensidad a cada secuencia, subrayar emociones, llevarlas al límite, crisparlas con determinados encuadres, el uso del montaje o la dirección de los actores, todos ellos espléndidos.

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De tal modo, Esplendor en la hierba se dirime en el trayecto que va de la candidez de la imagen de Deanie contemplando esa especie de santuario romántico que ha construido de su amado a la de ese vestido rojo, de chica alegre, con el que intenta seducirle después de tantos avatares, y antes de, tras fracasar en el intento, lanzarse a los brazos de un extraño y a la quimera del sexo imposible representada por esa agua y esas cascadas que, cual amenaza de lo ineluctable, ya comparecían en la citada secuencia inicial. El filme, en el otro lado del espejo, se dirime en el trayecto entre la secuencia en la que Bud somete físicamente a Deanie en su casa –ella llora, porque le ha hecho daño, él le pide perdón: solo daba palos de ciego enamorado– y aquélla en la que llora desconsolado, contra la pared de un pasillo de hospital, tras ver a su amada en una cama tras sufrir un colapso nervioso. Y, entre uno y otra, como motores de esa fuerza destructora invisible, los progenitores de los dos chicos: del bullicio que siempre acompaña al self-made man ególatra al que da vida Pat Hingle, a la imagen de complejos y flaquezas de su esposa (Joanna Roos), a la que vemos sola y de rostro circunstancial atravesado por el confeti tras una sucesión de cortos planos que mostraban apasionados besos de año nuevo. Del savoir faire progresivamente más inútil, más errado, de la madre de Deanie (Audrey Christie) a la pose inane de tan afable y neutral, esquiva con los sentimientos, de su padre (Fred Stewart). Pero también, entre unos y otros, los compañeros del instituto, principalmente ellas, llevadas por la misma marea que lleva de admirar a la pareja perfecta a cuchichear con una avidez que revela no pocas y generalizadas frustraciones; sin olvidarnos de la chica del instituto a la que los chicos saben que pueden recurrir cuando de magrear a alguien se trata –consigna bien aprendida de los propios mayores, pues Bud es ilustrado al respecto por su padre– o, muy especialmente, del patetismo tras la apariencia de chica descarriada de la hermana de Bud, Ginny (Barbara Loden), resuelta en lo narrativo en una de las muchas secuencias del filme caracterizadas por una virulencia rayana en lo febril, que empieza con ella borracha consintiendo ser manoseada por cualquiera por puro reflejo rebelde y termina con su hermano resolviendo a puñetazos un agravio del que, en el fondo, sabe que él también es responsable. Las constataciones anímicas de la película son terribles. Las que se refieren a estereotipos sociales, mucho peores. Y todo barnizado con esa poética inmarcesible del mejor cine de Kazan.

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Tras el cisma que se produce “en el exterior” (el desplome de la bolsa, y sus consecuencias), el relato se quiebra definitivamente, y “en el interior”, en el retrato de personajes, tras tocar fondo se producen las catarsis. Hay algo interesante, de evidente lectura ideológica, en esa ironía consistente en que el derrumbe económico sea la que, al final, por así decirlo, libere a los personajes. Y la catarsis está escrita y filmada con mano maestra. Primero, en esa secuencia de shock filmada como todo lo contrario (el padre de Bud, pasado de vueltas en aquel music hall, y que cumple su promesa de traerle a su hijo una corista que se parece a Deannie, para que se la beneficie; Bud es arrancado de la cama por la chica, que llama a la puerta; tras una elipsis, Bud vuelve a ser arrancado de la cama por la policía, que le pide que vaya a identificar un cuerpo; el rostro de Beatty sigue impertérrito). Y, después, en la secuencia epílogo, del reencuentro de Bud y Deannie en la granja donde vive el primero, secuencia en la que el ojo de Kazan, siempre tan atento al detalle implosivo (las mínimas reacciones en el rostro o gesto de cada personaje, el sentido de una mirada que vale más que cualquier diálogo), transforma el patetismo previo en una inercia conmovedora, para cerrar la historia del modo más emotivo.