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Les Vacances de Monsieur Hulot

Dirección: Jacques Tati

Guión: Jacques Tati y Henri Marquet

Intérpretes: Jacques Tati, Nathalie Pascaud, Micheline Rolla,

Raymond Carl, Lucien Frégis

Música: Alain Romans

Fotografía: Jacques Mercanton y Jean Mousselle

Francia. 1953. 114 minutos.

 

Monsieur Tati/Hulot

Se bien el corpus artístico, de innegable relevancia artística y cultural, desplegado por Jacques Tati (1907-1982) en su corta pero intensa carrera empieza a desplegarse a todos los efectos con la película que precede a la que nos ocupa, su magnífico debut fílmico, Día de fiesta (Jour de fête, 1949), es aquí, cuatro años después, cuando conoceremos al caballero que se menciona en el propio título de la película,  Monsieur Hulot, 1953, alter ego artístico del creador cuyas peripecias seguirán desgranándose en Mi tío (Mon Oncle, 1959), Playtime (id., 1967) y Trafic (1971), y figura que, como Charlot y Chaplin, quedará para la posteridad indisociablemente unida al cineasta. En los extras de la edición española en dvd de la película aparece una definición del personaje efectuada por Antonio Weinrichter que me gusta mucho, en la que el crítico menciona la leve desviación del  cuerpo del personaje respecto de la vertical como algo que explica su visión oblicua de las cosas. El propio Weinrichter menciona algo fundamental sobre esta y las demás películas citadas del mimo, actor y director: que Hulot no es el eje motriz de la acción, de lo que acontece en imágenes, sino un personaje cuyas peculiares señas de gestualidad y personalidad sirven para filtrar o absorber la realidad de un modo muy determinado e intencionado. Este elemento suministra el primer diferencial de Tati respecto de tantos cómicos del gadget con los que el personaje se puede emparentar en sus señas externas (por cubrir el más luengo abanico temporal posible: del citado Chaplin a Mr Bean), y marca con fuego las reglas satíricas que en Día de fiesta apenas asomaban tras los gags, y que en Playtime alcanzarán un cenit diríase que paroxístico.

 

La bandera de la incorrección

Tati, en el tiempo de su estreno, decía que con Les Vacances de Monsieur Hulot, película íntegramente rodada en exteriores naturales de la región del Loira francés, proponía al espectador “que se fuera de vacaciones durante una hora”. Quizá el comentario ya incorporaba su propia dosis de ironía, porque lo cierto es que en la propuesta narrativo-visual de la película quedan claras, desde bien al principio, las intenciones del cineasta por ofrecer un retrato venenoso, atrincherado en un innegociable sentido crítico, de los usos y costumbres de la burguesía en los meses del estío, consistentes en abandonar las ciudades y trasladarse a villas costeras, evasión por tanto de escenario pero no de entorno que, por otro lado, se sigue reproduciendo en la actualidad con la misma intensidad y mayor generalización que sesenta años atrás. El indiscutible ancla de las imágenes en la objetividad, lo que podríamos llamar sus cimientos descriptivistas naturalistas, es el anzuelo a través del que arrastra al público, con excepcional sentido de lo cáustico, a su terreno; todo se basa en una ecuación de formulación simple pero de ejecución visual tan compleja como asombrosa, consistente en introducir leves pero constantes distorsiones, normalmente por la vía de la mesurada hipérbole, al bosquejo del comportamiento humano, principalmente desde su acepción cultural y social, de modo que quedan a la intemperie los tics, las miserias, las extravagancias y las sandeces que forman parte de ese comportamiento. La absoluta maestría de la película que nos ocupa estriba en su capacidad para atrapar al espectador en la telaraña de esa comprensión sólo levemente distorsionada de la realidad que, al mismo tiempo que nos arranca carcajadas (que van en crescendo, por el propio sentido atmosférico del planteamiento: una vez aprendidas las reglas de juego, el espectador disfruta más y mejor de cada situación hilarante planteada), va apuntalando, de forma implacable, una mirada diríase que entomológica de estos estrafalarios seres que somos los humanos y los no menos estrafalarios hábitats en los que nos gusta instalarnos y compartir nuestros asimétricos pulsos vivendi. Contra la rigidez y cortedad de miras del colectivo se alza la bandera de una incorrección que viene de lo intuitivo, y que deriva hacia la pulsión romántica (véase al respecto esa secuencia que anticipa en intenciones el grand finale pirotécnico, la del baile de máscaras, en la que Hulot, disfrazado de pirata, consigue bailar con la mujer hermosa, mientras el grueso de los huéspedes del hotel han optado por permanecer absortos en sus aburridos cotidianos; mediante el mero acto de subir el volumen de la gramola, da la viva impresión de que Hulot pretende agitar conciencias…)

 

Lo vitriólico y lo sutil

Desde la mencionada trinchera, a Tati le sirven una gran variedad de instrumentos formales o armas sintácticas para glosar sus desternillantes, modernas, lúcidas y, sin duda, preocupantes constataciones. Hay algunos gags heredados directamente de la sana tradición del slapstick, como los tropiezos, caídas o altercados causados por un cruce asimétrico de lo gestual entre dos o más personajes; los hay refinados desde esa tradición, como ese bote de pintura que el oleaje de la orilla del mar traslada de un lado a otro de la barca en la que Hulot está montado; hay otros que sorprenden por su punto surreal, como los pedazos de carne que un camarero corta de grosor diverso y acorde con la envergadura de los clientes que pasan frente a sus narices; muchos de ellos se construyen en torno a las convenciones sociales o los tabúes del elemento sexual, como los que refieren el voyeurismo impenitente de los hombres al ver una mujer hermosa con la poca ropa que luce en la playa; Tati puede servirse tanto de lo vitriólico –los periplos del anticuado coche de Hulot en las carreteras rurales- como de lo sutil –la finalización de la jornada comunitaria en el hotel coincidente con el cierre de la emisión radiofónica- para articular su severa visión del mecánico funcionamiento social y el vaciado de personalidad que implica. Y, por supuesto, dejará que el humor negro haga acto de presencia en la que precisamente es una de las secuencias más recordadas de la película, la que discurre en un funeral, en el que lo que se suponía era una corona de flores se deshincha como un pneumático, y en el que la pluma que corona el sombrero de una señora cosquillea las barbillas de los presentes arrancando sonrisas que se imponen al luto.

 

Inimitable

La grandeza de Tati también puede explicarse desde su no aspaventada pero sí radical opción de despreciar el verbo para articular sus gags y constantes situaciones hilarantes. A través de Hulot, hombre de parcas palabras y expresiones limitadas pero que obtienen una amalgama de sentidos en los diversos contextos a los que se enfrenta (porque, sí, debemos hablar de enfrentamiento),  Tati sabe penetrar en unos conceptos de la modernidad escenográfica que parecen pasmosamente armonizados con diversos elementos estructurales del lenguaje mudo, cogiendo y quitando lo que interesa o sobra, depurando su clarividente visión cinematográfica. Atiéndase por ejemplo a la utilización de la música: sólo un apacible leit-motiv que acompaña el inicio de algunas secuencias para instalar, y luego reiterar, un tono, una coda ambiental; atiéndase, por el contrario a la sofisticación que, en ese aspecto relacionado con lo oral, desarrolla en la secuencia de las partidas de tenis: Hulot, que siempre saca y gana los puntos mediante aces (aunque en la mayoría de los casos no haya colocado la pelota en el interior del recuadro correspondiente), efectúa una especie de mantra gesticular que le ha enseñado la anciana a la que acaba de comprar la raqueta (sic), y que parece haberle vuelto invencible; la juez va recitando las puntuaciones en inglés, y felicitando al ganador en ese mismo idioma (¡wonderful!, ¡marvelous!), y uno de sus contrincantes se dirige a ella con quejas, pero el sonido nos escatima lo que dice, sólo le vemos mover los labios y lamentarse con visibles ademanes. Es sólo un ejemplo del modo mediante el cual Tati busca la locuacidad y el acento excéntrico a través de una libre, o quizá liberada, definición del sentido de lo verbal que se cohesiona en algo intencionado y que produce franco regocijo. Esa secuencia, y ese tan peculiar abordaje de la cuestión referida a la oralidad, son, como decía, sólo un ejemplo, sobre el que un estudio pormenorizado de la película añadiría infinidad de hallazgos que, invariablemente, nos llevan a la conclusión de que Jacques Tati fue un auténtico maestro, y de una ralea semejante a la de su compatriota Robert Bresson: su cine incorpora sus propias convenciones, en su esencia parece surgir de la nada, y por su particular, indomeñable e indiscutible potencia expresiva resulta inimitable.

http://www.imdb.com/title/tt0046487/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/19961110/REVIEWS08/401010328/1023

http://passportcinema.com/?p=278

http://elgabinetedeldoctormabuse.wordpress.com/2009/08/14/las-vacaciones-de-monsieur-hulot-les-vacances-de-monsieur-hulot-1953-de-jacques-tati/

http://fr.wikipedia.org/wiki/Jacques_Tati

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

ALERTA: MISILES

Twilight’s Last Gleaming

Director: Robert Aldrich.

Guión: Ronald M. Cohen y Edward Huebsch,

según la novela de Walter Wager.

Intérpretes: Burt Lancaster, Roscoe Lee Browne, Joseph Cotton, Melvyn Douglas, Charles Durning, Richard Widmark, Paul Winfield, Burt Young.

Música: Jerry Goldsmith

Fotografía: Robert B. Hauser

Montaje: Michael Luciano, William Martin y Maury Winetrobe

EEUU. 1977. 105-139 minutos.

 

Reivindicando a Aldrich

Aunque no se suela incluir entre las antologías de Robert Aldrich, ni en los estudios que se le dedican al cineasta se le otorgue una mayor mención, sí tenemos una referencia interesante a esta una de las últimas películas del director de ¿Qué fue de Baby Jane? en el volumen de José Luis Guarner Muerte y Transfiguración. Historia del Cine Americano/3 (1961-1992), publicado por Laertes en 1993; Guarner dijo que Alerta: Missiles,en su versión completa (en referencia a que fue distribuida según un metraje con media hora larga menos que el originalmente montado), marca el punto más alto de la carrera de Aldrich”. Ya es decir, ¿verdad? A mí siempre me cuesta decidir cuál es la mejor película de un realizador –entre otras, por la simple razón de que no las he visto todas–, y en este caso, además, no he podido ver esa versión original más larga; pero de todos modos sí que quiero y puedo apuntarme a la encendida reivindicación del filme, que me parece un thriller más que robusto en su hechura y que contiene, además, valiosos quintales de ese discurso indomeñable que Aldrich enarboló a lo largo de su estimulante filmografía.

 

La faz del enemigo

Twilight’s Last Gleaming –título original de la película que, por ser extraído del segundo verso del himno estadounidense, puede decirse que resulta al mismo tiempo cínico y conmovedor– nos propone una premisa con la que el espectador está familiarizado, por haber sido visitada en filmes como Fail safe, de Sidney Lumet (que conoció una muy ulterior versión televisiva firmada por Stephen Frears), y sobretodo en la más célebre Teléfono Rojo: Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove) de Kubrick. Ambos títulos, firmados en 1964, planteaban un supuesto que, al menos a principios de los años sesenta del siglo pasado, no era nada descabellado: que la escalada nuclear terminara con un ataque cruzado que diera lugar a una hecatombe. El primer título, filme teatral y de actores, incidía desde fórmulas dramáticas, y la sátira de Kubrick contenía altas dosis de veneno en su denuncia política. Aldrich viene emparentado con la mala baba discursiva del director de Atraco perfecto, pero podríamos decir que, haciendo buena la distancia cronológica con aquellos acontecimientos, puede llegar a llevar los postulados aún más allá, en una modificación sustancial de las premisas que hace más áridas, más terribles si cabe, más lúgubres las conclusiones. ¿Y en qué consiste esa modificación? En la faz del enemigo. En la negación de los accidentes o los azares desafortunados, si la comparamos con Fail Safe; o en la radical modificación del punto de vista respecto de los actos de los instigadores de la alerta roja nuclear: del loco peligroso encarnado por Sterling Hayden en Teléfono Rojo, al militar cargado de razones, resentido con su propio estamento, que provoca la crisis precisamente como medida revolucionaria, y, subrayémoslo, con cuyo punto de vista finalmente nos afiliamos. También podríamos decir que, siendo el título del año 1977, Aldrich emparenta algunos de los motivos narrativo-discursivos de los dos referentes con ciertas referencias tangenciales los razonamientos del cine de conspiranoia del cine americano de su tiempo –haciendo una referencia poco velada al magnicidio de Dallas de noviembre de 1963–, y, fruto de ese cruce, que encaja a la perfección con la visión ideológica de Aldrich, emerge el terrible paisaje de ideas, reflexiones y, sobretodo, constataciones sobre la política que anidan en la película.

 

Revolución

La palabra clave ya ha sido mencionada: revolución. No es otra cosa la que propone el personaje encarnado por Burt Lancaster, que ofrece como única receta a su amenaza de accionar la bomba la explicación al pueblo americano de diversas informaciones que se le escatimaron y que constatan que la guerra en Vietnam pudo y debió evitarse. La película que nos ocupa es, vemos, un magnífico ejemplo de cine discursivo, pues cualquier análisis mínimamente riguroso de sus premisas revela que es ese discurso el que lo sostiene todo, de principio a fin. Pero Aldrich sabe muy bien cómo manejar el tono del relato para que sus diversas extravagancias argumentales reviertan en esa carga romántica y desesperanzada que ostentan las razones que pretende transmitirnos. Es precisamente a partir de esa carga romántica y doliente que el filme busca las líneas internas de congruencia (el propio sentido del sabotaje cometido por el exmilitar, o la necesidad de que el mismísimo presidente negocie in situ con los rebeldes, como cuestiones más notorias), algo realmente arriesgado, pero felizmente atado merced del savoir faire narrativo del cineasta. Su mirada, en ese sentido, parte de lo meramente descriptivo en los primeros compases –lo que nos sirve para ubicar las piezas vivas y geográficas del relato: los rebeldes, los mandamases militares, la reunión en la Casa Blanca– y va condensándose conforme los acontecimientos se precipitan y la tensión va en aumento –la maravillosa visión fragmentada que el cineasta propugna mediante el uso de la split screen apunta tanto a esos mecanismos de tensión en estricto, que funcionan a la perfección, como a modo de paráfrasis formal o visual, brillante, de la alegoría sobre el cuestionamiento y selección de la realidad ofrecida al pueblo de la que nos habla la película–.

 

Final trágico

Ese hálito discursivo que lo impregna todo también alcanza a la estructura. La secuencia climática en la que in extremis se aborta el lanzamiento de los misiles podría haber dirimido el destino del relato, pero en Alerta: Misiles tenemos un largo desenlace en el que la candencia de la amenaza del sabotaje nuclear parece haber cesado y la acción se focaliza en la primerísima persona del mismo Presidente de los EEUU (encarnado con su convicción habitual por Charles Durning). (Ojo, spoiler) Ese pasaje final apuntala de forma trágica todos los interrogantes que sobre el funcionamiento de la democracia nos había planteado el filme, y, acorde con ello, Aldrich filma esas imágenes finales con sumo sentido de la ritualidad, dejando en el espectador la sensación de estar arrojándose al personaje –y su definición simbólica: el que sólo aparentemente ostenta el poder– a un vía crucis de desenlace por todos conocido. En la que quizá podamos considerar última parada de las mezquindades y actitudes siniestras de los burócratas que refiere la película, un alto funcionario le niega al presidente moribundo nada menos que la promesa que le había hecho: el símbolo no es ocioso, pues existe, al menos eso nos cuenta el filme, un hilo que une la moralidad de los hombres con el funcionamiento de una democracia. Y que al quebrarse vacía de sentido la democracia, porque pasa a carecer de los valores que la sustentaban. No me extenderé en esos términos, porque no es mi tarea; consignar simplemente al respecto que el discurso incide aquí fuertemente en términos morales.

http://www.imdb.com/title/tt0076845/

http://goatdog.com/moviePage.php?movieID=644

http://movies.nytimes.com/movie/review?res=9F0DE1D6103BE334BC4852DFB466838C669EDE

http://filmref.com/journal/archives/2007/02/twilights_last_gleaming_1977.html

http://esbilla.wordpress.com/2011/06/26/la-mano-de-piedra-de-un-millon-de-dolares-robert-aldrich-vs-jaime-iglesias-gamboa/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

UN DIOS SALVAJE

Carnage

Dirección: Roman Polanski

Guión: Yasmina Reza y Roman Polanski, según la obra de la primera

Intérpretes: Kate Winslet, Christopher Waltz,

Jodie Foster, Michael C. Reilly

Música:  Alexandre Desplat    

Fotografía:  Pawel Edelman

Francia-Alemania-Polonia-España. 2011. 79 minutos.

Reza y Polanski

Una película como Un dios salvaje se presta sin duda a abordajes analíticos muy diversos. Podemos tomar en consideración, por supuesto, los motivos e intenciones insertos en el sustrato teatral escrito por la aclamada Yasmina Reza, Le dieu du carnage (2006). Podemos parangonar ese material de partida con los intereses creativos de Polanski, los esgrimidos aquí puestos en consideración con diversos otros dispersos a lo largo de su filmografía precedente. Y cabe también sacar a consideración de relevancia los más recientes –y penosos- avatares personales del cineasta y especular sobre el modo en que han podido cristalizar en la película. Desde cualquiera de las tres premisas analíticas extraeremos conclusiones satisfactorias, que nos hablan del innegable interés, pulso dramático y vigencia sociológica de esta Carnage. Aunque, por otro lado, también cabe convenir que las diversas virtudes que atesora el filme alcanzan la brillantez pero quizá no una consideración de genialidad. O, dicho de otra forma, este título no pasará a ocupar un puesto referencial en la filmografía de Polanski. Y, sin desmentir lo anterior, la película sí deja translucir la fuerte personalidad del cineasta, y es un título que encaja de forma perfectamente coherente en ese envidiable corpus filmográfico.

 

Huis clos

En cualquiera de las diversas recientes entrevistas a Polanski que he leído, el cineasta menciona que su mayor reto, quizá motivación artística, pasaba por una cuestión formal: la unidad de espacio y tiempo, y aún más específicamente el transcurso de la acción en lo que denominamos tiempo real (coincidencia de duración entre la ficción y la película que la relata). Tiene mucho sentido que a Polanski le atrajeran las posibilidades expresivas de esa exigencia formal, que por definición es sin duda discutible, o incluso anecdótica, pero puesta en relación con la sustancia expresiva concreta que el texto de Reza propone –cuatro personajes aislados en un piso y manteniendo una contienda de verbo y comportamiento en franco crescendo destructivo-, habilitaba a Polanski a proseguir con los incisivos estudios psicológicos y de comportamiento social que le resultan marca de estilo ya desde su primera y fascinante película, El cuchillo en el agua (Nóz w wodzie, 196-), huis clos en el que, recordemos, la hermosa y solitaria estampa de un paseo en velero devenía escenario claustrofóbico en el que dos hombres y una mujer acababan dejándose gobernar por sus impulsos más primarios, revelándolos. Como en aquella opera prima que Polanski escribió con Jerzy Skolimowski, y esta vez según el filtro creativo de Yasmina Reza –que también cofirma con el director el libreto-, los embates dialécticos y las cuitas emocionales que afloran a la superficie ostentan un valor por sí mismos, en el trazo psicológico, pero sirven a menudo de plataforma para reflexiones que trascienden la anécdota argumental para incidir, mediante símbolos y asociaciones representativas, en cuestiones referidas al comportamiento social y cultural. Tanto lo uno como lo otro, lo psicológico y el comentario sociológico resultan en los dos casos implacables, si bien es evidente que las ansias expresivas del filme que nos ocupan se hallan bien lejos de las que aspaventaron las acres aristas radiográficas de El cuchillo en el agua, y, en relación con lo anterior, que Polanski trabaja aquí esas cuestiones de un modo menos sutil e implosivo del patentado en aquella primera película, y por supuesto menos asfixiante. Pero igual de intenso.

 

Absurdo insidioso

En la estructura argumental de Un dios salvaje hallamos un curioso e interesante elemento que engarza lo polanskiano con lo buñueliano, consistente en comprobar cómo esas dos parejas son incapaces de liberarse del compromiso que les supone seguir manteniendo una conversación a todas luces estéril: en el mismo principio de la acción, el matrimonio que se halla de visita –compuesto por Nancy (Kate Winslet) y Alan (Christopher Waltz)- está a punto de abandonar la residencia de los Longstreet -Penélope (Jodie Foster) y Michael (Michael C. Reilly)-, pero cualquier lance conversacional les impide hacerlo, y la situación se repite en diversas ocasiones, sin que ni unos ni otros tengan ganas de seguir conversando pero, movidos por una suerte de absurdo insidioso, vuelvan una y otra vez a enzarzarse en conversaciones cada vez más envenenadas, que revelan pulsiones cada vez más enajenadas, y que desgastan cada vez más los ánimos y la fortaleza anímica de cada uno de ellos. Es lícito pensar que Polanski, a estas alturas de su vida y de su carrera, le haya podido encontrar un evidente placer a enjaular a esos cuatro personajes en el reducido espacio de una sala de estar (donde transcurre el grueso del relato, descontadas escasas fugas de uno o dos personajes –a la cocina o al lavabo, lugares en los que significativamente la cámara opta a menudo por no entrar, sosteniendo la acción en plano fijo tomado desde su acceso-) y, partiendo de las convenciones referidas a esa unidad escénica (el recurso constante a la formulación visual sirviéndose de la denominada “cuarta pared”), explorar con fruición psicologista las debilidades cada vez más rayanas en la miseria de cada peón de la trama (sirviéndose de estudiados movimientos de la cámara, planos cortos o encuadres discriminatorios, en el sentido que escogen y relacionan la acción de uno/a y la reacción de otra/o), haciendo patente en imágenes, más allá de las escasas simpatías que ya sobre el papel despiertan los personajes, esa frialdad y distanciamiento tan definitorios del estilo de su autor, óptica desde la que Polanski se aplica con precisión a una suerte de entomología del comportamiento humano. No es de extrañar, al efecto, que la ingente carga corrosiva del relato venga a menudo aliñada con esas pizcas de humor sostenido en lo imprevisible y lo grotesco.

 http://www.imdb.com/title/tt1692486/

http://www.sonyclassics.com/carnage/

http://www.metacritic.com/movie/carnage-2011

http://www.variety.com/review/VE1117945929/

http://www.blogdecine.com/criticas/un-dios-salvaje-polanski-se-decanta-por-el-humor

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MELANCOLIA

Melancholia

Director: Lars Von Trier

Guión: Lars Von Trier

Intérpretes: Kirsten Dunst, Charlotte Gainsbourg, Kiefer Shuterland,

Alexander Skarsgård, Brady Corbet, Cameron Spurr,

 Charlotte Rampling, Jesper Christensen, John Hurt, Stellan Skarsgård

Fotografía: Manuel Alberto Claro.

