PERDIDA

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Gone Girl

Director: David Fincher.

Guión: Gillian Fynn, según su propia novela

Intérpretes: Ben Affleck, Rosamund Pike, Neil Patrick Harris, Tyler Perry, Kim Dickens, Patrick Fugit, Carrie Coon, Missi Pyle, Kathleen Rose Perkins, Scoot McNairy, Sela Ward, Emily Ratajkowski, Lee Norris, Casey Wilson, Lyn Quinn, Lola Kirke, David Clennon, Lola Kirke

Música: Trent Reznor, Atticus Ross

Fotografía: Jeff Cronenweth

EEUU. 2014. 143 minutos

The Missourian Man vs Amazing Amy

 Aunque más de uno cuestionó el prestigio de David Fincher cuando se puso tras las cámaras tres años atrás para adaptar un best-seller literario, Millenium: los hombres que no amaban a las mujeres (The Girl with the Golden Tattoo, 2011) –con el argumento prejuicioso de tratarse de un mero artesano, que según qué convenciones críticas se asimila a ser una suerte de mercenario del film making–, parece que las aguas regresan a su cauce a la vista del entusiasta recibimiento de crítica (y público) de esta Gone Girl, a su vez adaptación literaria, aunque de un título no tan famoso, escrito por Gillian Flynn, también firmante del libreto de la película. En este prestigio recuperado quizá tenga que ver también la intervención de Fincher como productor ejecutivo y realizador del piloto de House of Cards (2013-      ), una de las series recientes cuyo marchamo de alta calidad es poco cuestionado. En todo caso, peregrino resultaba el argumento de denostar a un cineasta que acumula en su bagaje filmes como Seven (Se7en, 1995), Zodiac (Id, 2007), El curioso caso de Benjamin Button (The Curious Case of Benjamin Button, 2008) o La Red Social (The Social Network, 2010), pero tanto Millenium, como House of Cards como esta Perdida pueden ayudar a perfilar una serie de contornos creativos y contextuales en torno a los cuales se edifica el prestigio en el cine de Hollywood actual. Por lo que hace y por cómo lo hace; o por lo que decide filmar y por cómo lo filma, Fincher es uno de los realizadores actuales que mejor sirve de barómetro para analizar cuestiones que relacionan la ética y la estética de una determinada obra hija de una determinada época y un determinado pabellón. La que vivimos y el cine americano de target de público adulto.

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Y tras hablar de prestigio, hablemos de personalidad: a pesar de que la emotividad a flor de piel de Benjamin Button puede despistar a alguno, ni siquiera aquella película se libraba de un elemento ominoso, sombrío, de trasfondo trágico en su radiografía de la soledad inherente al ser humano, elemento que vertebra, junto a otros que se armonizan con aquél, un para mí bastante férreo discurso cinematográfico, el que Fincher con los años ha ido acumulando a través de sus películas, ya desde su debut con la tantas veces discutida, interesante Alien 3 (1993). Aunque en sus primeras obras, y hasta La habitación del pánico (Panic Room, 2002), la indudable habilidad de Fincher para la puesta en escena y la ciencia del montaje era compartida con una vocación manierista que a veces saturaba el propio voltaje atmosférico, en todas esas películas, en los temas manejados y en las fórmulas visuales que los sintetizaban, ya se detectaba ese angst, esa mirada percutante y asfixiada sobre determinados ejes del funcionamiento socio-cultural que definen al individuo en la sociedad moderna. Pero felizmente, Fincher ha ido limando esa tendencia a los excesos efectistas, ha ido sofisticando sus maneras –un poco, también debe decirse, como correspondencia con la sofisticación que ha sufrido la narrativa en Hollywood merced, entre otras cosas, de la sana contaminación de las fórmulas televisivas actuales–, sin que por ello se haya resentido un determinado estilo que ha evolucionado de forma coherente película a película y a través del cual el abordaje de esos determinados temas, esa mirada, ese discurso, han ido ganando densidad y potencia alegórica o reflexiva, según los casos. El alcance corrosivo indudable de filmes como Seven, The Game (Id, 1997) o El club de la lucha (The Flight Club, 1999) no queda desmentido, sino depurado, en las claves de maduración estilística que se detectan en Zodiac o La Red Social.

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Y para los amantes del Cine, el cineasta norteamericano es a su vez uno de los más competentes, incisivos y constantes discípulos contemporáneos de la clase de modernidad que, desde múltiples puntos de vista, encarnaron creadores como Alfred Hitchcock y Fritz Lang (aunque sobre este último me estoy ciñendo a su aportación a la industria de Hollywood, especialmente en el noir). Esta relación de correspondencia, en realidad compleja y difusa como lo es la lectura de los signos cambiantes de tiempos cambiantes a través de estéticas cambiantes, daría para un largo estudio que excede la ambición de estas líneas, donde lo que sí podemos hacer es centrar en esos términos el análisis de lo que da de sí esta muy estimulante Perdida. No para sugerir (hay que ser cautos con estas cosas) que Fincher se halle a la altura de Lang o Hitchcock (para quien esto firma dos de los mayores talentos de la Historia del Cine, sin discusión), pero sí para, bien al contrario, celebrar la importancia, y vigencia, de ciertas herencias.

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David Fincher himself: “Perdida es la vivisección de un matrimonio”. “Es una historia de misterio que pronto se convierte en un thriller del absurdo, hasta que queda claro que en realidad se trata de una sátira” (de la entrevista publicada en Dirigido por, nº 448, octubre 2014, págs. 30-33). De entrada, semejante aseveración se caracteriza por su voluptuosidad, por su ambición, una ambición que –seamos francos– difícilmente encaja en las fórmulas narrativas que se estilan en el cine mainstream. Que esa declaración, que lo es de intenciones, cristalice –como realmente creo que cristaliza– en los resultados fílmicos ya nos revela la inteligencia e indiscutible habilidad de Fincher para condensar y exprimir temas a través de sus capacidades como narrador cinematográfico. Lo que sucede, en un primer visionado de Perdida, es que precisamente esas ambiciones, que revierten en una multiplicidad de registros y estructuras narrativas coexistentes –no necesariamente convergentes–, descoloca al espectador, pues sus expectativas son torpedeadas en diversas ocasiones obligándole a una reasimilación que le hace avanzar titubeante en la asimilación de lo narrado durante toda la segunda mitad del metraje, concretamente desde el momento en el que el filme destapa su incógnita sobre qué sucedió realmente la mañana de 5 de julio con Amy (Rosamund Pike).

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Hasta ahí la película se sostenía en la narración tanto de los antecedentes del caso como, mediante narración en dos tiempos, el periplo que aguarda a Nick Dunne (Ben Affleck) desde aquella misma mañana de la desaparición de su esposa. En esa primera hora larga de metraje uno no puede por menos que descubrirse el sombrero ante la meticulosidad escenográfica de Fincher, que logra concretar la historia y las sinuosidades del conflicto puesto en solfa en una brillante danza de montaje a partir de estilizadas estampas, que ya le conocíamos al cineasta de Zodiac y de, más depuradas, set-pieces aislados de Benjamin Button y la coda narrativa de La Red Social, en aquel caso atribuyendo parte del mérito a Aaron Sorkin, en esta ocasión también al andamiaje sincrético de Gillian Flynn, por mucho que no podamos por menos que rendirnos a la evidencia de que es en la clarividencia descriptiva, visual, de esas siempre breves escenas contrastadas unas con otras en el relato en dos tiempos que Perdida alcanza una intensidad indiscutible. Y en esta primera hora del relato, y merced de esa perspicacia expositiva de las motivaciones de los personajes, es donde aflora la vena hitchcockiana de la película, explorada a través de las tan estimulantes líneas de ambigüedad que van dehojando este relato sobre un falso culpable (o no): un juicio imposible, cada vez más turbio, cada vez más desconcertante por la naturaleza de las reacciones del personaje que tan bien encarna Affleck, cada vez más contaminado por elementos externos, donde se impone la muy hitchcockiana mirada cínica ante los personajes satélite de la trama, de lo que se deduce una suerte de entomología del comportamiento social, pues hay una mirada demiúrgica que se impone por encima de las sombras de la duda de las pesquisas policiales, los esfuerzos asimétricos de Nick y de los padres de Amy por solicitar el auxilio comunitario, las descalabrantes confesiones de Nick a su hermana melliza Margo (Carrie Coon)… Un demiurgo, Fincher, que juega con la crispación del espectador de principio a fin, aunque se reserve para el último tercio de metraje, cuando la trama ya haya merecido un par de vueltas de tuerca, para afianzar su diagnóstico.

