AGUAS OSCURAS

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Por un lado, está el thriller procedural, en este caso una investigación que lleva a cabo un abogado; en solitario, como corresponde a este relato de David contra Goliat. Emparentado en el tema con A Civil Action (Steven Zaillian, 1998), y con las maneras descriptivas, incluso tonales, de un John Sayles (Silver City) o de un Thomas McCarthy (Spotlight), Todd Haynes, neófito en estas lides, logra unos resultados superiores a las citadas obras merced de una laboriosa depuración narrativa y una sobriedad, incluso elegancia, en la exposición que recuerda a otra extraordinaria pieza sobre investigación (da igual si periodística, policial o judicial) como es Zodiac . Haynes, como Fincher, son realizadores de mirada propia, y es eso -y no  tema, o la denuncia- lo que edifica el discurso.

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Pero lo anterior, ojo, no desmerece el contenido de denuncia, y la mirada netamente lefty, que enarbola el director de Lejos del cielo. Lo interesante es apreciar cómo un estupendo cineasta se mueve en un territorio distinto a aquel en el que es tan reconocible y comprobar cómo mantiene, sin forzar nada, sus señas de identidad. En esos términos, Aguas oscuras no se aproxima nunca a una mirada melo, pero sí lo sumerge todo en un tono lánguido, melancólico, donde planea en todo momento una sentida elegía por las víctimas de la contaminación de las aguas por parte de la empresa farmacéutica.

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Sí, Aguas oscuras, a pesar de la crónica de ese enfrentamiento pírrico entre un individuo y un sistema, va sobre todo de víctimas. La iluminación apagada, dominada por tonos azules, y granulada, inunda el relato de tristeza. Las muchas secuencias, aparentemente transicionales, que discurren en el pueblo afectado, sugieren la enfermedad, la indefensión, el desaliento. El punto de vista a ese paisanaje por parte del protagonista va levantando el velo de ese sentimiento de injusticia, y su primer cliente, el granjero afectado que destapa el asunto, funciona como un personaje totémico que acumula en su enfermedad, y en la locura y muerte de su ganado, la mirada al abismo que embargará al abogado -quien, en la matizada composición de Mark Ruffalo, con esa circunspección, y esos temblores crecientes, terminará personificando, cual contenedor, ese dolor colectivo.

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Haynes, con su afinado sentido de la lírica, extrae ideas de aspectos que en las convenciones se suele pasar por alto. Otro apunte interesante, en ese sentido, tiene que ver con el manejo de la estructura para trabajar sobre la idea del paso del tiempo: ese segundo término narrativo, sobre la vida familiar del abogado, con esos hijos que van apareciendo y haciéndose mayores; los usos tecnológicos -de las cintas vhs del granjero a los móviles de última generación, pasando por los sistemas operativos informaticos y los buscadores de internet- para ir desvelando cómo los acontecimientos del pasado irán acercándonos… al presente; el sutil envejecimiento de personajes secundarios en sus caracterizaciones; o el mero recurso a ir rotulando el paso de los años, a veces (hacia el final del metraje) para apenas ilustrar una o dos secuencias de poca relevancia narrativa, subrayando de ese modo, precisamente, el peso del tiempo que va pasando, las enfermedades que irán sucediéndose mientras las burocracias empantanan el asunto… Haynes amplifica, con todas esas inquietudes expresivas, las expectativas que el espectador le asume al género en el que se mueve, y lo hace sin sacrificar nada, para ataviar un relato desde la complejidad y la trascendencia ética que exige el realismo. Una muy buena película.

EL OFICIAL Y EL ESPÍA

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Una forma de explicar El oficial y el espía es decir que en ella conviven dos relatos. Uno de ellos, de desarrollo más convencional, es el que tiene que ver con el relato histórico, esto es lo que la película tiene de crónica del recordado caso Dreyfus, y todas sus connotaciones políticas, sociales y de ubicación ideológica. El otro es un procedural con ribetes de relato de espionaje, y es el que se centra exclusivamente en el proceso por el que el oficial Georges Picquart (Jean Dujardin) va levantando el velo, descubriendo que el judío Alfred Dreyfus fue víctima de una acusación y condena injusta.