Montaje: Morten Højbjerg, Molly Marlene Stensgaard

Dinamarca-Suecia-Francia-Alemania. 2011. 131 minutos

Lars Von Trier

El mayor problema que a estas alturas arrastra un cineasta como Lars Von Trier tiene más que ver con su talante que con su talento, y se mide en términos de crédito o descrédito. Es curioso como con el tiempo se ha venido primero generalizando y después afianzando la opinión de que el cineasta danés es, por así decirlo, un farsante de la modernidad cinematográfica, que nos ha estado dando gato por liebre a lo largo de su antes considerada despampanante carrera, de modo tal que filmes en su día muy celebrados –como Rompiendo las olas, como Los idiotas, como Dogville o como Bailando en la oscuridad- han quedado relegados hoy a la consideración de artefactos juguetones de un sofisticado vitriolo forjado a costa del agitado de ciertas definiciones o indefiniciones estéticas del cine contemporáneo. Puede ser, y sólo lo especulo, que la personalidad entre arisca y desairada del cineasta haya podido tener que ver, ni que sea en parte, con ese cambio en las tornas de la consideración de su prestigio. Pero lo que me parece menos discutible es que con su anterior Anticristo y con la presente Melancolía Von Trier demuestra, por un lado, que, pese a todo, es uno de los cineastas europeos actuales más dotados visualmente (en una época en la que, por otra parte, andamos más bien faltos de genio(s)) y, por el otro, que se halla en un periodo creativo en el que prioriza una vis dramática e introspectiva que le acerca a lo que podemos considerar una madurez (nos convenzan o no sus logros artísticos). De hecho, creo que existen muchas semejanzas entre la que para mí es una masterpiece, Antichrist, y esta muy estimable aunque menos redonda Melancholia, semejanzas tanto de utilización del lenguaje cinematográfico cuanto, quizá sobre todo, de germinación de un discurso artístico, cuya cohesión nos permite aseverar que Von Trier, en franco juego irónico con la consideración que de él hoy se tiene, se está acercando a la esencia de sus personalidad.

 

¿Díptico?

Las dos últimas películas de Von Trier se cimientan sobre un acontecimiento trágico, y refieren lo traumático; en Antichrist, el modo en que una pareja veía desmoronarse todos los valores que sostenían su presunto equilibrio como consecuencia de la muerte accidental de su hijo pequeño; aquí, aunque de forma más compleja, el recorrido es inverso: un planeta errante –llamado Melancolía- se dirige hacia la Tierra, y el filme desgrana el modo en que una familia, con focalización primordial en dos hermanas, afrontan la posibilidad de ese cataclismo. La dramaturgia de ambas películas se forja a través del diálogo íntimo y cargado de símbolos entre el ser y lo telúrico, mecanismo a través del cual el cineasta propone muy pesimistas interpretaciones del conflicto entre lo cultural y lo atávico. Para alcanzar lo anterior, ambos relatos prestan atención a comportamientos perturbados, enfermizos, y en franca y a menudo violenta oposición con las convenciones sociales; en ambas películas hay un niño pequeño imagen de una inocencia  que es sinónimo de condición de víctima; en ambas películas hay una falla infinita entre hombres y mujeres, ni una sola relación sentimental en la que, escarbando un poco bajo la superficie, anide ni siquiera un hálito de comprensión mutua; y, probablemente un elemento cabal, sirviéndose de idéntica actriz en los dos casos, Charlotte Gainsburg, Von Trier lleva a cabo denodados esfuerzos por escenificar uno de los síntomas más generalizados del padecimiento psíquico característico de nuestra era, la crisis de ansiedad, que el propio cineasta ha manifestado en diversas ocasiones que le obsesiona por propia experiencia. De la relación de las premisas de sus filmes y el modo de abordarlas por Von Trier podemos deducir que el cineasta ofrece una versión más particular que conceptualmente subjetivista de lugares comunes del cine de género, el terror psicológico en Antichrist, y la ciencia-ficción y las disaster movies en esta Melancholia.

 

Wagner

Aquí de un modo mucho más evidente que en Antichrist, y de forma indudablemente pretenciosa –epíteto lleno de connotaciones negativas que no siempre se corresponden con el objeto de su adjetivación, pues lo pretencioso es, por ejemplo, por ende experimental y aguerrido-, Von Trier juega la baza de las referencias culteranas en la elucubración de un discurso, el suyo, profundamente marcado por el nihilismo, y con el que se esfuerza, con devoción y éxito intermitente, por establecer puentes con las herencias del patrimonio cultural propio legado por el gran arte. Mucho se ha hablado ya de las diversas referencias pictóricas que de forma innegable por explícita (la obra Cazadores en la nieve, 1565, de Pieter Brueghel), más que probable (la Ofelia pintada por John Everett Millais en 1852) o posible (Antonio José Navarro, por ejemplo, apuntaba en su crítica publicada en la revista Dirigido por… de noviembre de 2011 la evocación a los lienzos del surrealista Paul Delvaux (1897—1994), y Ángel Quintana,  en la edición del mismo mes de Cahiers du cinema-España, llamaba la atención sobre las plausibles concomitancias que la substancia alegórica de la película podía guardar con un gravado de Albert Dürer precisamente llamado Melancolía I (1513)) proyectan sus sentidos expresivos sobre las imágenes filmadas por el cineasta escandinavo. También se ha hablado, y de forma necesaria, pues es sin duda sumamente relevante -de hecho crucial- en la definición emotiva de la película, de la utilización de la partitura del preludio y algunos fragmentos del Tristán e Isolda (1859) de Richard Wagner como banda sonora. Al respecto, no podemos afirmar o desmentir si Von Trier busca sintetizar en su medio de expresión, el cinematográfico, las formidables ambiciones de fusión de poesía, música y espectáculo que de hecho preconizó el propio y revolucionario Wagner, la noción conocida como Das Gesamtkunstwer (Arte Total); sí que da la sensación, en los mejores pasajes de la película, que eso persigue, además utilizando como plataforma y reflejo para lo dramático esa historia hecha música sobre dos amantes condenados a hallar la felicidad únicamente en la muerte; y esa sensación alcanza a reflexionar sobre el hecho de que a menudo dé la impresión de que Von Trier pretende ilustrar en imágenes determinados movimientos musicales, y no buscar el encaje a la inversa.

 

Weber

Sin perjuicio de todo lo anterior, me gusta especular con la posibilidad de que Von Trier haya ido más lejos a la hora de establecer vínculos con el romanticismo germánico. Antes que Wagner, Carl Maria Von Weber, creador de hecho de la ópera romántica, logró significarse a través de dos obras, una de ellas titulada precisamente El cazador furtivo (1821) (la otra fue Euryanthe, 1825), en las que la melodía quedaba definitivamente acomodada al lenguaje dramático, utilizando la división en escenas y anunciando los motivos principales del drama en la obertura. Me parece bastante evidente que Von Trier recurre aquí igualmente a la presentación de sus leitmotivs en el arranque de la función, ocho minutos de metraje, cinematográficamente portentosos, filmados con sumo sentido de lo preciosista, ataviados en lo sonoro por el pulso febril wagneriano,  y que contienen –yendo en lo narrativo un paso más allá de lo ensayado, de forma igualmente genial, en los primeros minutos de Antichrist- las claves visuales del relato que en lo sucesivo se desgranará. Como las óperas románticas en las que busca inspiración y sentidos, Melancolía pretende de esta forma marcar y al mismo tiempo mostrar sus cartas, exponer con rotundidad la condición esencial de drama lírico que va a ser escenificado a partir de ese relato que nos habla de dos personalidades antitéticas y dos mundos que colisionan, de una pugna feroz del espíritu que apuntalará lo racional y decantará la balanza hacia la fuerza destructora de lo ingobernable.

 

Justine-Claire

Tan ambiciosas premisas expresivas se sostienen con fuerza en ese inicio de la función tanto como en la segunda hora de metraje, epigrafiada con el nombre de Claire (encarnada por Gainsbourg). No así, o al menos es la humilde opinión de este cronista, en el primer segmento, el que sigue ese prólogo, titulado Justine (su hermana, encarnada por Kirsten Dunst), episodio de presentación que refiere el descalabro absoluto de un matrimonio, la de aquélla con Michael (Alexander Skârsgard), que termina en la misma noche de bodas, por la incapacidad de ella de asumir el compromiso, el futuro bosquejado en los proyectos que tanto en lo personal como en lo laboral se le están abriendo, y que le desencadenan una terrible crisis depresiva. No se trata de que los enunciados puestos en la picota no resulten válidos a los fines narrativos, pero sí en cambio acuso una carencia en la vertiente lírica de su exploración visual, francamente descompensada con respecto de las tesis, mucho más plásticas en lo visual, intuitivas, sugerentes, subyugantes, desbordantes, del resto del metraje. Es por ello que al principio de esta reseña he referido que Melancolía no es una obra tan rotunda como lo era la mucho más cohesionada Anticristo. Lo que no desmiente que en ella hallemos sobradas pruebas del singular talento de su autor o que, dicho de otra manera, su visionado no resulte altamente recomendable para cualquier amante del cine, más allá del índice de sus simpatías por el cine precedente de Lars Von Trier.

 

http://www.imdb.com/title/tt1527186/maindetails

http://www.cineyletras.es/Critica/critica-de-melancolia.html

http://www.elespectadorimaginario.com/pages/noviembre-2011/criticas/melancolia.php

http://www.primerahora.com/criticamelancholia-blog-562526.html

http://www.variety.com/review/VE1117945258/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

ACERO PURO

Real Steel

Director: Shawn Levy

Guión: John Gatins según un argumento de Dan Gilroy

y Jeremy Leven, asimismo según un relato corto de Richard Matheson

Intérpretes: Hugh Jackman, Dakota Goyo, Evangeline Lily, Anthony Mackie, Kevin Durand Musica: Danny Elfman

Fotografía: Mauro Fiore

2011. EEUU. 126 minutos

El marasmo mainstream

A la hora de analizar las películas mainstream, y más las pensadas para públicos de los que etiquetamos (por etiqueta, por supuesto, impuesta por las políticas industriales y presiones comerciales del establishment) como “familiares”, hay que andarse con cierta cautela, sea para detectar por donde van los tiros de esas tendencias comerciales (pues, instalados como estamos en la llamada cultura de masas, es evidente que dan lugar a trascendentes comentarios sociológicos), sea para, en el intrínseco análisis de lo artístico, separar el grano de la paja, extraer lo que puede ser relevante de lo que no. Quiero decir, aplicados a este ejemplo titulado Real Steel, que podría quedarme muy ancho diciendo que es una película que tira de fórmula y arquetipo manido, que celebra gustosa sus inconsistencias dramáticas y argumentales, y que utiliza como plataforma del entertainment más esperable los lugares comunes del cine de boxeo de toda la vida, articulados con generosas dosis del sentimentalismo spielbergiano más obvio, y, faltaría más, todo ello barnizado con efectos especiales vistosos, en este caso consistentes en unos aparatosos robots que hacen las veces de púgiles en rings y espectáculos de feria diversos. Me quedaría, insisto, muy ancho, y no hubiera falseado la realidad, pues en la definición se identifican los elementos superficiales que constituyen el producto (porque, así identificados, hablamos más de producto que de película). Pero, incluso con una obra dirigida por un cineasta tan impersonal como Shawn Levyv (responsable de las dos partes de Noche en el museo (2006 y 2009), y de Noche loca (2009)), a veces uno puede llevarse alguna sorpresa, y no está de más consignarlas.

El factor Matheson

Los elementos que elevan el interés de la propuesta radican más en cuestiones argumentales que en su lectura visual, pero resultan cruciales en la edificación sustantiva del relato, y en ese abordaje en imágenes Levy ofrece algunas secuencias dignas de interés, si bien es cierto que en otras malbarata mucho las posibilidades metafóricas en pos del mero espectáculo de catálogo. Para hablar de esas cuestiones me apetece remontarme al sustrato original del guión escrito por John Gatins según un argumento de Dan Gilroy y Jeremy Leven: hablo de un relato corto escrito por Richard Matheson, Steel (1956), que el mismo convirtió en libreto de un episodio homónimo de la quinta temporada de la mítica serie The Twilight Zone protagonizado por Lee Marvin (Steel, Don Weis, 1963); aunque Matheson entregó a la serie de Rod Serling muchos episodios memorables –The Invaders, Little Girl Lost, Nightmare at 20,000 feet, Night Call…–, el autor de Soy leyenda siempre manifestó su predilección por este episodio en el que, según la misma premisa en la que en un futuro posible (que en el filme de Levy será más bien un presente alternativo, por mucho que se cite el año 2020) los robots han substituido a los boxeadores en el ring; en él, el mecánico es incapaz de reparar el robot que debe protagonizar un combate y, para no perder el dinero de las ganancias, el propio manager que encarna Marvin se esconde bajo la caracasa del androide, libra el combate y lo pierde por KO. De aquel magnífico episodio me sedujeron especialmente tanto la extrañeza de su premisa y atmósfera (ese elemento extraño de robots, por lo demás de generaciones obsoletas, insertado en el contexto del mundillo de los combates de boxeo de baja estofa) cuanto la audaz asociación, por la vía de la condición anacrónica de ambos, entre el personaje humano y su suerte de réplica robotizada. Aunque el argumento de Real Steel nada tiene que ver con ese desarrollo argumental, sí que se sirve un poco tanto de esa atmósfera exótica y bizarra (la primera secuencia del filme, en la que Charlie Kenton (Hugh Jackman) lleva a su robot a competir nada menos que con un toro en un espectáculo de feria local; el combate nocturno de NoisyBoy en aquel recinto en el que Finn (Anthony Mackie) organiza peleas ilegales; la primera pelea de Atom, que se celebra en una especie de jaula de leones de un zoológico…), y, más relevante, trata constantemente de extraer un jugo dramático a esa asociación entre seres vivos y sus réplicas inertes que se sugería en el relato de Matheson y su versión televisiva dirigida por Don Weis: si en el cierre del episodio de la Zone Marvin, físicamente muy castigado en el vestuario, miraba al robot, le hablaba como si de un compañero de fatigas se tratara, y un contraplano lo confirmaba, en la película de Levy esta asociación se lleva, a menudo de forma intuitiva, bastantes pasos más allá.

Atom en familia

Y para ello se sirve de la introducción de un punto de vista que precisamente se caracteriza por esa intuición, o más bien por una clase de subjetivismo aferrado a lo maravilloso, el que tiene que ver con el hijo de Charlie, Max (Dakota Goyo), el niño protagonista, catalizador dramático desde cuya perspectiva los elementos se desaferran total, libre, impúdicamente de la realidad, para imponer válidamente términos tanto dramáticos como simbólicos y alegóricos. En la película se da uno de esos tan manidos conflictos paternofiliales en los que un padre que en el pasado fue irresponsable descubre en sus adentros el amor incondicional por su hijo y sella con él unos renovados pero bien fuertes votos (de hecho, la premisa está erizada hasta lo nauseabundo: como sucedía, por poner, en Yo, el halcón (Menahem Golan, 1986), la custodia sobrevenida proviene de la muerte –allí era enfermedad, creo recordar- de la madre); y a lo anterior se anudas otras constataciones redentoristas, tanto las que tienen que ver con el propio Charlie, que finalmente saboreará las mieles del éxito que se le negaron en su carrera como púgil, como las relacionadas con Bailey Tallet (Evangeline Lilly), propietaria del gimnasio en el que –en lugar de entrenar- se ponen a punto los robots, hija del que fuera su entrenador, y chica con la que, en fin, Charlie mantiene una relación sentimental de esas algo volátiles. Todo este cargante paisaje sentimental tirando a sentimentaloide se tamiza, por suerte, merced de algo tan inopinado como la intercesión de la máquina, el robot Atom, que parece cobrar vida en momentos puntuales pero decisivos y, de este modo, imponer su voluntad, que es como un amuleto, a los frágiles sinos de los protagonistas: Atom, siendo nada más que un montón de chatarra, le salva la vida in extremis a Max cuando éste sufre una caída en un desguace en el que se había colado con su padre a buscar piezas de repuesto (situación francamente increíble, por mucha suspensión de la incredulidad que haya, aunque reclama, como vemos, su valor en otro sentido); reproduce los gestos de sus entrenadores merced de una aplicación tecnológica –imita los ademanes de éstos-, lo que le sirve para adquirir mayor sofisticación en el reparto de golpes y su encaje, pero también para hacer algo tan desenfadado para el público de los shows (deportivos y cinematográficos) como bailar al son coreográfico que le marca el niño, o en otra secuencia seguirlo corriendo por las calles como si se tratara de dos asimétricos amigos… La cámara plantea el canónico juego del plano–contraplano, sirviéndose de la caracterización del robot con menor frialdad o fiereza geométrica que sus equivalentes, acercando su figura a la fisonomía humana y utilizando líneas curvas en su diseño, especialmente el de su cabeza. Pero todo lo que estaba sublimado hasta el desenlace, entonces deja de estarlo (spoiler): en un momento del inicio del gran combate final, Atom se halla en el suelo, derribado por su formidable oponente, y no responde a los mandos electrónicos que Charlie Kenton maneja, y sí en cambio al grito de Max pidiéndole que se levante: pasa de este modo a tener una entidad que le alinea con el mismísimo ET de Spielberg, criatura que es una proyección de los sueños y deseos de un niño. Y, rizando el rizo de la cuestión, en un instante de ese mismo combate el sonido ambiental desaparece y, mientras la cámara acompaña el primer plano del robot-púgil danzando por la lona, se escuchan unos jadeos de resonancia metálica: es un plano subjetivo desde el punto de vista de la máquina.

Apoderamiento

Es a través de este ardid inesperado que se integrarán los resarcimientos de todas las viejas cicatrices del pasado así como las victorias morales (como en Rocky (John G. Avildsen, 1976), el adversario gana a los puntos, pero Atom es “el campeón del pueblo”). Pero las posibilidades expresivas no se limitan a esa cierta (aunque imaginativa en su planteamiento) complacencia redentorista en la línea de la citada Rocky o de el Campeón (1979) de Franco Zeffirelli. Hay, más allá, un aparato metanarrativo y de digresiones sobre las propias convenciones de la mixtura de géneros (cine de boxeo, ciencia-ficción) que cabe buscar entre las imágenes tan a menudo acartonadas de la película. Por ejemplo, los planteamientos de Real Steel en su clásica modulación de la pugna entre David y Goliat, entre el presuntamente débil y el todopoderoso (aquí, una literal deidad robótica), incorporan muy sutilmente una lectura en los no menos clásicos términos de la lucha de clases (Charlie Kenton es un paria, y el robot con el que compiten nada más, al menos en apariencia, que un robot de segunda o tercera mano que de hecho fue diseñado para –atentos a la metáfora- recibir y soportar golpes). Y lo anterior nos permite tirar el hilo de comentarios de otra pero permeable índole: Atom es, como todos los robots, un esclavo, un ejecutor de la voluntad de su amo, Max (que a veces delega en Charlie); pero si decimos que su funcionamiento viene más definido por componentes humanos, de intuición y estrategia, heredados directamente de sus amos-entrenadores (relacionado con su antes comentada humanización, que le hace ser un púgil menos dependiente de la fuerza bruta y maquinal), podemos convenir que nos hallamos en la antesala de esa inteligencia artificial sobre la que la literatura (Aldiss, Dick, Clarke) y el cine nos vienen hablando desde hace ya muchas décadas, aquí según un planteamiento bien mundano, aparentemente inofensivo; pero Atom encarna, no lo olvidemos, primero el padre que Max no pudo tener y después el éxito que Charlie no pudo conquistar. Puede interpretarse, como antes mencionábamos desde lo fantastique a lo espiritual, pero también cabe una visión en otros términos más abstractos, que nos hablan de apoderamiento y adquisición de una voluntad propia que logra imponerse. Si al principio hablábamos de tendencias, no es descabellado plantear, por ejemplo, concomitancias alegóricas entre este Atom y el simio protagonista de la reciente Rise of the Planet of the Apes

http://www.steelgetsreal.com/

http://www.imdb.com/title/tt0433035/

http://www.usatoday.com/life/movies/reviews/story/2011-10-06/real-steel-hugh-jackman/50682392/1

http://www.metacritic.com/movie/real-steel/critic-reviews

http://en.wikipedia.org/wiki/Steel_(The_Twilight_Zone)

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LAS HORAS DEL VERANO

L’heure d’été

Director: Olivier Assayas

Guión: Olivier Assayas

Intérpretes: Juliette Binoche, Charles Berling, Jérémie Renier, Edith Scob,

 Dominique Reymond, Valérie Bonneton, Isabelle Sadoyan

 Fotografía: Eric Gautier

Montaje: Luc Barnier

Francia. 2008. 103 minutos

 

Assayas

Hijo del guionista y ocasional director galo Jacques Rémy, crítico de la revista Cahiers du Cinéma en los mismos tiempos en que iniciaba su carrera como director de cine, la de Olivier Assayas es actualmente considerada una de las voces cinematográficas más interesantes de nuestro país vecino, por no decir del complejo corpus del cine europeo. Tras un primer periodo creativo ubicado en los márgenes del culto festivalero y otra marcada por cierta polémica, parece que Assayas logó apuntalar su prestigio con dos obras consecutivas. Una, la mini-serie Carlos (2010), dedicada a la trayectoria del revolucionario venezolano Ilich Ramírez Sánchez. Y la otra, el filme que nos ocupa, L’heure d’été, filme en el que parece fácil detectar ciertas reflexiones volcadas desde lo autobiográfico y que, curiosamente (que no irónica, pues el filme está íntegramente escrito por Assayas), es un filme de encargo, propuesto al realizador por el Museo de Orsay dentro de un ciclo conmemorativo de su trigésimo aniversario (realizado más o menos por las mismas fechas y estrenado poco después que El vuelo del globo rojo/Le voyage du ballon rouge, Hou Hsiao-Hsien, 2007, primer título del ciclo).

 

De repente, el último verano

Las horas del verano es un drama introspectivo que balancea sus ejes entre el motivo de las relaciones familiares por un lado y el paso del tiempo, que también escenifica el cambio de los tiempos. Una madre, Hélène (Edith Scob), anciana, y sus tres hijos, adultos y que ya tienen pareja o familia propias, mantienen una reunión en la villa familiar en el primer segmento del relato. Es una reunión periódica, en la que el núcleo familiar, desperdigado por diversos lugares del mundo por razones profesionales (el hijo mayor, Fredéric (Charles Berling) economista, es el único que reside en Francia, en París; su hermana, Adrienne (Juliette Binoche), diseñadora, lo hace en NuevaYork; y el menor, Jérémie (Jérémie Renier), directivo comercial de una empresa de calzado, en China) acuden a la villa, ubicada en una región rural cercana a la capital, en la que se criaron. Será el último de esos encuentros. Tras una primera elipsis, recibimos la noticia de que Hélène ha fallecido; con motivo de su muerte, los tres hijos vuelven a reunirse para rendirle sepultura y decidir las cuestiones referidas a la distribución de la herencia. Por  motivos de necesidad económica o de simple lógica (pues dos de los hermanos no residen en Francia), deciden vender el caserón, así como los diversos objetos de valor que su tío primero, un artista con el que Hélène había estrechado muchos lazos, y la propia Hélène después, habían ido recopilando, entre los que se cuentan cuadros de Courot, un armario de Hoffman, un antiguo escritorio y otros utensilios de valor cultural. Para evitar un pago desorbitado a Hacienda, recomendados por un abogado deciden efectuar una donación al Museo de Orsay. En los subsiguientes episodios del relato, cada vez más cortos, se desgrana nada más ni menos que el proceso de esa donación y el modo en que ese finiquitar el pasado, que no la memoria por sus seres queridos, afecta a los tres hijos, principalmente al mayor.

