PATERSON

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Lo ordinario extraordinario

El nombre de pila del protagonista de la película (Adam Driver) coincide con el mismo nombre de la ciudad en la que vive, Paterson, una middle-town de la costa este, concretamente de Nueva Jersey. Esa dualidad, o condición homónima, se extiende al propio título de la película, que se refiere al individuo, un conductor de autobuses que en su tiempo libre se dedica a leer y escribir poesía, pero alude también al lugar donde el conductor-poeta nació, vive y trabaja, un lugar asimismo asociado con la poesía, pues William Carlos Williams (1883-1963), oriundo de Nueva Jersey, consagró a la ciudad su obra más ambiciosa, y Allen Ginsberg (1926-1997) pasó allí un periodo de su vida. Paterson nos habla del cotidiano de Paterson, y del quehacer cotidiano en Paterson, quizá podríamos convenir que reuniendo los dos aspectos en la misma definición, el hombre y donde vive, que también es de lo que escribe.

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Su metraje cubre un breve ciclo vital, concretamente una semana completa, una semana cualquiera. El montaje, extraordinario, actúa como diapasón implacable de los vaivenes, en apariencia mínimos, pero constantes, del cotidiano. Al fin y al cabo, la de Jarmusch es a menudo una mirada que se posa sobre nociones de lo cotidiano para escarbar lo extraordinario o discrepante o invisible que reside en esa aparente monotonía (del mismo modo que, con la misma fraseología narrativa, nos habla de lo contrario: la vocación cotidiana que inesperadamente puede residir en una actividad en apariencia extraordinaria: Mystery Train o Ghost Dog lo ejemplifican bien). Y en ese sentido, Paterson puede verse como un título que ejerce de summa de muchos temas e inquietudes que bullen en la filmografía del cineasta norteamericano.

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Un lugar y un bullir anímico, ambos en apariencia afables (y en las materias interiores, nunca estridente), se solapan en esa edificación dramática sostenida mayoritariamente en las pequeñas variaciones sobre idénticos escenarios, situaciones y personajes, los que forman parte de la comunidad de Paterson y, más concretamente, los que conforman el microcosmos vital y relacional del conductor poeta, o poeta conductor, que protagoniza el relato. Su mujer, Laura (Golshifteh Farahani,), su perro Marvin, algún compañero de la compañía de autobuses, los pasajeros que cubren trayectos en (y llenan con sus historias) el autobús, así como el propietario (Barry Shabaka Henley) y algunos clientes asiduos del bar donde, noche tras noche, Paterson termina su jornada. Esa estrategia narrativa, basada en la variación sobre la reiteración, y en el montaje, parece revelar las intenciones de Jarmusch, en una suerte de comentario metanarrativo/autoreflexivo, en uno de los poemas que escribe el protagonista, aquel en el que se habla de la cuarta dimensión, la del tiempo, que se añade a las tres que inicialmente se aprenden, la longitud, la altura y la anchura. Siguiendo el símil de aquel poema, la ciudad de Paterson podría ser esa caja de zapatos que ejemplifica esas tres dimensiones, y el relato de imágenes en movimiento que es la película la oportunidad de captar esa cuarta dimensión, cómo el tiempo se inmiscuye en el lugar. El protagonista ejerce como tal, pero también como catalizador de esa reunión de elementos descriptivos y circulantes -de nuevo la esencia de Jarmusch.

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Esto nos introduce en el hecho de que el cineasta se aferra especialmente a los símbolos en Paterson. Quizá porque, siendo el suyo un cine poético, necesitaba cajas de resonancias para convertirlo, también, en un cine sobre lo poético. El equipaje de toda una vida, el gran secreto de la inspiración, lo ordinario extraordinario, se guardan en el bloc de notas en el que Paterson escribe los poemas; sin él, lo sabremos durante unos instantes -la antesala de un clímax dramático en el lenguaje jarmuschiano-, la vida espera, porque por un instante ha perdido todo el sentido. El manar del agua que el poeta contempla en sus breves retiros durante la jornada de trabajo, también subrayado por otro poema (dos palabras, “water falls”, el agua que cae, que connota algo muy distinto que una sola, “waterfalls”, cascada), ilustra, de forma obvia, el devenir de la creación artística, el fluir de los sentimientos en palabras ordenadas en la ciencia poética. El blanco y el negro que obsesionan a su mujer van acrecentando la sensación de cerrazón que se halla implícito, para un poeta, entre las cuatro paredes de una vida hogareña: Paterson ama a su mujer, pero quizá porque la necesita, y no ama el concepto del hogar y todo lo que implica; no es de extrañar que su perro, la quintaesencia de la domesticación en el hogar, encarne a su peor enemigo, y que se quede a las puertas -encerrado fuera- del lugar donde discurre lo taciturno, lo que tambalea los cimientos del cotidiano, ni que sea de forma mínima: el bar donde Paterson agota las jornadas (llegando a casa cuando su mujer ya duerme, aunque eso Jarmusch lo explique en un diálogo, dejándolo en over visual, por respeto a las propias reglas descriptivas).

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Los símbolos se acumulan y retroalimentan, como también lo hacen los escenarios y las personas que comparten sus cotidianos con Paterson. Así va fraguando, en la muy atenta, tierna (aunque a veces, por supuesto, irónica) y lírica mirada de Jarmusch, la crónica de las vidas posibles que pueden subyacer de algo tan poco extraordinario como el devenir vital cotidiano. Paterson parece un underplaying de una definición del país de las maravillas, al fundir sus imágenes la vida del personaje en un lugar y cómo el personaje precisa la definición de lugar. La poesía, que se agazapa en cualquier detalle, es soberana. Por ello, la película no precisa aspavientos, ni levantar el tono, para exclamar, de forma soterradamente febril, que la falta de poesía es una alarma del patético estado de las cosas en el devenir socio-cultural. Aunque esa aseveración nos la propone a contrario sensu, recogiéndose cerca, diría que a la sombra, de la belleza que los poetas -Paterson, y la chica de diez años que encuentra, y el japonés que le encuentra a él, cerca del cierre- capturan para hacer de los pulsos de la vida algo más que una cerrazón de puntuaciones ajenas e indeseables. Estoy tentado de aseverar que Paterson es, como a veces aseveran los analistas de cine, una película necesaria. Pero como, siendo francos, nunca he terminado de comprender qué significa esa expresión, me limitaré a decir que Paterson es una película extraordinaria, y que quedará como un clásico en la filmografía de Jarmusch por su potencial transformador, un potencial que siempre ha sido patrón, o ideal, de la peculiar mirada que edifica su completo cine, pero que solo en las ocasiones más escogidas se concreta de forma tan brillante como aquí.