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Hasta ahí teníamos lo que Fincher definió como “historia de misterio”, tras la que espera el “thriller del absurdo”. Primer y principal requiebro de tono del relato, en la asunción del punto de vista de la desaparecida, que da lugar a un retrato sobre lo psicopático pletórico de extravagancias y apuntillado con un clímax grandguiñolesco. Este segundo tramo narrativo, (diría que deliberadamente) menos metódico en su exposición, y participante de buena parte de las convenciones del thriller contemporáneo (principalmente merced de los juegos con lo subjetivo que descascaran los axiomas que el espectador aceptaba: el cuestionamiento de la naturaleza de los flashback que habían tenido lugar en lo precedente, pues obedecían a una escritura de diario cuya veracidad ahora es severamente puesta en cuarentena), funciona asimismo, y resulta chocante,  como modélica trenza en el devenir que es dable esperar de las reglas esenciales del drama, las que nos arrojan al clímax del nudo del relato (spoiler: por supuesto, la imagen del regreso a casa de una ensangrentada Amy), pues aunque esas líneas de ambigüedad en el estudio psicológico se han diluido (ese cambio de tono, que de hecho invierte los mecanismos de identificación del espectador con Nick y Amy), esos personajes protagonistas se han visto arrojados al callejón sin salida de su iter en el relato: Nick es detenido por la policía y pesa sobre él un cargo de homicidio de su esposa; (spoiler) Amy sufre un irónico percance (le roban su dinero) y ve cómo su plan pluscuamperfecto se desmorona, siendo obligada a improvisar una nueva salida en adversas condiciones.

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Ese reencuentro del matrimonio mal avenido, que terminaría de finiquitar el relato de misterio, no resuelve sin embargo la trama en sus multiformes términos. Quedan cabos por atar, y al hallarse el espectador instalado en la inercia del thriller las expectativas pasan por ahí: ¿habrá un último acto sangriento? ¿Se hará justicia? Pero, antes lo mencionaba, la Justicia es un concepto demasiado difuso, imposible en los vericuetos del cine de Fincher, y si al cineasta en ocasiones se le ha tildado de polémico es precisamente porque no hace concesiones en ese sentido. Así, las segundas expectativas, las del último y contundente estertor del thriller se trocan en otra cosa, una solución argumental antipática y malditamente coherente, una disolución lenta y pesimista de las piezas de convicción que edificaban el conflicto central de los personajes, quienes terminan siendo devorados por el estereotipo que el entorno había construido de ellos. Nick y Amy, convertidos en carnaza para la opinión pública, asumen su rol como tales y se entregan al juego, entendiendo que pueden (o incluso que deben) sacar partido de su posición. Como dice Fincher, a la postre “queda claro que en realidad se trata de una sátira”, pero Fincher es un demiurgo triste (aunque a veces confundan esa tristeza por frialdad), y sus sátiras son tirantes, crudas, caracterizadas menos por su aderezo irónico que por su objeto, la censura, la disección implacable, en este caso de la institución del matrimonio en la sociedad en la que vivimos.

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Así que Perdida termina hablando de lo que queda cuando ya no queda nada, de la apariencia que no sólo maquilla la circunstancia sino que puede sobrevivirla. Nos habla de un circo mediático que convierte en grotescas todas las premisas que maneja, y nos interpela sobre las razones por las que así sucede: ¿no es ese circo mediático la justa medida, la reverberación precisa de la hipocresía como coda de las relaciones humanas a todos los niveles? Y así alcanzamos las latitudes del Lang de Furia (Fury, 1936) o Mientras Nueva York duerme (While the City Sleeps, 1957). Pues todos estos elementos, me parece a mí, merecen categorizar la película dentro de los parámetros del cine negro, y me estoy refiriendo a sus parámetros más densos y atmosféricos, los anímicos, los que proponen radiografías feroces de la monstruosidad en el comportamiento social y cultural. Ésta, fruto del desconcierto final que deja en el espectador, termina siendo la baza más majestuosa que guarda bajo la manga Fincher en esta Perdida, sobre la que no me apetece discutir si es o no la obra más redonda de su autor pero sí defiendo como una de las que revela de modo más diáfano sus tesis como cineasta, o, dicho de otra forma, sus conclusiones como ilustrador/radiógrafo de una determinada época, la suya. Y me parecen valiosas.

THE GAME

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The Game

Director: David Fincher.

Guión: John Brancato y Michael Ferris

Intérpretes: Michael Douglas, Sean Penn, James Rebhorn, Deborah Kara Unger, Peter Donat, Carroll Baker, Armin Mueller-Stahl, Anna Katarina, Mark Boone Junior, Tommy Flanagan, Elizabeth Dennehy, Spike Jonze, Bob Stephenson

Música: Howard Shore

Fotografía: Harris Savides

EEUU. 1997. 116 minutos

Emociones fuertes

 El inversor financiero, multimillonario, Nicholas Van Orton (Michael Douglas) recibe el día de su cumpleaños un extraño regalo de su hermano Conrad (Sean Penn): una tarjeta de invitación o acceso a una suerte de club, empresa, CRS, en la que, según Conrad asegura a su hermano mayor, le cambiará la vida. Aunque con muchas reticencias, pues Nicholas es de aquellos tipos que deben tenerlo siempre todo bajo control y CRS le obliga a ceder el control a otros –pues no sabe en qué consiste el regalo, el juego al que debe jugar–, la promesa se cumple: su vida cambia por completo, su existencia ordenada, reglada y aburrida se convierte en una incesante danza de emociones fuertes en las que la integridad anímica, profesional e incluso física del personaje se ven metidas en serios bretes. En resumidas cuentas éste es el argumento de The Game, un argumento sin duda curioso urdido por John Brancato y Michael Ferris [dueto creativo en cuyo bagaje previo hallamos La Red (The Net, Irwin Winkler, 1995) y que después firmarían los libretos de un par de títulos de la saga Terminator, Terminator 3 (Terminator 3: Rise of the Machines, Jonathan Moskow, 2003) y Terminator Salvation (McG, 2009)] y que sirvió a David Fincher para afianzar su condición de énfant terrible tras la firma de la muy exitosa Seven (Se7en, 1995) y antes de la menos exitosa pero más polémica El club de la lucha (The Flight Club, 1999).

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En realidad, dicho argumento, aunque ataviado con ropajes de extravagante thriller, es una evidente, malcarada, juguetona sátira a costa de los vicios y soberbias de la clase dirigente –los representantes del poder financiero, cuya faz despiadada está bien personificada en la imagen que Michael Douglas, una década tras encarnar a Gordon Gekko en Wall Street (Oliver Stone, 1988) explota de sí mismo–. Lo que en realidad conecta más con el título posterior de Fincher que con su tan loado precedente, y a su vez nos permite hoy, con la perspectiva filmográfica posterior, afianzar el título como el primero de los suyos en los que aparecen de forma significativa los los temas que vertebran el discurso del cineasta. Lo que no significa que sea una película tan redonda como la abrasiva Seven, cuyo fuego atmosférico Fincher emula inflamando en imágenes las premisas argumentales de un relato que, empero, no se presta a esa atmósfera del modo en que sí lo hacía el thriller nihilista escrito por Andrew Kevin Walker.