 

La nostalgia y su ausencia

Assayas reconocía una influencia que podríamos cualificar marco al respecto de su creación y desarrollo de este conflicto dramático íntimo: “Mi relación con la escritura en las películas es más bien literaria que escénica. Admiro mucho a Chéjov. […] Cuando estábamos rodando, a veces les decía de broma a los actores que nuestra película era el eco distante de El jardín de los cerezos”. Desde esa referencia se engalanan y desgranan sin duda los elementos universales que se ponen en el tapete dramático, a los que se anudan con suma sutileza y tiento las consideraciones particulares que ubican la película en su determinado contexto. Al respecto de los mismos, en diversos foros se enfatiza la vis más pesimista, grave, de los componentes metafóricos, para constatar que el filme constituye un agudo examen al proceso de descomposición cultural y moral que azota al viejo continente en la actualidad. Quizá al respecto esos cronistas se hayan llevado a engaño por las inercias crepusculares que, es cierto, abrigan el tono e impulsan el relato. O quizá en sus aseveraciones intervienen razones extra-fílmicas. O quizá sea yo quien me equivoque en apreciar que las constancias que Assayas busca en ese aparato de los símbolos y las paráfrasis alegóricas no se aferra necesariamente a una visión desencantada o agria. Quizá si aceptara esa interpretación estaría aceptando de paso que Assayas parte de unos valores sojuzgados por su pertenencia a un determinado elitismo cultural e intelectual. Y, atendiendo a lo que la película muestra o sugiere, prefiero pensar que el discurso propugnado por esas imágenes está más atemperado, relativizado por la prioridad, universalidad y autonomía dramática de los componentes puramente emotivos, referidos al hecho ineluctable del paso del tiempo, proyectado a través de la tensión entre la nostalgia y su ausencia, el fino hilo que separa el pasado del futuro, que es donde definitivamente está instalada la película desde su principio (cuando la muerte aún no ha comparecido, pero sí anuncia su presencia en esa conversación en la que Hélène fuerza a su primogénito a hablar de cuestiones referidas al testamento, al tiempo que emergen evocaciones del pasado, recuerdos familiares) a su fin (la hija de Fredéric y su novio, abandonando la masía y dirigiendo sus pasos… a cualquier otro lugar).

 

La comprensión, la aceptación, el afecto

Todo lo expresado, insisto, parte de consideraciones cinematográficas, del particular modo en que Assayas edifica en imágenes lo introspectivo y lo radiográfico. Busca la mesura dramática en la naturalidad, la sencillez y la fluidez de su relato, apoyado en una escenografía elegante sin necesidad de tensar su estilización, alérgica a cualquier estridencia, sutil en el juego de la planificación y el despliegue de lo lumínico como herramientas que habilitan lo dramático desde lo descriptivo (atiéndase al contraste entre la orquestación de los movimientos de cámara y distribución de planos para mostrar el caserón familiar y sus reliquias en el segmento inicial y en los sucesivos retornos, en los que la casa –que siendo un símbolo, es filmada por Assayas como si además fuera un personaje- está perdiendo sus huellas de identidad, su vida, al irse desnudando de los objetos que la pueblan, una vez ya abandonada por las personas que allí moraban). Pero el penetrante escrutinio dramático que nos propone la película halla sin duda su mejor baza en la metódica dirección de actores, de los que Assayas logra extraer las dosis de sinceridad que precisa la carga íntima de la historia así como los matices interpretativos que edifican el retrato no sólo de lo anímico y emotivo sino también de los sociológico y cultural. Assayas ubica su punto de vista en equilibrio entre el respeto y cierta distancia, entre la comprensión y a veces un muy tenue abordaje de las flaquezas de cada uno. Pero, acorde también con el flujo de los conflictos y sentimientos que ilustra, su mirada no es agresiva o acusadora; bien al contrario da siempre la sensación de buscar la comprensión, la aceptación y el afecto. Precisamente esa imparcialidad –que no frialdad- narrativa sirve para dotar de mayor intensidad a las breves fugas a lo melancólico, los contados planteamientos o situaciones en los que la coda implosiva del relato revela su sustancia más amarga. Entre ellos las secuencias protagonizadas por Eloise (Isabelle Sadoyan), la anciana mayordomo, unida por el afecto con los tres hijos de Hélène pero separada por todo lo demás; las dos secuencias en las que se muestra, de forma harto pudorosa –la cámara nunca mostrando el rostro desencajado del personaje, siempre parapetado, por la oscuridad o por un reflejo de la luna de su coche-, los breves instantes en los que a Fredéric le invade la desazón por la pérdida de su madre o del que fue el hogar familiar; y aquella otra –quizá la más bella del filme- que se corresponde con la última aparición de Hélène, una vez sus hijos y nietos se han marchado, de nuevo sola en la finca, sentada, ensimismada, en medio de una habitación sumergida bajo una penumbra azulada.

http://www.imdb.com/title/tt0836700/

http://www.summerhours-movie.mk2.com/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20090520/REVIEWS/905209989/1023

http://www.villagevoice.com/2009-05-13/film/old-money-meets-a-new-world-in-summer-hours/

http://www.miradas.net/2009/01/actualidad/las-horas-del-verano.html

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UN MÉTODO PELIGROSO

A Dangerous Method

Director: David Cronenberg

Guión: Christopher Hampton, según un montaje teatral propio

basado en un ensayo de John Kerr

Intérpretes: Keira Knightley, Viggo Mortensen, Michael Fassbender,

         Vincent Cassel, Sarah Gadon, André Hennicke

Musica: Howard Shore

Fotografía: Peter Suschitzy.

Canadá- Alemania-GB. 2011. 101 minutos

¿Otro Cronenberg?

En estos años en los que muchas voces indican que David Cronenberg ha afianzado su situación de prestigio, me da a mí la contraria impresión de que el cineasta se halla en la cuerda floja (algo que, por otro lado, tampoco debe de preocupar demasiado a un director de trayectoria marcada por su combatividad y riesgo). Un dato objetivo tan inopinable como que haya tardado cuatro años en levantar este proyecto (Promesas del Este es de 2007) resulta, en todo caso, mejor barómetro que las especulaciones y juicios precipitados. Máxime teniendo en cuenta el muy ajustado presupuesto del filme: 15 millones de dólares. Por otra parte, se da la circunstancia de que su target de público ha variado ostensiblemente, ya desde los tiempos de Una historia de violencia pero probablemente mucho más con esta obra producida por Jeremy Thomas (que, es cierto, ya había colaborado con Cronenberg, aunque de eso hace mucho tiempo: El almuerzo desnudo en 1991 y Crash en 1996) según un texto teatral de Christopher Hampton que da lugar a eso que el gran público identifica con “una película de época” (impresión que, en el pulido aparato formal de la película, Cronenberg abona), y además que pone en la picota narrativa personajes y conceptos de relevancia cultural y social más que evidente (Sigmund Freud, Carl Gustav Jung y el psicoanálisis). Los fervorosos del cine fantástico que años atrás vitorearon obras como Scanners (1981), Videodrome (1983) o incluso La mosca (1986) o eXistenZ (1995) reaccionan con desapasionamiento ante estas últimas propuestas del realizador (y aún más esta última, que ni siquiera contiene elementos de suspense), lamentando que el cineasta parece haber abandonado definitivamente la clave hiperbólica, sórdida y explosiva que antaño caracterizó su cine; entretanto, al otro lado del espejo, en algunos foros he leído comentarios del tipo “Cronenberg finalmente se ha librado de los lastres de aquel viejo cine de serie B”, que más bien se refieren al presunto lastre del cine de género, y para más inri para los bienpensantes autores de esos juicios, virulento y sanguinario. Quizá deberíamos resolver la ecuación despejando la incógnita del prejuicio. Proceda de donde proceda.

Cosmología propia

Porque, como anticipaba, A Dangerous Method es un filme muy y muy estimable, que se inserta de forma harto congruente en la filmografía (aunque, para una mejor apreciación de lo que digo, tal vez debería referirme a “cosmología”) de Cronenberg, y en el que hallamos algunos de los elementos más destacables de su personalidad, cuyo deslizamiento desde estos parámetros de más aparente convencionalidad los hace singularmente atractivos y nos invita incluso, y quizá inopinadamente, a hablar de una progresión. ¿Y cuál es ese elemento? El que se dirime por entre las imágenes y progresiones dramáticas de la trama para sedimentarse en el territorio de las ideas, siempre complejas alusiones sobre la personalidad y el comportamiento humanos que habitan en la peculiar, fascinante perspectiva desde la que Cronenberg contempla sus historias o, en este caso podemos añadir, la Historia. Estoy diciendo, y es mi humilde opinión, que lo que el cineasta vuelca en esta película no supone un cambio de tornas artístico, sino una evolución para nada distorsionada de lo postulado ya desde los tiempos de las películas que abordaban cuestiones relacionadas con lo que se dio en llamar “la nueva carne”, que por ejemplo ya en Scanners derivaba claramente hacia lo psicopatológico pero también hacia la abstracción. Un método peligroso recoge, en lo analítico y temático, algunas concomitancias con aquel título, y aún otras más evidentes con las formidables Inseparables (1988) y Spider (2002).

Jung

La película, con guión escrito por Hampton según un montaje teatral que el mismo llevó a cabo (The Talking Cure) a partir de una novela-ensayo de John Kerr (A Most Dangerous Method) es una obra protagonizada por psiquiatras que, empero, no pretende hilvanar en su discurso elevadas o técnicas discusiones para iniciados. Narra el modo en que Jung (Michael Fassbender), a través de sus vivencias con dos pacientes suyos (a su vez psiquiatras, aunque la primera aún en formación), sufre una profunda crisis personal que le lleva a desarrollar una escuela de pensamiento, psicología y filosofía (la que hoy todos conocemos) de raíz contraria a las tesis del más veterano Freud, de quien al principio era un gran admirador, y quien de hecho había visto en Jung a un digno sucesor de su causa. Así planteado me parece más fácil desentrañar la miga temática, crítica y alegórica de la película que si menciono la sinopsis al uso: la ardorosa relación que Jung mantiene, de forma intermitente, con una de sus pacientes, Sabina Spielrein (Keira Knightley), relación –cuyos visos masoquistas son, atiéndase, fácilmente asimilables a las tesis freudianas- que ocupa buena parte del metraje pero que tiene más importancia por su adjetivación causal y de consecuencias; causas y consecuencias que estigmatizan a Jung desde diversos puntos de vista: hay referencia al escarnio público al que es sometido, por mucho que, de forma coherente con la vis introspectiva e íntima del relato, no se escenifique; pero más importante acaba resultando la constancia de que Jung, al principio fascinado por la sabiduría de su mentor, desarrolla otras ideas fruto de sus experiencias personales; y a nivel dramático, es lo más destacable la forma, extraordinaria, que tiene Cronenberg de capturar, a través de sus actores, pero también del tono conferido por la disposición de la cámara y del montaje,  cuán dolorosas resultan para el personaje esas experiencias, tanto en el aparato sentimental cuanto, mucho más difícil de relatar, en el intelectual.

De la obsesión a la trascendencia

Cronenberg no falla a su cita de densificar desde lo estrictamente dramático tanto lo alegórico cuanto la proyección intelectual, virtud que sirve para omitir en todo momento lo discursivo, dejando a los personajes cobrar vida y desplegar su personalidad y el choque entre unas y otras, para, de este modo, dejar a la inteligencia del espectador la glosa de lo sentimental (como causa y consecuencia) y de lo intelectual (como consecuencia apenas entreabierta al cierre del relato, y cuyo significado se integra fuera de la ficción: en el legado del psicólogo).No quisiera convertir este análisis en un recuento de argumentos de la politique des auteurs, pero debo decir que si el guión de Hampton está magníficamente trenzado (y también cuenta entre sus diversas virtudes una sutil pero sugestiva contextualización histórica), es visiblemente Cronenberg quien le extrae a la maraña dramática los componentes que más le interesan, dejando en un plano secundario los enfrentamientos dialécticos con Freud para centrar todo el potencial expresivo sobre los hombros de Jung. La elegante composición que del vienés efectúa Viggo Mortensen –esos puros a medio terminar en sus labios, el porte más bien impertérrito, la frialdad en la mirada acorde con el temple en el verbo- no hace otra cosa, a la postre, que declinar la descripción subjetiva en torno al personaje, dejando que ésta recaiga absolutamente en el falible protagonista, al que Fassbender dota de una destacable expresividad desde lo implosivo. Al ser Jung el sujeto de todos los esenciales conflictos –de pensamiento, sentimiento y obra- que se refieren en el relato, el resto de personajes acaban conformando no otra cosa que órbitas, cruzadas y articuladas con suma precisión en la progresión dramática para ir modelando para el espectador la sustancia obsesiva que, hacia dentro (su deseo hacia Sabina) y hacia fuera (sus denodados esfuerzos por comprender las angustias propias y ajenas, pero también para asumir sus convicciones y sus derrotas, y volcar todo ello desde lo científico), Cronenberg, por intercesión de su Jung, va a revelarnos. De los muchos grandes temas que Un método peligroso maneja (la amistad traicionada, los incontrolables pulsos del fervor sexual, la infidelidad, la pugna entre los instintos y el statu quo…), se acaba quizá imponiendo una recogida pero muy precisa reflexión sobre los tortuosos caminos de la mente y el espíritu que llevan a la sabiduría y la trascendencia.

http://www.imdb.com/title/tt1571222/

http://www.cine-vue.com/2011/10/bfi-london-film-festival-2011-dangerous.html

http://www.miradas.net/2011/11/actualidad/criticas/un-metodo-peligroso.html?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=un-metodo-peligroso

http://www.quietearth.us/articles/2011/12/06/WFF-2011-Review-of-David-Cronenbergs-A-DANGEROUS-METHOD

http://www.judexfanzine.net/v2/estrenos.php?id=1832

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DRIVE

Drive

Director: Nicolas Winding Refn

Guión:Hossein Amini, según una novela de James Sallis

Intérpretes: Ryan Gosling, Carey Mulligan, Bryan

Cranston, Albert Brooks, Christina Handricks, Ron Perlman

Música: Cliff Martinez

Fotografía: Newton Thomas Sigel

EEUU. 2011. 100 minutos

 

¿Herencias?

Si echamos cuentas a las diversas y muy entusiastas críticas que acompañan a Drive tras su pase exitoso por diversos festivales –el último, el de Sitges-, nos encontramos con una retahíla de ávidas comparaciones con cineastas y encuadramientos cinematográficos que sin duda resultan llamativas: del cine de Michael Mann al de Quentin Tarantino, del policiaco norteamericano de los setenta –y el Bullit de Peter Yates- al de la década posterior, en las cintas ubicadas en Los Angeles –Vivir y morir en LA, de William Friedkin-, de Animal Kingdom (David Michôd, 2010) a El americano (The American, Anton Corbijn, 2010), como referentes cercanos, o de Driver de Walter Hill a la definición psicológica del cine de Jean Pierre Melville… Si las tomáramos a todas en consideración podríamos decir que Nicolas Winding Refn ha efectuado un pastiche, refrito o túrmix de banderas estéticas diversas que –la mayoría- han marcado con fuego el devenir del cine policiaco en su formulación contemporánea, moderna y posmoderna. Sí que es cierto que se rastrean opciones estéticas sacadas de aquí y allí, pero la anterior aseveración resultaría injusta, pues le restaría al filme lo que sin duda tiene: personalidad. Una más maliciosa podría de hecho acusar de una cierta pretenciosidad a la labor de Winding Refn, teniendo en cuenta que Drive depura su estilo fundamentalmente en el apartado formal, para la ilustración “diferente” (con diversas herencias, en efecto, aunque yo la que vea más clara sea quizá, dejando de lado la fachada ochentera, la que tiene que ver con el director de Le Samourai, y, en sus primeras proposiciones, el Monte Hellman de Carretera asfaltada en dos direcciones) de una trama que en realidad no tiene nada de novedosa ni siquiera de fecunda. Quizá podamos convenir que el cineasta -quien, con el premio conseguido a la mejor dirección en el Festival de Cannes, sin duda verá afianzado un prestigio que hasta la fecha quedaba relegado a círculos más específicos y marginales- encuentra sus virtudes precisamente donde podrían radicar esos objetos a la crítica de su trabajo: en el atractivo, por momentos fascinante, remozado visual de motivos argumentales muy estandarizados en el tan transitado territorio genérico en el que se mueve, el thriller.

Opciones narrativas y estéticas

Winding Refn ya despeja muchas de sus bazas narrativas en el brillante arranque de la función/presentación del personaje, que narra cómo aquél recoge un vehículo en un taller mecánico, acto seguido colabora como conductor en la perpetración de un acto criminal (que discurre en over) y, en la huida, despliega de forma tan mecánica como eficaz formidables estrategias para eludir el acoso policial. El relato se desgranará a modo episódico, si bien serán primordialmente el montaje y la utilización del sonido las herramientas esgrimidas por el cineasta para edificar tanto lo descriptivo como lo dramático, creando unas imágenes caracterizadas por una aguda estilización pasada casi siempre por el tamiz de la subjetividad, por mucho que, al mismo tiempo, se revele un poderoso caudal de fascinación por lo que observan (elemento que probablemente tenga que ver con el hecho de que ésta es la primera incursión del realizador en el cine americano). Como relato de resortes turbios que se van condensando en lo atmosférico, en muchas de las (también muchas) secuencias eclosivas o climáticas de la película tiene un papel importante la labor con los claroscuros del operador lumínico Newton Thomas Sigel, colaborador bastante habitual tanto de Bryan Singer como del George Clooney director, que aquí interpreta con fiereza expresiva el tránsito anímico de la película –de los tonos metálicos al poso impenetrable de las sombras (atiéndase, por ejemplo, a la magnífica secuencia del ajuste de cuentas en la playa). Casi a modo de corolario a la tan intensa elucubración atmosférica de la película,  destaca de Drive tanto la visualización cruda, un punto hipertrófica, de la violencia cuanto, sobre todo, la magnífica labor de planificación, rodaje y montaje de las secuencias de persecuciones, marcadas por su lograda fisicidad, en las que la película transmite el peligro y el vértigo desde un asumido, y muy logrado, afán de realismo.

Fábula negra y trágica

Una herencia distinta de las anteriormente citadas, en cierto modo asimilada por la película desde lo espiritual, podría ser el Travis Bickle que Robert De Niro encarnó en la referencial Taxi Driver, y nos sirve para presentar el relato en sus rabiosamente subjetivos términos. El protagonista encarnado por Ryan Gosling aquí es, como aquél, un hombre de parca expresividad y verbo, de quien el realizador se sirve para mostrarnos una cara oculta, sórdida, de la ciudad –que atestiguamos constantemente, sobre todo merced de la planificación subjetiva, sentados a su lado en el vehículo que conduce-; es un personaje cuya frialdad sólo lo hace permeable a los sentimientos hacia quien considera desvalido y necesitado de protección –hay una clara línea de equiparación al respecto entre Irene, la comparsa del driver que encarna Carey Mulligan, y la joven prostituta Iris, Jodie Foster en la película de Schrader/Scorsese-, y que está condenado a ser arrastrado por una vorágine de violencia –aquí las motivaciones y lo que tiene que ver con su raíl genérico son muy diferentes, y por lo tanto la equiparación también, pero no tanto el hecho de que esa violencia forme parte del bagaje previo del personaje y, de un modo u otro, esté llamado a explotar en un ajuste de cuentas en el que el personaje asume su condición de salvador-. La tan matizada pero innegable solfa de lo sociológico en Taxi Driver se difumina en las altas cotas de abstracción sobre las que se cimienta el relato de esta Drive, que se halla lejos de proponer una radiografía de su tiempo porque, en sintonía con las estrategias de storyteller que el cineasta articula, la prioridad recae en la universalidad de sus planteamientos, los de una fábula negra y trágica que, en primera instancia, utiliza la a menudo sugestiva metáfora motorizada para sugerir la cualidad ascética y sobrehumana de su personaje protagonista para, en última, mostrar cómo ésta puede ser quebrantada (y digo “puede ser” porque las sutilezas narrativas aplicadas al cierre del relato dejan las puertas abiertas a diversas interpretaciones) por su implicación en menesteres ajenos, de aquéllos que conforman una realidad visible pero que, por supuesto, no era la suya (y aquí cabrían todos los personajes que acompañan al driver, tanto Irene y su marido ex–convicto y traicionado cuanto los gángsters con los que inevitablemente entra en conflicto, e incluso su jefe mecánico y promotor de carreras, que, con fuerte sentido de lo simbólico, termina de involucrar al protagonista en el periplo criminal). Así, y según la disposición narrativa que habita más en las imágenes que en las especificaciones argumentales de la película (y ya no me refiero al sustrato del mismo, la novela de James Sallis, que no he leído), en Drive se produce una chocante relación de simetría entre el proceso de humanización del personaje y la eclosión de la violencia, de lo que resulta una interesante y muy subyugante composición de lo psicológico y dramático en los términos de lo que podríamos tildar como épica contemporánea.

http://www.drive-movie.com/

http://www.imdb.com/title/tt0780504/

http://www.sfgate.com/cgi-bin/article.cgi?f=/c/a/2011/09/15/DDHV1L3U7F.DTL&feed=rss.moviereviews

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PERVERSIDAD

Scarlett Street

Director: Fritz Lang

Guión: Dudley Nichols, según la novela de Georges deLa Fouchardière.

Intérpretes: Edward G. Robinson, Joan Bennett, Dan Duryea, Margaret Lindsay, Rosalind Ivan, Jess Barker, Charles Kemper

Música: Hans J. Salter

Fotografía: Milton R. Krasner

Montaje: Arthur Hilton

EEUU. 1945. 101 minutos

 

Realizada en 1945, en la entraña del ciclo central de aportaciones al noir que en la década de los cuarenta Fritz Lang, Scarlett  Street siempre es comparada con la previa The Woman in the Window, no tanto en consideración al hecho de que los mismos actores, Edward G. Robinson y Joan Bennett, encarnaran a los personajes protagonistas cuanto a las innegables similitudes existentes en ambas películas en lo concerniente a los perfiles psicológicos de cada uno de esos personajes. Esta Perversidad, en ese sentido, más que relacionarse con La Mujer del Cuadro, puede verse como una obra a partir de la cual se introducen una serie de variaciones narrativas a partir de una categorización desde lo social parcialmente distinta. Variación que enriquece una mirada, la de Lang, que prosigue su vehemente estudio de las pulsiones psicológicas más oscuras.

 

Conexión Wanger

Perversidad fue producida por la compañía Diana Productions, creada por Walter Wanger en asociación con Joan Bennett, por aquel entonces su esposa, más Fritz Lang y Dudley Nichols, guionista de esta película, fórmula imprescindible para que el equipo mantuviera una cierta independencia creativa y pudiera desarrollar unas líneas temáticas (y unos sistemas de representación) sin duda más complejas (y turbias) de lo aceptado según los cánones comerciales –y, como reverso de la moneda, aprovechando el talento constrastado de todos ellos para conseguir que la Universal distribuyera la película. La conjunción entre la labor de Nichols, que confeccionó un soberbio libreto a partir de un relato del novelista francés Georges de La Fouchardière (La Chienne, que Jean Renoir ya llevara a la gran pantalla en 1931 bajo el título homónimo) y la exploración visual cargada de matices y puertas a la sugerencia que nos entregó Lang convierten la pieza en un inmarcesible exponente del mejor cine negro de todos los tiempos, una obra que consigue mixturar la crónica criminal con lo melodramático con una fuerza incontestable, desbordante, tan arrebatadora como fascinante.

 

El hombre del traje gris

Al igual que en La Mujer del Cuadro la bella Joan Bennett se erige en el ideal romántico soñado del personaje encarnado por Robinson (aquí llamado Christopher Cross, nombre que habilita el juego de palabras con la expresión criss cross); aún afinando más, la forma de alcanzar ese inalcanzable pasa por la liberación de ciertos instintos reprimidos del protagonista (un acto de violencia, en este caso acudir al rescate de una dama en apuros); en ambas obras él se muestra en todo momento dócil ante la presencia y cualesquiera palabras de ella (tal como si asumiera que resulta legítimo plantear una relación desigual a la vista de las diferencias de edad y belleza entre ambos). Pero lo que en esta Scarlett Street varía, y a lo que el filme le dedica, sobretodo en su primera mitad de metraje, muchos esfuerzos descriptivos, es la condición social del protagonista, un hombre al que conocemos en una fiesta en la que es homenajeado por su jefe, un banquero que le agradece sus largos años de fidelidad en el grisáceo puesto de cajero, y a quien después veremos que mantiene una relación de miedo reverencial hacia una esposa con quien contrajo matrimonio un poco por accidente, un poco más para sostener un statu quo económico digno, después de que ella enviudara (de un hombre cuyo retrato sigue presidiendo el salón de la morada en la que viven), habiendo asumido, sin rechistar, el rol de recambio de ocasión, como si intención nunca hubiera sido otra que la de vivir su soledad de forma acompañada. Chris Cross, en fin, es un hombre que sólo halla una vía de escape de su anodina existencia cuando se dedica a su hobbie, pintar unos cuadros que nunca ni siquiera ha intentado vender, y en los que deja la impronta de su soterrado deseo de violentar la realidad.