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De los dos relatos que conviven en el filme sólo uno, el segundo, es puramente polanskiano. La gracia del asunto -o la evidencia del genio de Polanski- es percibir cómo ese segundo relato, que nos habla de corrupción ambiental y claustrofobia, y que se desarrolla en la primera mitad de metraje tiene tanta fuerza que contamina al otro relato, de pretensión más radiográfica. Es una cuestión de mirada y de disposición de piezas narrativas: la tenue luz y el silencio, la fealdad hiperbólica de los perfiles y rostros humanos, la extrañeza de los gestos, la descripción del estamento militar desde un estatismo que sugiere lo grotesco, lo obsesivo de los objetos y los planos de detalle que los analizan… El demiurgo, el ojo que contempla, Polanski, se detiene en lo esquinado para pormenorizar lo que sucede “adentro” (la investigación), de modo que, cuando las piezas se trasladan al tablero de lo que está “afuera” (los sucesivos juicios, la luz pública, la reacción popular, el “J’accuse” de Zola…), las imágenes ya no pueden dejar de estar impregnadas por la sustancia pútrida que sostiene la tramoya.

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Antes hablaba de corrupción y claustrofobia, la que debería atenazar a Picquart al darse cuenta de que está luchando contra una maquinaria militar corrupta hasta los tuétanos y que desplegará toda su fuerza para perpetuar su inquina y sus mentiras. Lo interesante es que este personaje escapa del sufrimiento, alejándose así de lo que podríamos llamar el “tipo subjetivo” de la tipología de personaje polanskiano, cuya integridad se ve socavada y termina siendo víctima del dolor, el miedo y la locura. Picquart, en cambio, no se amedrenta al enfrentarse a esa todopoderosa maquinaria que está desafiando, y se enfrenta a la misma con sus armas cual David contra Goliat. Polanski perfila, pues, sin aderezos ni sentimentalismos (inimaginables en el autor) a un héroe en su definición más unívoca. La relación fría que mantiene con Dreyfus, que se puede compendiar en tres miradas -una a mitad de metraje, via flashback, y las otras dos en los extremos: prólogo y epílogo- es la forma carismática del cineasta de cerrar filas en torno a su definición. En las miradas que se cruzan al cierre, se sobreimpresiona un llamativo rótulo: “no volvieron a verse jamás”, subrayado que, como pasa con cualquier detalle en el cine de Polanski, sea un plano estático, un movimiento de cámara o un fuera de campo, está ahí por algún motivo.

MUJERCITAS (2019)

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Estreno en 2019. Ciento cincuenta años han pasado desde la publicación de la novela de Louisa May Alcott. Y muchas adaptaciones a la pantalla. Pero los clásicos  son eso: material de primera para cualquier ocasión. Y la gracia reside en analizar cómo la lectura se matiza, según la personalidad de quienes realizan cada adaptación y/o en consideración a la lectura de su tiempo. En la versión escrita por Greta Gerwig y Sarah Polley -dos nombres en la órbita del cine con vocación independiente usamericano-, dos elementos llaman poderosamente la atención. El primero, la estructura, basada en una narración en paralelo que va trabazonando los primeros años referidos en el relato de las hermanas March con los avatares de esas protagonistas años después. Gerwig y Polley se atreven a algo más que yuxtaponer ese desarrollo en dos tiempos, y la primera, directora de la película, le confiere al cross-cutting un dinamismo expositivo que, más allá de la solvencia rítmica, se dirige a la esencia misma del material adaptado: sin dejar de ser una coming of age story, esa lectura en constante flashback/forward acaba escorando el relato hacia latitudes más románticas, nostálgicas, que no desalojan lo folletinesco (lo que supondría desnaturalizar la adaptación) pero lo suavizan.
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Hábil en su planteamiento discursivo, pero menos novedoso e interesante es el segundo aspecto reseñable de esta versión 2019: el ancla metanarrativa que se sostiene en las cuitas de Jo (Saoirse Ronan, tan espléndida como acostumbra) con el editor, y especialmente el hecho de que, al final, Jo le ofrezca su novela autobiográfica, y modifique su desenlace (encuentra el amor, como suele decirse, y se promete en matrimonio) solo para complacerlo (a él y a los gustos del público decimonónico). La(s) autora(s) pretenden inserir un comentario de texto en clave reivindicativa/feminista, y por eso edifica(n) un clímax que se mofa de la obviedad de los estereotipos que maneja -es decir, los de la novela-, lo que supone una solución posmoderna que, por curiosa que sea o por mucho que se vaya a celebrar en ciertos foros, hace tambalear un poco el tono que venía presidiendo el relato, y que puede disgustar a los amantes del clasicismo (ya no digamos a los puristas).