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LA COMEDIA SEXUAL DE UNA NOCHE DE VERANO

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A MidsummerNight’s Sex Comedy

Magia, campiña y traumas allenianos

 Principios de los ochenta. Un Allen pletórico en la búsqueda de su imaginario creativo. Quizá la ebullición llegará un poco más tarde, y aquí las inercias pasan por los tributos a los maestros. Pero el cineasta ya se había consagrado como avezado, moderno y brillante analista de las relaciones sentimentales en Annie Hall (1977), y se había doctorado en la ulterior Manhattan (1979). Entre una y otra había aparecido la huella de Ingmar Bergman en Interiores (1978), y aún menos indisimulada la de Fellini en el particular 8 y medio que se tributó el cineasta, Recuerdos (1980). Bergman reaparece con fuerza en la obra que nos ocupa, que de hecho remeda incluso un celebrado título del cineasta sueco, Sonrisas de una noche de verano, y a su vez, como Bergman, la comedia de Shakespeare. Como el director de Farö, el neoyorquino recurre a extractos de las partituras que Felix Mendelssohn consagró al Sueño de una noche de verano, lo que refuerza esa sensación de traslación al imaginario propio de improntas narrativas universales. Es cierto que Allen bebe aquí a tragos largos de Bergman, pero no lo es menos que la perspectiva del tiempo nos indica que, a diferencia de los ciertos corsés o complejos patentes en Interiores, en esta Comedia sexual de una noche de verano el material está bien interiorizado y encajado a los intereses que Allen prioriza, que campa a sus anchas una idiosincrasia propia. Y los resultados son estimulantes; por momentos, brillantes.

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Precisamente entre los sueños, las sonrisas y el acervo sexual progresa este inteligente sampleado alleniano. El cineasta relata el encuentro de tres parejas en la campiña. La acción tiene lugar a principios del siglo pasado, lo que le sirve al guionista y director para enfatizar algunos aspectos que intelectualizan el drama (el conflicto entre lo racional y lo inexplicable) o que elevan, con gracia, la temperatura etérea que pretende insuflar al relato: principalmente, esa condición de inventor algo alocado del personaje encarnado por el propio Allen, y los útiles quiméricos que imagina, uno de los cuales, la bola caza-espíritus, que funciona como suerte de catalizador de las pulsiones sexuales liberadas que el filme pone en solfa.

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En el ágil esbozo alleniano, las descripciones tipológicas y los conflictos quedan rápidamente perfiladas, de modo que ochenta y cinco minutos le resultan más que suficientes para desarrollar el relato con convicción, suma habilidad y esa perspicacia analítica que le define como maestro. A través de los avatares, encuentros y desencuentros de esos tres hombres y mujeres, la película zanja una aguda glosa de la neurosis sentimental y sexual, de los devaneos nunca bien resueltos entre el romanticismo, la nostalgia por ideales perdidos y la insatisfacción. Da igual que los personajes comparezcan en un espacio bucólico de principios de siglo: podrían perfectamente estar en danza por Manhattan: como decía, Allen lleva la partitura universal sobre los cortocircuitos sentimentales a su terreno. Pero, y ese es el elemento peculiar, lo que define el lugar que el filme merece en su filmografía, utiliza ese entorno campestre, esa fuga de la ciudad, ese retiro veraniego entre amigos, para articular un dispositivo basado en lo liviano, en el desenfado, en la coda simpática, a veces hilarante –un sentido de la comedia y del gag que las obras anteriores de Allen habían ido abandonando progresivamente–, que no por ello deja de resultar una óptima caja de resonancia anímica de los conflictos, severamente dramáticos, que el argumento va desgranando.

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Y en ese resorte sobre el tono, sobreimpresionado al elemento del contacto con la naturaleza, cobra importancia el elemento de lo misterioso, de lo mágico e inexplicable, que Allen utiliza para jugar a encauzar tesis sobre esos temas que, inevitablemente –al menos en su imaginario, tan y tan extenso sobre el tema de las relaciones sentimentales– siempre queda inconcluso. De ahí que algunas de las imágenes más llamativas de la película tengan que ver con esas proyecciones de la bola mágica, las figuras de dos amantes que se encontraron en el mismo lugar el año anterior que se perfilan en la oscuridad, las sombras impresionadas en la pared o, incluso, esos haces de luz-espíritus que dirimen el baile final, el remate de la comedia sexual veraniega según Allen. La magia, lo arcano e inexplicable, es a menudo un desengrasante en la narrativa del autor: las citas son innumerables, de Alice (1990) a Magia a la luz de la luna (2014), de su episodio en Historias de Nueva York (1989) a Midnight in Paris (2011), o deLa rosa púrpura del Cairo(1985) a La maldición del escorpión de Jade (2001)… Pero, junto a ello, la contemplación atenta de la película que nos ocupa también nos descubre un Allen gustoso por trabajar lo dramático según las herramientas convencionales, ello a través de una puesta en escena en la que los movimientos de los actores en el espacio escenográfico revelan el determinado angstque atesoran. En ese sentido resulta interesante el contraste que el cineasta plantea entre las secuencias en interiores, cuyos movimientos de cámara o estrategias con el fuera de campo subrayan el modo en que los personajes están esclavizados por sus propios sentimientos (o, a menudo, entelequias y mentiras), y aquellas otras filmadas en exteriores, espacios abiertos, luminosos, donde tiene lugar la reunión (la coralidad de los personajes en un solo plano) o la elucubración dramática sin filtros (la expresión de los deseos, las confesiones).

TIRA A MAMÁ DEL TREN

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Throw Momma From the Train

Director: Danny DeVito

Guión: Stu Silver

Música David Newman

Fotografía: Barry Sonnenfeld

Reparto: Billy Crystal,  Danny DeVito,  Kim Greist,  Anne Ramsey,  Kate Mulgrew,  Bruce Kirby, Annie Ross,  Oprah Winfrey,  Rob Reiner