 

Chris, Kitty y Johnny

En el desarrollo dramático del filme, Kitty (Bennett) finge enamorarse de Chris para extorsionarle sutilmente; primero, pidiéndole dinero; después aprovechándose de su talento como pintor cuando accidentalmente descubre que unos marchantes de arte valoran muy positivamente su habilidad plástica y personalidad artística, llegando al punto que ella se hace pasar por la autora de esos cuadros que Chris dejaba siempre sin firmar, primero a espaldas de su amante, y luego haciéndole creer que es mejor así (que Chris así lo crea es la demostración definitiva de la patética situación de dependencia emocional que éste ha desarrollado hacia Kitty, lo que se ejemplifica de forma soberbia en esa escena en la que él le pide pintarle las uñas, y la cámara nos muestra la reacción de ella en un sugestivo plano medio de la actriz, cuyo personaje, con voz sinuosa que esconde toneladas de cinismo, le responde: “serán obras maestras”). Sin embargo, hay un elemento dramático de primer orden que modula ese perfil dramático (y de paso la aportación a la figura de la femme fatale que efectúa el personaje que viste la piel de Bennett), y que nos acerca a la auténtica y más compleja dimensión espiritual de la película: por mucho que el personaje de Chris sea el protagonista de la película, pues es su historia la que nos es contada, no se trata de un relato subjetivo, y Nichols nos explica con detalle la motivación que lleva a Kitty a actuar del modo en que lo hace: al igual que la razón de Chris, la de ella está velada por un fortísimo sentimiento de amor hacia otra persona que, al igual que ella respecto de Chris, no es correspondido; y aquí entra el tercero en discordia, Johnny, el mafioso de baja estofa que encarna Dan Duryea, cerebro de la extorsión a la que Chris es sometido, que en todo momento revela a las claras su desprecio por Kitty, sea de palabra o de obra (pues la abofetea tranquilamente sin que ella se revuelva nunca), al punto que lo podemos identificar como un paradigma de la figura del proxeneta en el imaginario del cine clásico. Sentados así los términos, Chris y Kitty comparten en el tejido pesimista del relato su condición de absolutos parias, seres de inteligencia limitada y pensamientos castrados por un sentimiento de dependencia que creen en falso tener cubierto.

 

Frenesí

Todo ello, que en parte halla un encaje idóneo en la lectura en clave de discurso sobre el determinismo social, se decanta furiosamente hacia la abstracción psicológica y moral desde el fatídico instante en el que Chris, tras descubrir la mascarada (y sufrir, de añadido, una vejación verbal de la amante que creyó en falso tener) se deja llevar por sus obcecados impulsos de asesinarla. Al hacerlo, y aunque se acabe condenando a Johnny por ese asesinato por razones circunstanciales (por cierto, que no puede calificarse por menos que modélico el brevísimo pasaje que reproduce la vista oral del juicio e incluso el instante en el que Johnny recorre la milla verde: bastan tres minutos para revelar, además con toda la dimensión trágica que requiere la historia, lo que suele ocupar una gran parte de metraje en el cine actual), Chris se ha condenado a sí mismo. La relevancia que el relato le había conferido a su condición de artista se resuelve con una mentira (que Chris emite en el juicio para evitar que se sepa la verdad y, en consecuencia, quede él bajo sospecha): así, Chris no sólo ha perdido todas sus esperanzas en ver al fin materializadas las expectativas sentimentales que cualquier persona debería reclamar para sí en su vida, sino que también pierde su válvula de escape, su prestigio transferido para siempre a la persona a la que le dio y después le quitó todo (en ese sentido, la imagen de la última secuencia en la que vemos el retrato de Kitty, siendo transportado tras haber sido vendido, se nos antoja como una suerte de ritual de momificación de una parte de su alma: la del artista y su representación: el afán de trascendencia).

 

La nada

No cuesta decir que el cierre de Perversidad es uno de los más sobrecogedores de la Historia del Cine. No tanto por su definición argumental, irreprochable, cuanto por su materialización estética. Primero en esa secuencia pavorosa en la que Chris, en la soledad de su apartamento, empieza a escuchar las voces de los difuntos Kitty y Johnny, fantasmas que han venido para atormentarle, que han llegado para quedarse (secuencia sobre la que, tantos años después, Woody Allen edificaría el cierre de Match Point). Acto seguido, la secuencia final, que se inicia en el ya mencionado traslado del retrato que Chris pintó de Kitty alguna vez, y que continúa con una grúa elevándose de la imagen del personaje siguiendo pesadamente su camino por una calle neoyorquina: en una solución visual impresionante, Lang vacía literalmente de gente la que un instante antes era una bulliciosa avenida, para entregarnos así, al fin, el plano subjetivo de Chris, condenado a una horrorosa soledad. Si el protagonista de La Mujer del Cuadro al final dejaba atrás un mal sueño, Chris en cambio despierta en una pesadilla que le acompañará hasta el último aliento.

http://www.imdb.com/title/tt0038057/

http://www.noiroftheweek.com/2005/12/scarlet-street-1945-12052005.html

http://eddieonfilm.blogspot.com/2010/02/no-one-escapes-punishment.html

http://newyorkfilmreview.typepad.com/new_york_film_review/2007/08/scenes-from-a-b.html

http://mubi.com/notebook/posts/tuesday-morning-foreign-region-dvd-report-obsessive-collector-edition-scarlet-street-fritz-lang-1945

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

THE BOX

The Box

Director: Richard Kelly

Guión: Richard Kelly, según el relato corto de Richard Matheson.

Intérpretes: James Marsden, Cameron Díaz, Frank Langella, James Redhborn, Holmes Osborne, Gillian Jacobs

Música: WillButler, Régine Chassange y Owen Pallett

Fotografía: Steven Poster

Montaje: Sam Bauer

EEUU. 2009. 108 minutos

  

Matheson’s

Button, Button es el título del cuento corto en el que se inspira la película que nos ocupa. Fue escrito por Richard Matheson y publicado originalmente en junio de 1970 en la revista Playboy. El propio Matheson lo adaptó a libreto para el vigésimo capítulo de la primera temporada de The New Twilight Zone (emitida originalmente el 7 de marzo de 1986), episodio homónimo dirigido por Peter Medak y protagonizado por Mare Winningham, Brad Davis, y Basil Hoffman, que no obtuvo demasiada reputación y sobre el que el propio Matheson manifestó su desencanto (razón que explicaría que firmara el libreto con el pseudónimo de  Logan Swanson). Supongo que tiene bastante sentido que un director como Richard Kelly, elevado a la categoría de director de culto entre los amantes del cine fantástico desde que en 2001 dirigiera Donnie Darko, quisiera vincular un eslabón de su carrera, esta The Box, con el prestigio literario de Matheson y la relación del escritor con la serie originalmente creada por Rod Serling. The Box, de hecho, es una revisitación grandilocuente de las premisas del corto y brillante relato del autor de The Incredible Shrinking Man. Matheson planteaba un microrelato cotidiano en el que una pareja, Norma y Arthur, recibe la visita de un tipo extraño, el Sr. Steward, quien les entrega una caja con un dispositivo que se puede pulsar y les ofrece la posibilidad de ganar 50.000 dólares si lo pulsan, aunque a cambio morirá una persona que ellos no conocen. Norma, tras diversos titubeos, y contra los deseos de Arthur, se atreve a pulsar el botón. Es recompensada, pero poco después recibe la noticia de que su marido ha fallecido, y el señor Steward le manifiesta que ella, en realidad, no conocía a su marido.

 

Concreciones, adiciones, ambiciones

Si el bastante fláccido capítulo televisivo concretaba un poco los elementos del relato describiendo a la pareja como claros exponentes de la white trash, clase baja, y resolviendo el relato de forma algo más ambigua (el Sr. Steward le comenta a Norma que ahora planteará la oferta a otra persona, asegurándole que se tratará de alguien que ella no conoce, lo que nos hace intuir que será ella la próxima ajusticiada por el extravagante y mórbido juego), en esta The Box la concreción es geográfica e histórica (Richmond, el año 1976), y Kelly, también autor del libreto, saca cierto jugo al retrato de época (y efectúa especial hincapié en el hecho de las primeras misiones espaciales a Marte), a cuestiones ambientales (la ubicación del relato en época navideña), y a un contexto con ciertos ecos conspiranoicos de deliberadamente ambiguas fórmulas. Los protagonistas de la película, encarnados por James Marsden y Cameron Díaz (el primero, más bien carente de las aptitudes dramáticas requeridas; la segunda, que defiende bien su papel), que por lo demás tienen un niño preadolescente, son una familia de clase media más o menos acomodada, y por tanto el anzuelo que les propone el Sr. Steward debe ser superior: aquí hablamos de un millón de dólares. Ejemplos de la ambición narrativa de Kelly, hallamos muchos constante el metraje, pero se trata de una ambición que lamentablemente va a la par con las posibilidades de criticarle a la vista de los resultados, en realidad más bien justos, de la película. El dilema moral de planteamiento sencillo, sutil y efectivo de Matheson se amplifica con consideraciones existencialistas y con cierta carga de espiritualidad, que por razones de una mala concreción argumental (de situaciones y diálogos) acaba dando al conjunto de la película una sensación de aparatosidad y retórica de todo punto innecesarias, y que minimizan con mucho el impacto de algunas buenas ideas implementadas en el texto y en las imágenes.

 

Irregularidad, indefinición

La baza Matheson sin duda que permite a Kelly acceder a un territorio argumental atractivo, que puede llamar la atención por su originalidad a una nueva generación de espectadores, menos acostumbrados que sus mayores a la originalidad de premisas que edificó mucha literatura y televisión fantástica de hace cosa de medio siglo. También resulta válida la opción de construir una estética visual retro y un desarrrollo argumental prototípico del cine de suspense de toda la vida. Sin embargo, el interés del cineasta de ir condensando el relato de elementos trascendentes y culminantes acaba, quizá irónicamente, empañando las posibilidades expresivas del filme. Da la sensación de que Kelly, consciente de la clase de prestigio que atesora, pretende convencernos demasiado encarecidamente de que su película puede dar más de sí que la media, y con ello lo que acaba dejando a la vista son ciertas y desagradables costuras narrativas, sin duda fruto de un relato tan ambicioso como mal mesurado. En el apartado visual, el director muestra sus dotes de storyteller, y nos ofrece una bastante estilizada e incluso elegante puesta en escena, que quizá, en consonancia con los males comentados más arriba, peca de un demasiado acusado gusto por lo enfático (muchos travellings de acercamiento, determinados insertos en primer plano, algunos encadenados) y un cierto déficit en la dramaturgia visual (ello relacionado en parte con la formularia dirección de actores). Podemos decir que The Box no es una mala película, y que en ella se intuyen posibilidades de contar diversas historias interesantes, aunque ello también revierte en su mayor hándicap: al intentar manufacturar un producto innovador desde los estrechos códigos del cine comercial, Kelly ha entregado una obra marcada por la propia indefinición y deudas (temáticas, narrativas, visuales) con muchas obras de cine fantástico precedente que, ésas sí, marcaron una impronta en el imaginario colectivo.

http://www.imdb.com/title/tt0362478/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20091104/REVIEWS/911069998/1023

http://www.urbancinefile.com.au/home/view.asp?a=16314&s=Reviews

http://blog.cinemaautopsy.com/2009/10/31/film-review-the-box-2009/

http://www.rowthree.com/2009/11/08/review-the-box/

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MIENTRAS NUEVA YORK DUERME

While the City Sleeps

Dirección: Fritz Lang

Guión: Casey Robinson, según la novela de Charles Einstein

Intérpretes: Dana Andrews, Rhonda Fleming, George Sanders, Thomas Mitchell, Vincent Price, Sally Forrest,  James Craig, Ida Lupino

Música:  Herschel Burke Gilbert  

Fotografía:  Ernest Laszlo

EEUU. 1956. 109 minutos.

 

Periodismo de sucesos, sucesos del periodismo

¿Quién podía haber más idóneo que el director de M, el vampiro de Dusseldorf  para capturar lo que sucede mientras la ciudad, en este caso norteamericana, duerme? Exactamente un cuarto de siglo después de filmar aquella su primera película sonora, y en una coyuntura profesional bien distinta, Lang volvía a tomar como punto de partida una crónica criminal –la persecución de un asesino, en este caso de bellas mujeres– para trazar un zeitgeist de tiempo y lugar, una radiografía de corte eminentemente sociológico. Utilizando como material de partida la novela The Bloody Spur, escrita poco antes (en 1953) por Charles Einstein, en While the City Sleeps conviven dos líneas argumentales: por un lado, la investigación que lleva a la captura del asesino psicópata; por el otro, las motivaciones de/conflictos entre quienes protagonizan ese pursuit, que no son otros que tres periodistas de alto rango que aspiran a heredar el control de un consorcio mediático tras la muerte de su fundador y antiguo capitoste. La segunda de esas líneas narrativas devora rotundamente a la primera, encauzando ese comentario sociológico que se halla en la propia esencia de la obra, y que nos presenta un bastante deprimente –por mucho que utilice algunas convenciones, incluido el happy end, a modo de disfraz– cuadro sobre comportamientos sociales y culturales. Y dándole concreción a lo anterior, el filme nos habla de arquitecturas empresariales relacionadas con los mass-media. Pero a diferencia de muchas otras películas sobre periodismo tanto o más célebres que la que nos ocupa –desde Luna nueva de Howard Hawks y su remake, Primera plana, de Billy Wilder, a El gran carnaval, también de Wilder–, que suelen presentar una descarnada visión de los excesos depredadores de cierta prensa que viste el amarillismo con el respetable título de “periodismo de investigación”, la nota específica de este ácido y desencantado retrato viene condensada según otros parámetros, las razones de esa coda arribista en el juego de sucesión empresarial. Y a poco de fijarse, While the City Sleeps se hace eco de una nueva y ampliada versión de esos mass-media, las nuevas formulas de comunicación, hacia lo global, que caracterizaron los nuevos imperios del cuarto poder sobretodo desde el advenimiento de la televisión. De tal modo, si bien hallo difusa la percepción, subrayada por algunos analistas, de que la obra incide sotto vocce en la denuncia del maccarthysmo, suscribo con énfasis aquellos otros análisis que llaman la atención sobre el parangón que cabe establecer entre la corporación mediática que se halla en el eje de la trama, la Kyne Corporation, y, por ejemplo, la CBS, y deduzco que uno de los engranajes temáticos sobre los que pivota la obra tiene que ver con los resquemores que a Lang le causa esa vocación del control de la comunicación a nivel integral, en las manos de una única corporación, por el potencial totalitario que esa mera definición implica.

 

Noir, al fin y al cabo

Se ha dicho muchas veces y quizá no está de más repetirlo: Fritz Lang fue, entre otras cosas, el maestro indiscutible del cine negro. Y Mientras Nueva York duerme es una enésima prueba de ello, a pesar de la aparente distancia que las piezas formales y definiciones narrativas marcan con las convenciones del noir más reconocibles, pero incidiendo en el espíritu esencial del mismo: la complejidad, rugosidad y sombríos matices en definiciones morales como vía para plasmar una conciencia pesimista en el comentario sobre cuestiones sociales. De hecho, este penúltimo filme americano de Lang comparte con su precedente –Deseos humanos– y subsiguiente –Más allá de la duda– la condición de suerte de recapitulación, si quieren síntesis, si quieren proyección a otras inercias estéticas, de la personalidad y lúcido discurso que Lang dejó impreso, con letras mayúsculas, en el género. Y sentado lo anterior, quizá una aproximación analítica interesante a la película puede pasar por glosar el modo y sentidos en que esos resortes esenciales del cine negro se articulan aquí. Podemos partir de cuestiones de escenografía, como la utilización con tanto sentido de escenarios recurrentes, siempre interiores, en algunos casos de subrepticia vocación claustrofóbica –los salones de los apartamentos, las dependencias de la redacción del periódico o de la comisaría, la barra del bar, la habitación del asesino–, en otras, espacios que sirven al propósito del suspense al mismo tiempo que subrayan en lo dramático situaciones de fragilidad –pienso en los vestíbulos y escaleras, donde se masca cada asesinato, también transitados por algunos de los peones de la Kyne Corporation en sus idas y vueltas sentimentales–, y aún un último de revelación alegórica –que corresponde al clímax: los túneles del metro en los que el personaje encarnado por Dana Andrews persigue al asesino–. La fotografía, responsabilidad de Ernest Laszlo, en B/N y scope, se aleja de los rebatos  expresionistas que cabía hallar en títulos pretéritos afiliados al noir del cineasta, y la propuesta visual, más estilizada y sobria, y que dota de cierto aire documentalista a algunos de los pasajes del filme, nos aleja de los sinos dramáticos en liza, permitiendo observar los a menudo reprochables comportamientos de los diversos personajes con una distancia objetiva que permite la censura.

 

Miserias humanas

Y, ya ocupados en la sustancia dramática, sucede que en esos escenarios y ambientes acaece el horror de un crimen, fruto de la actividad de un psicópata; pero resulta que el filme no sólo le concede una limitada importancia a ese hecho, sino que, de forma harto llamativa, conforme avancen los acontecimientos dará por minimizar, casi trivializar la vis criminal del relato, al concretar la visión de ese asesino como de un sociópata, un desnortado, un paria. Y ello en buena medida acaecerá por oposición y contraste, pues mientras que de aquel joven homicida se nos dice que es incapaz de dominar sus impulsos psicóticos, por contra se va detallando el modo en que el nutrido grupo de personajes que se hallan en el otro lado, en la órbita de la sucesión de poderes en el seno de la corporación mediática, ponen su inteligencia al servicio de la codicia y los intereses egoístas, o en algunos casos dejando aflorar una debilidad y un hartazgo fruto de la conciencia del ambiente viciado en el que les toca vivir. El guion de Casey Robinson presta una atención muy bien balanceada a esos juegos de alianzas y traiciones, y Lang, coadyuvado por la magnífica actuación de los intérpretes (déjenme citar a los ocho implicados: con Andrews, Rhonda Fleming, George Sanders, Thomas Mitchell, Vincent Price, Sally Forrest,  James Craig  e  Ida Lupino), termina rubricando un memorable estudio de personajes en el que se desnudan las miserias de esta nueva clase alta conformada por la guarnición superior del periodismo moderno (el propietario de la corporación, el director del periódico, el presentador televisivo estrella y dos directores comerciales), se concretan los vicios y debilidades que sustentan sus rutinas, sus motivaciones y hasta su statu quo y, en el apunte más aguerrido de la película, se plasma el modo en el que la lucha de sexos arrecia aún con las viejas normas de dependencia (la secretaria de uno de los ejecutivos y a la sazón prometida del presentador) o con otras, que revelan un apoderamiento sucio (la mujer del jefe, que mantiene relaciones con uno de sus subordinados y conspira cual moderna Lady Macbeth) acorde con las reglas de este juego de roles en el que se imponen las falsas apariencias. Como antes mencionaba, las servidumbres a ciertas ortodoxias en el devenir de la trama y el recurso a un cierre optimista no pueden, ni deben, esconder la miga desalentada de esta Mientras Nueva York duerme, que podríamos terminar abreviando en el retrato de dos personajes: el protagonista que encarna Dana Andrews, diríase que loser por vocación sólo redimido por un amor que podemos cuestionar si merece; y la periodista veterana que interpreta Ida Lupino, que a priori diríase que utiliza sus armas sexuales con intereses parciales, pero que, tras conocer con mayor profundidad sus actos y los sentimientos que –sólo en algún breve instante- deja entrever, puede llegar a conmovernos precisamente por su insalvable patetismo.

http://www.imdb.es/title/tt0049949/fullcredits

http://www.miradas.net/2006/n48/estudio/whenthecitysleeps.html

http://www.classicfilmguide.com/indexd5b3.html

http://www.dvdbeaver.com/film3/dvd_reviews52/while_the_city_sleeps.htm

http://cinesinorillas.blogspot.com/2011/09/mientras-duerme-nueva-york.html

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LA SAL DE LA TIERRA

Salt of the Earth

Director: Herbert J. Biberman

Guión: Michael Wilson.

Intérpretes: Rosaura Revueltas, Juan Chacón, Will Geer, David Wolfe,

 Mervin Williams, David Sarvis

Música: Sol Kaplan

Fotografía: Stanley Meredith y Leonard Stark

Montaje: Joan Laird y Ed Spiegel

EEUU-Mejico. 1954. 95 minutos

 “The house is not ours.

But the flowers… the flowers are ours.

Esperanza

 

The Only Blacklisted American Film

Bertrand Tavernier, en su obra coescrita con Jean-Pierre Coursodon 50 años de cine norteamericano, dijo de ella que “uno tiene mala conciencia criticándola (…), es probablemente una de las únicas obras no criticables de la Historia del Cine: su mayor mérito es el hecho mismo de su existencia”, y es que en el análisis del filme dirigido por Herbert J. Biberman la atención a los elementos va más allá de los términos de la gramática o el lenguaje, y se centra en lo industrial, en los muchos y diversos condicionantes de la realización de la película, y de su causa, el contexto en el que y donde germinó. En realidad, siempre suele ser así, pero, lo que es mucho menos común, el caso de Salt of the Earth -considerada una de las primeras películas independientes del cine norteamericano-  ejemplifica en su propio seno, entre el continente y el contenido, el discurso y su opuesto, la razón por la que ese discurso se estigmatizó. Estoy hablando de nada más y nada menos que de la caza de brujas, pues Biberman, el director (uno de los llamados Hollywood Ten, que fueron encarcelados en los primeros tiempos de la escabechina, junto con, entre otros, Edward Dmytryk y Dalton Trumbo), pero también el productor Paul Jarrico, el guionista Michael Wilson, el compositor Sol Kaplan y los actores Will Geer y Rosaura Revueltas se hallaban incluidos en esa infame “lista negra” del Comité de Investigación de Activades Anti-americanas. En algunos de los carteles que, con los años, y en motivo de sus ediciones sucesivas en video o dvd, se han confeccionado de la película aparece un tagline que reza: The Only Blacklisted American Film. El hecho de alardear, al menos a título comercial, de esa circunstancia es una muestra de la clase de reputación de la película. También de que la Historia, aunque sólo a veces, pone ciertas cosas en su sitio.

                                                                                                     

Periplos

El filme propone una crónica sobre acontecimientos reales, la huelga que en 1951 promovieron los mineros trabajadores de la Empire Zinc Company en Grant County, Nuevo Mexico. El nombre de la localidad cambia en la película a Zinctown (nombre que sustituye a otro, el de San Marcos, para más datos), y la empresa pasa a llamarse Delaware Zinc Incorporated. El relato, tomando como prisma una primera persona familiar, narra las circunstancias concurrentes en la eclosión de la huelga y los diversos incidentes que se sucedieron durante los largos meses de duración de la misma, incidiendo con especial énfasis al papel que en ella asumieron las mujeres esposas de los mineros. El director Biberman, puso en pie el proyecto, con la inestimable ayuda de Paul Jarrico, precisamente tras salir de la cárcel. A nadie debe sorprender que el filme, que se rodó en México y en diversas localidades del Estado norteamericano representado, fuera torpedeado desde su mismo arranque, convirtiendo el rodaje en un auténtico periplo. La institución United States House of Representatives investigó los participantes en el proyecto por sus eventuales inclinaciones comunistas. El FBI miró con lupa los términos y procedencia de la financiación. La American Legion promovió un boicot masivo del filme a lo largo del territorio norteamericano. Un congresista, Donald Jackson, dijo de la película que estaba “deliberadamente pensada para atizar los odios raciales y señalar a los EEUU como el enemigo de la gente de las minorías raciales”, y que Salt of the Earth era “una nueva arma de la URSS”. La actriz principal, Rosaura Revueltas, fue deportada a México. En algunos foros se menciona que brigadas anticomunistas llegaron a disparar con sus rifles al lugar donde estaba instalado el set de rodaje. Se prohibió a los laboratorios de postproducción participar en la película (por lo que se tuvo que montar la película en secreto), y se conminó a los proyeccionistas de todo el país a no mostrarla en sus salas.