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Ello en parte explica la cierta irregularidad de los resultados finales de la obra. Aunque el mayor perjuicio procede más bien de una concreción de guión que, a pesar de contar con premisas centrales novedosas e interesantes, incurre en problemas de definición y estructura, como por ejemplo el énfasis en el trauma psicológico del personaje por la muerte de su padre, sobre el que el filme edifica el drama empantanando en lo psicoanalítico, quizá innecesariamente, la inercia de ese huis clos polanskiano que define los mimbres de la trama. Todo lo anterior no obsta, en cualquier caso, el interés de la propuesta, entre cuyos elementos más estimulantes hallamos los que dirimen la atmósfera: esa cualidad acre y lacerante de la apuesta escenográfica fría, hermética, de Fincher, en la que la fotografía de Harris Savides juega con el efecto alienante de unos tonos azules, metalizados, acordes con la coda desconcertada del dramatis personae; y a tono con lo anterior, el reseñable trabajo escenográfico en exteriores, las muchas secuencias filmadas en oficinas y calles de San Francisco, lugar que Fincher convierte en testigo mudo, a su vez implacable, de los periplos de Nicholas Van Orton, en un ejemplo más de seña idiosincrásica, pues Fincher es un cineasta cuyas ecuaciones narrativas pasan siempre por la idoneidad de la descripción ambiental, por lo que presta atención a los matices que al relato puede aportar el contexto geográfico, en este caso urbano, en el que tienen lugar las incesantes intrigas que engrasan sus ficciones.

MAPA A LAS ESTRELLAS

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Maps to the Stars

Director: David Cronenberg.

Guión: Bruce Wagner

Intérpretes: Julianne Moore, Mia Wasikowska, Robert Pattinson, John Cusack, Olivia Williams, Carrie Fisher, Evan Bird, Sarah Gadon, Emilia McCarthy, Jayne Heitmeyer, Justin Kelly, Amanda Brugel, Ari Cohen, Clara Pasieka, Joe Pingue, Donald Burda

Música: Howard Shore

Fotografía: Peter Suschitzky

EEUU. 2014. 116 minutos

El fuego de Hollywood

 David Cronenberg es un autor. Autor, en mayúsculas y con todas las letras. Y no debería ponerse en duda. Lo era en sus tiempos de consideración como “Rey del Horror Venéreo”, lo siguió siendo en el primer viraje que dio su trayectoria cuando en los noventa empezó a efectuar adaptaciones literarias  -a partir de El almuerzo desnudo (1991), según William S. Burroughs y M. Butterfly (1993) según la obra teatral de David Henry Hwang, aunque el título más significativo quizá sea la adaptación de J. G. Ballard en Crash (1996)–, y no necesitó reivindicarse como tal en su última facción filmográfica, la que corresponde con los años que llevamos de siglo XXI, periodo que podríamos convenir que se inicia con Spider (2002) y en el que quizá su prestigio se generalizó a partir de Una historia de violencia (2005) y Promesas del Este (2007). Desde la trinchera del cine de género, low budget y más políticamente insurrecto hasta la particular atalaya desde la que escoge y filma adaptaciones de muy diversos sustratos y temáticas, el cineasta canadiense hace evidente su peculiar idiosincrasia, su inconformismo, su indudable pasión por el riesgo, su integridad narrativa y su lucidez descriptiva, todo ello railado con las diáfanas intenciones (que no diáfanos contenidos de esas intenciones, pues el mosaico es complejo) de ofrecer al espectador una determinada visión del mundo y de la existencia, de la vis ideológica o social y de aquélla otra que tiene que ver con lo atávico y cultural.

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Por ello, se ubiquen donde y cuando se ubiquen sus relatos, haya trabajado o no en la elucubración inicial de las ideas que éstos manejan, pertenezcan al terror, al thriller o a la abstracción o concreción del drama, las películas de Cronenberg siempre deshojan un relato en el que uno o más personajes se enfrentan al vértigo de descubrir una verdad incómoda que les incumbe como seres humanos, y que tienen que asumir en toda su angustiosa extensión y hasta sus últimas consecuencias. Los de Cronenberg son a menudo (o más bien siempre) relatos marcados por lo obsesivo y lo devorador, y sus personajes centrales, y también los que funcionan como satélite en las historias, progresan en un descensus ad ínferos a través del que aflora una mirada muy deprimente que interpela al espectador sobre la monstruosidad inherente a nosotros mismos y a los mecanismos de funcionamiento que parten de lo atávico y desaguan en lo social. Paradójicamente a sus maneras escenográficas directas, a menudo herméticas y hasta frías, el meollo de los relatos cronenbergianos tiene una temperatura muy caliente, o más bien febril, contraste desde el que en última instancia propone la disección de lo humano y lo cultural.

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Tras su adaptación de la novela de Don De Lillo Cosmópolis, radiografía  candente del estado de las cosas en la era que nos toca vivir, en la que llevaba la especulación de la obra que De Lillo escribió en 2003 al estadio de terrorífico documento de actualidad, con Maps to the Stars sirve una fábula de pespuntes igual de nihilistas pero focalizados en un microcosmos más delimitado, el del mundillo de los actores y actrices y demás paisanaje que medra en Hollywood. Con semejante y rugoso material, Cronenberg parece proponer un ajuste de cuentas con ese establishment que siempre ha denostado –y del que siempre se ha mantenido distante–, pero no es menos cierto que los símbolos y alegorías que campan a sus anchas en la película también ofrecen una panorámica de mayor calado, en línea coherente con lo explorado en Cosmópolis en tanto que entomología de un comportamiento socio-cultural que, aunque llevado a la hipérbole y el paroxismo, ofrece signos extensibles a lo generalizante y sociológico (básicamente, la enfermedad del ego desbordado como coda de las relaciones humanas). De tal modo, su visión sobre lo particular de su sector (la llamada Meca del Cine) casa con su visión general (la ausencia o el desplome de los valores que deberían identificar nuestra humanidad), lo que certifica, o culmina a modo de círculo perfecto, esa forma de entender el funcionamiento del mundo del cineasta. Del Autor.

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Cronenberg parte aquí de una historia y guión firmado por Bruce Wagner, novelista, periodista y guionista cuyo currículo se ha caracterizado siempre por su mirada acerada sobre los tics y vicios que definen a ese paisanaje de Hollywood, disección que ya cabía rastrear en la lejana y más bien olvidada Escenas de la guerra de sexos en Beverly Hills (del no menos olvidado Paul Bartel, 1989), y que se hace presente en multitud de ensayos y novelas que han jalonado su carrera. Esa condición de cronista despiadado del propio entorno, de enemigo público de la corrección en el establishment ha hallado en David Cronenberg a un consecuente y brillante interlocutor, que ubica esa cartografía sobre la depravación cultural en Hollywood que es Maps to the Stars en un lugar que podríamos definir en la equidistancia entre, por ejemplo, la rugosidad poética del David Lynch de Mulholland Drive (2001), el comentario abrasivo del Paul Schrader de The Canyons (2013) y la mala baba subrepticia de la Sofia Coppola de The Bling Ring (2013).

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La terrible historia que propone Maps to the Stars se articula a partir de dos personajes centrales, dos hermanos, un chico, Benjie Weiss (Evan Bird) y su hermana mayor, Agatha (Mia Wasikowska), quienes, a pesar de que aún se hallan en la adolescencia, se enfrentan a una madurez imposible en su reencuentro tras una separación traumática causada por un incidente, un incendio, que provocó la chica en un acceso pirómano. La verdad es que en la película que nos ocupa –y es una regla a la que Cronenberg es muy aficionado– pueden llegar a tener más importancia elementos contextuales que el espectador debe sobreentender, interpretar o integrar que aquéllos concretos sobre los que se va railando el relato: si antes hablábamos del descenso a los infiernos como elemento distintivo de los relatos cronenbergianos, en Maps to the Stars el infierno ya es presente y evidente desde el principio, y básicamente viene a narrarnos cómo ese infierno, ese entorno alienado y neurótico que es la vida de los famosos en Hollywood, termina de arrebatar el último remedo de humanidad, integridad y cordura que quedaba a sus dos jóvenes protagonistas, y por tanto es una culminación inevitable de una tragedia que se podía mascar desde el principio, un sacrificio inducido por ese entorno cuyo subrayado último es quizá –y no hablo sólo de la solución dramática que atañe a Agatha y Benjie– la aniquilación de toda esperanza cuando esa esperanza debería hallarse personificada en los más jóvenes, diversos de los cuales pierden la vida o son severamente lesionados en el transcurso de un relato caracterizado por la ausencia total de figuras referentes o estandartes del más mínimo remedo de moralidad, dignidad o empatía.