EEUU. 1987. 88 minutos

Hitchcock en el videoclub

Los años ochenta no fueron una época particularmente gloriosa para el cine americano, y existen infinidad de títulos en su día celebrados que hoy, de hecho hace ya mucho tiempo, han sido olvidados. En primera división había algunos grandes cineastas y obras memorables, sí, pero hay una extensísima, llamémosle así, clase media de películas cuya cita, hoy, a lo sumo despierta el aroma de videoclub. Un aroma entrañable para quienes fuimos sus usuarios/clientes, pero que denota, también, un cierto estándar de mediocridad, de fungibilidad, al menos. Tantas películas que estuvieron en nuestros hogares un fin de semana, que vimos una vez, quizá dos, pero que no se nos ocurrió volver a alquilarlas porque, aunque nos gustaran, tampoco-había-para-tanto. Tira a mamá del tren pertenece claramente a esa categoría. La dirigió Danny De Vito, de hecho en su opera prima cinematográfica tras foguearse en el medio televisivo, y debutó en su territorio, dirigiendo una comedia en la que él también fue el protagonista, junto a otro cómico en boga por aquel entonces, otro nombre de relumbrón limitado, Billy Crystal. La gracia de la película tenía que ver con una coda hitchcockiana, pues Throw Mamma from the Train heredaba la premisa de Extraños en un tren, el clásico inmarcesible de Hitchcock (195-), pero lo hacía en clave de comedia negra. Lo grisáceo de esa época del cine americano tiene sobre todo que ver con razones de puesta en escena, y el título que nos ocupa es un buen ejemplo: ni siquiera jugando la baza de ciertos manierismos hickcockianos (cosa que hace de forma tan obvia como superficial) se libra de lo anodino, de atesorar la propiedad cero de lo funcional y poco más. Sin embargo, la película atesoraba otras virtudes, quizá limitadas, pero que siguen ahí. Y en cualquier caso, rescatar hoy su recuerdo también nos sirve para pensar en sus signos distintivos de esa determinada época, interés que va más allá del interés puramente fílmico de una obra.

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Llama mucho la atención, por ejemplo, todo lo que viene asociado con Danny De Vito. En aquellos años en los que la hipertrofia muscular de los Stallone y Schwarzenegger marcaba un determinado cánon ético y estético, De Vito encarnaba, o debería decir encarnó, su perversión más pura, la imagen de la imperfección, la blandura y las pocas luces. Su baja estatura y su cierta obesidad le daban un cuerpo idóneo para representar la calamidad. El actor-director supo revestir todo eso de cierta ternura, y por ello resultó entrañable, pero no por ello dejó de representar o sugerir todas esas cosas merced de su apariencia como expresión exterior de lo interior. En la película, si Crystal encarna a un escritor obsesivo, frustrado y malcarado, De Vito no pasa de ser un paria, alguien solo capaz de pensar y actuar a título reactivo, no por iniciativa propia. Esclavizado por la convivencia con la madre más huraña imaginable (Anne Ramsey, otra actriz-freak de la época, asociada para siempre con Los Goonies (Richard Donner, 1985)), el personaje querría verla muerta, pero no tiene bemoles para siquiera intentarlo. Accidentalmente, tras visionar la película de Hitchcock, se le ocurre imaginar que su profesor, Crystal, le ha propuesto un juego por el cual él matará a su madre a cambio de que De Vito se encargue de su ex -mujer, a quien el escritor odia, y se entrega a la causa iniciando el sinfín de equívocos que le dan carta de naturaleza al relato.

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Carta de naturaleza cómica, por supuesto. Pero con un trasfondo amargo en sus motivaciones, en lo que sugieren sus asperezas como personajes. Estamos en los años ochenta, y el éxito se mide en dinero: Crystal odia a su ex mujer porque, según dice, le robó el material que convirtió en una novela best-seller, mientras él no puede escribir más que una línea en su proyecto de gran novela, “la noche era…¿húmeda?”. Crystal sí encarna un personaje con aspiraciones y valores propios de la época, pero no así De Vito, que no deja de ser un espejo primario, infantil e inocente del personaje de Crystal incluso en el reconcomio que le produce la persona a la que odia. En la solución del relato, eso quedará en evidencia: Crystal finalmente escribe su novela, y se convierte, claro, en un best-seller, mientras De Vito, escritor aficionado, termina siendo autor de un cuento infantil con pop-ups (sic). Pero antes de alcanzar ese happy-end, y por tanto de lo que va esto, nos enfrentamos a ese juego de equívocos causados por la extravagancia de uno y el patetismo de los dos: Tira a mamá del tren termina hablando así de seres miserables en derivas desnortadas, incapaces de ver más allá de las narices de su frustración el uno (Crystal) o de los estigmas familiares más evidentes (De Vito). Todo el glamour asociado a la entelequia criminal del título de Hitchcock se desenmascara en ese patetismo del que hacen gala los personajes, arrojados a un conflicto ético que les va demasiado grande. No es de extrañar que De Vito cite, en un par de secuencias (la imagen de unos pendientes, por un lado, y una carrera desenfrenada por falta de frenos, por el otro) precisamente el último título de Hitchcock, La trama (1976), donde el cineasta británico jugaba a levantar el velo vitriólico de sus propias premisas en un ejercicio de deriva hilarante. Es de ese título, en realidad, de donde De Vito (o más bien Stu Silver, el autor del guion) extraen la inspiración para este otro ejercicio que riega en gags y humor grueso parejas premisas vitriólicas.

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Esos gags y ese humor grueso son patrimonio de los años ochenta, una era en la que, siempre generalizando, la sofisticación y la sutileza no resultaron ciertamente notables.  Pero si De Vito termina resultando crucial en todas estas apreciaciones es por las razones antes mencionadas relacionadas con sus significantes tipológicos, lo que nos invita a llamar la atención sobre el hecho de que, poco antes, había protagonizado una también popular comedia-farsa cuyo título en español, Por favor, maten a mi mujer (Zucker, Abrahams, Zucker, 1986), ya lo dice todo de su premisa; y poco después dirigiría La guerra de los Rose(1989), donde el relato de una crisis matrimonial se exacerbaba hasta los límites de la negrura. Así, la gracia sobre la que supuestamente se cimentaron las obras de o con De Vito en aquellos años no son otras que el odio al propio cónyuge o a la madre anciana, bagaje elocuente por sus visos miserables, que resumen a la perfección lo que un tipo bajito y gordinflón podía ofrecerle al público mientras la Basinger se dejaba el sombrero puesto haciendo un strip-tease para Mickey Rourke, Sly ajustaba cuentas con una guerra perdida y Arnie, o Chuck Norris, coleccionaban villanos aniquilados en otros ideales pornográficos de su tiempo. De Vito, el paria, el tonto, el zafio, no encarnó ideales. Sino esa lamentable disfunción llamada realidad. Y nos reímos sin saber que nos estábamos identificando con ella, sin saber de quién coño nos reíamos, al fin y al cabo. O dónde estaba la gracia. Y quizá por eso, entre otras cosas, sucede que un título como el que nos ocupa, o como Por favor, maten a mi mujer, o como La guerra de los Rose, hoy esté olvidado.