 

Contra diversos tipos de discriminación

Sólo cinco actores profesionales aparecen en la función: Revueltas (Esperanza Quintero), Will Geer (el Sheriff), David Wolfe (Barton), Mervin Williams (Hartwell) y David Sarvis (Alexander). El resto del numeroso elenco interpretativo fue cubierto por no-actores, aldeanos de la villa de Grant County, en Nuevo Mexico, más miembros de la International Union of Mine, Mill and Smelter Workers, muchos de los cuales, de forma relevante para el espectador del filme y/o lector de esta reseña, habían de hecho participado en la huelga en la que se inspira la ficción propuesta. Uno de ellos, Juan Chacon, por aquel entonces presidente electo del citado sindicato,  acabó asumiendo el rol protagonista, Ramon. Chacon comentó al respecto de su experiencia en el rodaje que “casi no hacía falta interpretar”, comentario que nos introduce en la innegable naturaleza semidocumental de la obra, así como en su relación con diversos de los postulados naturalistas, neorrealistas, que estaban marcando tendencia ética y estética en las cinematografías europeas. Unos postulados que, en su definición visual, proyectan lo descriptivo a la denuncia, denuncia de zonas de sombras para la vida y dignidad humanas, situaciones de carestía económica, marcos de injusticia flagrante. Las infamias de la Europa arrasada por la guerra del otro lado del Atlántico encuentran su réplica aquí en las miserables condiciones de vida en la que tienen que vivir los trabajadores de procedencia latina (mejicana) que trabajan en la mina de la Delaware Zinc. Sin embargo, una de las principales bazas de Salt of the Earth reside precisamente en el hecho de que su rabiosa lectura en clave social no se circunscribe únicamente al objeto, la reclamación de condiciones dignas de trabajo y salubridad, sino al sujeto: acaba siendo tema central de la película, y bandera de su vis revolucionaria, la descripción del modo en que las mujeres dejan de limitar sus roles al ámbito doméstico y, afectadas ellas también –y sus hijos– por esas carencias, cobran conciencia de fuerza colectiva y útil para la causa, intervienen y adquieren voto en las asambleas sindicales, e incluso devienen parte central del enfrentamiento que tensa la cuerda de la legalidad con las fuerzas del orden público. Dicho de otra forma, en Salt of the Earth la defensa del derecho a la no discriminación de los norteamericanos de origen latino en relación a los angloamericanos se acaba extendiendo a un ámbito más universal, el de la mujer respecto del hombre, encauzándose en los valores de la igualdad y la distribución igualitaria de las tareas del hogar.

                                                                                                     

Estrategias narrativas y visuales

Aunque por su matrices argumentales críticas con el capitalismo desenfrenado al filme se le suele emparentar con la película de John Ford, adaptación de la novela homónima de John Steinbeck, Las uvas de la ira, también existen ciertos anclajes entre la obra de Biberman y otro título de la época -falazmente llamada- de prestigio de Ford, en todo caso otra obra maestra, titulada ¡Qué verde era mi valle! Los dos títulos se erigen en crónicas de las duras condiciones de vida de comunidades mineras, e incluso comparten motivos episódicos; huelga decir que mayores son las diferencias, porque Ford lanza una mirada nostálgica al pasado, y Biberman una mirada doliente al presente, pero el inicio de la película, con la voz de Rosaura Revueltas introduciendo el relato con sus palabras en over nos trae ecos de la misma (y sublime en lo cinematográfico) presentación de la citada adaptación de la obra de Desmond Llewellyn; sin embargo, y ahí se encapsula la diferencia, el narrador en How Green It Was My Valley! abre las puertas de la evocación con su discurso, y en cambio Esperanza Quintero (Revueltas), las cierra al glosar algunos datos del pasado (el nombre perdido, en español, del pueblo, la procedencia familiar de algunos de los terrenos que ahora ostenta la corporación minera) que ya se han dejado atrás. Esa introducción, loa en lo narrativo y réplica en lo argumental del título de Ford, ya nos deja las primeras muestras del tono melancólico, pesaroso, estoico, que interpretará los acontecimientos, y que erigirá la magnífica vis melodramática que el filme registra en su propio seno (al menos hasta sus últimos minutos, donde se impone la tesis optimista, la victoria de la causa común obrera), y que resulta cabal para despertar la empatía del espectador, al mixturar el sufrimiento de una madre y esposa con los conflictos que atañen a la generalidad, lo primero en franca representación de lo segundo. Y a ese juego de representación consagra sus esfuerzos –y mejores hallazgos escénicos- Biberman: los primeros planos de la actriz, la importancia del agreste paisaje en los momentos de enfrentamientos, imágenes simbólicas obvias –los planos de detalle de las pistolas y cartucheras del sheriff y sus agentes, aquella imagen de Ramón quedándose con el bebé en brazos mientras su mujer acude a engrosar el círculo de piquetes– y otras más sutiles pero no menos contundentes –la larga secuencia en la que vemos a los trabajadores en huelga moviéndose en círculo enarbolando sus pancartas reivindicativas mientras dos de los responsables de la empresa meditan sobre la cuestión cómodamente instalados en el interior del coche de uno de ellos–. Los movimientos de la partitura de Sol Kaplan inciden en la abstracción discursiva precisamente a partir del énfasis un punto solemne, casi épico.  La fotografía, en cambio, transmite poderosamente el drama en sus gradaciones con los claroscuros, una labor valiosa en las dinámicas secuencias de exteriores pero que también apuntalan de forma certera los estados de ánimo en la labor en interiores, principalmente en la morada de los Quintero (o en las asambleas sindicales: atiéndase, por citar uno de muchos resultados visuales interesantes en ese sentido, al instante en el que los coordinadores comunican a sus compañeros que la policía tiene orden de detener a los piquetes: un plano encierra los rostros de los tres representantes de los trabajadores entre la mesa y una tira negra que se extiende por encima, muy cerca, de sus cabezas).

 

Repercusiones

En su edición de 9 de febrero de 1953, el Hollywood Reporter se refería en estos términos al filme: “los rojos de Hollywood están filmando una película de propaganda sobre tema racial en Silver City, Nuevo México”. El FBI, el Comité de Investigación de Actividades Anti-Norteamericanas y la CIA fueron puestos sobreaviso. En ocasión de su estreno en EEUU, Salt of the Earth se vio obstaculizada por infinidad de denuncias, y sólo vio la luz en 13 salas de todo el país, que desafiaron las amenazas de la IATSE (International Alliance of Theatrical Stage Employes) en caso de hacerlo. Aunque fueron escasas las repercusiones críticas, algunos medios, caso del New York Times, dieron su beneplácito a la obra. En todo caso, el camino fue largo hasta alcanzar el peso que el filme reclama en la Historia del siglo XX. Fue a partir de los años sesenta cuando la película empezó a reivindicarse en foros diversos, incluidos algunos educativos, y sus postulados reivindicados por el izquierdismo y el feminismo que informó parte de los movimientos contraculturales de aquella década en los EEUU. Pero mientras esos sectores –y otros, como las plataformas de derechos de inmigrantes- daban voz a la obra, otro tanto hacían los historiadores de cine. En su cincuagésimo aniversario, Salt of the Earth fue conmemorada en múltiples circuitos dentro del territorio norteamericano, a menudo acompañando la proyección de la película con conferencias sobre los diversos temas que trata el filme o con los que sus responsables tuvieron que lidiar para darle luz. Hoy en día, La Sal de la Tierra es uno de los títulos preservados en la Librería del Congreso de los Estados Unidos por su relevancia histórica y cultural. Y el nombre de Biberman será por siempre recordado y asociado con la película; aunque, si se le hubiera dejado elegir, quizá hubiera preferido ser recordado por algo menos parecido a una gesta: el haber podido desempeñar con normalidad su labor profesional, y exponer sus ideas o pensamientos, con obras realizadas en el seno de la industria cinematográfica o el teatro de su país.

http://www.imdb.com/title/tt0047443/

http://www.lib.berkeley.edu/MRC/blacklist.html (The Hollywood Ten)

http://film.society.tripod.com/nzffs/bib-salt-of-the-earth.htm

http://www.saltearthlaborcollege.org/

http://www.library.csi.cuny.edu/dept/history/lavender/salt.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

The Adventures of Tintin

Dirección: Steven Spielberg

Guión: Steven Moffat, Edgar Wright y Joe Cornish,

según los relatos de Hergé

Intérpretes: Jamie Bell, Andy Serkis, Daniel Craig, Simon Pegg, Nick Frost, Cary Elwes, Toby Jones, Daniel Mays

Música: John Williams

Fotografía:  Janusz Kaminski

Montaje: Michael Kahn

EEUU. 2011. 109 minutos.

 

Hergé y El secreto del unicornio

Los historiadores de Arte, del Noveno en este caso, que se dedican a estudiar la obra de Georges Remi, más conocido como Hergé (1907-1983), suelen asociar el díptico formado por El secreto del Unicornio y El tesoro de Rackham-el-Rojo en la parcela central de las tres estapas creativas que, de forma bastante delimitable, configuran el celebérrimo corpus de veinticuatro cómics (el último, Tintín y el Arte Alfa, inacabado) de Tintín que el autor nos legó. En este segundo periodo creativo se afianza la madurez estilística, se aprecia una mayor focalización en los personajes y una mayor complejidad dramática, y se apuntala la tendencia del autor a cierto refinamiento estético. Este periodo se caracteriza llamativamente por su organización en dípticos: si los álbumes previos Los cigarros del faraón y El Loto Azul (considerada su primera masterpiece) ya se habían construido en continuidad, la independencia de sus entramados argumentales no tiene nada que ver con los términos de franca división entre planteamiento (de forma harto simplificada: la existencia de un tesoro y planteamiento de su búsqueda en El secreto del Unicornio;  el rapto del profesor Tornasol en Las siete bolas de cristal; los preparativos de un viaje a la Luna en Objetivo: la Luna) y nudo y desenlace (respectivamente: la búsqueda del botín escondido en El tesoro de Rackham-el-Rojo; la expedición al Perú para rescatar al profesor en El templo del Sol; la misión espacial en Aterrizaje en la Luna). De la aventura que Steven Spielberg y Peter Jackson han convertido en el filme que nos ocupa también se menciona, y no es baladí, que en ella, por la coincidencia de su gestación con los años de la Segunda Guerra Mundial, Hergé quiso evadirse totalmente de anclajes con la realidad de su tiempo, con materias de incidencia política o ideológica, para jugar con los tópoi románticos y aventureros del relato sobre búsquedas de tesoros; en ese sentido no está de más añadir que en las tres aventuras narradas en los seis volúmenes consecutivos enunciados el rol asumido por los inevitables villanos no tiene que ver con la causa de los males o injusticias que Tintín y sus amigos combatirán, sino con la mera competencia (otros buscadores de tesoros, espías industriales que pretenden apoderarse de la información tecnológica que les permita adelantarse en la hazaña espacial) o los actos en defensa de propias convicciones religiosas y culturales.

 

Spielberg(, Jackson) y El secreto del unicornio

Pido disculpas al lector al que quizá haya aburrido con estos antecedentes, si bien considero que las motivaciones de Hergé en su manufactura, y la propia naturaleza de los relatos resultante, sirven a su vez para explicar las razones por las que los responsables de esta aventura cinematográfica de Tintín (no la primera, pero sí la primera hecha con grandes medios y que adapta directamente los cómics) escogieron precisamente el hilo conductor narrativo habilitado por El secreto del Unicornio (y algo de El tesoro de Rackham-el-Rojo, y más de El cangrejo de las pinzas de oro: ya nos entretendremos en ello) para proyectar la primera de, dicen, una serie conformada por lo menos por tres películas y de la que ya se pactó en su día que Jackson dirigirá la segunda (que, esto es menos seguro, pero sí parte de informaciones fiables, tomará como base precisamente el inmediatamente sucesivo díptico, formado por Las siete bolas de cristal y El templo del Sol). Adaptar al cine mainstream unos cómics ya considerados como clásicos mayúsculos y, a la vez, por los cuales millones de lectores sienten auténtica veneración (no pretendo exagerar: los volúmenes de las aventuras de Tintín se han traducido a más de cien lenguas, y se han vendido más 250 millones de copias –cantidad que, por lo tanto, sólo tímidamente se disparará a estas alturas-) es una tarea por lo menos delicada, y Spielberg, consciente de ello desde el primer día, ha empeñado todos sus esfuerzos en hacer compatible algo que ni siquiera sobre el papel es fácil: la tarea de respeto y  cierta fidelización al sustrato con las necesidades industriales y narrativas de su medio artístico. Por ello buscó un relato en el que no existieran implicaciones de fondo sobre cuestiones histórico-ideológicas que pudieran agitar polémicas por acontecimiento en el recuerdo o aún en la candente actualidad (ya dejando de lado los tres primeros títulos de la serie y sus indudablemente comprometidos discursos de fondo, de La oreja rota a Tintín y los pícaros, de El Loto Azul a Tintín en el país del oro negro, de El cetro de Ottokar a Stock de coque, pasando por supuesto por Asunto: Tornasol e incluso por la trama relacionada con el tráfico de opio que sustentaba El cangrejo de las pinzas de oro incurrían de un modo u otro en esas polémicas). De las otras opciones, La isla negra tenía el problema de las limitaciones de su localización (y, a priori, la ausencia de Haddock), La estrella misteriosa su angustia apocalíptica (tema precisamente muy recurrido actualmente, pero inválido a título de presentación del personaje), Las joyas de la Castafiore su propia condición de rareza y perfil intimista, Vuelo 714 a Sydney su demasiado arriesgada vuelta de tuerca artística, y, last but not least, Tintín en el Tibet su bien poco graduable vocación dramático-catárquica. Así las cosas, sólo la aventura que finalmente nos ocupa o la maldición de las bolas de cristal parecían las idóneas para dar carta de naturaleza cinematográfica a Tintín. Quizá al decantarse por ésta, Spielberg mostró de paso un as escondido en la manga: hay consenso crítico en considerar El secreto del Unicornio uno de los mejores álbumes de la serie, y Hergé lo consideró su favorito durante muchos años.

 

El guión. Literalidad, fidelidad y/o licencias

Entramos en materia cinematográfica, sin perder nunca de vista la sombra (o más bien la luz) del maestro Hergé: estamos hablando de una adaptación, razón por la que debe analizarse de qué manera ésta se ha planeado y fraguado en términos absolutos o imágenes. Aunque, lo aclaro de entrada, espero que mis líneas sirvan más al espectador que se acerca a los cines con el recuerdo vivo y entrañable de los cómics (pues es mi mismo caso: he leído en infinidad de ocasiones todos los álbumes, puedo confesar que he amado, amo y seguiré amando esas maravillosas historias que Hergé concibió) que a aquéllos que, disfrazados o no de tintinólogos, se servirán de esta suerte de choque de colosos de la cultura pop del siglo XX (Hergé contra Spielberg) para cargar las tintas a gusto contra el segundo, afición muy extendida (aunque cada vez menos, eso es cierto) y a la que sin duda el (insisto, para mí merecidísimo) prestigio del escritor belga facilitará mucho la ¿tarea? de lanzamiento de dardos indiscriminados (léase, por ejemplo, la caprichosa, pero implacable tesis, de Nicholas Lezard, presunto tintinólogo en su crítica publicada en The Guardian, titulada How could they do this Tintin?, que llega a manifestar haber sufrido “dos horas de violencia insensible” contra el legado de Hergé, y que se escuda en razones meramente formalistas para enfrentar al escritor con el director). Y para ello creo que lo primero en lo que debemos centrar la atención es en la labor de escritura del guión, proceso sin duda laborioso –y en el que no me cabe duda de que los propios Spielberg, Lucas y Kathleen Kennedy tuvieron mucho que decir- y concretado por los firmantes Steven Moffat, Edgar Wright y Joe Cornish. Hay dos verdades, creo, que bastante irrefutables a certificar de entrada: la primera, que El Secreto del Unicornio, película, no sigue con toda fidelidad el argumento de su homónimo literario; la segunda, y con correspondencia –según después desglosaremos- en el apartado escenográfico, que en ese alambicado argumental de la película, lo que no se extrae directamente del antecitado relato gráfico, se subsume a ese corpus por dos vías posibles: a/directamente de otro cómic, concretamente El cangrejo de las pinzas de oro (el modo en que Tintín conoce a Haddock, la accidentada fuga del cargero Karaboudjan, el transcurso de una parcela de la historia en Marruecos) o, b/ tomándose algunas licencias tanto en lo referido a personajes (fusión de diversos personajes en uno –que pasa a ser villano cuando, curiosamente, no lo era-, aparición de otros que no formaban parte de estos relatos –como la Castafiore-) cuanto a situaciones (principalmente, los tres largos clímax que preceden el desenlace). Si aceptamos que no sólo la literalidad es, o puede ser, fidelidad a un texto (quien opine que la literalidad es la única vía admisible, que no vaya a ver la película), el quid de la cuestión, desde ese punto de vista de la fidelidad o no, está en saber si esas composiciones y modificaciones tienen un sentido no sólo en el seno del argumento de la película, sino puestas en parangón con el universo tintiniano. La verdad es que, así planteada la cuestión, resulta difuso, imposible, terminar de dilucidar si la película es fiel o no con los cómics a partir únicamente de la labor de guión. El trabajo de Moffat, Wright y Cornish es, en todo caso, ejemplar. Y muy celoso a la hora de articular los términos; atiéndase al hecho de que es en su arranque donde la película es más fiel al cómic (casi literal, si no fuera porque el personaje de Sackharine (Daniel Craig) asume de entrada un rol distinto, que de paso sirve para introducir al principio, muy pertinentemente, el escenario del castillo de Moulinsart), que se sirve del rapto de Tintín, situación que ocurría tanto en El Secreto del Unicornio cuanto en El cangrejo de las pinzas de oro, para transferir los matrices argumentales del uno al otro cómic, y que no es hasta los últimos compases donde tienen lugar las situaciones construidas por los guionistas ex novo, para, no lo olvidemos, volver a la literalidad (a la conclusión de la historia, las últimas páginas de El tesoro de Rackham el Rojo) en las últimas secuencias de la película. De ello se sigue un igual esmero en la elucubración de la estructura –amén del citado traspaso narrativo entre los dos cómics, atiéndase al modo como se engarzan, a nivel de guión, tanto los flashbacks relacionados con el periplo de Francisco de Hadoque con los piratas cuanto esa secuencia extemporánea pero importante en la que los Dupondt dan accidentalmente con el cleptómano Silk y la cartera de Tintín- y en la inclusión de gags visuales cuya formulación, por lo general, no distorsiona las constantes de estilo impresas por Hergé en sus cómics. La mayor licencia a nivel sustantivo tiene que ver con el desarrollo de la arquitectura y motivaciones del villano en que se erige el personaje de Sackharine, veleidad argumental que quizá añade un (tímido) ingrediente de sofisticación contemporánea a la trama, pero que encuentra su razón de ser en lo dramático: Haddock es ya de por sí un personaje difícil de lidiar, pero sucede además que el filme recoge dos momentos distintos del desarrollo de la personalidad del capitán (más cercano a la caricatura en su primera aparición, en El cangrejo de las pinzas de oro, a su maduración en una trama, la de El Secreto del Unicornio, en la que por primera vez –no será la última- le puede discutir el protagonismo al mismísimo Tintín), por lo que el contrapeso del personaje de Sackharine cumple la función de dotar de mayor fibrosidad a esa construcción de personaje.

 

Spielberg

No obstante todo lo anterior, repito que el guión no asegura ni desmiente la fidelidad. Porque, y aún más especialmente hablando de un relato gráfico (que en cierto modo puede asimilarse a un storyboard), es en las imágenes donde debe dilucidarse ese extremo. Así que pongámonos, sin más demora, a hablar de la labor del realizador, a quien atribuiremos en todo caso los méritos de la película sin que ello signifique despreciar el formidable trabajo de los especialistas técnicos que le arropan y contribuyen, desde su parcela, decisivamente en el look visual y tonal del filme. Hablo principalmente de Janusz Kaminski en la fotografía, Michael Kahn en el montaje, John Williams en la partitura musical, Andrew L. Jones y Jeff Wisniewski en la dirección artística y, por supuesto, los centenares de ilustradores y responsables de los efectos visuales, quizá con mención especial a los encargados de la caracterización de los actores en los personajes que visten (pues una de las primeras razones por las que la película funciona es porque los actores no existen en imágenes, no hay señas reconocibles de sus fisonomías: se ha completado la transferencia a los personajes que encarnan -principalmente porque éstos, Tintín, Haddock o los hermanos Dupondt son mucho más famosos que aquéllos, los actores que se ponen, es un decir, en sus pieles-). Antes he mencionado que Spielberg, a la cabeza de los responsables de la película, debió hallar una fórmula narrativo-visual que armonizara la necesidad de guardar cierta fidelidad con los cómics con los peajes  industriales y la naturaleza del medio cinematográfico. Debí añadir en la ecuación sus apetencias artísticas (básicamente, por la posición de poder en la que se halla, que en buena lógica le posibilita llevar a cabo las mismas). Al respecto, y por suerte, no debemos limitarnos a afirmar que Spielberg haya dado con esa fórmula poniendo su talento alquimista como storyteller (supongo que nadie duda que lo tiene) a disposición del live action performance capture technique, más conocido como motion capture o captura de movimiento. Mucho más allá, viendo Las aventuras de Tintín: El Secreto del Unicornio da la viva sensación de que Spielberg ha podido dar rienda suelta a sus inquietudes, dejando fluir su estilo en un hábitat técnico (el de la animación, hasta la fecha aún no transitado por él) y en un universo narrativo (el de Hergé) de los que se apodera con total naturalidad, sin nunca traicionarlos, dejando en la retina la percepción de que el cauce expresivo cinematográfico, amén de atractivo, resulta idóneo -y cuando digo idóneo me refiero tanto a lo genuino cuanto a lo específico (y al respecto, si me dejan mencionarlo sólo a título anecdótico, decir que Hergé, poco antes de morir, manifestó su deseo de que fuera el director de En busca del arca perdida quien llevara a la gran pantalla sus cómics)-.

 

La línea clara

Como he comentado, el primer y cabal escollo pasaba por la caracterización o look visual de los personajes (su rostro, su figura, sus movimientos, ¡incluso sus tics!). Después debía perfilarse su hábitat escénico, para después construir los raíles de lo estrictamente narrativo. La lógica y sabia elección de plantear concretamente –y en algunos casos llevar hasta las últimas consecuencias- el patronaje estético de las ilustraciones de Hergé nos sirve para constatar lo que ya sabíamos: el poderoso dinamismo de esas ilustraciones, su excelso sentido de lo cinético y, combinado con lo anterior, su puntilloso gusto por el naturalismo escenográfico, sirve a la perfección al propósito de la imagen en movimiento (lo puedo decir de un modo más simple: los cómics de Tintín son muy cinematográficos). Así planteado casi parece fácil la operación de trasvase de un medio expresivo al otro, pero no lo es. Bien al contrario, me parece endiabladamente complejo llevar a cabo ese trasvase de la estética sin que en lo descriptivo llegue a chirriar, como así sucede, en ninguna secuencia, sacada o no literalmente del texto. Para lograrlo no existía otro camino que primero analizar pormenorizadamente el sustrato, asimilarlo a conciencia y sólo entonces volcar en motion pictures, mediante las herramientas técnicas empleadas, el acusado sentido de la luminosidad, el detalle, la plasticidad y el movimiento que habita en la ligne claire de Hergé. Nadie debería discutir que el resultado en imágenes desprende el marcado aroma que el dibujante belga (y su equipo de colaboradores, que también los tenía) dejo impreso en sus dos docenas de álbumes. Pero de todo lo anterior, huelga decirlo, no emerge automáticamente la sintaxis cinematográfica, por muy poderoso que resulte –como aquí resulta- ese nexo escenográfico y su apuntalamiento iconográfico –v.gr. el llamativo encuadre del desierto reproduciendo la lámina entera que, en El cangrejo de las pinzas de oro, capturaba idéntica secuencia, por no hablar de las cuestiones de vestuario y las reproducciones exactas de objetos como los buques en miniatura o el hidroavión amarillo-. Sobre todo ello debe trabajar el cineasta para focalizar lo dramático, imprimir el ritmo y consolidar el tono. Prestemos atención a ello.