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Y si digo que puede disgustar a los amantes del clasicismo y al tono tambaleante es porque, por lo demás, esta Mujercitas no tendría mucho que ver con, por poner, la Maria Antonieta de Sofia Coppola. Al contrario, Gerwig se mueve con tanta  soltura como capacidad para transcribir lo introspectivo, la emotividad y clase de ternura que hizo de la obra de Alcott un clásico. Los diálogos estan bien escritos, la edificación escenográfica es algo bulliciosa por momentos pero precisa en la mayoría, y el ritmo está construido con un magnífico sentido de los registros cambiantes, entre lo recogido del puro drama y los apuntes extremos (de comedia y melo) que lo ribetean. Además, está la partitura de Alexandre Desplat que funciona como atento metrónomo de ese diorama de sensaciones en liza. Así que, en definitiva, esta Mujercitas puede sugestionar por los juegos o matices que plantea al material de partida, pero si cautiva es sobre todo por su devoción a los elementos esenciales del mismo. En la balanza entre el respeto a lo clásico y su réplica, Gerwig, a pesar de todo, termina decantándose por lo primero. Y demuestra talento para sacarle jugo

HISTORIA DE UN MATRIMONIO

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En la superficie, Historia de un matrimonio narra el proceso de divorcio de un matrimonio con hijo. Sin embargo, esa es una temática-marco. Conviene atender a las concreciones, a la sustancia, e incluso al subtexto. Elementos que, por supuesto, siempre interesan a lo analítico, aquí añadiendo un elemento que va de lo industrial a lo cultural, el hecho de que se trata de una propuesta mainstream en la definición específica de la actual plataforma televisiva Netflix: firma autoral y cierta pretensión de prestigio.  En estas líneas intentaré atinar un poco entre esas concreciones y sustancias, partiendo de una determinada personalidad creativa y finalizando en cuestiones generacionales. Intentaré aproximar, en fin, de qué habla este filme cuando habla de un divorcio.

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Conocí a Noah Baumbach con la ya lejana Una historia de Brooklyn, que narraba el divorcio de un matrimonio neoyorquino a través de los ojos de un hijo. Aquí, aunque la concomitancia es evidente (y dejo lo de “los elementos autobiográficos” para otros a quienes eso les interese), no se trata tanto de narrar un proceso de divorcio como otras cosas. No hay una explicación de motivos o cronología del descalabro sentimental que pase de lo difuso; no hay, tampoco, un énfasis especial en relatar cómo sobrelleva el hijo menor esa ruptura. Sí, en cambio, la constatación de la decisión de divorcio como partida y, a partir de ahí, el foco en dos aspectos que se entrecruzan. El principal, el proceso de degradación moral al que ese hombre y esa mujer se ven sometidos cuando, por razones malentendidas de defensa de sus intereses, dejan en manos de abogados la disolución matrimonial. A Baumbach le interesa claramente dirigirse ahí, y ni siquiera se toma demasiadas molestias en   preparar el terreno: a pesar de tener la sensación inicial de que la pareja resolverá amistosamente su controversia, el cineasta utiliza una breve secuencia de transición (y un personaje satélite que no volverá a aparecer) para poner a Nicole (Scarlett Johansson) en manos de una abogada pija agresiva de Los Angeles, que será quien inicie lo que se acabará convirtiéndose en una (carísima) guerra sucia entre ella y su marido, Charlie (Adam Driver). Tanto esa abogada encarnada por Laura Dern como los dos que asistirán a Charlie, encarnados por Ray Liotta y Alan Alda, sirven para ofrecer una imagen bastante temible de cómo la maquinaria judicial y psico-social maltrata con su burocracia inflexible y despiadada el proceso, ya per se, doloroso de una ruptura matrimonial. No es baladí que el filme se abra y se cierre con sendas descripciones amables de cada cónyuge ofrecidos por la voz en off del otro,  constancia de una empatía que confiere algo así como una estructura circular al relato, siendo lo que sucede entre esas dos orillas el relato de un accidente y un desasimiento, bien ataviado por unos planteamientos argumentales que se centran en lo interior, en la sutil exposición de sentimientos al límite, elemento central en la narrativa de su cineasta.

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El otro elemento importante del relato radica en el enfrentamiento por la residencia del menor (que no exactamente -es llamativo-, por la custodia), de la que subyace una pugna entre dos ambientes muy distintos, los que corresponden a las ciudades de Nueva York y de Los Angeles. A la primera pertenece él, director del off-Broadway; al segundo, ella, actriz, quien huye de NY y de su trabajo como intérprete teatral para reverdecer sus laureles como actriz famosa en LA protagonizando un episodio piloto de una serie de televisión. Baumbach opone intencionadamente ese mundo del teatro, que asocia a la inteligencia y el talento que Charlie personifica, con el círculo relacional asociado a la ciudad de la televisión y el cine, en el que Nicole defiende su personalidad y deseo de realización personal más allá de la sombra de su (ex-)marido dramaturgo. La perspectiva del cineasta toma claramente partido por Charlie, el personaje mejor trabajado en el guion y cuyos avatares se enmarcan en un exilio vital y profesional del que no puede escapar -la escalofriante secuencia del enfrentamiento entre los dos en el apartamento vacío de él, la torpeza y patetismo de la visita de la asistenta social, y, por todo, su fuga/catarsis al interpretar, entre amigos en un ambiente bohemio, una pieza musical a capella.