DUNKERQUE

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Dunkirk

Director: Christopher Nolan

Guión: Christopher Nolan

Música Hans Zimmer

Fotografía Hoyte Van Hoytema

Reparto Fionn Whitehead,  Mark Rylance,  Kenneth Branagh,  Tom Hardy,  Cillian Murphy, Barry Keoghan,  Harry Styles,  Jack Lowden,  Aneurin Barnard,  James D’Arcy, Tom Glynn-Carney,  Bradley Hall,  Damien Bonnard,  Jochum ten Haaf,  Michel Biel

EEUU. 2017. 109 minutos

 

Cine por tierra, mar y aire

Resulta curioso que el portentoso prólogo de Dunkerque –donde la cámara sigue a un soldado huyendo del fuego enemigo, hasta alcanzar la playa, que será escenario umbilical del relato– se asemeje más, por su hechura visual (no sonora) a narradores contemporáneos de lo bélico como Eastwood, o especialmente Kubrick o Spielberg, a lo que el propio Nolan explorará en lo sucesivo. Curioso porque, a pesar de esa herencia (tomada prestada y a la postre no asumida), es cierto que esa primera secuencia ya contiene la esencia subjetiva/anímica sobre la que se edificará el completo relato, y el ADN nolaniano: el angst asociado a la lucha por la supervivencia en el entorno más hostil (interno), el miedo y el horror como acicates de la acción (externo).Dunkerque, clásico instantáneo del Cine, y una de las mejores películas de Nolan (que ya es decir), se construye, en tanto que título de género, en la tensión entre una superficie en la que la épica es entendida como lucha colectiva, como demostración de heroísmoy una profundidad sustantiva en la que esa misma épica deviene inestable, problemática, pues de lo que se trata es de superar obstáculos en un ominoso sendero hacia una, más bien improbable, supervivencia. Lo que, tomado con perspectiva, es lo mismo que decir que Dunkerque sintetiza con brillantez los dos grandes pilares de lo dramático e ideológico que sustentan el género bélico desde siempre.

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Resultan significativos, en ese sentido, los mecanismos de contraste que el guion establece entre dos tipologías bien marcadas de personajes, los unos que, por veteranía y/o experiencia, demuestran una integridad y un temple parejo a su altruismo (Rylance, Hardy, Brannagh), y que por tanto personifican la vis luminosa, esperanzadora, del relato, con otros, principalmente jóvenes (los soldados rasos que intentan huir, sobrevivir a cualquier precio, acumulando intentos frustrados; el hijo del personaje encarnado por Rylance y su amigo; por no hablar de los que, como Cillian Murphy, han perdido la razón), que son los que acumulan la intriga y el desamparo, esa vis tenebrosa que termina presidiendo el relato, que lo dota de atmósfera, percutiendo forma y fondo para terminar de desencadenar el estilo nolaniano.Un estilo, en esta ocasión, forjado también a través del trabajo con el entorno: resulta significativo, y ejemplar tanto en su definición filosófica como en su concreción material/visual, que Nolan subraye esos trazos tipológicos de sus personajes sirviéndose de escenarios que son no-paisajes, abstracciones puras y despiadadas. Reconozco que contemplando la playa de Dunkerque pensé, en un par de ocasiones, en el escenario nevado de El día de los forajidos, de André De Toth (1959), otro no-paisaje devorador, que asfixia y a la vez saca a relucir lo esencial, el hueso dramático.

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Exceptuando el epílogo –bien filmado, irreprochable, aunque no a la misma y brillante altura que el resto del metraje, precisamente por su desconexión anímica y atmosférica–, Dunkerque se erige, en buena medida, en un larguísimo clímax narrativo que Nolan trabaja a través de una tensión, resuelta con excelencia, entre la arquitectura narrativa que se cuece en el guion y la métrica interna de las secuencias. Lo primero, esa edificación del relato desde tres focos distintos, pero sofisticando el cross-cutting merced de un experimento con el tiempo à la Nolan: el relato del muelle se extiende durante una semana, el del mar durante una jornada, el del aire durante una hora; el experimento formal, y el anzuelo intelectual con el que Nolan compromete sus ficciones, consiste en buscar ese equilibrio entre tres extensiones argumentales que se repliegan en esa materialización individual de las secuencias, en el bullicio y adrenalina de cada situación concatenada, donde el metrónomo del plano corto, el montaje y el uso del sonido/banda sonora (depuración absoluta de la ciencia aplicada de Hans Zimmer) vienen a armonizar, con una intensidad más que notable, esa sensación de clímax ininterrumpido.

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Película-ecuación memorable, Dunkerque acumula tal cantidad de secuencias brillantes e imágenes poderosas que aturde. Este no es el lugar para un estudio pormenorizado, como el o los que algún día sin duda llegarán, pero no puedo resistirme a citar algunos de esos momentos de gran Cine que hacen del visionado de la película (en mi afortunado caso, visionado en 70 mm y sonido DTS en la sala Phenomena de Barcelona) una experiencia cinematográfica de primera magnitud. Los deslizamientos de la cámara y las posiciones oblicuas para transmitir verismo y espectáculo a raudales en los enfrentamientos aéreos. La complementariedad exterior/interior de la definición, cabal en el relato, de lo claustrofóbico: el traslado en el muelle de una camilla con un herido para tratar de embarcarlo en un barco que zarpa (y al final no zarpará) versus la secuencia, heredera de la mejor tradición del cine de submarinos, en la que los soldados esperan, ocultos en el interior de una pequeña embarcación encallada en la arena, que suba la marea y la embarcación pueda hacerse a la mar (algo que se revelará como una enésima quimera). O, por su pletórico simbolismo, la imagen del caza pilotado por Hardy, tras quedarse sin combustible (tras el último aliento), planeando sobre las playas de Dunkerque como un pájaro, elocuencia poética del triunfo aliado, por mucho que ese triunfo no se mida en términos de victoria, sino de supervivencia.