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La a ratos desconcertante pero no por ello mal estructurada y sin duda férrea formulación dramática que propone Wagner nos habla de las pulsiones más obtusas y/o despreciables que inevitablemente afloran en el ser humano en un lugar en el que los dictados del éxito y el lucro a costa de algo tan superficial como vender la propia imagen marcan el comportamiento (por supuesto despótico y falsario) y el modo de pensar (por supuesto maniático y egocéntrico) de sus moradores. Lo que me parece más brillante de esa estructura y progresión dramática –y es algo que queda certificado en un segundo visionado de la película– es el modo en que establece constantes puentes y conexiones entre sinos de los personajes, situaciones, acciones y reacciones. Ello a través de un alambicado esquema argumental en el que dos unidades, no sé si decir familiares, interactúan sutilmente de principio a fin, en una distribución y baraja incesante de roles que resulta forzada y forzosamente condenada a la colisión. La imagen más llamativa de semejante entramado probablemente se halle en la inversión entre los roles de madre e hija que tiene lugar en las visiones de la madura Havana (Julianne Moore), en las que se le aparece su madre en su juventud, una famosa actriz, Clarice Taggart (Sarah Gadon), cuya alargada sombra del éxito Havana es incapaz de sobrellevar. Esa herida o trauma es equiparable de algún modo al de Benjie, quien a pesar de su juventud tiene antecedentes psiquiátricos y sufre igualmente visiones relacionados con un indefinido sentido de culpa y que terminan evidenciando brotes psicóticos. Y ese sentido de culpa también atenaza a Agatha, quien llega a Hollywood al principio del metraje con la intención de intentar zanjar las heridas del pasado y reconciliarse con su familia, reconciliación que se revelará imposible.

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Más que sus acciones y actitudes son los equipajes emocionales de esos personajes los insoportables estigmas que edifican la tragedia, y, muy atento a semejante entramado psiquiático, Cronenberg pone en solfa visual con absoluta convicción estampas despiadadas, patéticas, terroríficas que revelan, desde lo exterior (esas acciones y actitudes) lo interior (el caos y bloqueo que terminará llevando a todos esos personajes a buscar una colisión violenta, sea mediante la tortura psicológica, como el caso de Havana o del padre de los dos chicos que encarna John Cusack, sea mediante el ajuste de cuentas visceral que maltrata cuerpos, propios o extraños). La lesión, sea a otros o autolisis, elemento crucial del relato que sin duda reverbera elementos de no pocas ficciones cronenbergianas de antaño, termina convirtiéndose en la incógnita despejada de tantos estigmas y suplicios de la mente y el espíritu de la cruda cartografía de personajes que explora Maps to the Stars. No son pocos los cineastas que se han atrevido a proponer una mirada atroz sobre la monstruosidad que anida en el Hollywood way of life, pero esta visión al respecto que nos propone Cronenberg, a ratos cáustica, otras fantasmagórica, finalmente aciaga, siempre atmosférica, se me antoja como una de las más desarmantes. Y, la verdad, tampoco es de extrañar viniendo de David Cronenberg, uno de los cineastas más lúcidos e impactantes del cine contemporáneo.

HABLANDO CON LA MUERTE

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Director: Oliver Stone

Guión: Eric Bogosian y Oliver Stone, según una pieza teatral firmada por el primero según una novela de Stephen Singular

Intérpretes: Eric Bogosian, Ellen Greene, Leslie Hope, Alec Baldwin, John Pankow, John McGinley, Michael Wincott

Música: Stewart Copeland

Fotografía Robert Richardson

Montaje: David Brenner y Joe Hutshing

EEUU. 1988. 98 minutos

 

El último vecindario de América

Aunque se trate de una de las obras menos conocidas de Oliver Stone, quizá por hallarse incrustada casi como una rara avis en la franja filmográfica del cineasta en la que tuvo mayor respaldo industrial y éxito comercial –concretamente, entre Wall Street y Nacido el Cuatro de Julio–, y aunque tenga mucho de obra de encargo (al parecer, Stone tenía previsto filmar la adaptación de la biografía de Ron Kovic y segundo título de su trilogía sobre Vietnam, pero tuvo que posponer el rodaje porque el que terminaría siendo su protagonista, Tom Cruise, tuvo problemas de agenda –se demoró el rodaje de Rain Man, de Barry Levinson–, y en ese ínterin su amigo y productor Edward R. Pressman le ofreció dirigir el título que nos ocupa, proyecto de dimensiones presupuestarias mucho más modestas de la media en la que el director se movía por aquellos finales de los ochenta), llama poderosamente la atención de Hablando con la muerte su naturaleza exponencial de las principales señas de identidad que Oliver Stone se ha labrado como cineasta, que se corresponden por un lado a dos estadios distintos de la creación cinematográfica, cuales son la escritura de guión y la construcción de un estilo visual, y por el otro a la proyección en ellos del aparato intelectual, la mirada crítica o la reflexión sobre cuestiones de índole política, social, cultural o cualesquiera otras, o, reducido a una sola palabra que todos asociamos fácilmente, el discurso.

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En lo que concierne a la escritura del guión, habrá quien opine que la presencia de Stone en los créditos como coautor del guión responde básicamente al interés por explotar su prestigio cimentado en esa faceta de libretista –no olvidemos que el cineasta alcanzó el éxito en esa faceta antes de consagrarse como realizador, participando en la confección de los libretos de películas como El Precio del Poder o El Expreso de Medianoche, ésta última por la que obtuvo su primer Oscar–, juicio legítimamente amparado en la procedencia del sustrato y la formidable implicación en el proyecto de Eric Bogosian, quien consta como cofirmante del guión adaptado. Bogosian, actor de procedencia teatral, había dirigido e interpretado en las tablas de Broadway la obra que Pressman quiso trasladar al cine, obra que tomaba como punto de partida la información biográfica sobre Alan Berg, un presentador radiofónico que fue asesinado en Denver en 1984 por un supremacista blanco, ello recogida en la novela de Stephen Singular Talked to Death: The Life and Murder of Alan Berg (atiéndase, pues, que de aquí se extrajo la traducción, nada literal, en castellano del título original de la película, Talk Radio). Bogosian se convirtió en productor ejecutivo del filme, escribió el primer draft del libreto y asumió el rol que ya había encarnado previamente en las tablas neoyorquinas, el del protagonista casi absoluto de la función, el presentador Barry Champlain. Tan remarcable protagonismo, empero, dio por verse compensado con la aparición de un cineasta del ego y las inquietudes expresivas de Stone, quien probablemente aportó al libreto concreción y espesura propias del medio cinematográfico.