 

Vocación espectacular

Tras unos antológicos créditos que sólo insinuan, mediante siluetas, el transfer que se operará entre el cómic y el cine, la película arranca con un homenaje a ese medio de partida (una paleta de colores) y al autor, Hergé, que aparece caracterizado como artista callejero que rubrica retratos en el mercadillo donde se inicia la acción; en el preciso instante en que el dibujante, Hergé, muestra el boceto que ha efectuado de Tintín, vemos por primera vez las facciones de Jaime Bell en su caracterización del personaje, cohabitando en un mismo plano la matriz ilustrada y su versión cinematográfica: el transfer ya ha tenido lugar, y de forma harto elegante. Más adelante, la primera aparición del capitán Haddock (Andy Serkis) resultará igualmente llamativa: su rostro en primer plano aparece deformado por nada menos que una botella de whisky vacía. Tal como he leído en más de una ocasión, Spielberg nunca detiene la cámara, es cierto, pero se deben precisar los motivos, porque ello no significa que persiga el efectismo. De hecho, por ejemplo, en los primeros compases de la función la vivacidad expositiva y el brioso acompañamiento musical instalan el relato bajo una aura de influencia de la sophisticated comedy. Y es que Spielberg, mal que parezca pesarle a algunos, es un cineasta que siempre ha sabido equilibrar sus relatos accionando los mimbres del clasicismo, incluso, o quizá aún más, cuando despliega sus tan populares alardes técnicos y de efectos especiales, porque, a diferencia del grueso de sus imitadores (que son legión), pretende y encima consigue encuadrar y utilizar el montaje como herramientas para lo diáfano, para transmitir, eminentemente, la acción, lo que está pasando ante nuestros ojos de espectadores. La especificidad en este caso parte de razones metodológicas: el cineasta supo ver que la animación digital por la vía del motion capture le permitía multiplicar las pistas de su concepto de lo espectacular, en aplicación a la vocación no menos espectacular del sustrato con el que trabaja. De tal modo, cuando los enunciados parten literalmente de los cómics –v.gr. esos dos formidables pasajes cinematográficos que son tanto el accidentado viaje en y huida del Karaboudjan cuanto el recuerdo alucinado, en dos partes, del periplo con los piratas del antepasado del capitán Haddock- el cineasta enriquece esos enunciados con estrategias visuales que amplían la composición de espacio y erizan, pero no tergiversan, el voltaje dinámico. Cuando no existe ese patrón literal que seguir, Spielberg  opta por proponer tour de force visuales, en los que en ocasiones se deja ver claramente la auto-cita (Milú persiguiendo al coche en el que viaja Tintín raptado e inconsciente, o la resolución del aterrizaje forzoso en el desierto) o incluso, en una ocasión, la cita a Peter Jackson (el periplo entre literas de esa habitación flotante para conseguir una llave presuntamente valiosa), formulaciones visuales que, al mismo tiempo, indudablemente son perfectamente subsumibles a las de Hergé, que priorizaba a menudo el tono jocoso, a veces incorporando finas ironías, y que no solía vestir con matices angustiosos los periplos por los que hacía pasar a sus personajes. En este apartado referido a la cosecha propia de los guionistas destacan por supuesto los tres clímax consecutivos que preceden al cierre: el tercero de ellos, el de la batalla entre grúas, es el de resultados más discutibles, empantanado en demasía bajo los conceptos simbólicos en los que se funda el enfrentamiento trans-generacional; pero los otros dos están resueltos de forma extraordinaria: en la secuencia del recital que ofrece la Castafiore, Spielberg se permite un juego hitchcockiano a costa del homenaje bastante explícito a la secuencia más célebre de El hombre que sabía demasiado (The Man Who Know Too Much, 1955), la que discurría en el Royal Albert Hall; en la inmediatamente posterior, que narra la huida alocada por las cuestas de Baghar, se busca nada menos que llevar al paroxismo los periplos y azares que constituyen la definición de la acción según Hergé, ello resuelto en un larguísimo y despampanante plano-secuencia que, en buena lógica acumulativa, viene aliñado con diversos guiños a diversos momentos extravagantes de los cómics (caso de aquel carro blindado que avanza dentro de una casa que no ha terminado de atravesar, como en Asunto: Tornasol, o de la imagen final de Tintín colgándose literalmente de las garras de un halcón, del mismo modo que lo hiciera de las de un cóndor en El Templo del Sol). También en las transiciones el cineasta empeña su talento en proponer lo imaginativo y lo sugerente (el bote perdido en la inmensidad del mar en el que viajan Tintín y Haddock se va reduciendo hasta ser una mota casi imperceptible en un charco de agua que uno de los hermanos Dupondt pisa; el encadenado entre las texturas de una mano y las de las dunas del desierto; y especialmente el modo en que cobran vida los recuerdos/ensoñaciones de Haddock –como si fueran espejismos, que tienen notable relevancia en diversos cómics de Tintín-: el recuerdo despierta en el mismísimo paisaje en la bella imagen del buque Unicornio emergiendo por entre las dunas…)

 

Indiana Jones vuelve a casa

De todos los conceptos narrativos y visuales relacionados con el cine fantástico que Spielberg ha manejado a lo largo de su carrera, no cabe duda que son los esgrimidos en la saga de Indiana Jones a los que en este Tintín más se acerca. Spielberg era consciente de ello, del mismo modo que lo es el público, sea porque conoce la procedencia del relato-tipo que se actualizó en En busca del arca perdida y los tres títulos sucesivos de la serie o sea porque, simplemente, lo reconocen en las imágenes de la película que nos ocupa sin necesidad de tirar mucho de intuición. Es importante, al respecto, no incurrir en la falacia de decir que Spielberg ha llevado a su terreno, el de Indiana Jones, los pulsos de los relatos de Tintín. Debería ser incuestionable que, precisamente en la elucubración de ese universo propio, el de las películas protagonizadas por Harrison Ford, se partió de unos referentes –los seriales aventureros de los años veinte y treinta del siglo pasado- parientes muy cercanos de los que Hergé accionó y desarrolló en su obra. Así debería cerrarse el debate referido a la fidelidad a los cómics de Hergé. Y de paso, el hecho de librarnos del prejuicio o la desinformación facilita la experiencia de visionar la película como lo que es: un auténtico goce cinematográfico. En Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal (Indiana Jones and the Kingdom of the Crystall Skull, 2008), la propuesta era lúdica incluso de puertas adentro: amigos y viejos aliados –Spielberg, Lucas, Ford- regresaban al universo de Indiana Jones. Con esta su película inmediatamente posterior, y tras una gestación mucho más larga de la que en el cineasta es habitual, los términos se trocan en algo artísticamente mucho más relevante: es el mismísimo Indiana Jones quien, en esta ocasión, regresa a casa.

http://www.tintin.be/

http://www.imdb.com/title/tt0983193/

http://www.guardian.co.uk/culture/2011/oct/16/tintin-adventures-secret-of-unicorn

http://www.variety.com/review/VE1117946357/

http://www.tintinologist.org/guides/screen/

http://tintin.wikia.com/wiki/The_Adventures_of_Tintin:_The_Secret_of_the_Unicorn

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

TWIXT

Twixt

Director: Francis Ford Coppola.

Guión: Francis Ford Coppola

Intérpretes: Val Kilmer, Elle Fanning, Ben Chaplin, Bruce Dern, Joanne Whaley, David Paymer.

Música: Osvaldo Golijov.

Fotografía: Mihai  Malaimare jr

EEUU. 2011. 90 minutos.

 

Ser o no ser

Terrible dilema. ¿Debió Francis Coppola seguir filmando películas alimenticias, como Jack, en lugar de entregarse a proyectos independientes de dudosa calidad? ¿Debió retirarse a mediados de los noventa y no volver a ponerse tras las cámaras, en otro continente, con unas reglas presupuestarias tan diferentes a los que adaptar sus intereses creativos? Yo creo que no, por supuesto, y me remito a lo glosado tanto sobre Youth Without Youth cuanto sobre Tetro, películas que suelen gustar poco o nada, y que condenan a quien las ha disfrutado a la etiqueta de entregarse sin reservas al nombre de un genio del cine del pasado. Pero yo diría que ese dilema, y las posturas enfrentadas que genera, se erizan aún más cuando, tras aquellas dos películas, filma en los EEUU una película de género fantástico que además rezuma (o más bien juega con) convenciones del relato gótico de toda la vida, pasadas por el túrmix de una lectura posmoderna que no esconde sus ansias experimentales. Puedo estar de acuerdo –todo lo anterior no debería desmentirlo- en que si la película viniera firmada por otra persona no le hubiéramos prestado atención (en el sentido de despreciarla; no me refiero por supuesto al hecho, aún menos innegable, de que movilizaría a mucho menos espectadores). Sin embargo, ¿seguro que podría venir firmada por otra persona? ¿No se hacen bien plausibles diversos elementos de estilo procedentes directamente de la previa Tetro? O, planteémoslo de forma más radical: ¿de veras da la sensación, viendo Twixt, que Coppola cree que obtendrá muchos beneficios de la película? ¿Es, por tanto, una película alimenticia? ¿O, quizá, cabe la posibilidad de que Coppola decida que existe otra fórmula para lo alimenticio, filmando a la manera low-budget (según metodología y tecnología, empero, muy distinta de la que manejó en sus inicios en la factoría de Roger Corman), para pasear su nombre-sobre-el-título por los circuitos de festivales y extraer réditos de la venta de los derechos para la emisión por televisión o el dvd?  Todo es defendible, por supuesto, y defender esta última postura abonaría un cínico destino al que fue uno de los más visionarios cineastas norteamericanos de su generación. Pero me parece más bien rebuscado que Coppola, a estas alturas (no digo ya de su carrera) de su vida, no haya satisfecho ninguna inquietud artística firmando esta película. Otra cosa distinta es que nos haya convencido o no con lo que ha probado y ejecutado, algo que, creo, tampoco debe de preocuparle demasiado al cineasta que hace ya… ¡cuarenta años! dirigió El Padrino.

 

Fantasmas del pasado

Como en sus dos películas precedentes, Coppola actúa como productor, amén de director, y sigue conservando a alguno de sus viejos aliados (Fred Roos, como productor ejecutivo), mientras consolida a otros nuevos que en esos otros dos títulos filmados por el cienasta en este milenio también le acompañaron en facetas técnicas importantes, como el operador lumínico Mihai  Malaimare jr. y el compositor Osvaldo Golijov. También firma un libreto original en solitario, igual que hizo en Tetro, pero antes no había hecho desde los tiempos de La conversación. Es, creo, un dato relevante, que nos invita a investigar en la sustancia temática. Veamos. El personaje encarnado por Val Kilmer, un escritor de terror de tercera (“un Stephen King de baratillo”, según se le bautiza), alcoholizado y en seria crisis a todos los niveles, llega a un pueblo de mala muerte al que, como mandan los cánones, un acontecimiento del pasado ha dejado en el ambiente un hálito maldito. Por mediación del sheriff (Bruce Dern, un grato reencuentro ante las cámaras), aficionado a los relatos truculentos, y de unos extraños sueños, nuestro protagonista, curiosamente llamado Baltimore, encuentra material para rubricar otra novela, quizá la que pueda volver a ponerle en órbita comercial. Pero resulta que se trata más bien de un trampantojo entre lo creativo y lo sentimental, pues en el curso de los siniestros acontecimientos acaba aflorando una catarsis, relacionada con la muerte trágica –por accidente de lancha- de su hija, que acaeció cuando ésta apenas tenía trece años. Existen muy marcados paralelismos entre ese accidente de la hija del protagonista de la ficción y el accidente que terminó, ya fuera de ella, con la vida de uno de los hijos de Coppola, y el cineasta ha llegado a manifestar al respecto que la película supuso para él, en cierto modo, un ejercicio catártico sobre aquella tragedia. Es innecesario entrar a valorar esa cuestión, pero sí resulta innegable que mediante su sofisticado –que no complejo– tapete fantástico argumental el director hace aflorar uno de los temas que vertebran toda su carrera en general, y Tetro en particular, cuales son esas “sombras de fantasmas del pasado” (me estoy citando a mí mismo, de la crítica de Tetro) que atañen a relaciones familiares. Y, extendiendo ese hilo, busquemos otro tema, autónomo y a la vez supeditado al anterior en la filmografía del cineasta, centrado en la radiografía de visos líricos en torno a la edad adolescente: ¿no son esa hueste de jóvenes góticos que moran en las afueras del pueblo una suerte de personajes-eco de las bandas que protagonizaban La Ley de la Calle, ya solidificados en un espacio mítico, pero por supuesto aún guiados por idéntico símbolo, este otro Chico de la Moto –moto que no vemos, pero que sí escuchamos rugir, quizá en la continuación de ese plano en el clímax de aquella película, en la que la sombra de la moto evadiéndose se impresionaba en una pared mientras la carne y hueso de Mickey Rourke exhalaba su último aliento-? Y este segundo tema, el de la juventud, aún está íntimamente relacionado con un tercer tópoi temático coppoliano que concurre en la película, y que se simboliza en el elemento atmosférico-estético más llamativo de la película, ese reloj de siete caras que marca horas dispares, esto es que desaloja al pueblo del tiempo, del mismo modo que ese Tiempo quedaba relativizado en diversas obras previas del cineasta, de la citada La ley de la calle y su hermana Rebeldes a Youth without Youth, pasando por supuesto por obras menores del cineasta como Peggy Sue se casó y Jack, que también planteaban una pelea contra el curso natural del tiempo, alcanzando por supuesto a Bram Stoker’s Dracula, donde la inmortalidad era un vasallaje, y, last but not least, Dementia 13, conexión genérica del filme que nos ocupa con el otro extremo filmográfico de Coppola, en el que la pervivencia de algo traumático en la memoria era la excusa para un cuento gótico.

 

Poe, Baltimore

Como aquellos rumble fish que el Chico de la Moto y su hermano observaban en la pecera, en los pasajes de Twixt que obedecen a lo subjetivo y ensoñado (en proceso constante de ir devorando la realidad) algunos objetos –o su luminiscencia- son tratados con un color específico que contrasta con el paisaje monocromático en el que se enmarcan, y, por oposición estética, el personaje que sueña y el objeto de su sueño pueden alinearse en la misma caracterización desvaída (observen la foto superior).  Esa sombra del pasado del protagonista, fagocitado por la niña que encarna Elle Fanning, no es la única que acompaña al escritor en su búsqueda indefinida: el mismísimo Edgar Allan Poe  (Ben Chaplin), autor de referencia del personaje encarnado por Kilmer (en una inscripción de quien, en un buen detalle de guión, el personaje ofrece el whisky de su botella), servirá de guía e interlocutor creativo de nuestro personaje, llegando a mantener algunas disquisiciones sobre las enfermizas motivaciones dramáticas impresas en su obra, específicamente en el poema El Cuervo. Alcanzamos de esta guisa otro punto cardinal –y ya es el cuarto- de los temas que atraen la atención de Coppola desde los lejanos tiempos de Corazonada, y que también servían de eje argumental en Tetro: las implicaciones personales en el proceso de creación artística (y donde allí se retrataba con cinismo el papel de la caprichosa crítica, aquí se relatan con ironía los peajes del anclaje editorial –encarnado en la figura del editor que encarna David Paymer-; uno y otro casos, reversos de la misma moneda: la inasumible distancia entre el acto creativo y la clase de repercusión que los intermediarios entre el artista y el público buscan o consolidan).

 

Coppola

Tras todo lo anterior, ya parece más bien innecesario desnudar el argumento a su anécdota. Sí queda por afirmar que Coppola sigue siendo bien capaz de filmar secuencias de elocuente fastuosidad visual, sea desde su asumida –tan voluntariosa, tan consciente– teatralidad, decadencia e incluso regusto kitsch en el despacho escenográfico, sea merced del uso expresivo del montaje, el sonido o el montaje del sonido. Queda también la constancia de que Coppola se ríe a carcajadas del supuesto sense of wonder que, dicen los nuevos adalides del mainstream, anida en la tecnología 3D: sólo hay dos escenas de la película rodadas en ese formato, que vienen pertinentemente anunciadas con unas gafas que se sobreimpresionan a las imágenes (por cierto, no estaría de más avisar de ello al espectador, y no obligarle a llevar las gafas puestas toda la película), y en las que Coppola explota convenciones visuales desde un pantagruélico efectismo, dejando a las claras su versión al respecto: estamos volviendo a los espectáculos de barraca de feria. Quizá en Twixt, quizá inopinadamente, Coppola vuelve a dar cauce a su afán de exploración narrativa y lírica aplicada a la ciencia de lo fílmico. Quizá se queda en el intento. Quizá no es suficiente con lanzar las salvas de todos esos temas arrebujados que son herencia de su corpus filmográfico, y el cineasta debió y no supo o no se empeñó en trenzarlos de una forma más convincente en lo dramático o en lo alegórico. Las especulaciones se vuelven, por lo menos, confusas. Así que aunque me cuesta creer que alguien encuentre la película aburrida, abúlica o convencional (que no es lo mismo que pasada de vueltas, afectada hasta el ridículo, o incluso insolente), quizá en el peor de los casos sólo es cine de Coppola para Coppola. Quizá.

http://www.imdb.es/title/tt1756851/

http://www.twixtmovie.com/

http://twitchfilm.com/reviews/2011/09/tiff-2011-twixt.php

http://thefilmstage.com/reviews/tiff-review-twixt/

http://www.slantmagazine.com/house/2011/09/toronto-international-film-festival-2011-twixt-the-cat-vanishes-love-and-bruises/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

EL ARBOL DE LA VIDA

The Tree of Life

Dirección: Terrence Malick

Guión: Terrence Malick

Intérpretes: Brad Pitt, Sean Penn, Jessica Chastain, Hunter McCracken, Young Jack,Laramie Eppler, Tye Sheridan, Fiona Shaw

Música:  Alexandre Desplat

Fotografía:  Emmanuel Lubezki

EEUU. 2011. 141 minutos.

 

Polémicas aparte

Tomando en consideración las arreciantes polémicas que vienen acompañando El árbol de la vida desde su preestreno (y prestigio labrado en sede festivalera), casi deja de parecer una obviedad decir que hay muchas formas de aproximarse a una película (ésta, por ejemplo), y no existe una buena y la otra mala (al menos siempre que sean honestas), una válida y la otra que no; al respecto cabe recordar que no es lo mismo analizar que emitir juicios con apariencia paradigmática. El personaje encarnado por Brad Pitt nos ofrece, en un momento de la película, la definición de lo que es subjetivo (algo así como “que forma parte de nuestra mente, y por tanto no admite contradicción”), algo que me sirve para introducir, en relación con todo lo anterior, que el profundo aliento subjetivo que impregna el filme (de hecho, es una herramienta de partida del cine de Terrence Malick) también invita a estirar las interpretaciones discrepantes sobre la valía artística de ese estilo del realizador de Malas tierras del que los amantes de su cine predican aquí su culminación, al mismo tiempo que sus detractores afilan aún más su constancia de la vacuidad que lo sostiene todo. No obstante, no es el subjetivismo de Malick y según Malick, sino las inercias e intereses que sostienen la polémica los que hacen que el público le cueste atenerse a los matices, y dé la sensación de que no existe distancia posible entre los extremos, entre una percepción de las imágenes como algo fascinante e hipnótico, o bien como un cúmulo de ilustraciones epatantes y mal hilvanadas que sólo llevan al tedio. En cualquier caso, levanto acta de que, si esas encarnizadas opiniones enfrentadas en nada ayudan a ubicar en su lugar una obra (el tiempo ya se encargará de ello –aunque, por cierto, a La delgada línea roja no le ha sentado mal–), la polémica sí tiene algo de positivo: asegura el éxito comercial de una película tan poco convencional como ésta, lo que per se ya es muy saludable. 

 

Mesiánica envergadura

Se han lanzado muchas teorías sobre la razón de ser entre teológica (o mística) e ideológica que da lugar al ciertamente chocante planteamiento argumental, en el que se llega a recurrir al relato del inicio de los tiempos para expandir la mirada en torno al hecho de la pérdida de un ser querido. Menos se ha hablado, en cambio, de la posibilidad de que la película –modificación o adición de un viejo proyecto del realizador, llamado Q– incorpore elementos autobiográficos, dato inédito quizá en consonancia con el cierto hermetismo, quizá misantropía que envuelve a la figura de Malick, dato tampoco especialmente trascendente para dilucidar el bagaje en imágenes, ni el nebuloso discurso sobre el que reposa, pero cuya posibilidad a mí se me pasó por la cabeza al relacionar la coyuntura histórica (aunque no detallada, el encourage refiere de forma meridiana una existencia provinciana –estadounidense, por supuesto– en los años cincuenta-sesenta) con ese hálito impresionista y subjetivo que sostiene especialmente el largo y principal pasaje que relata la infancia y tránsito a la adolescencia de los dos hermanos haciendo especial hincapié a las alianzas y traumas más íntimos que acaecen en el seno familiar. Con toda franqueza, si debemos sostener el análisis en un escrupuloso estudio sobre el ente narrativo y discursivo, también emotivo, que debe resultar de la ligazón argumental, no me cuesta afirmar que El árbol de la vida me parece la menos redonda de las películas firmadas hasta la fecha por Malick, y ello porque me da la impresión de que, sea por razones estrictas de sustancia argumental, de estructura, o del modo en que se articula lo intuitivo (elemento que considero fundamental en todo el cine de su autor), el filme flaquea en su elucubración teo o filosófica, se halla más cerca de ofrecer apreciaciones o recetas aisladas que una visión unívoca y no conjeturada de los temas que maneja, y, en el peor de los casos, llega incluso a revelar costuras (pienso, sobre todo, en la ruptura de tono que caracteriza el clímax final). Que la apuesta sea más arriesgada que nunca es, en sí mismo, un elemento atractivo; pero el casarlo en un todo coherente resulta, también por definición, más complicado, y en este caso me da la sensación de que a Malick la mesiánica envergadura (especialmente sentimental, lo aclaro para que no se deduzca a la ligera que cargo las tintas contra el citado pasaje que narra el inicio de los ciclos de la vida) se le escapa de las manos, algo que no sucedía en las obras pretéritas del cineasta, ni siquiera en La delgada línea roja y en El nuevo mundo, que son las parientes más cercanas (no sólo en el tiempo) de la película que nos ocupa.