DEJAME SALIR

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Get Out

Director Jordan Peele

Guion Jordan Peele

Música Michael Abels

Fotografía Toby Oliver

Reparto Daniel Kaluuya,  Allison Williams,  Catherine Keener,  Bradley Whitford,  Betty Gabriel, Caleb Landry Jones,  Lyle Brocato,  Ashley LeConte Campbell,  Marcus Henderson, LilRel Howery,  Gary Wayne Loper,  Jeronimo Spinx,  Rutherford Cravens

EEUU. 2017. 107 minutos

 

Adivina quién viene esta noche

Firmada por un director debutante, Jordan Peele, Déjame salir se convirtió rápidamente, desde su aclamado paso por el Festival de Cine de Sundance, en una de esas piezas definitorias de una temporada, en tanto que etiquetadas como “imprescindibles” por los connaiseurs y aficionados al cine de terror –del mismo modo que lo fue el en 2015 otra opera prima, La bruja (Robert Eggers, 2015) o, el año anterior, It Follows (David Robert Mitchell, 2014)–. Menos entusiasta que su recepción en los EEUU, la crítica europea ha hallado cierto consenso en considerar algo para mí clarísimo, y es que en Get Out funcionan mejor sus premisas de partida que el modo en que Peele, también guionista, las gestiona en el desarrollo argumental, especialmente a partir del momento en el que se desencadena lo terrorífico. Pero, aunque malbaratada en parte, esa originalidad de las ideas de partida es algo valioso; valioso per se y valioso aplicado a un género, el cine de terror, al que demasiado a menudo le cuesta librarse de arquetipos y lugares comunes. Así, Get Out ofrece jugosas metáforas, que merecen ser analizadas. Y no todo se agota con la más obvia de entre ellas, esto es la relativa a la segregación racial, aspecto que, más allá de en lo argumental, Peele trabaja a fondo en su tramoya visual, alcanzando un admirable nivel de frescura y atrevimiento (la abstracción sobre la depredación psico-social, y el modo en que perpetúa las diferencias económicas, ello materializado en una posesión, casi literal, del alma de aquellos devenidos en esclavos, por supuesto negros, por parte de la clase dirigente, por supuesto blanca). En estas líneas, propongo analizar esa metáfora desde más amplios márgenes. Para hacerlo parto de un pequeño experimento, basado, precisamente, en analizar el relato elidiendo ese elemento primordial referido al comportamiento racista, para centrarme en otros términos: los núcleos familiares y las definiciones del hogar.

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Semejante abordaje me llama la atención por considerar que no son pocas las obras que, en los últimos tiempos, se han centrado en aspectos relacionados con esas macro-temáticas. Dejando de lado lo que al respecto también se podría apuntar de The VVitch (que, más allá de razones contextuales y de ubicación histórica del relato, nos cuenta, básicamente, cómo se produce la desintegración de una familia), hay diversas e interesantes películas del género que, como La invitación (Karyn Kusama, 2015) oThe Gift (Joel Edgerton, 2015), han trabajado, desde focos diversos y/o complementarios, definiciones nocivas asociadas al hogar y al statu quo familiar. Su abordaje a menudo me recuerda los que proponía The Twilight Zone, el serial de Rod Serling, en sus títulos centrados en cuestiones semejantes: entre otros, The Chaser (T.1, Ep. 31), Long Distance Call (T.2, Ep. 22), It’s a Good Life (T.3, Ep. 8), Young Man’s Fancy (T.3, Ep. 34), Spur of the Moment (T.5, Ep. 21) o The Bewitchin’ Pool (T.5, Ep. 36); títulos todos ellos en los que se producía una distorsión –esa sustancia nociva categórica de la serie– en lo relativo a las relaciones sentimentales/familiares en la que esporaba, en correlación lógica, un conflicto tanto identitario como social, un discurso sobre nuestro problemático encaje con el mundo, en este caso en un nivel tan elemental, tan esencial, como la pareja o la familia.

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De eso, entre otras cosas, habla Get Out: del peaje demasiado alto que Chris (Daniel Kaluuya) debe pagar para satisfacer a su familia política, devenidos en auténticos monstruos por cuanto pretenden, literalmente, aniquilar su identidad. Sin necesidad de adentrarnos en la hipérbole terrorífica, la película expone con elocuencia el difícil pasaje que para cualquier joven supone entrar en contacto con los padres (y hermano) de su novia, en tanto que competidores con aquél en el corazón de ella, y que juegan con la ventaja de que, a diferencia del novio, elegido y por tanto sobrevenido en la existencia de la novia, son quienes la concibieron, la educaron (o, en el caso del hermano, crecieron con ella) y, en definitiva, con quienes ella tiene, y tendrá siempre, los lazos más profundos.

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La manera francamente sugerente que Peele tiene de filmar la sensación de extrañamiento, de otredad que rodea a Chris en aquella opulenta casa de la familia de Rose (Allison Williams), se sustenta en esa idea primordial. Y a nivel argumental abunda en ello: no es casualidad que sea Missy (Catherine Keener), su suegra en potencia, quien sea el brazo ejecutor de esa aniquilación premeditada del joven, y que lo haga nada menos que revelando un trauma freudiano referido a la pérdida de la propia madre, pues Missy le hipnotiza haciéndole hablar de aquel, y no cualquier otro, episodio del pasado, en el que el chico, entonces un niño de once años, permaneció viendo la tele mientras su madre, que había sufrido un accidente, moría en la calle. La maquiavélica Missy inhabilita a Chris como hijo, y es a través de su culpa que logra sus mefíticos propósitos.

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Y esto último transcurre en un pasaje que nos sirve para enunciar la asocación que la película establece con Twilight Zone desde otros parámetros, los categóricos de lo visual: la solución visual más llamativa de la película es probablemente la imagen de Chris literalmente sumergido en el limbo, que Peele visualiza mostrando en imágenes al joven flotando en un vacío oscuro, inerme al contemplar la realidad, que se ha convertido en un pequeño cuadro que está por encima de él, al que no puede acceder de ningún modo. ¿No es muy evidente que Chris se halla, literalmente, en una zona de penumbra, en una “Dimensión Desconocida”? ¿Qué es aquel limbo sinola materialización de sus miedos más terribles? Y en el subrayado argumental del filme, esos miedos de Chris se basan en ser destruido por la casta blanca, pero, atendiendo a ese nexo distorsionado sobre la familia y su carencia, ese miedo emerge del trauma asociado a la desaparición de una madre, y nadie más idóneo que otra, la de su novia, para sacarlo a colación.

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Tras este cisma narrativo, la película se atrinchera en nociones que algo toman prestado de las mujeres perfectas de Ira Levin (y Brian Forbes) y otro tanto del cultivo del terror desde lo alucinado y granguiñolesco: una operación para suplantar una parte del cerebro que implica, a la vez, la desposesión de la voluntad. El pater familias, por supuesto, es quien tiene encomendada esa labor ejecutora, sirviéndole su hijo de enfermero; pero esa labor no resultaría tan aséptica sin la debida preparación que, de forma tan sibilina, han articulado las mujeres de la familia, madre e hija. El cambio súbito de comportamiento de Rose, analizado desde parámetros narrativos, chirría un poco en esa edificación del extrañamiento que atenaza a Chris: lo que en uno es un descubrimiento sutil, en la otra es un cambio de tornas demasiado radical para resultar del todo convincente. Pero, siguiendo con las metáforas que maneja este texto, ese cambio súbito de comportamiento de la novia de Chris es un pertinente levantamiento del velo, la revelación final de que, enfrentado a la familia de ella, él va a ser indudablemente derrotado, y la persona que, antes de ese encuentro, él creía que era Rose es en cambio alguien muy distinto. “Huye”, reza el título original de la película: como en las poesías negras de Charles Beaumont o en las patéticas catarsis de los relatos de Matheson, la aspiración de encajar en lo que no se tiene, una familia convencional, es una quimera tras la que solo espera una insoportable condena…