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La estructura narrativa de Talk Radio deja tranquilamente a la intemperie su procedencia teatral. Se divide de forma canónica en tres actos, cada uno de ellos que ocupa una media hora de metraje. El primero y el tercero discurren casi íntegramente (a salvo la violenta solución final del relato) en interior-noche; el lugar es la emisora en la que se emite el programa de Champlain, y el acontecimiento, la emisión en directo de sendos shows. Entre uno y otro segmentos discurre, cronológicamente, un fin de semana, que se corresponde con el pasaje central de la película, donde se especifican algunos pormenores, sobretodo sentimentales, del protagonista, incluyendo una sucesión bastante rápida, más bien desganada y francamente innecesaria de flashbacks que pretenden abreviarnos su procedencia humilde y su meteórico ascenso en las ondas (fragmento que se identifica en lo visual mediante la utilización de un filtro lumínico blanquecino). En su apuesta visual y cinematográfica, y aquí llegamos al segundo elemento definitorio de personalidad que mencionábamos en el primer párrafo, a Oliver Stone parece importarle bien poco esa clara descompensación estructural de que adolece la película, y pone en solfa sus mejores virtudes como narrador en el escenario preferente en el que discurren el arranque y el clímax de la película, haciéndolas coincidir con el que, ya sobre el papel, era el principal activo del relato: el one man show (¿o debería decir talk man show?) interpretativo de Bogosian cuando departe o se enfrenta con los oyentes que con sus llamadas (o incluso su presencia, en el caso del alelado y desconcertante joven que encarna Michael Wincott) intervienen en el programa. En realidad, se trata tanto de aprovechar un filón intepretativo, pues realmente Bogosian borda su parte, cuanto de asumir un reto, porque no es fácil captar la atención del espectador (y mantener el suspense) durante tanto rato teniendo como únicas bazas el único escenario ensombrecido y el toma y daca verbal que se establece entre los dos interlocutores de las llamadas emitidas en directo. Stone, dejando patente que es un buen director de cine, ofrece al actor lo que no deja de ser una brillante réplica visual del tono que define a los diálogos, construyendo con endiablada habilidad visual una atmósfera que de lo denso se balancea hacia lo intimidatorio o hasta claustrofóbico; también deja claro qué clase de director de cine es, pues su efectividad se basa mucho menos en un trabajo estrictamente escenográfico (de encuadres o movimientos de cámara) que en el control de los elementos a partir de las texturas cromáticas y la meticulosa labor en la sala de montaje (por lo que no está de más sacar a colación los nombres de los colaboradores, por lo demás habituales, de Stone que se responsabilizan de estas dos, y tan cabales en la definición visual de la película, facetas técnicas: Robert Richardson en lo lumínico y los montadores David Brenner y Joe Hutshing –quienes poco después, con la ulterior película del cineasta, la citada Nacido el Cuatro de Julio, se alzarían con el Oscar por su cometido en esa faceta–).

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Talk Radio es eminentemente un estudio de personaje; baste comprobar al respecto la función, estrictamente especular, que ostentan los diversos peones secundarios de la trama, las dos mujeres de Barry (encarnadas por  Ellen Greene o Leslie Hope), que actúan como anclajes o censuras sentimentales, y sus superiores (Alec Baldwin y John Pankow), que tensan la cuerda entre lo que son los límites de la libertad de expresión (o de prensa, según se mire) y lo políticamente correcto. Sin embargo, a través de los específicos mecanismos cinematográficos que hemos comentado, Stone incide de forma esencial en la naturaleza del relato, pues interpreta en clave crispada, furiosa en intensidad, el bagaje dramático del personaje que encarna Bogosian, dejando la sensación de que acaban importando menos los conflictos internos a los que se enfrenta el presentador que la plasmación, sublimada de forma excepcional a partir de la materia específica de todas esas conversaciones radiadas –que nos hablan de prejuicios, teorías conspiratorias, muestras de infamia o falibilidad, falsedades, comportamientos enfermizos…–, de lo que no deja de ser un cargo de conciencia que atañe a una colectividad, en este caso la de la ciudad tejana de Dallas en particular y los Estados Unidos en general; de tal modo, lo que acaba caracterizando a la película es nada menos que un hálito de violencia, un toque malsano, pariente no tan lejano de la visceralidad que Spike Lee sabía plasmar en sus obras raciales, y que parece desaguar de forma casi natural en ese asesinato a sangre fría que colofona de forma trágica el relato. Así alcanzamos la tercera y última de las señas que identifican al cineasta que nos ocupa: el discurso. Una historia que en otras manos hubiera vestido un doloroso drama, o quizá una sesuda reflexión sobre el sentido y los límites de la ética aplicado a lo periodístico, queda aquí convertido en un retrato abismal de una sociedad anatemizada por innumerables poros. Como dice Champlain en uno de sus speechs: “Éste es el último vecindario de América”. Hablando con la muerte supone, a poco de pensarlo, un claro antecedente del testimonio sobre una América desquiciada que respira en diversos filmes del cineasta en la última década del siglo XX, caso del segmento final de El Cielo y la Tierra, de la inflamable Asesinos Natos o de Giro al infierno, este último título aún más próximo a esta película por vehicularse desde los símbolos, en aquel caso de lo genérico.

 

EN ALGÚN LUGAR DEL TIEMPO

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Somewhere in Time

Director: Jeannot Szwarc.

Guión: Richard Matheson, según su propia novela.

Intérpretes: Christopher Reeve, Christopher Plummer, Jane Seymour, Teresa Wright, George Voskovec, Bill Erwin, Susan French, John Alvin

Música: John Barry

Fotografía: Isidore Mankofsky

EEUU. 1980. 98 minutos

Regresa a mí

 No sé si merece o no la condición de película de culto, pero sin duda que el caso de En algún lugar del tiempo es bien curioso. Película realizada en 1980 con un escaso presupuesto, cuyo mayor aliciente a nivel industrial no era probablemente otro que el de ver cómo se desenvolvía Christopher Reeve en un registro distinto al de su Clark Kent/Supermán en la película de Richard Donner de 1978, Somewhere in Time se estrenó mal, cosechó críticas tibias y una mala taquilla, pareció ser pasto fácil y rápido del tiempo, pero, voilà, resultó que a quien le gustaba la película le gustaba mucho –me pregunto si esa devoción procede de la novela de Richard Matheson que toma como partida o si se genera a raíz de la película sin su consideración como adaptación–, al punto de que en 1990 se creó un club de fans específico del filme, “The International Network of Somewhere in Time Enthusiast” (INSITE), que un cuarto de siglo después se mantiene con total vitalidad, con más de un millar de miembros, presencia en la red, organizando eventos e impulsando publicaciones. Popularidad que se extiende a la banda sonora, especialmente a una pieza utilizada por el compositor John Barry en la partitura musical, la Rapsodia de un tema de Paganini (Opus 43, variación XVIII) de Rachmaninoff, presente en la banda sonora editada de la película, que se ha convertido en un long-seller.

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 Ni soy ni se me ocurriría formar parte de dicho club de fans, aunque sí admiro la novela de Matheson de la que parte la película, novela homónima en castellano, y cuyo título original es Bid Time Return (algo así como “dejad que el tiempo vuelva atrás”). Y considero que la idiosincrasia tan peculiar de dicha novela contagia suficientes premisas de la película –en ello tiene que ver que fuera el propio Matheson quien firmara la adaptación– como para resultar de visionado curioso, interesante, agradecido. Resumiéndolo hasta el hueso, diremos que el relato nos propone un viaje en el tiempo poco convencional, inducido por auto-hipnosis, que emprende un treintañero, Richard Collier (Reeve), del año 1980 al pasado, concretamente a 1912, viaje en el tiempo que no tiene otro propósito que el de reunirse con una actriz de teatro, Elise McKenna (Jane Seymour), de quien Richard se enamora perdidamente tras contemplar su rostro en una antigua fotografía que halla en una exposición de un hotel de pasado suntuoso. En la novela hay un elemento crucial, el telón de fondo de la amenaza de la muerte inminente –Richard es enfermo terminal de cáncer–, que revierte en diversos y complejos sentidos (incluyendo algunos metanarrativos) que se escatiman al espectador de la versión cinematográfica que dirige Jeannot Szwarc. Pero como aquí no hablamos de la novela, sino de la película, decimos que el Matheson guionista, adaptador de su propia obra al cine, rebaja esos considerandos hasta dar con una fórmula más convencional, romántica no en el sentido denso sino en el de las convenciones del cine de Hollywood.