 

Recuerdos

Empero, todo lo anterior no me puede llevar a descalificar la película, por dos y muy cabales razones de orden cinematográfico. La primera de ellas tiene que ver con su poderío visual. A mí no me parece, máxime teniendo en cuenta esos tantos riesgos asumidos (de acuerdo, quizá de forma innecesaria), que el hecho de que Malick no logre rubricar una película redonda desde su aparato argumental (o más bien cabría decir teórico) nos lleve a inferir directamente que su puesta en escena se sostiene en lo vacuo. En el peor de los casos, cabría acusar al cineasta de cierta pomposidad, rimbombancia (aunque tampoco estaría de acuerdo con ello, por las razones que esgrimiré en la segunda de las razones anunciadas). Dejando de lado la absoluta filigrana formal en la que se erige ese repetido pasaje que concentra en una sucesión de refulgentes y bellísimas imágenes de la creación cosmogónica hasta el nacimiento de la vida en la Tierra, nada hay de retórico en el resto de la película, pues tanto en los cortos segmentos protagonizados por Sean Penn cuanto en el largo meollo central de la cinta cada solución escénica obedece a una idea, que se afianza en la métrica reposada que provee el montaje, el tono puntuado con la partitura de Alexandre Desplat o las piezas clásicas que se incorporan (de forma diegética o no) y en un lienzo lumínico que busca no sólo la adecuación anímica, sino también la coherencia estética. Ello me lleva a afirmar rotundamente que las imágenes de la película no son caprichosas, sino todo lo contrario, y, por supuesto, que revelan tanto el talento de su autor como la vocación de un estilo muy personal, intransferible, muy marcado (y, añadamos, bastante a la contra de los cánones formales del cine de su tiempo, que es el nuestro). Y de esas aseveraciones emerge la segunda de esas razones cardinales por las que invito al espectador desprejuiciado a disfrutar, en el sentido más denso del término si quieren, de El árbol de la vida: si toda esa articulación formal no se engrasa de la forma más satisfactoria en un todo, sí que resulta muy valiosa en la plasmación cinematográfica de determinados conceptos. El principal de los cuales, y regreso a los términos sobre lo subjetivo que citaba al principio, la arquitectura fragmentaria y lírica de la memoria. En los flash-backs evocados por el personaje que Ben Chaplin encarnaba en The Thin Red Line hallamos la simiente de lo que Malick explora de nuevo aquí, y con resultados mayúsculos. Desde el tan celebrado instante en el que el personaje encarnado por Brad Pitt coge entre sus manos el pie del hijo que acaba de tener, hasta el advenimiento del cierre (por tanto, estoy hablando del grueso del relato), Malick no se limita a mostrar acontecimientos vividos por diversos miembros de esa familia, esencialmente conflictos internos. No, lo que refiere son percepciones particulares sobre los mismos, lo que llamamos recuerdos. A Malick parece importarle poco si el relato obedece a la linealidad o no; podría ser, pero no estamos seguros; y da lo mismo, porque los recuerdos aparecen a menudo arrebujados, porque emergen de sentimientos, que a menudo (los referidos en la película sin duda son de esa ralea) no resultan fáciles de comprender, bastando la conciencia de que se están asimilando en ese rendir cuentas con el pasado que a cualquier hombre atañe. El hijo mayor se lleva el protagonismo, pero también emergen los puntos de vista de cada uno de sus progenitores, pudiendo llegar a convivir en un mismo plano en las secuencias más devoradoras, como aquélla que relata el primer acto de rebeldía que tiene lugar en la morada familiar (el hijo menor le pide a su padre que se calle), dando lugar a la explosión de sentimientos encontrados. Malick no narra, más que nunca evoca los sentimientos que surgen de las vivencias. Y eso, creo, es muy valioso. Nada cartesiano, profundamente fragmentario, lo admito; pero muy valioso, y sin duda difícil de lograr. Lo más paradójico del caso es que, si tal como opinan muchos, Malick pretende sentar una verdad (la suya), lo haga recurriendo a diversas verdades particulares… y disidentes. Para mí, basta con esto para considerar que estamos ante una película inolvidable.

http://www.imdb.com/title/tt0478304/

http://www.hollywoodreporter.com/review/tree-life-cannes-review-188564

http://www.screendaily.com/reviews/latest-reviews/the-tree-of-life/5027636.article

http://www.metacritic.com/movie/the-tree-of-life

http://www.twowaysthroughlife.com/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

EL PLACER DE LOS EXTRAÑOS

The Comfort of Strangers

Dirección: Paul Schrader

Guión: Harold Pinter, según la novela de Ian McEwan

Intérpretes: Christopher Walken, Rupert Everett, Natasha Richardson,

  Helen Mirren, Manfredi Aliquo, David Ford, Daniel Franco 

Música:  Angelo Badalamenti

Fotografía:  Dante Spinotti

Montaje: Bill Pankow

EEUU-Italia-GB. 1990. 109 minutos.

 

My father was a very big man.

And he wore a black mustache.

When he grew older and it grew gray,

 he colored it with a pencil.

The kind women use.

Mascara.

 

Schrader guionista/Schrader director

Ian MacEwan. Harold Pinter. Paul Schrader. Tres personalidades muy marcadas que se reúnen en el proceso creativo de la película, basada en una novela del primero, adaptada a guión por el segundo, y puesta en solfa cinematográfica por el tercero. A menudo, la suma de diversas y fuertes personalidades da por emborronar el resultado. Pero, por suerte, no es el caso. Bien al contrario. Nos hallamos ante una alianza, y buena prueba de ello la hallamos en que The Comfort of Strangers se erige en una de las películas menos parangonables con el resto de la filmografía de Schrader, aunque, al mismo tiempo, su estilo prevalezca en todo momento. La verdad es que el mayor nexo que se me ocurre con esa filmografía lo podríamos tal vez rastrear en Mishima (Mishima: A Life in Four Chapters, 1985), obra en la que el cineasta sí participó en la manufactura del libreto (junto con su hermano Leonard y Jun Shiragi), pero que en sucesivos pasajes ilustraba un universo ajeno, el del escritor aludido en el título y biografiado. Desde su rúbrica del guión de Taxi Driver (íd, 1975), a Schrader pasó a acompañarle una clase de prestigio del que no terminaría de librarse del todo con sus diversos logros tras las cámaras: el prestigio de ser, por encima de todo, un gran guionista. Aunque en mi opinión existen sobradas pruebas en su corpus filmográfico de que Schrader es también, desligado de esa otra faceta, un magnífico director de cine, The Comfort of Strangers, en la que no le enmendó la plana a Harold Pinter en sede de revisión de guión, permanece como la prueba más fehaciente al respecto. Porque, en mi humilde opinión, sí que efectuó una determinada reescritura, pero que se hizo prevalecer en imágenes.

 

Colin y Mary

Lo que en realidad narra The Comfort of Strangers no merece ser glosado hasta el cierre de esta reseña. La fachada, la premisa de partida, el punto de vista aparente, tiene que ver  con una relación sentimental más bien marchita, la que mantienen Colin (Rupert Everett) y Mary (Natasha Richardson), ingleses, burgueses, él soltero y ella divorciada, que, se entrevé, están intentando solucionar sus problemas regresando a Venecia, el lugar donde antes, un par de años atrás, habían sido felices. Sin embargo, la rutina parece demasiado enquistada en la relación. Él finge estar cómodo, pero se muestra ausente. A ella le pesa demasiado la percepción de que Colin no termina de congeniar con sus dos hijos pequeños. Schrader les observa en la habitación que comparten, en algunas salidas y visitas a lugares prototípicos por la ciudad. Presta más atención a los silencios que a las palabras, a los gestos, a esa coda de cordialidad más bien forzada que emerge en el momento más inapropiado. Empero, todo eso va a cambiar con la súbita entrada en escena de un tercero, Robert (Christopher Walken), un veterano acaudalado y bon vivant que les halla perdidos por las calles y les invita a tomar algo en un local en el que cierran tarde. Desde el primer momento, Colin y Mary detectan que algo hostil puede anidar bajo esa fachada de blanco impoluto, personalidad fuerte y exceso verborreico del pintoresco personaje, pero se hallan, como decía, perdidos, también en su propio ánimo sentimental, y se dejan llevar… Tras el episodio nocturno, en el que terminan borrachos y desfallecidos durmiendo a la intemperie, se sucede otro, en el que Robert les encuentra, quizá casualmente, y les invita a recuperarse en su morada, que resulta ser un fastuoso palazzo veneciano, en el que vive con su esposa Carolina (Helen Mirren). Colin y Mary se despiertan a media tarde en una confortable dependencia, desnudos, frágiles ante el sentimiento de extrañeza que les produce la indiscreta clase de hospitalidad de Robert y Mary. Pero de regreso a su hotel, a la intimidad, descubren que algo ha cambiado, algo crucial. Esa inseguridad o fragilidad compartida ha servido para reverdecer el nexo sentimental, Colin y Mary descubren en sus sentimientos una pasión que creían perdida. Schrader les filma haciendo el amor, como si fuera la primera vez, en camas que antes estaban separadas, pero ahora ya no. Antes de que los acontecimientos se precipiten, Colin llega a pedirle a Mary algo que parecía impensable cuando, apenas dos noches antes, ella manifestaba su deseo de regresar a casa: le pide casarse con ella, verbaliza su deseo de convivir finalmente juntos, como una familia, con los dos niños. Y ella, que vuelve a sentirse amada y ha recuperado su autoestima, le censura ese mismo ímpetu que antes tanto había anhelado: la imagen lo captura con una bella imagen, la de ella en el centro del encuadre, avanzando solitaria por la arena, hacia la orilla de un mar incendiado por la luz.

 

Bajo la superficie

Pero resulta ser que el filme no se limita a relatar esa suerte de remisión, ese confort, que la presencia de unos extraños, y en un lugar extraño, puede insuflar a los sentimientos deslucidos de una pareja. Y ello porque, y aquí aflora con singular temperamento descriptivo el pulso schraderiano, existen en el relato otros puntos de vista que conviven, objetan y finalmente trascienden la particularidad sentimental de la pareja. No hablo del de Robert, sino de algo más impreciso y sutil, también confuso, y especialmente turbador; representado de entrada, sí, por esa hostilidad siempre latente por parte del personaje encarnado por Walken –véanse esos insertos de fotografías tomadas de la pareja, atiéndase a esos planos en los que la figura blanca, casi espectral, de Robert aparece en la periferia del encuadre, como un borrón–, pero apuntalado en las insidiosas intenciones escenográficas que atañen al marco geográfico y espiritual, ese paisaje veneciano capturado en equidistancia entre la mirada turística al uso y su desviación, un no se qué inquietante, un paisaje que desaira, enclaustra y finalmente devorará a los extraños. La gradación lumínica preciosista de Dante Spinotti añade el ingrediente hipnótico, y la paradoja de la irrefutable belleza exterior. Pero Schrader se dirige al interior, a lo oculto, a lo subyugante, a lo que porfía por emerger a la superficie, y, cuando lo haga, revelará el pulso de lo malsano. Y ese punto de vista sui generis, que ya comparece en el prólogo de la función (en el que, un poco à la Resnais del arranque de El año pasado en Marienbad, la cámara se desliza en suaves travellings por entre las estancias del palazzo de Robert, mientras escuchamos por primera vez, en over, su soliloquio sobre su padre), se va haciendo fuerte en soluciones escénicas como las panorámicas en semi-picado que muestran a Colin y Mary avanzando desnortados por las callejas laberínticas y mal iluminadas, o como aquélla a la que Schrader recurre en el bar donde Robert les recita el soliloquio, que otra vez sólo escuchamos porque la cámara abandona a los personajes y se dedica a curiosear por entre los rincones del local y la gente que lo frecuenta. Lo cierto es que en la definición sustantiva del virulento clímax de la función, en el que se levanta el velo de las más que perversas costumbres sexuales de Robert y su esposa, el cuadro sobre la depravación y la personalidad obtusa que acaba imponiendo las reglas de una existencia en la soledad de la opulencia es categóricamente asimilable a los temas y obsesiones tanto de MacEwan cuanto de Pinter. Pero a mí me acaba seduciendo más el modo en el que Schrader deja al espectador sin asideros subjetivos, porque ese punto de vista de lo extraño, lo decadente y lo enfermizo es el que se apodera del todo en los últimos compases, abandonando definitivamente a los personajes, sin importar si son verdugos o víctimas, para dar carta de naturaleza a esa definición superior y en abstracto, que emerge de las entrañas de la propia Historia, y que progresa de forma ritual e implacable para posarse, una y otra vez, sobre los puntos oscuros del comportamiento humano, ése que el autor de Auto Focus, desde el primer día, viene diseccionando con tan dolorosa lucidez.

http://www.imdb.com/title/tt0099292/

http://movies.nytimes.com/movie/review?res=9D0CE1DE133FF93AA15750C0A967958260

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/19910412/REVIEWS/104120301/1023

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

No habrá paz para los malvados

Dirección: Enrique Urbizu

Guión: Enrique Urbizu y Mikel Gaztambide

Intérpretes: José Coronado, Juanjo Artero, María Blanco-Fafián,

 Nadia Casado, Karim El-Kerem, Eduard Farelo, Helena Miquel

Música:  Mario de Benito

Fotografía:  Unax Mendía

España. 2011. 110 minutos.

 

Isaías, LVII, 21

Quien avisa no es traidor: en esta reseña hay mucha información sobre el contenido de la película, incluyendo alguna mención a su desenlace. Invito a quien no la haya visto que espere a verla antes de leer estas líneas, a no ser que se acerque al visionado de películas sin importarle conocer información esencial sobre su desarrollo. ¿Y por qué volcar esa información? Para dejar constancia concreta –si no me explico, pecaré de impreciso– de las razones que me llevan a debatirme entre sensaciones encontradas. Podría eludirlas, sin duda, y limitarme a consignar que Enrique Urbizu filma un thriller áspero, sobrio aunque no reposado en sus enunciados, no especialmente eléctrico pero sí de ritmo bien sostenido, no especialmente memorable pero con algunas secuencias brillantes, y que pivota esencialmente sobre la figura prototípica de un personaje atormentado y desquiciado que, en la tradición de algunos ramajes del cine policiaco norteamericano de los años setenta, decide un día, a la manera de Travis Bickle en Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) –que no de Harry Callahan en Harry, el sucio (Dirty Harry, Don Siegel, 1973), como he leído por ahí–, asumir con sus propias armas la cita bíblica que hallamos en el título (“No habrá paz, dijo mi Dios, para los malvados”, Isaías, LVII, 21) y, como decimos usualmente, tomarse la justicia por su mano.

 

Enunciados

Sin embargo, al sumergirnos en el análisis del meollo dramático, debemos efectuarnos una serie de preguntas. Porque no nos basta con saber que Santos Trinidad (José Coronado, excelente en su caracterización y vis lacónica) es un lone rider, tal y como ya propugna el mismo arranque de la película, con un primer plano de una máquina tragaperras con motivos de western y de las botas camperas que luce el personaje. No nos basta con atestiguar que es una especie de ángel de la muerte (al mismo tiempo que pistolero crepuscular) en ese cierre, en el que vemos como la vida de un centro comercial discurre con normalidad sólo para recordarnos que una temible amenaza (que tiene a los niños como parte protagonista, según deducimos del último plano) se cernía sobre el mismo y, sin que apenas nadie se haya dado cuenta, ha sido neutralizada. Y no nos basta, digo, porque los planteamientos son más escurridizos, porque si queremos abundar en el relato más allá de esos enunciados –bien resueltos, pero simples–, estamos obligados (invitados, más bien, por los guionistas de la película, el propio Urbizu junto con Mikel Gaztambide) a movernos en el territorio de las sugerencias y las apreciaciones intuitivas, lugar en el que no alcanzamos a discernir si existe un potencial abstracto y alegórico en No habrá paz para los malvados que no llega a cuajar del todo o si más bien quisimos presumir que así sería antes que el metraje terminara desmintiéndonos, afianzándonos en la sensación de haber visto poco más que un entretenido, aunque a la postre descafeinado, exponente de su género.

 

Dos investigaciones paralelas

La película se estructura a partir de dos eclosiones de violencia, una a cada orilla del metraje, y una progresión argumental articulada a través de la exposición del curso de una misma investigación desde dos puntos de vista, una, la que lleva a cabo nuestro solitario y alcoholizado protagonista a pie de calle y según un protocolo improvisado, y, la otra, la que se desarrolla siguiendo los cauces legales, que, en una agradecible apuesta por cierto verismo radiográfico, viene protagonizada por una juez (Helena Miquel) que no hace nada más que de juez (es decir, estudia los hechos, toma declaraciones y propone diligencias para la instrucción del expediente), y un investigador policial (Juanjo Artero) que la auxilia y al que, también, no le veremos asumir otras atribuciones que las que resulta dable esperar de su oficio, complementarias o preparatorias a las que corresponden a la juzgadora. De hecho, Santos es el autor del delito que la Juez Chacón investiga, la comisión de ese triple homicidio en un prostíbulo; lo sabemos porque se nos ha narrado al inicio del filme; lo que sucede es que las diversas pistas relacionan a las víctimas con negocios turbios, y terminarán abriendo otras puertas o sospechas de comisión o preparación de otros delitos; sin embargo, la Juez Chacón no llegará a saber a través de sus métodos legales –que incluyen el más bien estéril auxilio de otros representantes de las fuerzas del orden, de estupefacientes y de delitos internacionales– lo que Santos sí descubrirá por su cuenta (y que al hacerlo, en una de las pocas concesiones al humor, le llevará a exclamar: “rock’n’roll”), nada menos que la existencia de un comando yihaddista que pretende cometer un atentado de colosales proporciones en un prototípico mall madrileño. En ese apartado, el de la dosificación y relación de información objetiva, Urbizu se mueve con más soltura y habilidad que auténtica sabiduría, pues sabe limitarse a enunciar la complejidad creciente mostrando hilos fácilmente asibles por el espectador (dejándose algún que otro cabo suelto, eso sí), y, escudado en el punto de vista de quienes desconocen el fondo de las cuestiones planteadas, no pretende en ningún momento meterse en la camisa de once varas que supondría facilitar datos más pormenorizados de esa complejidad, esto es introducirnos a fondo en el contenido de su propuesta-denuncia, las vías de relaciones y tráfico de información y armamento que se desarrolla en el underground del sistema a nivel global (que implican a miembros de un cártel colombiano tanto como a terroristas islámicos, éstos últimos que compran bombas a la mafia rusa).

 

A tiro limpio

Todo lo anterior, empero, no es tan crucial para la definición de las formas y el tono de la película como el trazo dramático en torno a la figura del protagonista, Santos, de cuyos antecedentes personales y profesionales se nos suministrará una información deliberadamente precaria, centrando los términos en su actual periplo, que viene marcado por el nihilismo y la violencia. En diversas glosas del argumento se menciona que, en ese inicio de la película, el policía se ve involucrado en un triple asesinato, pero no se aclara por qué comete esos crímenes. A falta de más información, presumiremos que inicia toda la investigación simplemente para encontrar al testigo ocular que se le escapó (que será quien terminará enlazando con el comando integrista islámico: ¿ven como en realidad no es tan complicado?); sin embargo, ése es un argumento de poco peso, y además incongruente con la hazaña que llevará a cabo en el clímax. ¿Debemos entender que mata a sangre fría a esas tres personas sólo porque está borracho/deprimido? No ya las convenciones, sino la propia intuición nos invita a pensar que el comportamiento de Santos obedece a algo más, a un motivo determinado, presumiblemente marcado por un acontecimiento traumático del pasado. En efecto se propondrá un posible trauma (haber matado a un compañero cuando trabajaba en la brigada de la embajada española en Bogotá, porque quizá trabajaba para el cártel), y también un nexo con ese pasado que pueda explicar el asesinato del mafioso que regenta el puticlub y del matón que le acompaña… pero no de una camarera. ¿O tal vez sí? En ese caso, me parecería del todo lícito –o incluso saludable- atreverse a cruzar esa línea sobre lo políticamente correcto, pero el relato hubiera ganado en empaque dramático si se hubiera focalizado mucho más en los actos posteriores de Santos –que, si quitamos el ron que consume sin cesar, su cinismo y su cara de pocos amigos, se comporta como un investigador ordinario–  aún a costa de sacrificar esa investigación paralela que, a fin de cuentas, sólo deja de resultar estéril en su esforzado verismo expositivo sobre la metodología de una investigación criminal, balance en realidad parco si lo trasladamos a la sustancia concreta del relato y los conflictos personales que se desgranan en esa instrucción del iter criminis. Añado a esas reticencias la inclusión innecesaria de algunos personajes secundarios –el compañero de Santos– y amagos de subtramas. Y todo ello me lleva a reafirmarme en mis argumentos de partida: sin dejar de ser una película bien manufacturada, atractiva en algunas premisas e incluso admirable en algunas de sus soluciones visuales, No habrá paz para los malvados se conforma con menos de lo que prometían sus premisas. Y no me libra de esa percepción ni siquiera el muy inspirado clímax final a tiro limpio; ni siquiera esa soberbia idea de puesta en escena –quizá la más manierista de la película, pero también una de las mejores– de inclinar la cámara noventa grados para mostrar al protagonista avanzando exangüe hacia el precipicio, el final, el precio que debe pagar.

http://www.imdb.com/title/tt1661862/combined

http://www.nohabrapaz.com/

http://www.filmaffinity.com/es/film546051.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

 

LA COSA

The Thing

Dirección: John Carpenter

Guión: Bill Lancaster, según un relato de John W.Campbell

Intérpretes: Kurt Russell, Wilford Brimley, T.K. Carter, David Clennon, Keith David, Richard Dysart, Charles Hallahan, Peter Maloney

Música:  Ennio Morricone  

Fotografía:  Dean Cundey

EEUU. 1982. 104 minutos.

 

De fracaso a cult-movie

En la actualidad, La Cosa disfruta de una merecida consideración de prestigio, al menos entre los amantes del fantástico, que suelen situar la película entre lo más trufado de la filmografía de ese auténtico director de culto que es John Carpenter. Pero no siempre fue así. De hecho, cuando la película se estrenó en 1982 sufrió un severo batacazo en taquilla, y también la crítica le dio la espalda. En sede de las muchas –e insisto, necesarias– reivindicaciones de la película, a menudo se tendió a sugerir que el culpable del desaguisado no era otro que E.T., el extraterrestre (E.T. The Extra-Terrestrial, Steven Spielberg, 1982), filme estrenado con apenas dos semanas de distancia a The Thing y de cuyo formidable éxito no considero necesario hablarles. Esa sugerencia, por supuesto formulada sotto vocce, vendría a incidir en un estado de las cosas ideológico que en aquella coyuntura socio-cultural concreta primaba la visión amable de la furiosa de un contacto con extraterrestres. Esa formulación es una falacia, huelga decirlo, pero lo que sí constató el fracaso a todos los niveles de la película, algo por otra parte constante en la Historia del Cine, fue la renuencia del establishment a aceptar la posibilidad de que se estire el hilo más de lo acostumbrado en lo que a explicitud de los contenidos violentos se refiere –algo que Carpenter sin duda hizo de forma bien consciente, cruzando una línea invisible sobre lo permisible que quizá podríamos ubicar en la violencia explícita de Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979)–. Dicho de otro modo, en 1982, a Carpenter no se le perdonó que sembrara las imágenes de su obra con contenidos tan repugnantes para el público, sin importar su razón de ser en la textura atmosférica y dramática, su aportación estética o su valía desde el punto de vista estrictamente técnico. Por suerte, esa percepción se ha invertido como un calcetín, y los más fervorosos amantes de la película esgrimen ese elemento como uno de los principales atractivos, sino el que más, de la obra, en el que sin duda podemos considerar un saludable ejercicio de contagio reivindicativo.