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Si en el dantesco festín familiar del clímax de La matanza de Texas la carne y la sangre de una chica eran ofrendadas para insuflar un simulacro de vida a un anciano decrépito, cuarenta años más tarde la forma de vampirización se ha refinado: se conserva la carne y la sangre, pero se arrebata lo inmaterial: la monstruosidad de la familia blanca de Get Out reside en ese aderezo fantastique que moviliza el relato, esto es su siniestra fórmula para extender sus tesis conservadoras sobre la diferencia de clases usurpando literalmente la voluntad de los que están por debajo. Los pespuntes más envenenados del discurso sobre lo racial del argumento de Peele apuntan a la perpetuación del darwinismo social a través de la falacia de la apariencia: aparentemente esos cuerpos negros siguen siendo jóvenes, sanos, indemnes, pero solo son una carcasa bajo la cual no queda espacio para la conciencia. Lo escalofriante de ese esquema es que, de forma tan malévola, se utilice la movilización sentimental (el amor de Chris por su novia) como anzuelo y, evidentemente, el núcleo familiar como instrumento de lo implacable. Un detalle genial de la película es la sensación de alivio que le queda al protagonista en la última secuencia del filme, cuando ve que ha llegado a la finca un coche de policía: levanta los brazos y se conforma con ser, presumiblemente, acusado de un homicidio múltiple: es preferible una condena a la vieja usanza, aunque comporte la pena capital, que esa otra condena que la familia de Rose le había deparado. Y, colmo de la ironía, será nada menos que el amigo campechano y verborreico de Chris, un personaje sostenido en un arraigado arquetipo asociado a los negros en el cine y la televisión (sobre todo eighties), quien libere in extremis al sufrido protagonista; quien, por así decirlo, le abra la improbable puerta de salida de uno de los lugares más inhóspitos que uno puede hallar… en la Dimensión Desconocida.

EL HOMBRE QUE VENDIÓ SU ALMA

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The Devil and Daniel Webster

Director William Dieterle

Guion Dan Totheroh, Stephen Vincent Benet

Música Bernard Herrmann

Fotografía Joseph August (B&W)

RepartoEdward Arnold,  Walter Huston,  James Craig,  Jane Darwell,  Simone Simon, Anne Shirley,  Gene Lockhart,  John Qualen,  H.B. Warner,  Frank Conlan,  Lindy Wade, George Cleveland,  Thomas Mitchell

EEUU. 1941. 107 minutos

 Zorros en el gallinero

“The Devil and Daniel Webster”, el relato breve en el que se basa esta película, fue escrito por Stephen Vincent Benét y publicado en 1936 en el Sturday Evening Post. Contaba la historia de un granjero de New Hampshire que vendía su alma al diablo, en lo que era una actualización confesa de un relato clásico de Washington Irving (“El diablo y Tom Walker”), uno y otro tomando como punto de partida/inspiración la leyenda fáustica. La especialidad del relato de Bénet radicaba en la aparición de un personaje de relevancia histórica, Daniel Webster (1782-1852), quien fuera eminente estadista de los años que precedieron a la Guerra de Secesión, candidato a la presidencia de los EEUU y considerado uno de los más renombrados oradores y líderes del Whig Party. La presencia de Webster, quien acudía en defensa del granjero seducido y embaucado por el diablo, vehiculaba énfasis en temas de calado político, temas que el autor servía como parábola para hablar de su presente, los años de la Depression.

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Cinco años después, aún en el mismo contexto (y bien poco antes de la entrada de EEUU en la Segunda Guerra Mundial), vio la luz la película, bajo las riendas de un William Dieterle en ascenso dentro de la maquinaria de la industria. El cineasta de origen germano –quien curiosamente había intervenido como actor en la épica versión de Fausto que F. W. Murnau filmó en 1926– dotó de intensidad y de un subrayado ominoso (incluyendo soluciones donde lo vitriólico se escora en la superficie herencias expresionistas) a un relato fílmico que, como morality play, funcionaba de manera acaso demasiado obvia. Es ese trazo de Dieterle, así como otros aspectos de la producción –como la partitura de Bernard Herrmann, sobre la que después nos detendremos– quienes no solo insuflan nervio a ese relato sobre el papel demasiado previsible sino que convierten la película en una experiencia fílmica densa, estridente en su capacidad para encajar unos sentimientos desaforados en la cuadratura de la fábula socio-política. Como tantas veces, en el cine -como en otros lenguajes artísticos–, el quid de la cuestión radica menos en el qué que en el cómo.

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Podríamos señalar, de entrada, el gusto de Dieterle por trabajar el relato desde lo episódico, donde el fluir rítmico y el compromiso del espectador con lo narrado se forja no por la vía de la disposición armónica de lo descriptivo-narrativo –la exposición diáfana de los acontecimientos— cuanto por el sesgo sensitivo asociado a ese acontecer argumental: Dieterle trabaja variaciones de idénticas composiciones de lugar y perfil, que insisten en mostrar de forma gráfica un universo encerrado en sí mismo y sostenido en lo cotidiano (la granja de Jabez Stone (James Craig) y su familia, la costumbre de visitar la iglesia, los encuentros y naturaleza de conversaciones con los vecinos granjeros, etc), temperatura de lo invariable que será dinamitado uno y otra vez por la intromisión del mal de resonancias bíblicas que azota la vida del protagonista y de la completa comunidad. Y ese mal se trabaja en una sucesión de bruscas soluciones protagonizadas, por partida doble, por personajes asociados con lo mefítico: por un lado, el por supuesto vitriólico Walter Huston en las pieles de Scratch, el Diablo, y por el otro la no menos sugerente y expansiva Simone Simon, quien da vida a Belle, una criada surgida de la nada que termina convirtiéndose en la evidente concubina del protagonista, para desazón de sus sufridas esposa (Anne Shirley) y madre (Jane Darwell). Así, desde el plumazo de lo episódico y el coup de théatre que impacta en imágenes como impacta en el devenir vital del personaje (y por extensión de la parábola, en el devenir comunitario), El hombre que vendió su alma va forjando los mimbres más evidentes del consabido relato fáustico, es decir el relato de la perdición espiritual que trae consigo el éxito y la riqueza materiales.