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El filme, de ritmo bien sostenido a través del montaje (Baumbach no es un gran metteur en scéne, pero sí un buen articulador de ritmo), halla su punto fuerte en las interpretaciones de la pareja protagonista: Scarlett Johansson tiene oportunidad de lucirse mucho más allá de lo habitual, si bien es Adam Driver quien arrebata con una composición francamente extraordinaria. Mención aparte merece la partitura de Randy Newman, que ofrece pequeñas pero precisas (y muy bellas) notas de emotividad al relato.

EL IRLANDÉS

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“I remember
That night in May
The stars were
bright above…”
In the Still of the Night
En Malas calles hallamos la simiente, sin duda. Aunque allí Scorsese estaba forjando su camino, quizá perfeccionando su primer estilo, aún imprimiendo a las claras intenciones autobiográficas en el trazo naturalista con el que se acercaba al retrato de los bajos fondos de su ciudad natal. Pero en esa obra sí resulta fácil rastrear diversos elementos que iban a resultar característicos de su cine en general y de la trilogía que esta The Irishman completa.  Trilogía, sí, indudablemente, sobre biografías de personajes asociados a la Mafia, y que se inició con Uno de los nuestros y continuó con Casino. Frank Sheeran, el protagonista del filme que nos ocupa, comparte condición con Henry Hill y Sam Rothstein . Los tres son peones en esferas diversas del hampa, y sus historias sirven para hilvanar, desde el drama, crónicas históricas sobre la mafia en los EEUU. Pero, más relevante, son obras claramente renovadoras del cine de gángsters, y su huella estética en el imaginario del cine (no solo americano) es profunda. No es tan exagerado decir que en 1991 Uno de los nuestros inauguraba un subgénero, aunque, hablando con propiedad, más bien alardeó de unas reglas formales, visuales, que iban a calar en las miradas de muchos otros cineastas en la órbita de lo posmoderno, de Quentin Tarantino a Paul Thomas Anderson.
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 Pero las dos primeras obras de la trilogía quedan lejos: The Irishman llega un cuarto de siglo después. Sucede aquí, en cierto modo, algo parecido a lo que pasaba en El Padrino, Parte III (1991) respecto sus dos predecesoras (1972 y 1974) en la celebérrima trilogía mafiosa de Francis Coppola. Y más allá de razones creativas (“The Irishman” es una apuesta personal de Scorsese que ha tardado años en poder concretar, y el tercer “Padrino” un filme al fin y al cabo alimenticio), el estado de las cosas en el cine en la distancia que va de 1972 a 1991 supuso muchos cambios, pero muchos menos que los que han tenido lugar entre 1991 y 2019. La edad del creador, Scorsese, 77 años al estrenar esta The Irishman, la clase de prestigio que atesora y su lugar actual en una industria cambiante también tienen cosas que ver con los resultados artísticos.
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Casino proponía más contenido introspectivo que Uno de los nuestros, un mayor anclaje narrativo en el dramatis personae, en algunos aspectos herencia de Toro salvaje. En ese sentido, la historia de Frank Sheeran queda más cerca de la de Sam Rothstein, y la introspección es aún mayor, en deriva hacia el intimismo. Lo interesante es que, de forma aún más acusada que allí y que en Good Fellas, el filme se centra en un personaje que es el fiel escudero de aquellos que manejan los hilos, y en ese retrato del personaje que vive a la sombra y en el silencio, al final arrojado por ello al conflicto, es donde el filme encuentra su insobornable motor dramático. The Irishman plantea, con voz queda donde en Casino había bullicio, severas reflexiones sobre la relación entre el poder/el dinero y la servidumbre humana, y si bien esos temas se planteaban en aquellos dos titulos anteriores, aquí hay menos rock’n’roll y mucha más filosofía. 