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La buena noticia es que lo hace con su proverbial habilidad, un punto de descaro necesario para edificar este relato mesmerizante, y una pizca de genio –que es más que astucia– para llegar a ofrecer, bajo ese envoltorio de fábula romántica hiperbólica, una versión hasta cierto punto complementaria de la que ofrecía en la novela. Para ello cuenta con un modesto pero efectivo encourage de época, una labor de puesta en escena que sin dejar de resultar destacable sabe pulsar las teclas precisas para impulsar sin ambages ni estridencias todas esas premisas románticas, la partitura de Barry –y la inclusión mentada de la pieza de Rachmaninoff como bello (aunque algo empalagoso de tanta reiteración) leitmotivy un trío interpretativo con suficiente carisma para llegar a modular el tono en beneficio de lo desenfadado, incluyendo en ese trío a un Reeve que juega la baza hilarante en diversos momentos (eludiendo la sensación de trascendencia, y vértigo, de su personaje en la novela), a una Seymour que se limita a ofrecer la fachada de esa belleza inmaculada (dejando de lado las consideraciones psicológicas de fondo que en Bid Time Return se visitaban, presentando a Elise como una feminista avant la lettre) y a un Christopher Plummer como más refinado y menos grotesco representante de la actriz.

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Esas piezas articulan, como se ha dicho, una versión descafeinada, rasa, afable, inofensiva, pero efectiva en su propia modestia, del relato que toma como sustrato. Pero lo más interesante del caso resulta, al menos para el lector de la novela –es decir, en un análisis como adaptación, que es probablemente la focalización desde la que cabe extraer más jugo a la historia–, atender a las sutiles e interesantes variaciones que Matheson –a quien por cierto vemos en un breve y risible cameo– introduce a su historia en este pacto translativo de la literatura al cine. Pienso por ejemplo en detalles que parecen insertos en aras a la sincreción pero guardan significados sustantivos, como pueda ser el hecho de aprovechar la diferente caracterización de Robinson, el agente de la actriz que encarna un actor de planta y presencia (Plummer), para sugerir que Richard (y con él el espectador) sospecha que ese agente ha mantenido o mantiene relaciones sentimentales con la apocada Elise, y, tirando más del hilo, describirlo como una presencia paternal mucho más significativa que la que aparecía en la novela, un hombre que también guarda sus misterios y que advirtió a Elise de que, en algún momento, llegaría a ella ese hombre de sus sueños que Richard viene a encarnar, lo que sugiere la aceptación estoica de aquel hombre, enamorado de su cliente, de que su destino le mantendrá lejos de su objetivo amoroso, algo que redunda en su humanidad por mucho que cometa actos despreciables.

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 Aunque sin duda la secuencia que resulta más sorprendente (y es grata la sorpresa) del visionado de la película para el conocedor de la novela es aquélla que relata cómo Richard asiste a la obra de teatro que Elise protagoniza en el hotel en el que discurre la acción, representación que empero, al contrario de lo que sucede en la novela, queda llamativamente marcada por una improvisación por parte de la actriz, quien, delante del público, y haciéndose venir bien el rol que le toca asumir en la obra, le declara su amor a Richard. La secuencia funciona bien en la superficie, por cuanto viene a representar ese pacto íntimo entre los dos amantes, ese acto de complicidad, privado, que tiene lugar en público. La solución es asimismo efectiva porque Matheson juega con los elementos que pone en solfa en la contextualización de la dramaturgia –los dos amantes son gente de teatro, él escritor, ella actriz– para zanjar esa culminación del encuentro amoroso de una forma original y congruente. Pero es que bajo esos enunciados, bajo la superficie, aún hay más, y su incidencia es metanarrativa: la realidad y la ficción se funden en esa declaración de amor que emerge de la improvisación de Elise en su interpretación de un determinado papel en una obra de teatro, lo que no deja de ser una pertinente, y hermosa, digresión sobre los mimbres de la fantasía que de forma tan peculiar anclan este relato en el que, al igual que la realidad y la ficción se diluyen en aquella interpretación, lo hace la lógica del tiempo para reunir a dos amantes separados por una barrera que parecía infranqueable. Así, si Richard vence literalmente al tiempo al viajar setenta años atrás para reunirse con Elise McKenna, Elise efectúa el mismo y alucinante viaje desde la ficción a la realidad, en un acto de improvisación que también lo es de apoderamiento de las propias riendas de su vida, al imponerse, por primera vez y con tan sonora intención, a su personaje, que es su papel en la obra, pero también el rol vital y profesional que asume como actriz de prestigio y éxito… Elocuente y concluyente ejemplo de una seña de estilo de Richard Matheson: su absoluta brillantez y clarividencia a la hora de sugerir significados, muy a menudo desde la coraza de la sutileza.

BOYHOOD

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Boyhood

Director: Richard Linklater

Guión: Richard Linklater

Intérpretes: Ellar Coltrane, Patricia Arquette, Ethan Hawke, Lorelei Linklater, Jordan Howard, Tamara Jolaine, Tyler Strother, Evie Thompson, Tess Allen, Megan Devine, Fernando Lara, Elijah Smith, Steven Chester Prince, Bonnie Cross, Libby Villari, Marco Perella, Jamie Howard, Andrew Villarreal, Shane Graham, Ryan Power, Sharee Fowler

Montaje: Sandra Adair

Fotografía: Lee Daniel, Shane Kelly

EEUU. 2014. 166 minutos

 Elipsis trascendentales

 Recibida por la prensa y el público (y el Festival de Berlín de 2014, entre otros) como un filme-acontecimiento, un no va más creativo sin precedentes, quizá lo primero que deba decirse de esta por otro lado magnífica Boyhood es que si bien su filmación prolongada (a lo largo de doce años, cada uno de ellos durante una semana aproximada) es un elemento formal tan categórico que resulta primordial para adentrarse en la sustancia analítica desde cualquier punto de vista, ello no significa que el filme de Richard Linklater suponga panacea alguna en la Historia del Cine. Partiendo, por un lado, de la base que el propio Linklater desarrolla en esta película macro-conceptos (principalmente la mella o huella del paso del tiempo en el devenir de la existencia) elocuentemente visitados en un experimento formal distinto –algunos dirán no tan radical, yo más bien lo confrontaría en términos de compresión– pero con el que comparte señas de identidad [hablo por supuesto de la trilogía –por ahora- que conforman Antes del amanecer (Before Sunrise, 1995), Antes del atardecer (Before Sunset, 2004) y Antes del anochecer (Before Midnight, 2013)]. Y partiendo, por otro, del hecho que a lo largo de la Historia del Cine se han realizado (algunos han visto la luz, otros no) otros diversos experimentos de semejante índole, caso del drama Everyday (Michael Winterbottom, 2012), sobre la vida de cinco prisioneros y sus familias a lo largo de cinco años, de 2007 a 2012; del monumental documental The Children of Golzow/Die Kinder von Golzow (Winfried Junge, 2008), que sigue las señas de diversos personajes de la ciudad del título a lo largo de la friolera de cuarenta y cinco años (1961-2007); de Hoop Dreams (Steve James, 1994), que relata el devenir de dos afroamericanos en los cinco años formativos de acceso a las ligas mayores de baloncesto norteamericanas; o, dentro de los proyectos interesados pero no realizados, Dimension, en el que Lars Von Trier pretendía experimentar con fragmentos de tres minutos rodados a lo largo de treinta años.