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Y es entonces, punto de ruptura superada la mitad del metraje, cuando hace su aparición el ángel de la guarda, una versión que aquí definiríamos de castiza de Daniel Webster. Webster es presentado al principio, llamativamente, en una sola secuencia en la que se halla escribiendo un texto en defensa de los derechos de los trabajadores y hace callar al mismísimo diablo, una voz susurrante de una sombra oculta tras su escritorio, que le aconseja que no escriba eso si lo que quiere es llegar a lo más alto en la política. Al introducirse ese personaje, ajeno al dramatis personae pero imán de la parábola en clave comunitaria o social, la película trastorna sus planteamientos expresivos y resuelve la cuestión como una suerte de duelo de voluntades –Scratch vs Webster— que reflejan la evidente alusión política, una mirada progresista y socialista sobre conceptos económicos. Y a tono con el compromiso visual de Dieterle por la exposición de los intrincados derroteros de la perdición espiritual del protagonista, el cineasta resuelve la papeleta de ese duelo de voluntados-metáfora historiográfica transformando la perdición del personaje, ya casi del todo consumada, en nada menos que una fantasmagoría. Primero, en la alienante secuencia del baile en la morada de Stone, que guarda ciertos ecos con la exposición enrarecida que caracteriza el Vampyr de Dreyer; y posteriormente en ese juicio alucinado que tiene lugar en el granero, con un jurado compuesto por condenados que emergen de las tinieblas.

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En el discurso que el relato eleva a consideración del espectador queda patente la sintonía con la ideología del optimismo crítico de Roosevelt, que levantó la nación de sus cenizas económicas. En una de las secuencias del filme llega a comparecer uno de los símbolos tópicos del discurso unionista, el del zorro en el gallinero (“there’s foxes in the henhouse”), a su vez obvia metáfora de lo relatado: el mal, la devoción por la riqueza sin ambages ni escrúpulos, que devora inexorablemente la existencia posible, idílica hasta cierto punto, de los granjeros-gallinas que conviven en un pacto de igualitarismo y solidaridad. Aunque este no es lugar para hacerlo, resultaría interesante analizar con detalle la ideología implicada en el cine norteamericano de aquellos años salientes de la Depresión, el discurso del cine de Ford en sus años considerados “de prestigio”, del Capra en los años dorados en la Columbia, y de tantos otros corpus fílmicos que dieron cobertura a una determinada visión del united we stand que la Guerra Mundial, y Truman y Eisenhower, iban a terminar borrando del adn político estadounidense.

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La RKO producía esta suerte de versión en Nueva Inglaterra del relato fáustico el mismo año en el que veía la luz, en la misma productora, Ciudadano Kane, de Orson Welles, otro título asimilable a los postulados referidos en el párrafo anterior, y que concretamente comparte con El hombre que vendió su alma la temática de la corrupción moral que la riqueza trae consigo. Con Ciudadano Kane el filme comparte también tres nombres importantes del staff técnico: el montador Robert Wise, el técnico de sonido James G. Stewart y, por supuesto, elcompositor Bernard Herrmann, que en esta su segundo trabajo para el cine se alzaría con el único Oscar de su trayectoria.Y no es una de las partituras más características del estilo (o más bien personalidad más reconocible) del legendario compositor, ya que se trata de un score en muchos compases lleno de vitalidad y de color; sin embargo, son diversas las líneas de densidad que hacen de esta una partitura singular y particularmente brillante, densidad que trabaja en sintonía con las formas visuales que propone Dieterle. Hablo principalmente de las fugas y distorsiones con las que Herrmann subraya la súbita intromisión de lo mefistofélico en la apacible existencia de la familia Stone, tan llamativas como la introducción y contundente manipulación de diversos estándars del acervo folk característico de Nueva Inglaterra: por ejemplo –y es un estruendoso ejemplo—, el modo en el que suena, en una fiesta en el granero, la popular “Pop Goes Wiesel”, pieza utilizada ya antes en el score pero que aquí, a tono con los derroteros fatalistas que atenazan al protagonista del relato, se precipitan en un solo de violín de agresivas estridencias, que deforma la armonía de un modo solo comprensible cuando la cámara nos muestra quién está interpretando el instrumento: nada menos que el mismísimo Scratch. El sonido de la bestia se apropia netamente del remanso de paz, anunciando la maldición y la ruina. Es una solución sonora-visual de elocuencia y genio. Puro Herrmann.

APACHE

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Apache

Director Robert Aldrich

Guion  James R. Webb, según la novela de Paul Wellman

Música David Raksin

Fotografía Ernest Laszlo

Reparto Burt Lancaster,  Jean Peters,  Charles Bronson,  John Dehner,  John McIntire, Paul Guilfoyle,  Ian MacDonald,  Monte Blue,  Morris Ankrum,  Walter Sande

EEUU. 1954. 95 minutos

Un lugar en ninguna parte

No hay que obviar las generalidades, ni siquiera aquellas sobre las que ya se ha escrito mucho, así que no está mal empezar diciendo que Apache es uno de los tres títulos que, en el devenir de la narrativa y temas del western por allá los años cincuenta, es recordado por abordar la cuestión india dándole voz al vencido. Realizada cuatro años después de los otros dos títulos que suelen agruparse en esa categoría de “proindios” –La puerta del diablo (Devil’s Doorway, Anthony Mann, 1950) y Flecha rota (Broken Arrow, Delmer Daves, 1950)-, Apache acaso sea, de las tres, la que probablemente incide en el tema de la forma más genuina, más densa, más alejada de lugares comunes y apriorismos entre lo romántico y lo exótico, o, dicho de otra manera, la que mejor logra zafarse -hasta cierto punto, claro- del punto de vista blanco. Quizá ello en parte sea debido a que en esos cuatro años (1950-1954) el género por excelencia del cine americano sufre muchas y apasionantes sacudidas -el llamado superwestern o western psicológico, la irrupción de firmas como las de Sturges, Boetticher o los cineastas de la generación de la violencia, por no hablar de la densidad y potencia de los títulos legados en aquellos años por los directores ya consagrados en el género, como Ford o Hathaway-, y quizá también debamos otorgarle ese mérito, o ese esfuerzo de escrupulosidad en la mirada a lo otro, a la novela en la que se basa la película, Broncho Apache, de Paul I. Wellman, sobre la que lamentablemente no puedo extenderme porque la desconozco. Pero, en cualquier caso, la recreación de esa -rezan los rótulos iniciales- leyenda del indio Massai, el guerrero Apache que renegó de la rendición de su pueblo y se lanzó a continuar la lucha en solitario, resulta, en la perspectiva de lo temático-historiográfico, un hito para el género.