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 Eso supone una diferencia importante que despeja la ecuación de esa distancia entre 1991 y 2019. Aquí, el cineasta recurre a una reseñable economía expresiva y una aún mayor astucia expositiva, en un admirable equilibrio entre sus tan reconocibles señas idiosincrásicas (el recurso a los planos-secuencia y el aprovechamiento del fuera de campo, el uso del slow-motion, etc, y principalmente la cirugía brillante en la mesa de montaje) y una vis mucho más sobria en aspectos concretos como el uso de la música, los dispositivos de la dirección artistica y el aprovechamiento de los escenarios o la plasmación de la violencia, entre otras cosas. Del hiperrealismo expresionista de su cine pasado, hemos avanzado hacia una definición canónica de naturalismo. No es que se depure el estilo (Uno de los nuestros era redonda en sus propios términos), sino que cambian las intenciones, el angst que siempre bulle en Scorsese, y eso queda reflejado en la forma y en el tono. De la electricidad, la urgencia y la percusión, hemos pasado a la solemnidad de unas teclas de órgano entonando una elegía.
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La sintonía entre el guion de Steven Zaillian y este Scorsese-2019 es igualmente modélica. Zaillian, sin perder pie en los claroscuros dramáticos, efectúa un vaciado intenso del libro biográfico I Heard You Paint Houses de Charles Brandt. Por eso luce, superlativa, la labor de los intérpretes en esas tantas secuencias de diálogos y silencios que caracterizan el relato. Entre los segundos, significativamente, los que traducen la relación entre Frank y su hija, encarnada por Ana Paquin: de los conflictos de pareja de los dos anteriores títulos de la trilogía, pasamos al conflicto paterno-filial, factor decisivo en la edificación de ese cuento moral que Scorsese -diría que como casi siempre- nos plantea, las miradas y gestos y silencios de la chica como evidente sanción de un desasimiento de connotaciones éticas y cada vez más irreparables. La traslación de esos enunciados, entre muchos otros, en la puesta en imágenes nos ofrece lo más llamativo de The Irishman: la serenidad con la que se maneja ese material denso y que podía traducirse en términos mucho más efectistas. El cineasta los controla, y es una proeza especialmente reseñable atendiendo a la capacidad rítmica que atraviesa ese metraje de 210 minutos, el más largo de su trayectoria.

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Esa serenidad es la del sabio. Lo que en El lobo de Wall Street era caótico y sarcástico, porque así lo exigía aquel relato, aquí se vuelve recogido, pausado y clarividente. En The Irishman se nos hace más evidente que nunca ese estadio creativo del cineasta que ya solo rinde cuentas consigo mismo y ya se siente viejo para dejarse sobornar por la exuberancia. Y ello nos lleva a reflexionar conforme avanza ese visionado en el que sufrimos constantes cortocircuitos entre dos miradas (1991/1995 vs 2019) de un mismo cineasta: Scorsese está hablando de una forma de hacer cine de la que él fue referente moderno, pero ahora se sumerge todo en una pátina crepuscular que nos embarga. Ese arranque del filme desde el final del camino del protagonista es un aviso para navegantes, y también exige una lectura metanarrativa. The Irishman es, por supuesto, una recapitulación. Pero también contiene, en su misma entraña, una doliente reflexión, la de Scorsese, sobre una forma de hacer cine que considera en vías de extinción. Las declaraciones del cineasta sobre las películas de Marvel, sobre el statu quo del cineasta en la industria, reclaman su lectura aquí. SPOILER. Al igual que Frank Sheeran, al final del camino, acude en soledad a adquirir su propio ataúd, Scorsese propone algo así como una liturgia funeraria para su película “de cine” a aquellos que acudan a una sala a verla, en estos días de pases limitados de la obra antes de nacer donde, merced de quien financia, debe nacer: en la pantalla televisiva. Que Netflix sea la empresa que ha puesto los fondos para que el filme pueda ver la luz nos arroja a una apasionante paradoja y a una contradicción, otra más de estos tiempos en que vivimos. Y, si algo está claro, es que en esa paradoja y en esa contradicción, The Irishman es una auténtica reliquia.

ESPLENDOR EN LA HIERBA

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Inocencia y juventud

La primera secuencia de la película ya anticipa la coda de todo el metraje: sentimientos encontrados, instintos desaforados, conflictos irresolubles, dudas y dolor subyacentes. Sobre todo, dolor. Deanie (Natalie Wood) y Bud (Warren Beatty) están besándose apasionadamente en el coche, pero cuando él se deja llevar por un impulso libidinoso, ella lo frena. Es el mero arranque del filme, pero ya prefigura a la perfección la clase de desencuentro que será escenificada, en toda su contundente crudeza, a lo largo del filme. Lo que no anticipa, pero conforme avance el metraje iremos comprendiéndolo, es que lo que sustancia toda la tragedia es el amor. Splendor in the Grass, de hecho, no dista mucho de la segunda parte, la trágica, de Romeo y Julieta: como allí, pero de otra manera, los condicionantes socio-culturales alejan irremisiblemente a los dos amantes. Pero en la triste historia de Capuletos y Montescos los amantes al menos sabían lo que querían, y eran las circunstancias las que daban por devorarlos. Aquí, la sensación de devastación es mayor precisamente porque ese contexto se cuela en el ánimo y pensamiento de los personajes, erizando la tragedia, por cuanto cada uno se siente responsable del dolor que le causa al y la otra.