 

Otras cosas

Antes de adentrarnos específicamente en lo sustantivo, permítanme efectuar otra acotación, esta referida a la relación de la película con su precedente filmado treinta y un años antes por Christian Niby (y, sin acreditar, el tan admirado por Carpenter Howard Hawks). La Cosa no es en realidad un remake de El enigma … ¡de otro mundo! (The Thing…from Another World, 1951), sino una nueva versión del relato corto escrito por John W. Campbell que, con el título Who Goes There?, se publicara por primera vez en la revista Astounding Stories en 1938. Cierto es que esta nueva versión incide con más detalle en algunos de los conceptos planteados por Campbell en su relato, pero quizá debamos ir con cuidado al afirmar, como así se hace a menudo, y con toda tranquilidad, que esta versión es-mejor-que-la-otra. Comparar dos películas que son fruto de dos contextos tan distintos es, de entrada, una tarea harto improbable. Pero me gustaría recordar que la película de Niby consta, junto con Ultimátum a la tierra (The Day the Earth Stood Still, Robert Wise, 1951), como uno de los títulos fundacionales del subgénero del cine fantástico consagrado a los ovnis y las invasiones alienígenas, cuya popularidad fue remarcable en aquellos años cincuenta y al que periódicamente Hollywood regresa, consciente de sus probables buenos réditos comerciales. Por si hace falta acotar aún más la aclaración, El enigma … ¡de otro mundo!, bien al contrario del título de Wise, refería una invasión claramente marcada por la hostilidad. Si hacemos el fácil ejercicio de encajar estos datos en los patrones estilísticos de Carpenter, una de cuyas principales bazas siempre ha sido la concienzuda pero respetuosa reformulación de los paradigmas narrativos clásicos, quizá podamos convenir en que el director de Asalto en la comisaría del distrito 13 se halla lejos de pretender dejar atrás ese referente, lo que de paso explica los pequeños pero abiertos homenajes que le dedica al filme de Niby en diversos pasajes de la función, sin olvidarnos del propio planteamiento de entrada, según el cual, a través de la carrera de ese perro husky bajo el fuego de un helicóptero noruego, se constata la relación en segunda instancia que el grupo humano que protagoniza la película establece con el mortífero alienígena/monstruo, lo que, al menos así me lo pareció a mí, es una bonita forma de reflejar en lo narrativo la constancia de estar recogiendo el testigo de un legado artístico.

 

La(s) criatura(s) de Rob Bottin

Pero entremos en materia. No tanto por tratarse de una adaptación más fidedigna del sustrato literario de partida que por la implicación de factores relacionados con el estado de las cosas en el cine de género en el momento de realización de la película, y, por supuesto, por la propia idiosincrasia creativa de Carpenter, esta The Thing se aleja del cine de ciencia-ficción –hasta dejar sólo un envoltorio– para ubicarse categóricamente en el territorio del cine de terror (Carpenter, de hecho, se refiere a la película como primer título de la que él considera su Trilogía del Apocalipsis, que vendría completada por El príncipe de las tinieblas/Prince of Darkness, 1987, y En la boca del miedo/In the mouth of Madness, 1996), y más concretamente en su modalidad denominada psicológica, donde el valor de lo que se intuye y sugiere se impone a lo que se muestra, algo que puede resultar paradójico si tomamos en consideración la profunda impronta iconográfica que la citada labor de Bottin y el resto de técnicos de efectos especiales (entre los que hallamos a un también joven Stan Winston) y maquillaje ha dejado en el imaginario del fantastique cinematográfico contemporáneo. De esa labor, sin desmerecer la deuda contraída con el cine del primer David Cronenberg, pueden y deben cantarse diversas virtudes, y para mí la mayor de las cuales no es otra que su empleo como herramienta de la imaginación en su estado más puro (por muy repulsivo que resulte el sujeto imaginado), para traducir en imágenes algo tan poco tangible como la propia naturaleza oculta y mutante del alienígena/monstruo. Bottin y su equipo realizan un trabajo formidable que Carpenter, a diferencia de otras ocasiones, filma con la mayor explicitud (casi siempre bajo una iluminación más o menos neutra) precisamente porque, partiendo de su propia intencionalidad y convicción sobre lo estético, comprende que en la esencia de esos tan llamativos y aparatosos efectos visuales es donde el espectador puede hallar la comprensión de esa naturaleza tan voraz como sibilina del monstruo (aunque, de paso, y por propia definición de su formulación terrorífica, el elemento subjetivo sea preponderante en esa percepción, y pase por lo angustioso, por lo ofensivo, por lo desagradable), razón por la cual el maquillador crea criaturas/deformaciones de criaturas muy diversas, pero que en todo caso obedecen al mismo patrón, que es la corrupción de lo orgánico (de ahí la conexión con el cine del autor de Cromosoma 3), la mutación que da de resultas una visión depravada en lo multifórmico.

 

Ladrón de cuerpos

Empero, hay otra razón cabal por la que Carpenter se sirve de esos tan explícitos golpes de efecto visual, y que halla su motivación última en razones de sintaxis y métrica cinematográfica. Me estoy refiriendo al hecho de que esas diversas set-pieces en las que eclosiona la violencia de la forma más gráfica actúan en el seno narrativo a modo de clímax, para puntuar y dar nuevas (cada vez más urgentes) inercias al crescendo de razones y conflictos dramáticos/psicológicos implicados en la sustancia narrativa. Porque, a poco de pensarlo, se hace evidente que ése y no otro es el motor del relato: la importancia de saber si ese virus se extenderá por el mundo como nefanda pandemia es más relativa que la crónica desazonada del modo en que una serie de personajes enclaustrados y enfrentados a una situación hostil con apariencia de insuperable deben enfrentarse no sólo a esa funesta amenaza, sino también a la soledad a la que esa amenaza, por su tan particular y subrepticia naturaleza, les ha abocado, pues cualquier compañero –la mayoría, viejos amigos- puede pasar a ser, de súbito, nada más que una máscara del feroz enemigo oculto. Esa focalización en el ámbito de lo subjetivo termina de asentar la distancia entre el filme de Carpenter y su precedente firmado por Niby y Hawks, pues allí no existía fisura alguna en el seno de lo individual, y de hecho el conflicto procedía, bien al contrario, de las dos facciones que convivían con el descubrimiento del alienígena, los militares, que optaban por la cautela y el riguroso cumplimiento de las ordenanzas, y los científicos, que trataban de iniciar sus investigaciones de campo –vemos, por tanto, que el enfrentamiento no emergía de los miedos instintivos, sino de lo intelectual, en consonancia también con la más clara adscripción del título de Niby al territorio de la ciencia-ficción–; no obstante lo anterior, tampoco está de más llamar la atención sobre el hecho de que ese planteamiento sobre lo que podríamos llamar la otredad, también halla su raíz en la fértil cantera del género fantástico de los años cincuenta, en la que también se popularizó la vertiente sutil de la invasión extraterrestre, siendo al respecto su título más recordado La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Don Siegel, 1956), según un material de partida escrito por Jack Finney –y que, podemos añadir, fue revisado poco tiempo antes de la filmación del filme que nos ocupa en el afortunado remake La invasión de los ultracuerpos (Invasion of the Body Snatchers , Philip Kaupfman, 1978)-.

 

Alegorías

En cualquier caso, lo que es irrefutable es que Carpenter maneja las piezas de su relato con su solvencia habitual, y, sirviéndose de una ecuación escenográfica entre exteriores blancos e interiores funcionales que revierten en idéntica significación claustrofóbica, más la dosificación dramática del reparto –en cuya cabeza hallamos una de las interpretaciones más redondas que recuerdo de Kurt Russell, quien asume con magnífica carga introspectiva esa condición, tan carpenteriana, de héroe a disgusto y outsider–, va erigiendo ese mosaico de humanidad en descomposición en sentido tanto literal como figurado, recogiendo el testigo de la citada Alien, el octavo pasajero en su cruda exposición del modo en que la mente sucumbe a sus resistencias psíquicas cuando es abocado a una situación límite, evidente digresión –aunque, como era dable esperar del cineasta, nada enfática– sobre los fundamentos del fariseísmo como coda (de entonces, ayer y siempre) del funcionamiento social, si bien existen diversos exegetas de la película que llaman la atención sobre la alegoría centrada en algo mucho más concreto y coyuntural: los terribles estragos que por aquellos años empezaba a causar la enfermedad del SIDA, y también el virus de la duda ideológico que acompañó tan nefasta circunstancia; qué duda cabe de que quienes prefieran centrar los parámetros alegóricos en esos términos hallan una magnífica apoyatura a sus tesis en esa secuencia, genial, en la que MacReady (Russell) analiza la sangre de cada compañero a la búsqueda de una reacción hostil, mientras el resto permanece atado, esperando a que esa sangre emita un veredicto sobre si siguen siendo quienes creían ser o ya se han pasado, sin siquiera darse cuenta, …al lado oscuro.

http://www.imdb.com/title/tt0084787/fullcredits#cast

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/19820101/REVIEWS/201010349/1023

http://www.dvdtalk.com/reviews/38558/john-carpenter-master-of-fear-4-movie-collection/

http://chosis.coldfusionvideo.com/thing.htm

http://www.epinions.com/review/mvie_mu-1021244/content_26972491396

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

EL ENIGMA… ¡DE OTRO MUNDO!

The Thing…from Another World

Dirección: Christian Niby

Guión: Charles Lederer, según un relato de John W. Campbell

Intérpretes: Margaret Sheridan, Kenneth Tobey, Robert Cornthwaite,

 Douglas Spencer, James Young, Dewey Martin, Robert Nichols

Música:  Dimitri Tiomkin  

Fotografía:  Russell Harlan

EEUU. 1951. 93 minutos.

 

OVNI

Corría el año 1951 cuando dos títulos supusieron la puesta de largo de las visitas cinematográficas, siempre en clave fantástica, a la en aquellos años tan cacareada y polémica materia de los OVNIS y las invasiones extraterrestres. Uno de esos dos títulos fue Ultimátum a la tierra (The Day the Earth Stood Still, Robert Wise, 1951), y el otro, el que aquí nos ocupa, The Thing…from Another World, cuya responsabilidad se atribuye, como después pormenorizaremos, tanto al acreditado Christian Niby como al mismísimo Howard Hawks. Su relevancia está, pues, fuera de duda en términos historiográficos. La diferencia entre esas dos aproximaciones a ese paradigma que en aquellos tiempos tanto arraigaría en el imaginario (no sólo cinematográfico) colectivo, como cualquier aficionado al fantastique sabe de sobra, es que si el título de Wise nos hablaba de un ser superior que venía a nuestro mundo con intenciones altruistas, la criatura de la película de Wise en cambio mostraba una abierta hostilidad hacia los humanos. Así, sin tratarse de una cinta estrictamente de terror –aunque a su sustancia argumental no le falten dosis de lo inquietante–, esta El enigma … ¡de otro mundo! es la que prefigura con más precisión el territorio genérico y correspondiente caldo alegórico cuyo filón se explotaría con tanta profusión en aquellos años, muy a menudo en formato low-budget (y, si me permiten añadirlo, con vocación de ser visionadas en los denominados drive in, los cines al aire libre a los que los mayoritariamente jóvenes espectadores acudían en sus vehículos, desde cuyo interior contemplaban lo que sucedía en pantalla o, si hemos de fiarnos del retrato que de aquellos lugares nos ha dejado el cine, alternaban ese visionado con otros asuntos de corte más íntimo con sus acompañantes).

Niby y Hawks

Como decía, es a Christian Niby a quien se atribuye la realización de la película, si bien el nombre de Howard Hawks, aunque no acreditado, sobrevuela siempre junto al de su colega. Déjenme decir de entrada al respecto que es una lástima que Hawks no firmara o co-firmara esa realización, ya que con esta película hubiera añadido un nuevo escenario genérico a esa nómina filmográfica tan tout-court que nos dejó. Sea como sea, el realizador de Río Rojo ejerció de productor, se sirvió de avezados colaboradores en la manufactura del guión (al acreditado Charles Lederer debemos añadirle otro nombre, el de Ben Hecht) o en las tareas de dirección lumínica (Russell Harlan). Quizá la desconfianza respecto de Niby –que también procedía del círculo creativo de Hawks, pues había sido uno de los más asiduos montadores de sus películas– provenga, amén del agravio comparativo inevitable, de su poca continuidad en la dirección cinematográfica (filmó cuatro películas más, que desconozco, aunque puedo decir que carecen de todo prestigio, y encauzó su carrera en el campo catódico, entre cuyo abundante material firmado por él se cuentan dos episodios, cómicos y poco memorables, de The Twilight Zone). En todo caso, y sentado lo anterior, debe decirse que El enigma … ¡de otro mundo! funciona con suma efectividad en su articulación narrativa y rítmica, desarrollando un planteamiento del todo desenfadado –en el que, cabe insistir, se hacen plausibles ecos del imaginario hawksiano, caso de la descripción marcado por la afabilidad del cuadro humano o esa inserción en clave jocosa de un episodio característico de la comedia de guerra de sexos– que, empero, da por cobijar un clima de innegable suspense en el que los diversos motivos conceptuales que engrasan la maquinaria genérica cobran vida con tanta congruencia argumental como efectividad en su postulado escénico.

Lo argumental y lo genérico

Lo anterior nos lleva a reflexionar sobre esa condición fundacional que hemos atribuido a la película en relación al cine sobre invasiones alienígenas, para decir que, uno de los atractivos que hoy reviste el visionado del filme pasa sin duda por constatar el modo en el que se van fijando motivos y lugares comunes propios a partir de trazos extraídos de otras raíces genéricas, en este caso el relato protagonizado por militares y el cine de aventuras (otra referencia hawksiana: diversas secuencias de la película se nos antojan como intercambiables de otras de la gloriosa Sólo los ángeles tienen alas/Only Angels Have Wings, 1939). En el balance entre razonamientos dramáticos universales y las premisas particulares y definitorias de los relatos de este corte (la curiosa forma de vida descubierta, a medio camino entre la fisiología humana/animal y la vegetal, premisa extraída, aunque de forma simplificada, del sustrato literario del que parte el argumento de la película, el relato corto de John W. Campbell Who Goes There?, publicado por primera vez en la revista Astounding Stories en 1938), la película propone a modo de leit-motiv temático el enfrentamiento entre dos visiones opuestas respecto del descubrimiento alienígena, representado por un lado por la cohorte de científicos (que quieren iniciar investigaciones y hasta establecer vías de comunicación con el alienígena) y por el otro por los funcionarios militares que dirigen la operativa de, por así llamarlo, rescate (que en todo caso se muestran recelosos, y que se escudan en el respeto de ordenanzas y jerarquías para evitar la adopción de decisiones sobre esa cuestión que a todas luces les supera), colectivos a los que se añade el representante de un tercero y externo (que no mediador), el periodista amigote de diversos soldados, cuya definición pasiva –siempre actúa a cobijo de sus compañeros militares– parece incidir únicamente en el énfasis de los trascendentes acontecimientos que le serán escatimados al público (a lo que cabría añadir, en su aportación a lo tonal, una retahíla de chascarrillos más o menos graciosos). En el arbitrio de ese enfrentamiento, pienso que algo en apariencia tan incuestionable como la hostilidad del alienígena puede ser, en un análisis más detallado del guión, si no puesto en tela de juicio, por lo menos matizado, si tomamos en consideración que los diversos estragos que causa –lesiones o asesinatos- pueden verse como reacciones a una hostilidad previamente ejercida contra él (es secuestrado, disparado y mordido por perros,… ¡que llegan a arrancarle un brazo!); no intento enmendar plana alguna, sino simplemente constatar la distancia que siempre ha existido entre la elucubración mediocre de instrumentos para lo discursivo o ideológico y el esmero en dotar a los mismos de rigor, congruencia, complejidad y matices. Qué duda cabe de que El enigma … ¡de otro mundo! propugna con ideas y perspectivas que cabe afiliar con lo ideológico con respecto de los conceptos que maneja literal y alegóricamente, principalmente la alerta contra las presuntas bondades de un cientificismo frágil, pero también es cierto que sus proposiciones al respecto son menos cuadriculadas de lo que aparentan, lo que no sólo las dota de complejidad, sino que al mismo tiempo actúa en beneficio de lo artístico.

http://www.imdb.com/title/tt0044121/fullcredits#writers

http://thedevilridesout.blogspot.com/2008/04/alien-collection-3-thing-from-another.html

http://www.bmonster.com/horror7.html

http://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op01106.htm

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MERCADO DE LADRONES

Thieves’ Highway

Dirección: Jules Dassin

Guión: A.I. Bezzerides, según su propia novela

Intérpretes: Richard Conte, Valentina Cortese,  Lee J. Cobb,  Barbara Lawrence, Jack Oakie, Millard Mitchell, Joseph Pevney 

Música:  Alfred Newman y Cyril J. Mockridge 

Fotografía:  Norbert Brodine

EEUU. 1949. 91 minutos.

 

Bezzerides’

Uno de tantos nombres propios llenos de talento y temperamento plasmados en lo fílmico y que hoy resultan bastante olvidados es el de A.I. “Buzz” Bezzerides (1908–2007), autor de tres novelas y diversos guiones asociados con el universo del noir, que cimentó su prestigio con su primera novela, The Long Haul (1938), cuyos derechos la Warner adquirió por 2000 dólares para producir Pasión ciega (They Drive By Night, Raoul Walsh, 194-), y que nos dejaría un magnífico legado como guionista, a menudo adaptando material ajeno, con títulos como La hija del pecado (Desert Fury, Lewis Allen, 1947), La casa en la sombra (On Dangerous Ground, Nicholas Ray, 1952), El rastro de la pantera (Track of the Cat, William Wellman, 1954) o El beso mortal (Kiss Me Deadly, Robert Aldrich, 1955). Fue el propio Bezzerides quien escribió la adaptación de su tercera novela, Thieves’ Market (1949), protagonizada por un hijo de inmigrantes griegos como lo era él mismo, y convertida ese mismo año en el filme que nos ocupa, Thieves’ Highway.  Jules Dassin la filmó muy deprisa, acuciado como ya estaba por la telaraña que la infame caza de brujas del senador MacCarthy estaba entretejiendo, y de cuya funesta influencia sólo pudo librarse huyendo poco después a Londres, donde al año siguiente filmaría la mayúscula La noche y la ciudad (Night & the City).

 

Por un puñado de dólares

Como tantos otros espléndidos directores, Dassin manifestó en diversas ocasiones cierto disgusto por el resultado cinematográfico de su obra, y ésta en concreto. Como ellos, a menudo la autocrítica sólo debe aplicarse a ese ámbito, el privado, porque lo cierto es que Mercado de ladrones es una película espléndida, en la que quizá el único defecto que hoy cabe subrayar, por otra parte compartido con tantas otras películas de su tiempo y lugar de filiación, es que algunos de sus planteamientos son malbaratados en una solución excesivamente gráfica y de un optimismo tan forzado que revela inconsistencias argumentales, como aquí puede ser el papel decisivo que juega la policía para terminar con las fechorías de alguien, Figlia, al que suponíamos que se hallaba al margen de la ley. (Nota bene: a esas imposiciones de finales felices cabe recetar, yo a menudo lo hago, el análisis de la obra sin recurrir al último anclaje –que no anclaje último– de ese happy end.) El filme retrata, con esa fórmula verista que tan bien sabía plantear en imágenes Dassin, las crasas injusticias que eran (¿o son?) el pan de cada día en el funcionamiento del comercio, en este caso en el ámbito de las frutas y verduras, donde los agricultores perciben un precio nimio por unas manzanas de calidad, los transportistas se juegan la suerte para recuperar su inversión, y los intermediarios (ese mayorista-gángster de baja estofa que, al ser encarnado por Lee J. Cobb, nos evoca invariablemente otra película relacionada con la explotación laboral, la posterior y más célebre La ley del silencio/On the Waterfront, de Elia Kazan (1954)) se lucran de forma poco menos que pornográfica a costa de hacer valer esa calidad de partida en el consumidor final. En su radiografía de esa penosa realidad oculta bajo el funcionamiento económico ordinario, resulta fácil sacar a colación los discursos sociales propios de los terribles años de la Depression, pero debe llamarse la atención sobre el hecho de que el relato deja bien clara su ubicación en los años siguientes a la Segunda Guerra Mundial, y por tanto cuando aquellos postulados del periodo rooseveltiano ya habían sido transmutados en el aliento ideológico de la nación americana (en el arranque de la película, Nick, el protagonista, regresa a casa tras su larga campaña en la milicia, para descubrir que ciertos valores de esa democracia que defendía al otro lado del mundo no se materializaban en su país, como atestigua la condición parapléjica de su padre, que pagó con sus piernas el precio de intentar hacer negocios en igualdad de condiciones con el ruin y alevoso mayorista Mike Figlia (Cobb)).

 

Conciencias

La naturaleza idiosincrásica de la firma de Dassin, ese verismo expositivo, impone sus reglas desde la premisa de partida, que viene marcada por algo tan subjetivo como un afán de venganza, pero en cambio desgrana sus bazas haciendo especial hincapié en la descripción pormenorizada de los elementos externos y objetivos (la dinámica de la recolecta, transporte y venta de las manzanas en el mercado de abastos), y sus agentes implicados, perfilados de forma que se subrayan las desigualdades entre quienes manejan las asimétricas reglas del mercado (Figlia, su personalidad excepcionalmente matizada por la interpretación de Cobb) y quienes deben doblegarse o ser vencidos por ellas, por razones idealistas (a poco de pensarlo, la forma con la que Nick pretende retribuir lo acaecido con su padre se lee, al menos antes de que los acontecimientos se precipitan, en términos de exclusiva dignidad: pretende vender esta vez al precio que corresponde), o por la mera supervivencia material (ello representado en los dos focos humanos complementarios del protagonista: el camionero Ed (Millard Mitchell), profesional curtido pero honesto que llegará a salvar la vida de Nick cuando éste sufre un percance con su vehículo; y Rica (Valentina Cortese), la paria contratada por Figlia para distraer la atención de Nick y con quien acabará estrechando unos lazos sentimentales en los que –sobre todo teniendo en cuenta el modo (sin duda, poco trabajado) en el que se despacha narrativamente el personaje de la acaudalada prometida de Nick– aflora un sentimiento compartido de conciencia de clase).

 

El filo del noir

En la definición estética de todos estos componentes de corte radiográfico y más o menos naturalista es donde Dassin estampa sus magníficos dotes como cineasta. A través de elementos bien diversos. Por un lado, la magnífica temperatura dramática que extrae del dueto protagonista en las diversas secuencias en las que se relata su intimidad, forjada desde el desangelo (destaco, por supuesto, esos planos cortos en los que los actores comparten y llenan los encuadres, pero también otras soluciones magníficas, como aquélla imagen en la que vemos a Rica contemplar la secuencia en la que Nick habla por teléfono con su prometida desde la máquina de tábaco, que incorpora un espejo que carea las dos orillas de la circunstancialidad). Por el otro lado, el tratamiento de los escenarios (especialmente ese bullicioso mercado de abastos, pero también el campo de recolección de manzanas, y, por supuesto, las imágenes de la carretera, puntuadas por esos planos que nos muestran cómo se acerca Ed a ese destino, San Francisco, que nunca alcanzará), epígrafe bajo el que podemos hacer mención a esas dos llamativas composiciones filmadas en exteriores aprovechando con sapiencia la profundidad de campo para dotar de referencia simbólica a esas manzanas que constituyen los portes del comercio y que se hallan desperdigadas por obra de una mano airada (la del recolector) o de un funesto accidente (el que sufre Ed). Y finalmente, estableciendo un visible puente entre las dos majestuosas películas a las que ésta se intercala en su filmografía (La ciudad desnuda/ The Naked City (1948) y la citada La noche y la ciudad), el arrebatador trabajo con la composición de lo lumínico (firmado por Norbert Brodine) en los exteriores nocturnos, especialmente la terrible secuencia, con la cámara en constante movimiento, en la que Nick es agredido y acto seguido los delincuentes persiguen por entre las sombras a su acompañante, Rica. Si el noir es un estado de ánimo, secuencias como ésta precisan mucho los términos de la valiosa aportación que para el género significó el cine de Dassin, expresiva, y al mismo tiempo plástica plasmación estética de los condicionantes ideológicos sustantivos. Se trata de uno de los más sobresalientes elementos de su legado fílmico, y al mismo tiempo, agria paradoja, de la mayor evidencia por la que fue perseguido.

http://www.imdb.com/title/tt0041958/fullcredits#cast

http://www.noiroftheweek.com/2009/03/thieves-highway-1949.html

http://www.dvdtalk.com/reviews/14343/thieves-highway-criterion-collection/

http://happyotter666.blogspot.com/2010/09/thieves-highway-1949.html

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