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Apache supone también un título importante en el devenir filmográfico de uno de los actores más carismáticos del Cine. Burt Lancaster venía labrando su fama desde hacía años en un ya muy meritorio bagaje en extraño balance entre sus aportaciones acrobáticas y llenas de joie de vivre al cine de aventuras y su presencia enigmática, robusta y a veces turbadora en piezas excelsas de cine negro, y en 1953 se había significado en la primera línea industrial con su interpretación del Sargento Warden en De aquí a la eternidad (From Here to Eternity, Fred Zinnemann). De la mano del productor Harold Hecht, y con la película que nos ocupa -que, después se comentará, fue realizada con muy escasos medios- Lancaster iniciaba un apoderamiento en el seno de la industria de Hollywood, basado primero en la diversificación y cuestionamiento de los lugares comunes de los arquetipos propios del star-system, y posteriormente -conforme las propias estructuras de la industria se iban desmoronando- más radicalizado en la elección, entre el riesgo asumido y la promoción de una determinada ideología. Aunque la idea resulte irónica contemplando su caracterización en Apache -ese betún que embadurna su rostro (como el de Jean Peters) y resalta de manera imposible su mirada verde, de sensación visual tan extravagante que nos aleja de la verosimilitud-, el título de Aldrich, muy exitoso, supuso un hito importante en el devenir filmográfico de un actor que personificó un cambio profundo de tornas en el cine americano y que reconocemos que encarna como nadie la génesis de lo que hoy -y desde hace tiempo- se tilda como la política de los actores.

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Y aquí instalados llegamos a Robert Aldrich. Apache supuso la cuarta película del cineasta, y el título que logró ponerle en el paisaje del establishment. Pero el cineasta, que en 1954 cumplía treinta y seis años, estaba lejos de ser un neófito. Se había forjado en la arena de la RKO, como asistente de producción y ayudante de dirección. En una de las películas en las que trabajó durante aquellos años de aprendizaje del oficio, concretamente Diez valientes (Ten Tall Men, Willis GOldbeck, 1951), colaboró con Harold Hecht, quien pensó en él para dirigir Apache por las habilidades demostradas en aquella colaboración y por el hecho de que Aldrich, en dos de sus tres obras previas como director -concretamente The Big Leaguer (1953) y World for Ransom (1954)-, había sido capaz de ceñirse absolutamente al calendario de producción y terminar el rodaje en apenas dos semanas. El ajustado presupuesto para Apache exigía a un cineasta capaz de lidiar con los problemas técnicos inherentes a cualquier rodaje, capaz de filmar deprisa, de filmar bonito, de filmar barato. Aldrich no defraudó a Hecht, ni por supuesto tampoco a Lancaster. La recompensa mutua sería la colaboración, apenas un año después, en un western de mayor enjundia y no menor personalidad que éste, Veracruz (1955). Años después, cineasta y actor volverían a cruzar sus caminos en otras dos y reseñables ocasiones: en La venganza de Ulzana (Ulzana’s Raid, 1972), en cierto modo revisión de los postulados de esta seminal Apache en el abordaje de la cuestión india, y Alerta: Misiles (Twilight’s Last Gleaming, 1977), despiadada sátira del militarismo que no es difícil escoger como la mejor película de los últimos años de Aldrich tras las cámaras.

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Expeditivo tanto por obligación como por devoción, Aldrich evidencia en Apache, como se ha apuntado, su capacidad como realizador de la industria, de parámetros cercanos a la serie B, pero también -lo uno nunca desmintió lo otro, más bien lo contrario-, su proverbial personalidad, su forma vívida y crispada de plantear el drama, su habilidad para la exposición basada en la cinética y la fisicidad, el nervio narrativo, la inquietud expresiva que sabe recoger en una diáfana exposición de lo externo o argumental. Sirviéndose de constante el metraje, como una coda, de un tono muy terroso en la fotografía, el cineasta localiza el drama entre la confrontación inevitable (pocas secuencias no obedecen a una confrontación: desde esas imágenes, en el arranque, de los Apaches y el ejército preparándose para una refriega armada hasta las escenas de seducción entre Massai (Lancaster) y Nalinle (Peters), pasando por todos y cada uno de los encuentros o desencuentros que jalonan el iter del protagonista, y con atención inevitable en el personaje anatémico, el agente de la autoridad Sieber -un excelente, como siempre, John McIntire-) y la urgencia, que es la lucha por la supervivencia del indio rebelde pero también su necesidad de ir cambiando de lugar y propósito conforme los acontecimientos van acorralando su libertad en todas sus definiciones posibles.

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En ese sentido, Apache es una oda no por eléctrica y dinámica menos pesarosa a lo imposible que le resulta a un hombre encontrar su lugar en el mundo cuando este mundo le ha expulsado, cuando ya no le quedan aliados ni asideros; cuando, de hecho, ya no queda nada. Hollywood, es sabido, es capaz de sacarse de la manga un cierre esperanzador basado en una noción sentimental, pero ni ese pequeño haz de luz que supone el llanto de un niño recién nacido ni ese plano final que muestra un proyecto de hogar puede desmentir la lógica de los acontecimientos. El filme plantea, a través de esa rebeldía y esa urgencia que caracterizan al personaje-relato, una metáfora combativa de la gran derrota de los indios, y probablemente por ello una paráfrasis más lúcida y menos idealista que tantas otras realizadas antes o después, incluyendo la victimización abordada en el cine seventies o hitos industriales más cercanos en el tiempo, como la oscarizada Bailando con lobos (Dances With Wolves, Kevin Costner, 1991). Y, revisionada hoy, más de medio siglo más tarde, asoman otras e interesantes lecturas: la pugna de Massai contra su propio cabecilla, contra el statu quo marchito de su tribu, contra la condescendencia u hostilidad blanca, contra el ejército de la Unión, contra todos, es un antecedente curioso, cabría decir que un exponente de protohistoria en clave western, de una de las nociones más explotadas por el cine de los últimos veinte años sobre el individualismo y la épica contemporánea: el hombre solo contra los elementos, el individuo  pírricamente enfrentado a una gran maquinaria desgobernada del más elemental sentido humanista, y que, solo merced de sus habilidades superiores como guerrero y como ser humano, logra sobrevivir y reclamar su dignidad, su especialidad, su identidad, su legado. La tragedia de pensar ese paralelismo radica en imaginar que, en tal caso, nuestros solitarios héroes del presente, en quienes proyectamos nuestros anhelos y valores, son indios a punto de ser aniquilados por la inclemente apisonadora de otros tiempos, ningún anhelo y no otro valor que el mercantilista. La tragedia, en ese paralelismo y sus pespuntes ideológicos, es imaginar la ironía del hogar que nos queda en el final feliz impuesto por un mundo sin alma.