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Escrito por William Inge –que poco antes había colaborado con Elia Kazan en un montaje teatral en la escena neoyorquina–, el guion nos aproxima a un territorio cercano al de los dramaturgos norteamericanos de mediados del siglo pasado. Y también, por supuesto, a latitudes expresivas en las que Kazan reveló su maestría. Inge propone un relato en el que cada secuencia, cada nueva descripción de la vida en los hogares de la familia de los dos jóvenes, o en el instituto –lugares donde mayoritariamente discurre la acción–, va edificando lento pero seguro, siempre inequívoco, esa tragedia en ciernes. Nos ubicamos en la Kansas previa al crack del ’29, y ese contexto es importante, pero en los términos planteados no decisivos: el retrato de una época no es nunca lo primordial, sencillamente es el reflejo de lo particular, del drama. Kazan sirve a esas proposiciones argumentales con su incontestable capacidad para extraer intensidad a cada secuencia, subrayar emociones, llevarlas al límite, crisparlas con determinados encuadres, el uso del montaje o la dirección de los actores, todos ellos espléndidos.

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De tal modo, Esplendor en la hierba se dirime en el trayecto que va de la candidez de la imagen de Deanie contemplando esa especie de santuario romántico que ha construido de su amado a la de ese vestido rojo, de chica alegre, con el que intenta seducirle después de tantos avatares, y antes de, tras fracasar en el intento, lanzarse a los brazos de un extraño y a la quimera del sexo imposible representada por esa agua y esas cascadas que, cual amenaza de lo ineluctable, ya comparecían en la citada secuencia inicial. El filme, en el otro lado del espejo, se dirime en el trayecto entre la secuencia en la que Bud somete físicamente a Deanie en su casa –ella llora, porque le ha hecho daño, él le pide perdón: solo daba palos de ciego enamorado– y aquélla en la que llora desconsolado, contra la pared de un pasillo de hospital, tras ver a su amada en una cama tras sufrir un colapso nervioso. Y, entre uno y otra, como motores de esa fuerza destructora invisible, los progenitores de los dos chicos: del bullicio que siempre acompaña al self-made man ególatra al que da vida Pat Hingle, a la imagen de complejos y flaquezas de su esposa (Joanna Roos), a la que vemos sola y de rostro circunstancial atravesado por el confeti tras una sucesión de cortos planos que mostraban apasionados besos de año nuevo. Del savoir faire progresivamente más inútil, más errado, de la madre de Deanie (Audrey Christie) a la pose inane de tan afable y neutral, esquiva con los sentimientos, de su padre (Fred Stewart). Pero también, entre unos y otros, los compañeros del instituto, principalmente ellas, llevadas por la misma marea que lleva de admirar a la pareja perfecta a cuchichear con una avidez que revela no pocas y generalizadas frustraciones; sin olvidarnos de la chica del instituto a la que los chicos saben que pueden recurrir cuando de magrear a alguien se trata –consigna bien aprendida de los propios mayores, pues Bud es ilustrado al respecto por su padre– o, muy especialmente, del patetismo tras la apariencia de chica descarriada de la hermana de Bud, Ginny (Barbara Loden), resuelta en lo narrativo en una de las muchas secuencias del filme caracterizadas por una virulencia rayana en lo febril, que empieza con ella borracha consintiendo ser manoseada por cualquiera por puro reflejo rebelde y termina con su hermano resolviendo a puñetazos un agravio del que, en el fondo, sabe que él también es responsable. Las constataciones anímicas de la película son terribles. Las que se refieren a estereotipos sociales, mucho peores. Y todo barnizado con esa poética inmarcesible del mejor cine de Kazan.

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Tras el cisma que se produce “en el exterior” (el desplome de la bolsa, y sus consecuencias), el relato se quiebra definitivamente, y “en el interior”, en el retrato de personajes, tras tocar fondo se producen las catarsis. Hay algo interesante, de evidente lectura ideológica, en esa ironía consistente en que el derrumbe económico sea la que, al final, por así decirlo, libere a los personajes. Y la catarsis está escrita y filmada con mano maestra. Primero, en esa secuencia de shock filmada como todo lo contrario (el padre de Bud, pasado de vueltas en aquel music hall, y que cumple su promesa de traerle a su hijo una corista que se parece a Deannie, para que se la beneficie; Bud es arrancado de la cama por la chica, que llama a la puerta; tras una elipsis, Bud vuelve a ser arrancado de la cama por la policía, que le pide que vaya a identificar un cuerpo; el rostro de Beatty sigue impertérrito). Y, después, en la secuencia epílogo, del reencuentro de Bud y Deannie en la granja donde vive el primero, secuencia en la que el ojo de Kazan, siempre tan atento al detalle implosivo (las mínimas reacciones en el rostro o gesto de cada personaje, el sentido de una mirada que vale más que cualquier diálogo), transforma el patetismo previo en una inercia conmovedora, para cerrar la historia del modo más emotivo.