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Otro tipo de parangones serían los que relacionarían la obra con la serie de diversas películas sobre Antoine Doinel que François Truffaut filmó a lo largo de los años (antecedente bastante directo de la antes citada trilogía protagonizada por Ethan Hawke y Julie Delpy) o con la lista larga de relatos sobre lo que los críticos literarios identifican como bildungsroman y la terminología llana anglosajona define como coming-of-age stories, relatos sobre el crecimiento, paso de la infancia a la madurez, género o temática de la que Boyhood  sin duda participa en su definición más pura y que hallaría, por ejemplo, en la formidable Trilogía de Apu de Satyajit Ray [compuesta por Pather Panchali (1955), Aparajito (1956) and Apur Sansar (1959)] un relato-río con el que parangonarse. Aunque, cierto es, a diferencia de los filmes de Ray y tantos otros coming-of-age films, Boyhood es un filme en el que, desde su planificación y forma de filmación y montaje (aunque tengo dudas de cómo se montó, si a lo largo del tiempo para terminar de ensamblarlo todo al final o, según postulados más convencionales, cuando ya se disponía de todo el metraje filmado), continente y contenido convergen en una dialéctica de la que emergen las reflexiones del espectador o receptor de la obra: nuestro interés por e implicación en los avatares vitales de Mason Evans jr (Ellar Coltrane) no se desligan de una percepción sobre el transcurso del tiempo que no es fruto de caracterizaciones de personajes cuanto de la propia realidad cronológica del rodaje de la película, de modo tal que esa percepción se hace fuerte poniendo en conflicto la ficción que se relata y el anclaje de la realidad cronológica en la que respira dicha ficción, algo que revierte de un modo peculiar en nuestra percepción emotiva de la obra.

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Creo que ahí termina radicando el quid del entusiasmo que despierta Boyhood: ese puente entre la realidad y la ficción, ese ancla en el ineluctable paso del tiempo que comprobamos en el crecer/envejecer de los actores que encarnan a los personajes que protagonizan el relato de ficción sobre la vida del niño (y después joven) Mason. Y este elemento, de hecho, coadyuva a que la focalización sea múltiple, y preste atención no sólo a Mason sino también a sus padres, Olivia (Patricia Arquette) y Mason Evans, Sr. (Ethan Hawke), o a la hermana de Mason, Samantha (Lorelei Linklater, hija del director), así como a otros personajes-satélite, de lo que termina emergiendo, o prevaleciendo, una sensación doble que en última instancia converge en un único concepto: por un lado, que la película no se ocupa tanto (o tan solo) de la infancia y juventud de Mason cuanto del devenir de su completa familia, de cada miembro que la conforma, a la que la cámara presta atención bien balanceada ello y a pesar de partir siempre del punto de vista del niño o después adolescente; por el otro, que sobre los avatares dramáticos que se van escenificando se impone con potencia expresiva en crescendo imparable la noción del paso del tiempo que lo crea, modifica, reconfigura, repercute, cuestiona y al final devora todo.

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Otro quid de la cuestión narrativa (y emotiva) de Boyhood –quid de la manera que Linklater define el relato, lo filma y lo monta desde determinadas intencionalidades- emerge precisamente de ese citado relato de los acontecimientos sólo a priori, o formalmente, desde el punto de vista de Mason: es cierto que el filme sólo relata lo que Mason ve o vive en primera persona, pero no lo es menos que se invita al espectador –adulto- a efectuar su interpretación de los hechos conforme a su bagaje receptor –adulto-, que por tanto difiere del de Mason. Precisamente por ello termina resultando, y no es irónico sino idiosincrásico de la película, que Boyhood no sea (no pretenda ser) un relato sobre el modo de alcanzar la madurez, no sea una película en la que Linklater quiera ceder realmente el punto de vista a un niño. Más bien un retrato del contexto socio-cultural y familiar en el que esa madurez se alcanza, una película en la que Linklater conserva en todo momento las riendas esenciales de lo que relata desde su óptica, que transfiere al espectador adulto a quien indudablemente va dirigida la película. Podemos expresarlo de otra manera: cuando Linklater captura los determinados y determinantes pedazos de la vida del chico que le parecen relevantes, no lo hace pensando estrictamente en ese proceso de aprendizaje vital, cuanto pensando en un recorrido emocional que atañe al completo entramado familiar y que también, merced de los determinados signos que estampa –especialmente alusiones políticas a través del padre del chico–, funciona como una mirada sobre un determinado contexto histórico y geo-sociológico en el que ese pedazo de vida (del chico, de sus padres y hermana) tiene lugar.

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Una vez establecidos estos parámetros discursivos, interesa analizar el modo en que, con esos medios de producción tan peculiares como modestos manejados por Linklater, el cineasta edifica esos mimbres en lo narrativo. Linklater controla magníficamente el tono y el ritmo del relato de principio a final mediante una apuesta escenográfica poco estridente o invasiva, subjetiva pero sin una sola concesión efectista, de lo que revierte una mirada naturalista que funciona por sí sola y con tanta sinceridad (u honestidad) como intensidad. Pero, indudablemente, lo mejor de la película es su continuo avance mediante elipsis, elipsis que a menudo –por no decir siempre- funcionan de un modo harto intencionado en lo dramático. Elipsis que no necesariamente –lo que resulta llamativo- tienen lugar tras un acontecimiento que se considere culminante según las convenciones (v.gr. la secuencia en la que visita con su madre la clase en la que departe quien en la siguiente secuencia ya veremos convertido en marido de ella). Constantemente se invita al espectador a prestar la máxima atención pues son muchos los datos que se le escatiman, y aún unos cuantos otros que se le sugieren, algo que a veces revierte en un llamativo cambio de tornas vital de un personaje que descoloca visiblemente al espectador hasta que, por así decirlo, en sus adentros cuadra las piezas desgajadas que el relato textual le ha escatimado pero le ha invitado a recomponer (v.gr. la secuencia en la que Mason y su hermana viajan a la casa de la nueva mujer de su padre y conocen a su familia redneck). La verdad es que, dados los presupuestos y ambiciones de la obra, Boyhood se erige de principio a fin en un monumento a la capacidad ubicua de la elipsis como herramienta narrativa del Cine.

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Junto a esta, ya digo, cabal herramienta para comprimir en menos de tres horas el largo alcance cronológico del relato, Linklater se sirve de ciertas constantes escenográficas que subrayan y a la vez que contrastan con el paso del tiempo, algo que se hace patente en la repetición de ciertas estructuras de encuentros o reencuentros y, especialmente, en ese leit-motiv consistente en secuencias que discurren en la carretera, al principio con el padre manteniendo conversaciones con sus hijos, o sólo con Mason, al final mostrando el viaje del joven por primera vez sólo ante el primer reto de su edad adulta, la universidad. En relación con lo anterior, los vehículos también se nos aparecen como símbolos de la fungibilidad de todo –ese bólido de Mason padre cuya venta a un tercero es causa de reprobación por parte del hijo, que lo reclamaba como herencia–, algo que también puede extenderse a la definición del núcleo físico esencial de la vida, la propia casa, diversas de las cuales son referenciadas en una película en la que las mudanzas, algunas traumáticas, y los hogares provisionales de una primera mitad del metraje terminan contrastando con esa casa grande que Olivia finalmente logra comprar cuando su estatus se lo permite pero que termina siendo igualmente causa de cuestionamientos, especialmente cuando descubre que se queda sola entre esas demasiado grandes cuatro paredes al final de un camino, el de ver crecer a sus hijos, en esa maravillosa secuencia que cierra la presencia en la película de una memorable Patricia Arquette.

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Si antes se ha apuntado que, más que sobre una determinada época de la existencia (“boyhood” o incluso el subtítulo en España, “momentos de una vida”), la película acaba articulándose como un mosaico que desde lo subjetivo se apertura hacia lo más generalizante (y más bien son “momentos de la vida”, la de padres e hijos, también la de amigos y enemigos, parientes, gente cercana y extraños que entran y salen de la vida de cualquiera en el constante tránsito), lo cierto es que una de las virtudes principales de Boyhood radica en su potencial desmitificador de la vida americana a través de tantas “foto-fijas” de sus cotidianos. A pesar de algún que otro subrayado innecesario –ese fontanero que, años después, agradece a Olivia el consejo que le dio pues le llevó a estudiar y cambiar su vida para, como suele decirse, “labrarse un porvenir”–, Boyhood propone un retrato de fuerte componente social, en el que no sólo los condicionantes adversos (la familia desestructurada, el alcoholismo flagrante del segundo marido de Olivia) lanzan una mirada atenta a un determinado contexto socio-cultural, sino que las constataciones en ese sentido se elevan de igual manera cuando se refiere un presente, un determinado momento de la vida, en aparente equilibrio.