TOY STORY 4

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Woody a la luz de la luna

 Es cierto que todas las películas de Toy Story, las cuatro, comparten muchos elementos en común que las hermanan mucho más allá del tópico que las contempla como películas donde los juguetes cobran vida y pasan peripecias varias, principalmente de estructura: el conflicto que atrapa a los personajes en un entorno hostil del que deben huir (huida y reencuentro, conceptos que se retroalimentan) y una cierta atmósfera ominosa, o cuanto menos oscura que materializa ese conflicto en el espacio (una habitación de un niño como un museo de los horrores, una guardería como una cárcel…). Sin embargo, Toy Story 4 se enfrentaba con un hándicap, que no era otro que la incontestable condición de obra de cierre de una trilogía que ostentaba Toy Story 3 (2010); Andy, el niño que había jugado con Woody, Buzz y toda la troupe, se hacía mayor, y aquella obra, llena de paráfrasis sobre la muerte, se cerraba con un traspaso amable (Andy cedía los juguetes a una niña pequeña, Bonnie) que, sin embargo, no escondía un evidente aliento a despedida. Así, y transcurridos nueve años desde el título anterior, los responsables de esta cuarta entrega (entre los que encontramos a John Lasseter y a Andrew Stanton, si bien es Josh Cooley, especialista en guion gráfico dentro de la Pixar hasta hace poco, quien asume las riendas de la dirección) manejaban una tabula rasa, en cierto sentido un reinicio, y estaba por ver si pondrían el énfasis en el espectáculo más liviano, como sucedía en la estupenda Toy Story 2 (1999), o se atreverían a adentrarse, en condiciones para ello arriesgadas, en la introspección dramática y en lo emotivo, como sucedió en el citado título de 2010. Este segundo y más largo camino ha sido el escogido, lo que demuestra que en la Pixar son conscientes de que Toy Story es una saga totémica y que debe mimarse especialmente. Se aprecia el riesgo. Pero aún mucho más el rotundo éxito creativo y artístico.

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Woody siempre ha sido el personaje protagonista de las películas de la saga. El sheriff, el juguete por antonomasia, el héroe consciente de su liderazgo y el poseedor de los grandes (y tradicionales) valores. Buzz Lightyear ha actuado siempre de contrapunto, a veces cómico, aunque otras le tocase asumir subtramas que incorporaban digresiones sobre conflictos de identidad, tan modernas como divertidas. En esta ocasión, se produce un cortocircuito: Woody es aún más protagonista, esta es más que nunca su película, precisamente porque no actúa tanto como líder sino como sujeto que vive en primera persona el conflicto que materializa el relato, un conflicto que deja de ser divertido, pero no moderno, al centrarse en lo identitario, en deriva hacia lo existencial. Buzz asume un papel más secundario, mucho menos importante que el de, al menos, tres personajes inéditos o casi en el historial de la saga: Bo Peep, la figurilla de porcelana que había sido novia de Woody en los dos primeros títulos, pero que regresa al relato completamente transfigurada tras una desaparición que Toy Story 3 obvió explicar y que aquí sí se relata en un prólogo que empieza con el rótulo “hace nueve años”; Gabby -Gabby, una muñeca de lujo construida en los años cincuenta del siglo pasado y que, por tener el mecanismo de voz defectuoso, vive condenada al ostracismo en una tienda de antigüedades; y Forky, acaso el personaje más estrafalario de la saga, y un enésimo hallazgo brillante de la misma: un tenedor al que Bonnie, la niña pequeña poseedora de los juguetes, ha convertido en tal con unos pocos utensilios de manualidades. Bo, Gaby y Forky tienen, insisto, mucho más peso que Buzz, pero también que el resto de personajes habituales: Rex, Hamm el cerdito-hucha, los señores Patata, Jessie y Perdigón, Slinky o los Marcianitos. Ahí una evidencia del riesgo asumido y de la tabula rasa argumental; la trilogía, o el pasado, es prólogo.

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Esos tres nuevos personajes, Bo, Gabby y Forky, giran en la órbita de Woody para soportar el conflicto central del relato, que es, al fin y al cabo, lo que erige este nuevo drama: Forky no es un juguete, sino un tenedor de plástico, pero cobra conciencia como juguete desde que una niña lo crea y, por qué no decirlo, lo ama. Gaby es todo lo contrario: fue concebida, con lujo, para encandilar a las niñas, pero el destino fue cruel con ella (nació mutilada, o, si lo prefieren, defectuosa) y se consume en vida por no poder ser aquello por lo que nació; Bo, por su parte, e incorporando una lectura feminista evidente, dejó de ser el juguete de alguien hace tiempo, vive al margen de esos debates que tensan la naturaleza de Forky y de Gaby, y es un juguete “callejero”, alguien que vive su vida cual vagabunda, consciente y dichosa de ser dueña de su destino, y totalmente ajena a la necesidad de deberse a una niña. A estos tres personajes aún le podríamos sumar otros tres, mucho más secundarios, cuya idiosincrasia también pivota sobre idéntico conflicto: hablo de los dos peluches de feria de tendencias algo psicóticas (que tienen encomendada una función bufonesca, de gag puro, a lo largo del relato) y de Duke Caboom, el muñeco conductor de una moto aliado de Bo, otro juguete callejero pero, en su caso, maculado por el recuerdo de haber defraudado las expectativas del niño que le tuvo una vez. Woody, en este denso paisanaje, se enfrenta desde el mismo inicio del relato hasta su clímax, a un proceso de asunción de una conciencia propia: ¿hasta qué punto debe llegar su compromiso con el niño –ahora, niña– que escribe su nombre en su bota? ¿No está más allá del deber? ¿Quizá su tiempo ha pasado, y podría intentar vivir la clase de vida que le muestra su antigua novia? ¿O no será capaz?

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Como se apuntaba más arriba, todas las películas de Toy Story discurren en espacios bajo cuya apariencia amable late lo claustrofóbico, lo ominoso, a tono con los conflictos y urgencias que apremian a los juguetes. En muchos pasajes y definiciones, todas las Toy Story alardean de modelos limpiamente terroríficos, que se manejan con absoluta soltura en el circo de cinco pistas de tonos y géneros que se atreve a engrasar. Aquí, cumple esa función la tienda de antigüedades, fortaleza de la farisea Gaby, que tiene cuatro muñecos articulados a sus órdenes, para imponer su ley en ese imperio de la naftalina y el desamparo. Pero existe otro escenario, que ejerce de contraste puro, cual es una feria de pueblo con sus tenderetes, su tiovivo, su noria y otras atracciones diversas. Gaby, como se ha dicho, capitaliza el primer lugar; Bo, el segundo, viviendo entre bambalinas en aquel lugar con sus ovejas y sus juguetes amigos. El primero es un espacio de cerrazón, y el segundo, de libertad. En el primero, anida una clase angustiosa de obsolescencia, pues coarta una definición del ser; en el segundo, esa obsolescencia se ha transfigurado en la oportunidad del ser.

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Toy Story 4, desplegando su drama y su formidable cinética mayoritariamente entre esos dos espacios, nos habla y martillea una y otra vez sobre conflictos que tienen que ver con la naturaleza de los juguetes, conflictos que, quizá más que nunca, son evidentes metáforas sobre la naturaleza humana. Esta odisea está escrita por un Homero posmoderno, pues las motivaciones de Woody son difusas: aparentemente, debe rescatar a Forky, pero los peligros son oportunidades, o a lo sumo peajes, para una trasfiguración que se va mascando, lenta y segura, en el devenir del personaje. Probablemente el momento más traumático del filme es aquel en el que el personaje se deja literalmente amputar un mecanismo de su cuerpo, aceptación de ese peaje sine qua non para esa transfiguración. Y el que resume el leit-motiv de la obra, la escena en la que Woody y Forky caminan por una carretera nocturna, como personajes perdidos en busca de un destino, cada uno, sin saberlo, a una orilla de su existencia. Si en Toy Story 3 un cielo azul clarito con esas nubes blancas idiosincrásicas cerraba el relato indicando que los juguetes alcanzaban el nirvana tras completar el ciclo de la infancia de un niño, en Toy Story 4 se desarma al espectador con una última imagen que es de un cielo nocturno y de una luna redonda (luna spielbergiana, en una de muchas y brillantes citas cinéfilas del filme) que simboliza, nada menos, el bautismo de Woody y su inicio de una nueva vida. ¿O debería decir de una vida a secas? ¿O, al contrario, quizá es la muerte (como juguete) y la trascendencia posterior, y ese plano previo a la luna, de Woody y Bo contemplando la inmensidad desde lo alto de una atracción de feria se corresponde a una noción de paraíso? Hasta el infinito… ¿y más allá?