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Linklater se acerca en ese sentido y capacidad descriptiva-alusiva, aunque sin las intenciones densas (ni los diálogos densos a tono), a los mejores pasajes radiográficos de Antes del atardecer y Antes del anochecer, y demuestra su genio e independencia por encima de etiquetas. Etiquetas que empero sí que comparecen cuando, en el último tercio del metraje, la película se centra en el cierre adolescente de Mason. La verdad es que ese último tercio del metraje, a pesar de acumular algunas secuencias inspiradas, probablemente marca la distancia entre la magnífica película que Boyhood es y la grandeza cinematográfica sin paliativos: a diferencia de lo que sucede en lo precedente, en esos últimos pasajes, a la hora de describir los pulsos adolescentes del personaje, el cineasta cae y se empantana en ciertos y cansinos clichés tipológicos del cine indie en su definición más anodina, los mismos que, al fin y al cabo, lastraban un tanto la frescura de Antes del amanecer, primero y sin duda peor de los tres filmes sobre Jesse y Celine, que allí también eran adolescentes. Ese borrón, en cualquier caso, no debería alejarnos de la evidencia: el visionado de Boyhood trasciende los parámetros de lo apetecible o agradecido, y en sus premisas y su caligrafía atenta y valiente hallamos definiciones valiosas sobre lo que nos define como seres humanos y lo que define la clase de vida que vivimos bajo el arbitrio de las reglas socio-culturales en las que nos hallamos inmersos. No sé si pensar que el aroma que deja al final tiene un poso melancólico, y agridulce, o si eso es una percepción personal que depende en realidad de la experiencia y punto de vista del receptor del relato, y que por tanto fue mi reacción al visionado pero no necesariamente la de otro. Lo que no depende de ese receptor es la rotunda definición que la película propone sobre la provisionalidad de todo lo que vivimos y somos, colofonado en ese cuestionamiento que Mason y su amiga universitaria plantean en el cierre de la película sobre si somos los amos del tiempo que se nos ha dado o más bien es el tiempo quien nos gobierna irremisiblemente. Palabras mayores. Tampoco inéditas, por supuesto, pero puestas en celoso y a la vez emotivo contexto por Richard Linklater con herramientas útiles para el espectador de cine de principios del siglo XXI.

ORGULLO DE ESTIRPE

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The Horsemen

Director: John Frankenheimer.

Guión Dalton Trumbo, según la novela de Joseph Kessel

Intérpretes: Omar Sharif, Leigh Taylor-Young, Jack Palance,

 David de Keyser, Peter Jeffrey, Mohammad Shamsi

Música: Georges Deleure

Fotografía: André Domage, James Wong Howe y Claude Renoir

Montaje: Harold F. Kress

  EEUU. 1971. 112 minutos.

 

El arduo proceso

Ya en la fecha de estreno de The Horsemen en 1971, a John Frankenheimer le cayeron algunos varapalos (muchos, bien peregrinos: por ejemplo, Vincent Canby, en The New York Times, establecía un nexo entre el filme y otros dos títulos pretéritos recientes del director, Grand Prix y Los temerarios del aire/The Gypsy Moths, para acabar… acusándole de misoginia), y, como sucede con muchos otros títulos del cineasta, Orgullo de estirpe ha quedado devorada por el olvido. Ello y a pesar de tratarse de una cinta de aventuras arropada por la calidad del sustrato literario, una bastante conocida novela, Les Cavaliers, 1967, de Joseph Kessler, y una adaptación de la misma rubricada por el entonces ya reivindicado Dalton Trumbo. De hecho, la película ya sufrió problemas de presupuesto –de hecho, empezó a rodarse en 65 mm, SuperPanavision, y terminó recurriendo a los 35 mm anamórficos del Panavision estándar, contundente prueba de lo anterior-, y tuvo una carrera comercial más bien discreta.

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Emociones verdaderas

Y eso que vista entonces The Horsemen vestía, bajo su magníficamente urdido retrato de conflictos vitales –lo psicológico y en arrebujada pugna con lo social y el statu quo de las tradiciones-, una aventura genuína que perfectamente podía suponer una réplica contemporánea al mortecino western. Rodada íntegramente en exteriores –entre Afganistán y España-, la propuesta narrativa mixtura la pasión por el espectáculo cinético –los caballos y sus chapandaz, jinetes, que ya habitan en el título- con un muy trabajado estudio de personajes –magníficamente matizado, por lo demás, en las interpretaciones de Jack Palance y Omar Shariff, padre e hijo en la ficción- y con, y resulta muy reseñable, el intento de imbuirnos a fondo de las señas de identidad de un pueblo, sus costumbres, sus tradiciones, la forma de pensar y actuar. De tal modo, y merced de la generosidad expositiva -talento impreso en las elecciones argumentales (o el modo de utilizar esos usos locales como instrumento narrativo) y en la escenografía-, The Horsemen erige una personalidad propia y muy fuerte, unos propios códigos esenciales a la luz de los cuales transita la historia. Sólo los más talentosos de los narradores –y podemos hablar tanto de quienes urden los relatos en papel como los que los llevan a imágenes- son capaces de llevar a buen puerto la gesta más loable del cine de aventuras –del que esta película es sin duda un magnífico exponente moderno-, la de llevarnos de la mano en un viaje en el que lo exótico y/o lo fantástico, por ser creíble, sirven de marco para emociones verdaderas.  El Afganistán rural, profundo, que se describe en la película se puede palpar. Yo lo hice, y eso que estaba sentado en mi casa, ante la pequeña pantalla. El efecto en el cine debía de magnificarse muy notablemente.

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El corazón de una historia

Y al hilo de lo anterior, si antes hablábamos del efecto de ver la película en el momento de su estreno, ahora podemos referirnos al hecho de verla hoy, y sacar a colación el concepto de espectáculo. The Horsemen nos propone un espectáculo mayúsculo, y totalmente distinto del que se estila en el Hollywood actual. No es este lugar para discernir uno de otro en profundidad, pero sí podemos incidir en la particular naturaleza del espectáculo que la película de Frankenheimer –y muchas otras del director de El Tren- nos propone. La secuencia, extraordinaria, del buzkashi que se celebra en Kabul ante el rey, a la par que desencadenante dramático de la historia de acre purgatorio y redención que atañe al personaje encarnado por Shariff, nos envuelve por su brutalidad, por ese soberbio poderío sostenido en lo visual –que volverá a aturdirnos en la cabalgada final del hijo pródigo-, que transmite los sentimientos más exacerbados del ser abocado a una experiencia límite. Poco importa que después en muchos encuadres y secuencias la mirada escrupulosa pueda ver la escasez de medios en la que se movió el equipo de producción. Lo intrépido, lo indómito, el peligro, el miedo, ya se nos ha transmitido de la forma más convincente, y nos dejamos llevar por la vorágine de esos sentimientos, de esos conflictos dramáticos llevados al límite, canalizados en lo exterior, pero que habitan en lo más profundo del ser. Esa es una definición esencial de espectáculo que, hoy, sigue vigente. Y lleva implícita su subordinación a otras reglas, intrínsecas de dramaturgia y sintaxis cinematográficos. Porque cada elemento suma y se condensa en un todo. Que, en los casos felices, como es el de la película que nos ocupa, nos puede llevar a un estadio mucho más elevado que el del entertainment. Puede emocionarnos. Calar hondo. La mayor virtud de la película de John Frankenheimer es convencernos de que es sencillo alcanzar el mismo corazón de una historia, cuando es evidente que es tarea harto compleja.